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Relatos Ardientes

El atardecer en la cala despertó mi fantasía más salvaje

Déjame que te cuente una fantasía que se me cruza por la cabeza cada vez que pienso en esas calas escondidas del sur, esas a las que solo se llega bajando un sendero de piedras y donde el último sol del día se queda más tiempo que en ningún otro sitio.

Imagínate que eres tú. Estás sola, tumbada sobre la arena tibia, con la espalda apoyada en una roca todavía caliente por el día entero de sol. La playa se ha ido vaciando poco a poco y el cielo se tiñe de naranja sobre el agua. No queda casi nadie. Y tú, como tantas otras veces, te dejas llevar.

El aire huele a sal y a protector solar. Notas la brisa que empieza a refrescar sobre la piel mojada, los granos finos de arena pegados a los muslos, el rumor lento de las olas que van y vienen unos metros más allá. Llevas todo el día con esa tensión apretada en el cuerpo, esa que nace de tomar el sol medio desnuda rodeada de extraños, y ahora que la cala se ha quedado vacía sientes que por fin puedes soltarla.

Te has bajado un poco el bikini sin darte cuenta del todo. Una mano viaja despacio por tu vientre, baja, encuentra el calor entre tus piernas. Empiezas a tocarte mirando el atardecer, sin prisa, disfrutando de esa sensación de estar haciendo algo que no deberías en un sitio donde cualquiera podría verte.

Los dedos se mueven en círculos lentos mientras el sol se vuelve rojo y enorme sobre el horizonte. Separas un poco más las rodillas. Cada caricia te calienta un grado más, y la idea de que alguien aparezca de pronto por el sendero, de que te encuentre así, abierta y entregada, hace que se te corte la respiración.

Que me vean. Que me descubran así.

Ese pensamiento te enciende más que cualquier caricia. El sol se hunde en el horizonte y tú aceleras los dedos, mordiéndote el labio, cuando de pronto una sombra gigantesca te tapa la última luz.

Abres los ojos. Frente a ti hay un hombre enorme, casi dos metros de pura espalda y hombros, rubio como el trigo, con la piel enrojecida por el sol del norte. No dice nada. Te mira tocarte y sonríe.

—Sigue —murmura, con un acento espeso que apenas reconoces.

Antes de que puedas contestar, se agacha y te levanta en brazos como si no pesaras nada. Sientes la fuerza de esos brazos enormes cerrarse alrededor de tu cuerpo, la piel caliente de su pecho contra tu mejilla, el latido sordo de su corazón. No forcejeas. Te dejas llevar como un peso muerto, mareada por la facilidad con la que te ha cogido.

Te lleva detrás de un chiringuito cerrado, donde la arena está en sombra y nadie del sendero podría veros. Allí te deja en el suelo y, sin mediar una palabra más, te termina de quitar la parte de abajo del bikini. Lo hace despacio, mirándote a los ojos, deslizando la tela por tus piernas hasta dejarte completamente desnuda sobre la arena fresca.

Tú no dices que no. Al contrario.

***

Se tumba de espaldas sobre la toalla que ha extendido y te atrae hacia él, guiándote por las caderas hasta que quedas montada encima. Lo que tiene entre las piernas no parece de carne. Es duro, ancho, caliente, una barra forjada que te abre despacio mientras desciendes sobre ella centímetro a centímetro.

—Despacio —le pides en español, aunque sabes que no te entiende—. Suave, por favor.

Él te entiende a su manera. Te sujeta con las dos manos y empieza a moverte arriba y abajo, marcando un ritmo que no es el tuyo sino el suyo, el de alguien que sabe exactamente lo que quiere. Le clavas las uñas en los hombros para no perder el equilibrio. Cada embestida sube como una ola de calor desde lo más hondo de tu cuerpo hasta el punto exacto donde estáis unidos.

Y entonces lo notas. No estáis solos.

Al borde de la sombra, donde la arena se vuelve gris con la noche que llega, hay cuatro hombres mirando. Vendedores ambulantes que recogían sus mantas en la orilla y se han quedado quietos, en silencio, observando el espectáculo. No se acercan, no dicen nada. Solo miran, con los brazos caídos y los ojos clavados en ti.

Deberías sentir vergüenza. Deberías taparte, apartar la cara, fingir que no está pasando. Pero saberte observada, descubierta justo en el momento más íntimo, es exactamente lo que llevabas toda la tarde fantaseando sin atreverte a confesártelo.

No haces nada de eso. Saber que te miran te pone todavía más cachonda, y tus caderas se mueven solas, más rápido, más fuerte, buscando lo que sabes que está a punto de llegar.

Llega como un latigazo. El placer te recorre entera y el cuerpo se te tensa de golpe; sientes ese chorro caliente que estalla desde dentro, esa corrida que rara vez te permites soltar y que esta tarde no puedes contener. El gigante del norte gruñe debajo de ti, te aprieta las caderas y se vacía con un empujón final que te arranca un segundo orgasmo encadenado al primero.

Después se queda quieto un momento, respirando hondo. Luego, igual que llegó, se levanta, recoge su toalla y se marcha hacia el sendero sin volver la vista atrás.

***

Y tú te quedas ahí, temblando sobre la arena, con la respiración rota y los cuatro hombres acercándose despacio.

Casi es de noche. La luz que queda apenas dibuja sus siluetas, pero alcanzas a notar que dos de ellos ya están listos, marcando el bañador, grandes y firmes como a ti te gustan. Se acercan despacio, rodeándote, y tú no haces el menor gesto por cerrarte. Todo lo contrario: separas las piernas en la arena, ofreciéndote, todavía caliente por lo que acaba de pasar.

No hay discusión sobre quién va primero. El que tienes más cerca se arrodilla entre tus piernas, te sujeta por los muslos y entra sin pedir permiso, de una sola vez.

Tiene un tamaño que te corta la respiración. Cuando empuja del todo sientes como si fuera a llegarte hasta la garganta, y se te escapa una risa floja, ese gesto raro que se te pone en la cara cuando el placer roza el límite de lo que aguantas. Le dura poco. El calor que despides, la forma en que lo aprietas por dentro, lo terminan antes de lo que ninguno de los dos quería.

Porque no estás solo con él. Mientras te folla, otro se ha colocado junto a tu cabeza y te ofrece lo suyo. Abres la boca y lo recibes, lo notas llegar hondo mientras el de abajo sigue moviéndose. Estás atravesada de un lado a otro, llena por completo, y la mezcla de las dos sensaciones te nubla cualquier pensamiento.

El que te embiste por delante termina con un gemido y se aparta enseguida, dejando el sitio libre. No tarda en ocuparlo el tercero. Lo tiene algo más pequeño, pero compensa con rabia: te penetra con ganas, salvaje, encajando con el calor que aún te queda dentro. En unas pocas embestidas él también se rinde y se derrama.

Queda el cuarto. Este se toma su tiempo. Te moja con saliva, se prepara, y antes de entrar se acerca a tu cara.

—¿Estás bien? —pregunta, y es la primera vez en toda la tarde que alguien lo pregunta.

Asientes con la cabeza. Estás más que bien. Estás en un sitio al que ni siquiera sabías que querías llegar, y no quieres que termine todavía.

***

El de tu boca elige ese momento para terminar. Lo notas estremecerse y te llena de golpe; toses, casi te atragantas, con los ojos llorosos por el esfuerzo. Y justo entonces el cuarto empieza a entrar.

Si los anteriores eran largos, este es ancho. Salvajemente ancho. Te abre de una forma distinta, una presión que te deja clavada en la arena sin poder moverte. No hay vaivén posible: simplemente está dentro, enorme, palpitando, encajado en ti como una piedra caliente que llena cada rincón.

Y palpita, y palpita, hasta que estalla. Sientes la última explosión sumarse a todo lo que ya te chorrea entre las piernas, y el cuerpo te responde una vez más, con un temblor largo que te recorre de la nuca a los pies.

Entonces todo se detiene.

Te dejas caer del todo sobre la tierra, exhausta, contorsionándote todavía por los últimos coletazos del placer. A tu alrededor, los cuatro hombres respiran igual de rendidos que tú, tumbados en la arena oscura, sin que ninguno diga nada. El mar suena cerca, las olas rompen suaves, y el cielo ya es del todo negro.

Y mientras te quedas ahí, mirando las primeras estrellas, piensas en lo bien que te han dejado, en lo lejos que ha llegado tu imaginación esta vez, y en lo difícil que va a ser, la próxima tarde que bajes sola a la cala, conformarte solo con tus dedos y un atardecer.

Quizá. Solo quizá. Algún día deje de ser una fantasía.

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Comentarios (4)

Sole_BA

me encantoooo!!! sigue asi por favor

PatricioBA_87

Me recordo a una escapada que hice hace años al mar, esos atardeceres tienen algo especial que desata la imaginacion. Muy buen relato.

LauraT33

esa sombra... me dejo con muchisima intriga. como termina todo esto??

NochesDePampa

La ambientacion esta perfecta, casi podes sentir el calor del sol y la brisa mientras lo lees. Muy logrado.

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