Mi padrastro me ordenó seducir a mis profesores
Desde que mi madre se volvió a casar, Marcelo tuvo la costumbre de tomarme la cara con las dos manos y mirarme muy fijo antes de soltar siempre la misma frase.
—Vos sos mía y de nadie más. Que no se te olvide nunca.
Lo decía con una calma que no dejaba lugar a discusión. Y, aunque suene raro, esa frase terminó por gustarme. Me hacía sentir elegida, importante, como si fuera la única cosa en el mundo que de verdad le pertenecía a alguien. Con los años dejé de pelearla y simplemente la acepté como una verdad más, igual que el color de mis ojos.
El verano en que cumplí dieciocho, esa frase dejó de ser un juego. Me hizo suya de verdad una tarde de enero, con la casa vacía y el ventilador girando despacio en el techo. Me acuerdo de cada segundo. Me desnudó despacio en el sillón, mordiéndome el cuello mientras me bajaba la bombacha con dos dedos, y cuando me abrió las piernas y vio que ya estaba empapada soltó una carcajada ronca.
—Mirá cómo estás, puta. Mirá cómo estás para tu papi.
Me la metió de una sola estocada, hasta el fondo, y yo grité con la cara enterrada en su hombro. Me cogió lento, saboreándome, hablándome sucio al oído todo el tiempo. «Este coño es mío, ¿me oís? Esta concha me pertenece.» Y yo le decía que sí a todo, con la voz quebrada, mientras su verga entraba y salía y yo sentía el semen subir por su tallo antes de que se derramara caliente adentro mío. Me llenó entera, y después se quedó ahí adentro un rato largo, besándome la boca como si me estuviera marcando por dentro. Me entregué sin reservas porque llevaba años convencida de que ese era mi lugar. Él quedó fascinado conmigo. Tanto, que durante mucho tiempo no hubo nadie más en mi cabeza ni en mi cuerpo.
Yo era suya. Eso lo sabía desde siempre.
***
El problema empezó en la universidad. Yo había sido siempre una buena estudiante, de esas que se sientan adelante y entregan todo antes de tiempo, pero ese segundo año algo se me desordenó por dentro y las notas se me vinieron abajo. No entendía por qué. Marcelo, en cambio, lo vivía como una afrenta personal.
—Vos no podés reprobar —me dijo una noche, apretando los dientes—. Vos sos mía, y lo mío no fracasa.
Faltaba una semana para los finales y mis números eran un desastre. Fue entonces cuando me soltó la idea, así, como quien comenta el clima.
—Hablá con el profesor de Estadística. Si hace falta, ofrecele algo. Vos sabés qué. Con tal de que pases.
Me quedé paralizada. No me lo esperaba, y tardé en entender lo que me estaba diciendo. No era la propuesta en sí lo que me descolocaba, sino lo que había detrás: él me estaba ofreciendo a otro hombre. Él, que durante años me había repetido que yo era suya y de nadie más, ahora me empujaba a abrirme de piernas para alguien que no era él.
—¿Vos querés que me acueste con otro? —pregunté, y la voz me salió finita.
—Quiero que pases —respondió, sin parpadear—. Y quiero que después me cuentes todo. Con detalle. Cómo te la mete, cómo te coge, si te llena la boca, si te acaba adentro. Todo.
Eso último fue lo que me terminó de marear. No me estaba compartiendo del todo: me estaba prestando para después llevarse el relato como un trofeo. Me costó horas asimilarlo. Pero a la mañana siguiente, sin terminar de entender por qué, ya estaba caminando hacia la oficina del profesor.
***
El profesor Aurelio era un hombre grande, de manos anchas y voz pausada, de esos que imponen sin levantar el tono. Por los pasillos ya se rumoreaba que varias compañeras habían arreglado sus materias del mismo modo, así que entré pensando que mi propuesta no le iba a sonar tan escandalosa.
No le sonó escandalosa en absoluto. Al contrario.
—La verdad, me sorprende que hayas tardado tanto —dijo, recostándose en la silla con una media sonrisa—. Pensé que ibas a venir antes, como las otras.
Yo me sentía rarísima. En toda mi vida ningún hombre que no fuera Marcelo me había puesto una mano encima, y de pronto estaba cerrando una puerta con pestillo y dejando que un desconocido me bajara la falda sobre su escritorio. Tenía las piernas tensas, la respiración corta, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
Aurelio no tuvo apuro. Corrió los papeles a un costado, me sentó al borde del escritorio y me abrió las rodillas con las dos manos, sin preguntar. Me miró la bombacha unos segundos, en silencio, y sonrió.
—Ya estás mojada —dijo, pasándome un dedo por encima de la tela—. Mirá vos.
Me tiró la bombacha a un costado y me hundió la cara entre las piernas. La lengua le entraba lenta, ancha, se demoraba en el clítoris como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me chupó hasta que me temblaron los muslos, hasta que le agarré la cabeza con las dos manos y me corrí en su boca sin poder disimularlo, mordiéndome el brazo para no gritar. No paró ahí. Se levantó, se bajó el pantalón sin dejar de mirarme, y me mostró la verga gruesa y venuda antes de metérmela en la boca.
—Chupá, nena. Chupá que hoy te la voy a dar bien.
Se la mamé despacio, mirándolo desde abajo, con la saliva chorreándome por el mentón. Cuando me la sacó de la boca me dio vuelta contra el escritorio, me tiró la falda a la cintura y me clavó la polla de un solo golpe. Grité con la cara pegada a la madera. Me la metió entera, hasta las bolas, y empezó a cogerme fuerte, agarrándome de la cadera con las dos manos, hablándome como Marcelo nunca me hablaba.
—Así te gusta, ¿no? Ya sabía que eras una puta calentona. Se te nota en la cara, nena. Se te nota en cómo apretás cuando te la meto.
Me dio vuelta otra vez, me tiró de espaldas sobre el escritorio, me abrió las piernas todo lo que pudo y me volvió a penetrar. Recuerdo la madera fría en la espalda, el ruido del aire acondicionado tapando mis jadeos, la forma en que me sostuvo de la cintura como si yo fuera a escaparme. Me cogió en tres o cuatro posiciones, hasta que se puso duro como una piedra y se me vino adentro con un gruñido largo, vaciándome el semen entero en el coño mientras me apretaba las tetas por debajo del corpiño. Sentí cada chorro caliente pegándome contra el fondo, y me corrí con él, temblando entera. No me escapé. Me quedé.
Esa misma semana volví. No por necesidad: volví porque quería. Me dejé tomar todas las veces que él quiso —en el escritorio, contra la pared, arrodillada bajo la mesa mientras él fingía dar clase por teléfono—, y cada vez me gustaba más. Salí de su oficina con el aprobado asegurado y con algo nuevo zumbándome por dentro, una pregunta que no me animaba a decir en voz alta: ¿y si esto recién empezaba?
Esa noche le conté todo a Marcelo. Todo. Cómo me había lamido, cómo me había cogido, cuántas veces me había llenado. Se la chupé mientras se lo contaba, y él me acabó en la cara antes de que terminara la historia.
***
Lo que vino después fue como destapar algo que llevaba años cerrado con llave. Sin proponérmelo, empecé a acostarme con la mayoría de mis profesores. Una clase llevaba a la otra, una mirada en el pasillo se convertía en una cita después de hora, y yo descubrí que me fascinaba esa vida nueva, esa sensación de poder y de descontrol a la vez.
Me aprendí de memoria casi todos los hoteles del centro. Ya ni me molestaba en disimular: llegaba, saludaba en recepción, subía. Los conserjes me reconocían, me guardaban la misma habitación, me sonreían con una complicidad que en otro momento de mi vida me habría dado vergüenza y que entonces, en cambio, me parecía parte del juego.
Cada uno tenía lo suyo. El de Contabilidad me quería siempre de rodillas, mamándosela contra el respaldo de la cama, hasta que me acababa en la boca y me pedía que le mostrara el semen en la lengua antes de tragarlo. El de Derecho no podía coger sin insultarme; me llamaba puta, guarra, calentona, y a mí, para mi propio asombro, me encendía más cada palabra. El de Filosofía era el más obsceno de todos: me daba vuelta boca abajo, me abría el culo con los pulgares y me lo lamía largo rato antes de metérmela sin lubricante, despacio, escuchándome gemir con la cara aplastada contra la almohada. Fue con él con quien probé por primera vez el sexo anal, y descubrí que me gustaba tanto como cualquier otra cosa.
Era una época de una felicidad extraña, eléctrica, en la que el morbo de lo prohibido se me había vuelto adicción. Cada examen aprobado venía con una historia nueva, cada profesor tenía su manera distinta de pedirme las cosas, y yo coleccionaba todo eso como quien colecciona secretos. Y a Marcelo, cada vez que le contaba, se le encendían los ojos. Me hacía repetirle los detalles mientras me cogía, me preguntaba si me habían acabado adentro o en la boca, si me habían dado por el culo, si había tragado. Yo se lo contaba todo, con la voz entrecortada por sus embestidas, y él se corría dentro de mí gruñendo el nombre de otro hombre. Mi relato lo enloquecía tanto como me enloquecía a mí vivirlo.
Era suya, sí. Pero ahora era de muchos. Y eso, lejos de molestarle, lo devoraba.
***
Era cuestión de tiempo que la historia llegara a oídos del director. Rolando era un hombre mayor, de traje impecable y una autoridad que se sentía apenas cruzaba una puerta. No iba a dejar pasar la oportunidad de tenerme, y un mediodía me mandó llamar a la dirección.
Hablamos unos minutos de pura cortesía, las notas, el rendimiento, la vida universitaria. Pero los dos sabíamos para qué estaba yo ahí. Se paró, rodeó el escritorio y se apoyó contra el borde justo frente a mí. Se abrió la bragueta despacio, sin decir nada, y sacó la verga ya medio dura.
—A ver si es verdad todo lo que dicen de esa boquita —dijo, con la voz tranquila de siempre.
Me arrodillé sin pensarlo. Se la tomé con las dos manos, se la lamí de la base a la punta, le llené la polla de saliva y me la metí entera en la boca hasta atragantarme. Rolando soltó un suspiro largo, me tomó del pelo y empezó a mover la cadera él mismo, cogiéndome la boca despacio, mirándome desde arriba.
—Así, nena. Así, todo adentro. Qué bien la chupás, carajo.
El tiempo se me fue volando. Tanto, que se me borró por completo un detalle: Marcelo pasaba siempre a buscarme a esa hora. Como no me encontró por ningún lado, preguntó, y le dijeron que el director me había mandado llamar a su despacho.
Él pensó que me habían citado por alguna falta. Entró preocupado, en silencio, sin golpear, listo para defenderme de una sanción.
Se quedó helado en el umbral.
Ahí estaba yo, recostada sobre el escritorio del director, con las piernas abiertas y la falda hecha un nudo en la cintura. La bombacha tirada en el piso. Rolando tenía la cara hundida entre mis muslos, lamiéndome el coño despacio, con la lengua entrando y saliendo, y una mano subiendo por la parte de atrás de mis caderas, un dedo justo apoyado contra el ojo del culo. La escena no dejaba ningún espacio a la duda.
—Hola, papi —saludé con una sonrisa enorme, sin moverme, sin cerrar las piernas.
El director pegó un salto y se apartó de golpe, blanco como el papel, buscando con la mirada un lugar donde desaparecer. Yo me quedé quieta, expuesta, con el coño brillando de saliva y las tetas fuera del corpiño, esperando la furia de Marcelo.
Pero la furia no llegó.
***
Marcelo se acercó caminando muy despacio, y en su cara no había enojo. Había otra cosa, algo que yo conocía bien: lujuria pura, desbordada. Nunca, en todos esos años, me había visto con otro hombre. Siempre se había conformado con el relato, con mi voz contándole lo que pasaba en habitaciones que él no pisaba. Y ahora lo tenía delante, en vivo, sin filtro.
Algo se le quebró por dentro. Sin decir una palabra, ocupó el lugar que el director había dejado vacío, me abrió las piernas todavía más y se inclinó sobre mi coño con una desesperación que jamás le había visto. Me lamió entera, de arriba abajo, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua bien adentro, subiendo hasta las tetas para morderme los pezones y bajando otra vez. Me besaba, me lamía, me apretaba como si quisiera recuperar de golpe todo lo que se había estado perdiendo. Estaba fuera de sí.
—Mirala —murmuró contra mi piel, la boca brillante—. Miren a esta puta. Es mía. Es toda mía.
Se desabrochó el pantalón sin dejar de mirarme, sacó la verga hinchada y me la clavó de una sola estocada. Grité. Empezó a cogerme fuerte, mirándome a los ojos, con esa cara de loco que nunca le había visto.
Poco a poco, Rolando fue recuperando el aire. Venció el pánico que le había provocado la irrupción, se acomodó frente a mi cara y, viendo que Marcelo no solo no lo echaba sino que parecía invitarlo, se animó a acercarse de nuevo. Se sacó la polla otra vez y me la puso en los labios.
—Abrí la boca, nena. Chupá.
Y ahí entendí lo que estaba pasando.
No era simplemente sexo con un viejo en un despacho. Estaba con los dos a la vez. Estaba con el director cogiéndome la boca y con mi padrastro clavándome la verga en el coño al mismo tiempo, las dos cosas más prohibidas que se me cruzaban por la cabeza ocurriendo en el mismo cuarto, sobre el mismo escritorio. El morbo de saber que aquello no debía estar pasando lo volvía todo más intenso, más eléctrico, más imposible de soltar.
Me la mamaba mientras Marcelo me embestía atrás. Cada empujón de mi padrastro me clavaba la polla del director un poco más al fondo de la garganta, y yo gemía con la boca llena, escuchándolos jadear a los dos por encima de mí. Rolando se me acabó en la boca primero, con un gruñido ronco, apretándome la nuca con las dos manos para que no lo soltara. Tragué todo, mirando a Marcelo. Mi padrastro me vio tragar y perdió la cabeza: me sacó la verga del coño, me dio vuelta boca abajo sobre el escritorio y me la volvió a meter desde atrás, cogiéndome como un animal, hablándome sucio contra la nuca.
—Puta. Mi puta. Chupale la pija al director, dale. Otra vez. Que vea cómo te cojo mientras se la mamás.
Rolando no tardó en ponerse duro otra vez. Volvió a rodear el escritorio, me tomó de la mandíbula y me la metió de nuevo en la boca mientras Marcelo me seguía cogiendo por atrás. Era mi primer trío, y la sensación fue de una emoción que no sabría cómo explicar. El cuerpo de uno por delante, el del otro por detrás, las dos respiraciones agitadas, las manos por todas partes, dos vergas cogiéndome al mismo tiempo. Cerré los ojos y me dejé llevar por completo. Me corrí dos veces, mordiéndome los labios, con Marcelo llenándome el coño de semen y Rolando volviéndoseme a acabar, esta vez en la cara. Me quedé tirada sobre el escritorio, la falda hecha un desastre, el semen chorreándome por el mentón y las piernas, sintiéndome el centro absoluto de algo que ninguno de los tres olvidaría.
***
Ese trío no fue el último. Se repitió cada semana hasta que terminó el curso, siempre en la dirección, siempre con la puerta cerrada y la misma complicidad silenciosa entre los tres. Y, por supuesto, seguí viendo a mis queridos profesores por mi cuenta.
Marcelo nunca volvió a decirme que era suya y de nadie más. Ya no hacía falta. Había descubierto que verme con otros lo encendía más que cualquier otra cosa, y yo había descubierto que me encantaba ser mirada, deseada, compartida, cogida por dos vergas a la vez mientras él me miraba. Al final, los dos conseguimos exactamente lo que queríamos.
Sigo siendo suya. Solo que ahora él prefiere verme entre las manos —y las pijas— de otro.





