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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el velero nunca debió pasar

Eran las cuatro y cuarto cuando la vi cruzar la puerta del bar. Lucía venía con un vestido de verano, ligero, de esos que no enseñan nada y lo sugieren todo. El sol de la tarde le daba en el pelo y por un instante me quedé sin saber qué hacer con las manos.

Me levanté demasiado rápido y le hice un gesto para que se acercara. Ella sonrió como si ya supiera el efecto que tenía sobre mí.

—Pensé que llegaría tarde —dijo, dándome dos besos que cayeron peligrosamente cerca de la comisura de mis labios.

Olía a flores y a algo más, a una confianza tranquila que la hacía todavía más atractiva. Nos sentamos frente a frente en aquellas mesitas bajas de la terraza, y enseguida me di cuenta de que el nervioso era yo.

Empezamos a hablar de cualquier cosa, del trabajo, de la última vez que nos habíamos visto, de los planes para el resto del verano. Entre risa y risa el tono fue cambiando, bajando de volumen, volviéndose más privado. Cada vez que se inclinaba hacia la mesa para escucharme, el escote del vestido se abría un poco.

En uno de sus movimientos cruzó las piernas, y por debajo de la tela alcancé a ver el filo de un tanga diminuto. Aparté la vista enseguida, pero ella se dio cuenta. No dijo nada. Solo descruzó las piernas con una lentitud que no tenía nada de inocente.

Fui a la barra a pedir otra ronda y, al volver, en vez de sentarme enfrente me senté a su lado. Quería estar cerca. Quería que la conversación dejara de ser solo conversación.

Apoyé la mano en su espalda mientras hablábamos. Al principio la dejé quieta, sintiendo el calor de su piel a través del vestido. Después, poco a poco, fui bajándola hasta acariciarle la curva firme del trasero. La atraje un poco hacia mí y le hablé al oído.

—Tengo las llaves del velero de un amigo, está amarrado aquí al lado. ¿Te apetece que nos demos una vuelta por la bahía?

No esperé respuesta. La besé, y ella me devolvió el beso con la misma intensidad, mordiéndome apenas el labio antes de separarse.

—Vamos —dijo, y ya estábamos de pie.

***

El puerto deportivo quedaba a cinco minutos a pie. Caminamos por el paseo marítimo sin soltarnos de la mano, esquivando a los turistas, riéndonos de tonterías para disimular las ganas. El velero estaba en uno de los últimos pantalanes, blanco y discreto, balanceándose suave contra las defensas.

—Quítate las sandalias —le pedí—, se sube descalza.

La ayudé a saltar a bordo agarrándola de la cintura. Preparé todo con la prisa torpe de quien tiene la cabeza en otra parte: revisé el motor, recogí los cabos, solté amarras. Salimos del puerto a motor, despacio, hasta dejar atrás la bocana.

Cuando ya estábamos en aguas abiertas le puse las manos en la cintura y la llevé hasta la rueda del timón.

—Sujétalo tú —le dije.

Ella agarró el timón con las dos manos, riéndose, insegura. Me coloqué detrás, pegado a su espalda, y puse mis manos sobre las suyas para guiarla. El velero respondía y mantenía el rumbo. Lo que ninguno de los dos miraba ya era el horizonte.

Mi cuerpo se apretaba contra el suyo, y la dureza que crecía en mi entrepierna rozaba la curva de su trasero. La sentí relajarse, dejar que yo llevara el control del barco y del momento. Empecé a subir las manos por sus brazos, despacio, hasta los hombros y el cuello.

Le aparté el pelo a un lado —ese pelo que con el sol parecía de fuego— y le besé la oreja, después la nuca. Se estremeció. La piel le sabía a sal y a verano. Ahora era ella la que empujaba el trasero contra mí, buscándome.

Bajé las manos por sus costados hasta sus caderas mientras seguía besándole el cuello. Volví a subir, esta vez por el vientre, hasta cubrirle los pechos por encima de la tela. Respiraba más rápido. Temblaba un poco.

Le desabroché los botones del vestido uno a uno y dejé que cayera al suelo de teca. Se quedó solo con el sujetador y aquel tanga minúsculo, recortada contra la luz del atardecer. Esa imagen me hizo palpitar entero.

Le solté el sujetador, le tomé los pechos con las manos y apreté mi cuerpo contra el suyo. Después deslicé una mano por su vientre, seguí la línea de vello hasta colarme por debajo del tanga.

Estaba caliente y mojada. La acaricié primero por fuera, despacio, y luego le metí un dedo, después dos. Ella gemía a cada movimiento, apoyada en el timón, dejándose hacer. Cada vez estaba más húmeda, hasta que llegó al orgasmo temblando, sostenida solo por mi brazo alrededor de su cintura.

La ayudé a tumbarse sobre una colchoneta en la cubierta y me quedé un momento mirándola, con esa sonrisa de satisfacción que aún le quedaba en la cara.

***

Decidí echar el ancla para no tener que preocuparme del rumbo. Arrié las velas, fondeé en una cala apartada donde no se veía ningún otro barco, y volví con ella.

Lucía ya se había repuesto. Se arrodilló sobre la colchoneta, frente a mí, y sin dejar de mirarme a los ojos empezó a desabrocharme el pantalón. Lo bajó junto con la ropa interior y dejó libre mi polla, que crecía con cada caricia suya.

Acercó los labios y la besó desde la base hasta la punta, sin prisa. Después abrió la boca y se la metió. Primero jugó con la lengua, con calma, y poco a poco fue imprimiendo más ritmo y profundidad. Yo le sujetaba el pelo con una mano, sin forzar, mirando cómo lo hacía.

No tardé mucho en notar que estaba a punto. Se lo dije, por si quería apartarse. Ella clavó la mirada en la mía y siguió, agarrándome firme con la mano. El orgasmo me sacudió entero. Lucía no se separó, y cuando terminó sonreía, pasándose la lengua por los labios como si no quisiera perderse nada.

Ahora era a mí a quien le temblaban las piernas. Me dejé caer a su lado en la colchoneta y nos quedamos acariciándonos, recuperando el aliento, con el sol todavía caliente sobre la piel y el barco meciéndose despacio.

Cuando sentí que el cuerpo me respondía otra vez, empecé a besarla. La cara, el cuello, me detuve en sus pechos, en aquellos pezones duros y respingones. Ella volvió a abandonarse, dejándome recorrerla con la lengua y los labios.

Bajé hasta su sexo y la saboreé entera, su sabor salado mezclado con el del mar. Jugaba con la lengua mientras con una mano le acariciaba un pecho y con la otra le sujetaba el vientre. Lucía gemía, abría las piernas, arqueaba las caderas buscando que llegara más adentro, y me apretaba la cabeza contra ella con las dos manos.

Se corrió otra vez, esta vez contra mi boca. Temblaba y se reía a la vez, completamente entregada.

***

Nos quedamos un rato tumbados, uno junto al otro. Ella recuperaba el aliento y yo le recorría el cuerpo con los dedos, del cuello al vientre, deteniéndome en los pechos y bajando de nuevo. Estaba tan mojada que mis dedos volvían solos a su sexo, deslizándose dentro con facilidad.

Cuando estuve duro otra vez me tumbé de lado, detrás de ella, le levanté una pierna y la pasé sobre la mía. En esa posición la penetré despacio, de una sola vez. Entró sin resistencia, ella me deseaba tanto como yo a ella.

Así podía dejarme las manos libres para seguir acariciándola mientras la embestía, cada vez más fuerte. Cada vez que salía, la veía brillar de lo mojada que estaba. Le busqué el clítoris con los dedos y Lucía empezó a retorcerse, a apretarse contra mí para que llegara hasta el fondo.

Volvió a gemir, esta vez sin contenerse. Menos mal que estábamos lejos de cualquier otro barco. No aguantó mucho: tuvo otro orgasmo y se quedó temblando, conmigo todavía dentro.

Bajé el ritmo para dejarla recuperarse, pero ella tenía otros planes. Se zafó con un movimiento ágil, se puso a cuatro patas, giró la cabeza y me miró con una sonrisa descarada.

—Por detrás —dijo, ofreciéndome el trasero en alto.

Tenía el corazón a punto de salírseme del pecho. Me arrodillé detrás de ella, con la polla resbaladiza por sus fluidos, y empecé despacio, solo con la punta, haciendo un poco de presión. Vi que cedía para mí y empujé un poco más, y un poco más.

Lucía empezó a moverse, acariciándose el sexo con una mano. En uno de sus movimientos hacia atrás me tragó por completo, y a partir de ahí marcó ella el ritmo, clavándose una y otra vez. La imagen me aceleró más de lo que podía soportar.

Estaba a punto. La sujeté de las caderas y la embestí hasta el fondo. La primera oleada llegó intensa, salí casi del todo y volví a entrar, y una segunda eyaculación, todavía más fuerte, me dejó sin sentido por un instante. Caímos los dos rendidos sobre la colchoneta, los cuerpos brillando de sudor y de mar bajo el sol de la tarde.

Nos quedamos quietos un buen rato, mecidos por las olas. Después nos tiramos al agua cristalina de la cala para refrescarnos, riéndonos como dos críos. Cuando recuperamos las fuerzas, bajamos al camarote para seguir con la fiesta. Pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (4)

ManuelGBA

increible, no pude parar de leer desde la primera linea. el escenario del velero le da algo que los relatos de siempre no tienen!!!

Tonino_56

Me recuerda a unas vacaciones hace años en la costa. Esa tension cuando los dos saben lo que va a pasar pero nadie dice nada todavia... es lo mas intenso que existe. Muy bien capturado.

VeleroCruz

Esto es real o fantasia? porque tiene demasiado detalle como para no serlo jaja

ClaraLectora

Me encanto como construiste la atmosfera desde el principio. Esa media sonrisa que prometia mucho mas dice todo sin decir nada. Espero que haya mas relatos tuyos!

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