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Relatos Ardientes

El juego de retos que despertó mi fantasía oculta

Hay deseos que una arrastra durante años sin atreverse a nombrarlos. Yo tenía el mío bien guardado, enterrado debajo de la rutina, de las cenas familiares y de la imagen de chica formal que todos esperaban de mí. Lo cuento ahora porque aquella noche en la casa de la playa dejé de fingir que no existía.

Éramos cuatro amigas de toda la vida. Camila, Renata, Sofía y yo. La casa era de los tíos de Camila, que se habían ido de viaje y le habían dejado las llaves para el fin de semana. Frente al mar, con una terraza enorme y ni un solo vecino a doscientos metros. El plan era el de siempre: música, vino y conversaciones que se ponían más sinceras a medida que bajaba el nivel de las botellas.

Lo que no era el de siempre era el rumbo que tomó la charla esa noche.

—¿Ustedes nunca tuvieron una fantasía que les diera vergüenza confesar? —preguntó Renata, descalza sobre el sillón, con la copa apoyada en la rodilla.

Hubo un silencio breve, de esos que dicen más que las palabras. Camila se rió primero, Sofía después. Yo me quedé mirando el reflejo de las luces en el vino y noté que el calor me subía por el cuello.

No te delates, pensé. Pero ya era tarde.

—A ti se te puso roja la cara —dijo Sofía, señalándome con el dedo y una sonrisa de gata—. Cuenta.

—No tengo nada que contar —mentí, y fue la mentira menos convincente de mi vida.

Camila fue por otra botella y volvió con una idea peor. O mejor, según se mire.

—Juguemos a los retos —propuso—. El de verdad. El que pierde, cuenta o hace. Sin trampas.

***

El juego empezó inocente, como empiezan estas cosas. Quién había besado a quién, cuál era el lugar más raro donde lo habían hecho, confesiones de adolescencia que ya nos sabíamos de memoria. Reíamos a carcajadas, nos tapábamos la boca, nos escandalizábamos de mentira.

Pero el alcohol tiene la costumbre de aflojar los nudos que una se pasa la vida ajustando. Y a la cuarta o quinta ronda, Renata me clavó la mirada y soltó la pregunta que cambió todo.

—Reto de verdad. La fantasía que te da vergüenza. La de verdad, no una cualquiera.

Las tres me miraban. Afuera el mar rompía contra las rocas con un ritmo lento, paciente. Tomé aire. Tomé otro trago. Y por primera vez en años, me escuché decirlo en voz alta.

—Más de uno a la vez —dije, casi en un susurro—. Varios hombres. Yo en el medio, dejándome llevar, sin tener que decidir nada. Solo… entregarme.

El silencio que siguió no fue de juicio. Fue de complicidad. Sofía soltó el aire que había estado conteniendo y Camila se mordió el labio.

—No eres la única —dijo Camila por fin, y algo en su voz me dijo que hablaba en serio.

Lo que vino después no lo había planeado nadie. O eso creí esa noche. Camila confesó que había invitado a unos amigos a pasarse más tarde. Tres chicos que conocíamos de vista, mayores que nosotras, de esos que saben mirar sin incomodar. Habían quedado en venir cerca de medianoche.

—No tienes que hacer nada que no quieras —me dijo, y me tomó la mano—. En serio. Pero si quieres… esta es tu casa esta noche tanto como la mía.

Me quedé mirando el teléfono cuando vibró sobre la mesa. Estaban llegando.

***

Podría haber dicho que no. Esa es la parte que necesito que se entienda. En ningún momento dejé de tener la palabra final en la punta de la lengua. Y sin embargo, cuando llamaron a la puerta, fui yo la que se levantó a abrir.

Eran tres. Matías, el más alto, de barba corta y ojos tranquilos. Tomás, que entró riéndose de algo que le había contado el tercero. Y Lucas, el callado, el que me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario al saludarme.

Mis amigas se hicieron las desentendidas con una sutileza que no engañaba a nadie. Camila les sirvió una copa, Renata puso música más lenta, Sofía me pasó por al lado y me apretó el hombro como diciéndome tú mandas.

Y yo mandé.

Me senté entre Matías y Lucas en el sillón grande, el del rincón, lejos de la luz directa. La conversación fue una excusa cada vez más fina. Sentí la mano de Matías apoyarse en mi rodilla, sin presión, ofreciendo en lugar de tomar. No la aparté. Giré apenas la cabeza hacia él y eso bastó.

El primer beso fue lento, casi una pregunta. Le respondí con otra, más hambrienta. Y cuando sentí los labios de Lucas en la curva de mi cuello, desde el otro lado, supe que ya no había marcha atrás y que no la quería.

—¿Estás bien? —murmuró Matías contra mi boca.

—Mejor que bien —contesté, y le mordí el labio para que no le quedaran dudas.

***

Nos movimos a la habitación del fondo, la grande, la que daba al mar. Alguien dejó una sola lámpara encendida, esa luz tibia que vuelve dorada la piel. Camila cerró la puerta desde afuera con una sonrisa y nos dejó solos a los cuatro.

No necesité fingir nada. Por primera vez en mi vida no tenía que ser la responsable, la que cuida a las demás, la que apaga las luces y junta las copas. Esa noche solo tenía que sentir.

Tomás me ayudó a quitarme el vestido con una paciencia que me desarmó. Quedé en ropa interior frente a los tres, y en lugar de vergüenza sentí un poder que no conocía. Eran tres miradas sobre mí, tres deseos, y todos esperaban mi señal.

—Vengan —dije.

Fue como abrir una compuerta. Manos por todas partes, pero ninguna brusca. Matías me recostó sobre la cama y se tomó su tiempo besándome el vientre, bajando despacio, mientras Lucas me sostenía la nuca y me ofrecía su boca cada vez que yo levantaba la cara buscándola. Tomás me acariciaba los pechos, jugando con la tela del sostén hasta que la hizo a un lado.

Cuando la lengua de Matías encontró el centro de mi placer, arqueé la espalda y se me escapó un sonido que no reconocí como mío. Llevaba años imaginando esto en la soledad de mi cama, con una mano entre las piernas y los ojos cerrados. La realidad era más caliente, más densa, más real.

—Así —jadeé—. No pares.

No paró. Y mientras él trabajaba entre mis muslos, busqué a Lucas con la mano, lo guié, lo sentí responder a mi tacto. Tener el control de su deseo mientras perdía el mío fue un vértigo nuevo. Yo decidía el ritmo. Yo decidía a quién, cómo, cuándo. Tres hombres pendientes de cada uno de mis gestos.

El primer orgasmo me llegó antes de lo que esperaba, fuerte, larguísimo, de esos que dejan temblando. No tuve tiempo de bajar. Matías subió por mi cuerpo y, con una mirada que pedía permiso, entró en mí. Le clavé los talones en la espalda como respuesta.

***

Lo que siguió perdió todo orden y no me importó. Cambiamos de posición una y otra vez, riéndonos a veces, callándonos de golpe otras cuando el placer apretaba demasiado. Me arrodillé entre Lucas y Tomás, atendiéndolos a los dos mientras Matías me sujetaba las caderas desde atrás. Volví a recostarme, volví a darme vuelta, dejé que me llevaran y que me trajeran como quien se deja mecer por el mar que sonaba afuera.

Hubo un momento, no sé bien cuál, en que dejé de pensar por completo. Solo había sensaciones: el calor de las pieles, el sudor que me corría por la espalda, las voces roncas pidiéndome despacio que no me detuviera. Yo, en el centro de todo, recibiendo, dando, viva como no me sentía hacía años.

Perdí la cuenta de las veces que me terminé. Cada una distinta, cada una más profunda. Y entre una y otra, cuando recuperaba el aire, me sorprendía sonriendo contra la almohada, incrédula de que aquella fantasía secreta estuviera ocurriendo de verdad, con mi consentimiento absoluto, en mis propios términos.

Terminamos los cuatro hechos un nudo de brazos y piernas, riéndonos del cansancio, con la lámpara todavía dorando la habitación. Tomás me corrió un mechón de la frente con una ternura que no esperaba. Lucas me besó el hombro. Matías me preguntó otra vez, con la misma seriedad de antes, si estaba bien.

—Estoy increíble —le dije, y no había una sola palabra de mentira.

***

Al amanecer, mis amigas y yo desayunamos en la terraza como si nada, aunque los ojos nos brillaban con un secreto compartido. Los chicos se habían ido temprano, con un beso en la mejilla y un número de teléfono que ninguna sabía todavía si usaría.

—¿Y? —preguntó Camila por encima del café, fingiendo desinterés.

No le contesté con palabras. Le sostuve la mirada y sonreí, esa sonrisa que solo aparece cuando una por fin se permite ser quien es.

Aprendí algo esa noche, y por eso lo cuento. Las fantasías no se eligen, llegan solas, y durante años yo había gastado demasiada energía en avergonzarme de la mía. Lo que sí se elige es qué hacer con ellas. Yo elegí. Elegí cada beso, cada caricia, cada uno de mis sí. Y descubrí que el deseo, cuando se vive a la luz y entre adultos que se respetan, no tiene nada de vergonzoso.

Volvimos a esa casa más de una vez. Pero esa primera noche, la del juego de retos, sigue siendo la mía. La noche en que dejé de negar lo que quería y, por una vez, simplemente me lo permití.

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Comentarios (5)

SilviaSalta88

excelente!!! sigue subiendo mas relatos de este estilo

TomTom_AR

La premisa del juego de retos esta buenisima, no es algo que se vea seguido. Muy original, espero que haya mas como este

PatriciaRo_Lit

Por favor continuacion!!! me quede con las ganas de saber todo lo que paso despues de esa sonrisa

Cecilia_riv

Esa frase del final me mato jajaja, tremendo giro

LunaNoc22

Este tipo de situaciones donde se cruzan los limites son los que mas me enganchan. Muy bien narrado, felicidades

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