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Relatos Ardientes

Mi padrastro me ordenó seducir a mis profesores

Desde que mi madre se volvió a casar, Marcelo tuvo la costumbre de tomarme la cara con las dos manos y mirarme muy fijo antes de soltar siempre la misma frase.

—Vos sos mía y de nadie más. Que no se te olvide nunca.

Lo decía con una calma que no dejaba lugar a discusión. Y, aunque suene raro, esa frase terminó por gustarme. Me hacía sentir elegida, importante, como si fuera la única cosa en el mundo que de verdad le pertenecía a alguien. Con los años dejé de pelearla y simplemente la acepté como una verdad más, igual que el color de mis ojos.

El verano en que cumplí dieciocho, esa frase dejó de ser un juego. Me hizo suya de verdad una tarde de enero, con la casa vacía y el ventilador girando despacio en el techo, y yo me entregué sin reservas porque llevaba años convencida de que ese era mi lugar. Él quedó fascinado conmigo. Tanto, que durante mucho tiempo no hubo nadie más en mi cabeza ni en mi cuerpo.

Yo era suya. Eso lo sabía desde siempre.

***

El problema empezó en la universidad. Yo había sido siempre una buena estudiante, de esas que se sientan adelante y entregan todo antes de tiempo, pero ese segundo año algo se me desordenó por dentro y las notas se me vinieron abajo. No entendía por qué. Marcelo, en cambio, lo vivía como una afrenta personal.

—Vos no podés reprobar —me dijo una noche, apretando los dientes—. Vos sos mía, y lo mío no fracasa.

Faltaba una semana para los finales y mis números eran un desastre. Fue entonces cuando me soltó la idea, así, como quien comenta el clima.

—Hablá con el profesor de Estadística. Si hace falta, ofrecele algo. Vos sabés qué. Con tal de que pases.

Me quedé paralizada. No me lo esperaba, y tardé en entender lo que me estaba diciendo. No era la propuesta en sí lo que me descolocaba, sino lo que había detrás: él me estaba ofreciendo a otro hombre. Él, que durante años me había repetido que yo era suya y de nadie más, ahora me empujaba a abrirme de piernas para alguien que no era él.

—¿Vos querés que me acueste con otro? —pregunté, y la voz me salió finita.

—Quiero que pases —respondió, sin parpadear—. Y quiero que después me cuentes todo. Con detalle.

Eso último fue lo que me terminó de marear. No me estaba compartiendo del todo: me estaba prestando para después llevarse el relato como un trofeo. Me costó horas asimilarlo. Pero a la mañana siguiente, sin terminar de entender por qué, ya estaba caminando hacia la oficina del profesor.

***

El profesor Aurelio era un hombre grande, de manos anchas y voz pausada, de esos que imponen sin levantar el tono. Por los pasillos ya se rumoreaba que varias compañeras habían arreglado sus materias del mismo modo, así que entré pensando que mi propuesta no le iba a sonar tan escandalosa.

No le sonó escandalosa en absoluto. Al contrario.

—La verdad, me sorprende que hayas tardado tanto —dijo, recostándose en la silla con una media sonrisa—. Pensé que ibas a venir antes, como las otras.

Yo me sentía rarísima. En toda mi vida ningún hombre que no fuera Marcelo me había puesto una mano encima, y de pronto estaba cerrando una puerta con pestillo y dejando que un desconocido me bajara la falda sobre su escritorio. Tenía las piernas tensas, la respiración corta, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Y entonces pasó algo que no estaba en mis planes.

El condenado viejo me gustó. Me gustó mucho. Me tocó con una paciencia que Marcelo nunca había tenido, me dijo cosas al oído que me hicieron arquear la espalda, y para cuando terminamos yo ya no estaba pensando en aprobar ninguna materia. Recuerdo la madera fría del escritorio en la espalda, el ruido del aire acondicionado tapando mis jadeos, la forma en que me sostuvo de la cintura como si yo fuera a escaparme. No me escapé. Me quedé.

Esa misma semana volví. No por necesidad: volví porque quería. Me dejé tomar todas las veces que él quiso, y cada vez me gustaba más. Salí de su oficina con el aprobado asegurado y con algo nuevo zumbándome por dentro, una pregunta que no me animaba a decir en voz alta: ¿y si esto recién empezaba?

***

Lo que vino después fue como destapar algo que llevaba años cerrado con llave. Sin proponérmelo, empecé a acostarme con la mayoría de mis profesores. Una clase llevaba a la otra, una mirada en el pasillo se convertía en una cita después de hora, y yo descubrí que me fascinaba esa vida nueva, esa sensación de poder y de descontrol a la vez.

Me aprendí de memoria casi todos los hoteles del centro. Ya ni me molestaba en disimular: llegaba, saludaba en recepción, subía. Los conserjes me reconocían, me guardaban la misma habitación, me sonreían con una complicidad que en otro momento de mi vida me habría dado vergüenza y que entonces, en cambio, me parecía parte del juego.

Era una época de una felicidad extraña, eléctrica, en la que el morbo de lo prohibido se me había vuelto adicción. Cada examen aprobado venía con una historia nueva, cada profesor tenía su manera distinta de pedirme las cosas, y yo coleccionaba todo eso como quien colecciona secretos. Y a Marcelo, cada vez que le contaba, se le encendían los ojos. Mi relato lo enloquecía tanto como me enloquecía a mí vivirlo.

Era suya, sí. Pero ahora era de muchos. Y eso, lejos de molestarle, lo devoraba.

***

Era cuestión de tiempo que la historia llegara a oídos del director. Rolando era un hombre mayor, de traje impecable y una autoridad que se sentía apenas cruzaba una puerta. No iba a dejar pasar la oportunidad de tenerme, y un mediodía me mandó llamar a la dirección.

Hablamos unos minutos de pura cortesía, las notas, el rendimiento, la vida universitaria. Pero los dos sabíamos para qué estaba yo ahí. Al rato yo estaba de rodillas frente a él, con sus dedos enredados en mi pelo, y él respiraba hondo mirando el techo como si no terminara de creer su suerte.

El tiempo se me fue volando. Tanto, que se me borró por completo un detalle: Marcelo pasaba siempre a buscarme a esa hora. Como no me encontró por ningún lado, preguntó, y le dijeron que el director me había mandado llamar a su despacho.

Él pensó que me habían citado por alguna falta. Entró preocupado, en silencio, sin golpear, listo para defenderme de una sanción.

Se quedó helado en el umbral.

Ahí estaba yo, recostada sobre el escritorio del director, con las piernas abiertas y la falda hecha un nudo en la cintura. Rolando tenía la cara hundida entre mis muslos, lamiéndome despacio, y una mano subiendo por la parte de atrás de mis caderas. La escena no dejaba ningún espacio a la duda.

—Hola, papi —saludé con una sonrisa enorme, sin moverme.

El director pegó un salto y se apartó de golpe, blanco como el papel, buscando con la mirada un lugar donde desaparecer. Yo me quedé quieta, expuesta, esperando la furia de Marcelo.

Pero la furia no llegó.

***

Marcelo se acercó caminando muy despacio, y en su cara no había enojo. Había otra cosa, algo que yo conocía bien: lujuria pura, desbordada. Nunca, en todos esos años, me había visto con otro hombre. Siempre se había conformado con el relato, con mi voz contándole lo que pasaba en habitaciones que él no pisaba. Y ahora lo tenía delante, en vivo, sin filtro.

Algo se le quebró por dentro. Sin decir una palabra, ocupó el lugar que el director había dejado vacío y se inclinó sobre mí con una desesperación que jamás le había visto. Me besaba, me lamía, me apretaba como si quisiera recuperar de golpe todo lo que se había estado perdiendo. Estaba fuera de sí.

—Mírenla —murmuró contra mi piel—. Mírenla bien. Es mía.

Poco a poco, Rolando fue recuperando el aire. Venció el pánico que le había provocado la irrupción, se acomodó la ropa y, viendo que Marcelo no solo no lo echaba sino que parecía invitarlo, se animó a acercarse de nuevo. Esta vez me la dio a chupar mientras mi padrastro seguía entre mis piernas.

Y ahí entendí lo que estaba pasando.

No era simplemente sexo con un viejo en un despacho. Estaba con los dos a la vez. Estaba con el director y con mi padrastro al mismo tiempo, las dos cosas más prohibidas que se me cruzaban por la cabeza ocurriendo en el mismo cuarto, sobre el mismo escritorio. El morbo de saber que aquello no debía estar pasando lo volvía todo más intenso, más eléctrico, más imposible de soltar.

Era mi primer trío, y la sensación fue de una emoción que no sabría cómo explicar. El cuerpo de uno por delante, el del otro por detrás, las dos respiraciones agitadas, las manos por todas partes. Cerré los ojos y me dejé llevar por completo, sintiéndome el centro absoluto de algo que ninguno de los tres olvidaría.

***

Ese trío no fue el último. Se repitió cada semana hasta que terminó el curso, siempre en la dirección, siempre con la puerta cerrada y la misma complicidad silenciosa entre los tres. Y, por supuesto, seguí viendo a mis queridos profesores por mi cuenta.

Marcelo nunca volvió a decirme que era suya y de nadie más. Ya no hacía falta. Había descubierto que verme con otros lo encendía más que cualquier otra cosa, y yo había descubierto que me encantaba ser mirada, deseada, compartida. Al final, los dos conseguimos exactamente lo que queríamos.

Sigo siendo suya. Solo que ahora él prefiere verme entre las manos de otro.

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Comentarios (5)

Rodrigo_Cor

tremendo relato!!! me dejo sin palabras, de verdad

MirandaP_lec

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bueno

LunaRD

me gusto que no es solo morbo, hay una historia detras que engancha. sigue escribiendo asi

Lector_BA23

lo escribiste en base a algo real? suena muy autentico, la dinamica que describis se siente creible

Tomas_cba

increible de los mejores que lei aca en mucho tiempo

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