Lo que imagino cuando un desconocido se sienta al lado
Me llamo Renata y tengo una costumbre que no le he contado a nadie. Cada tarde, cuando termino en la papelería donde trabajo y subo al autobús de las siete, dejo que mi cabeza se vaya a un sitio al que jamás iría con el cuerpo. Es siempre la misma escena, y la repito como quien relee un libro gastado.
El autobús va lleno a esa hora. La gente vuelve a casa con la mirada apagada, los auriculares puestos, el móvil iluminándoles la cara. Yo me siento junto a la ventanilla, apoyo la sien en el cristal frío y miro pasar la ciudad. Y entonces empieza.
En mi fantasía, alguien se sienta a mi lado. Nunca le pongo cara del todo; es la idea de un hombre más que un hombre concreto. Sé que es alto porque ocupa más asiento del que le corresponde, y que huele bien, a algo limpio y un poco amargo. No me mira. Mira al frente, como todos. Pero hay algo en la manera en que su muslo queda a un centímetro del mío que lo cambia todo.
Nunca he estado con nadie. A los veintiocho años sigo siendo eso que en mi pueblo llamaban, bajando la voz, una chica decente. No por convicción, sino por miedo, por torpeza, por haber dejado pasar los momentos. Y quizá por eso mi imaginación se ha vuelto tan precisa: lo que no vivo, lo invento con un detalle obsesivo.
Esa tarde de octubre, sin embargo, algo se salió del guion.
***
El autobús arrancó con su sacudida de siempre. Yo iba en mi sitio, junto a la ventanilla, con el abrigo doblado sobre las rodillas y la mente ya a media máquina. Había empezado a imaginar, casi por reflejo, cuando alguien se dejó caer en el asiento libre que tenía al lado.
No miré. Esa es la regla del juego: no mirar, dejar que la imaginación rellene los huecos. Pero noté el peso, el roce de una manga contra mi brazo, ese olor limpio y amargo que yo creía haber inventado. El corazón me dio un golpe absurdo, como si me hubieran descubierto pensando en voz alta.
De reojo vi una mano apoyada en el muslo. Una mano grande, de dedos largos, con un reloj sencillo en la muñeca. No hizo nada. Estuvo ahí, quieta, mientras el autobús se detenía en una parada y volvía a arrancar. Pero yo ya no podía concentrarme en la ciudad que pasaba por la ventanilla.
No seas ridícula, me dije. Es un hombre cansado que vuelve a su casa, igual que tú.
El problema era que mi cuerpo no había leído ese aviso. Sentía el calor subiéndome por el cuello, una presión sorda entre las piernas que no tenía nada que ver con la realidad del vagón y todo que ver con la escena que llevaba meses ensayando. Apreté los muslos despacio, como si así pudiera disimular lo que me estaba pasando por dentro.
Y entonces él habló. En voz muy baja, sin girar la cabeza, mirando al frente como mandaban las reglas que yo creía haberme inventado sola.
—Llevas tres paradas conteniendo la respiración —dijo—. ¿Estás bien?
Me quedé sin saber qué contestar. Sentí la cara ardiendo. Pude haber dicho que sí, que estaba bien, ponerme los auriculares y cerrar el asunto. En la vida real eso es lo que habría hecho siempre. Pero algo en la coincidencia entre lo que imaginaba y lo que ocurría me empujó a no apartarme.
—Estoy bien —murmuré—. Solo iba distraída.
—Distraída —repitió él, y había una sonrisa pequeña en cómo lo dijo—. Yo también me distraigo en este autobús. Una se pone a mirar por la ventanilla y termina en cualquier parte.
No supe si lo decía con doble sentido o si era yo, que se lo ponía a todo. Giré apenas la cabeza. Tenía unos cuarenta años, la barba corta, los ojos de un castaño tranquilo que no encajaba con el revuelo que yo sentía. No era el hombre sin cara de mi fantasía. Era alguien real, con una arruga entre las cejas y una bufanda mal anudada, y eso lo hacía mucho peor.
***
El autobús se hundió en un atasco a la altura del puente. Las luces de los coches quietos teñían de rojo el interior. La gente, resignada, se acomodaba para la espera. Y la mano que había estado quieta sobre el muslo se movió, apenas, hasta que el dorso rozó el borde de mi abrigo doblado.
—Si te molesto, me cambio de sitio —dijo en voz baja—. Solo dilo.
Ahí estaba la salida. La pregunta cortés que me permitía volver a ser la chica decente del pueblo, la que no miraba, la que solo imaginaba. Abrí la boca para darle las gracias y pedirle que se moviera.
—No me molestas —fue lo que salió.
Lo dije mirando al frente, igual que él, las dos miradas clavadas en la nuca del pasajero de delante. Y noté, más que vi, cómo su mano dejaba de fingir que estaba ahí por casualidad. Se asentó sobre mi rodilla, encima de la tela, con una firmeza que me dejó la garganta seca.
No pasaba nada que un desconocido no pudiera disculpar como un descuido. Una mano sobre una rodilla, en un autobús a oscuras, en un atasco eterno. Pero yo sentía cada uno de sus dedos como si estuvieran marcándome, y la presión entre las piernas se había vuelto insoportable.
—¿En qué pensabas? —preguntó—. Antes, cuando aguantabas la respiración.
La verdad es que estuve a punto de inventar algo. Decir que pensaba en el trabajo, en la cena, en cualquier cosa gris y segura. Pero el atasco, la penumbra y meses de imaginar en silencio me soltaron la lengua.
—En esto —dije, y mi propia voz me sonó ajena—. Pensaba en alguien que se sentaba a mi lado y adivinaba lo que quiero sin que yo tuviera que decirlo.
Lo oí soltar el aire despacio. Su mano subió un poco, lo justo para pasar del hueso de la rodilla a la curva interior del muslo, todavía por encima de la falda.
—¿Y qué quieres? —dijo—. Dímelo tú, esta vez. No quiero adivinar y equivocarme.
***
Nadie me había preguntado nunca qué quería. En mi cabeza, el hombre sin cara siempre lo sabía todo, me tomaba sin preguntas, me ahorraba la vergüenza de poner en palabras el deseo. Que este, el de la bufanda mal anudada, me dejara la decisión a mí lo volvía más difícil y, al mismo tiempo, más mío.
Bajé la voz hasta que fue casi solo aliento.
—Quiero que sigas —dije—. Despacio. Que nadie se dé cuenta.
Su mano obedeció. Subió bajo el borde de la falda, los dedos cálidos contra la piel, y se detuvo en lo alto del muslo como pidiendo otro permiso que yo concedí abriendo apenas las rodillas. Mantuve la vista al frente, la respiración medida, fingiendo para todo el autobús que solo era una mujer cansada esperando que el atasco se deshiciera.
Por dentro era otra cosa. Cuando sus dedos llegaron a la tela fina de la ropa interior y la encontraron empapada, lo oí contener un sonido en la garganta.
—Llevas razón —susurró—. Lo quieres.
No me movió la ropa. Me acarició por encima, con una lentitud que era casi una crueldad, dibujando círculos que me obligaban a clavar las uñas en el abrigo para no delatarme. Cada vez que el autobús avanzaba un metro y volvía a frenar, la sacudida lo empujaba contra mí y me arrancaba un latido extra.
—Mírame —dijo—. Solo un segundo.
Giré la cabeza. Y sostenerle la mirada mientras su mano seguía moviéndose entre mis piernas, en un autobús lleno de gente que no veía nada, fue más íntimo que cualquier cosa que hubiera imaginado a solas. En mi fantasía nunca había ojos. Ahora los había, castaños y tranquilos, y me miraban como si yo fuera la única persona del vagón.
—Si quieres que pare, dilo —repitió, y los dedos se detuvieron, suspendidos.
—No pares —dije, y noté que me temblaba la voz—. Por favor.
***
Apartó la tela apenas lo justo. El contacto directo me hizo apretar los labios para no dejar escapar nada. Buscó con paciencia, con dos dedos, hasta encontrar el punto exacto donde yo me deshacía, y se quedó ahí, insistiendo en un ritmo lento y firme que no me dejaba pensar.
Yo apoyé la frente contra el cristal frío de la ventanilla y cerré los ojos. La ciudad seguía atascada afuera, roja y quieta, indiferente. Adentro, mi cuerpo se iba acercando a un borde que solo conocía por mi propia mano, en mi habitación, con la puerta cerrada.
—Eso es —murmuró él contra mi oído, tan bajo que nadie más pudo oírlo—. Suéltate. Nadie lo sabe. Solo yo.
Y me solté. El placer me recorrió en una ola larga y silenciosa que tuve que tragarme entera, mordiéndome el labio, con el cuerpo rígido en el asiento para que nadie notara lo que estaba pasando bajo el abrigo doblado. Fue mucho más intenso que cualquier final que me hubiera inventado, precisamente porque no me lo había inventado. Estaba ocurriendo.
Cuando la ola pasó, su mano se retiró despacio, me acomodó la falda con un cuidado casi tierno y volvió a apoyarse en su propio muslo, otra vez la mano inocente del principio. El atasco empezó a deshacerse. El autobús avanzó. La realidad regresó como si nada.
—Mi parada es la siguiente —dijo, sin mirarme ya, otra vez la voz de un desconocido cualquiera.
No supe qué responder. Tenía mil preguntas y ninguna cabía en un autobús. Él se levantó, se ajustó la bufanda mal anudada y, al pasar a mi lado camino de la puerta, se inclinó lo justo para que solo yo lo oyera.
—Mañana también vuelvo a las siete —dijo—. Por si algún día dejas de imaginarlo.
Bajó. Lo vi cruzar la calle entre las luces, meterse las manos en los bolsillos y desaparecer en una esquina cualquiera. El autobús arrancó de nuevo. Yo me quedé con la sien pegada al cristal, el corazón todavía desbocado, sabiendo dos cosas.
La primera, que esa tarde mi fantasía de meses se había vuelto, por fin, recuerdo.
La segunda, que al día siguiente, a las siete, yo iba a estar otra vez en el asiento de la ventanilla. Y que esta vez, quizá, no me limitaría a imaginar.