Lo que el desconocido del garaje vio esa mañana
Imagínalo así, porque es solo una fantasía y aquí nadie te juzga. Eres una mujer de treinta y cuatro años, vives de alquiler en una urbanización tranquila a las afueras de Cártama y tienes plaza propia en el garaje del sótano, esa donde aparcas el coche cada mañana antes de salir a trabajar.
Ese martes bajas más temprano de lo normal. El ascensor huele a cemento húmedo y a gasolina fría, y cuando se abren las puertas en el segundo subsuelo, el garaje está en penumbra, con esas luces de techo que parpadean antes de encenderse del todo. No se oye un alma. Solo el zumbido lejano de un motor de extracción y tus propios tacones contra el hormigón.
Es un sitio que conoces de memoria y que, sin embargo, a esta hora se vuelve otro. Las plazas vacías parecen más grandes. Las columnas amarillas proyectan sombras largas que se cruzan en el suelo. Hay algo en bajar sola, antes de que el edificio despierte, que siempre te ha puesto un poco nerviosa y un poco alerta, como si el silencio guardara algo que todavía no ha pasado.
Llevas un vestido largo, de los que te gustan para el verano: una falda amplia, tableada, que te llega casi hasta los tobillos y que se mueve sola con cada paso. Has dormido fatal y has salido sin desayunar, solo con un café cargado en el cuerpo. Y a mitad de camino hacia tu coche, sin previo aviso, te asaltan unas ganas de orinar tremendas.
No llego. No subo otra vez los dos pisos sin mojarme.
Te paras en seco. Miras hacia un lado, hacia la rampa de salida, y no ves nada. Miras hacia el otro, hacia la fila de columnas pintadas de amarillo, y tampoco. El garaje parece desierto, lleno de coches dormidos y de sombras. Te dices que será solo un momento, que nadie baja a estas horas, que el vestido te tapa de sobra.
Así que lo haces. Te metes entre tu coche y la columna, te remangas la falda con las dos manos, te bajas las bragas blancas hasta medio muslo y te pones en cuclillas. El alivio es inmediato y casi vergonzoso, ese alivio físico que te hace cerrar los ojos un segundo.
Lo que no viste, porque no miraste bien, es que dos plazas más allá, dentro de un coche oscuro con los cristales tintados, había alguien. Un hombre. Y ese hombre llevaba un rato observándote sin que te dieras cuenta.
***
Lo notas tarde. Un movimiento al borde de tu visión, un reflejo en la chapa pulida del coche de al lado. Giras la cabeza y entonces lo ves: un tipo sentado al volante de un sedán gris, con la ventanilla bajada y la mirada clavada en ti. Tiene una mano ocupada en su regazo, moviéndose despacio, y no hace ningún intento de disimular.
Se te corta la respiración. Todavía estás en cuclillas, todavía no has terminado, y las ganas no te dejan enderezarte de golpe. Intentas levantarte, tirar de la falda hacia abajo, pero el cuerpo no te obedece y te quedas a medias, atrapada entre la urgencia y la vergüenza.
La puerta del sedán se abre. El hombre sale sin prisa, alto, con la camisa por fuera del pantalón y una expresión que no sabes leer del todo. No es amenazante. Es más bien curiosa, hambrienta, como la de quien ha encontrado algo que no esperaba y no piensa dejarlo escapar.
Para cuando consigues ponerte de pie, ya lo tienes encima. La distancia entre los dos coches desaparece en tres pasos, y antes de que puedas decir nada, su mano te roza la mejilla y su otra mano se ocupa de bajar la cremallera del pantalón.
Y entonces lo piensas, rápido, con esa lógica torcida que solo aparece en mitad del miedo y las ganas.
No voy a desaprovechar una ocasión así. Una cosa de estas no se repite jamás. Y, encima, el tío tiene una herramienta de las que hacen pensar.
Mientras esa idea cruza tu cabeza, ya has abierto la boca. No hace falta que te empuje. Su polla entra entre tus labios y la recibes como si llevaras toda la mañana esperándola, succionando despacio al principio, midiéndola, ese grosor que te obliga a abrir más de lo que creías.
Te acuerdas, no sabes por qué, de los caramelos de palo que comías de niña, esos que duraban una tarde entera. Solo que esto es mucho más grueso. Mucho más caliente. Y mucho más prohibido.
Entre una chupada y otra, levantas la vista hacia él. Necesitas saberlo antes de seguir.
—Oye —murmuras, con la voz ronca—, no me vas a hacer nada raro, ¿verdad?
—No, mujer —responde él, casi riéndose—. Si tú quieres, follamos. Nada más.
Y se te abre el mundo. Porque toda la tensión de los últimos minutos, ese nudo de pensar que había bajado con malas intenciones, se deshace de golpe. Sus intenciones eran preguntarte si querías. Solo eso.
—Pues claro que quiero —contestas, con una chulería que no sabías que tenías dentro.
***
Te enderezas del todo. Te quitas las bragas blancas, que han quedado tiradas en un charco diminuto sobre el hormigón, y las dejas ahí, olvidadas. No te importa. Hace un momento te morías de vergüenza de que alguien te viera bajándotelas a escondidas, y ahora vas a follar a plena luz, en el suelo de un garaje, con un completo desconocido. La cabeza no termina de seguirle el ritmo al cuerpo, y por una vez decides no obligarla. Le coges el aparato con una mano, firme, y lo guías mientras él se deja caer de espaldas sobre el suelo frío del garaje, con la camisa arrugándose bajo su peso.
Te colocas a horcajadas sobre él. Notas el hormigón áspero bajo tus rodillas, el roce del vestido tableado cayéndote por los muslos como una cortina, y bajas de un solo empujón, hundiéndolo entero dentro de ti. El gemido que se te escapa no es elegante. Es de los de verdad.
Por un instante te quedas quieta, sentada del todo sobre él, sintiéndolo latir dentro. La cabeza te da vueltas con la mezcla absurda de la situación: el suelo frío, la mañana de martes, un hombre cuyo nombre no sabes, el olor a goma y a aceite del garaje y tú abierta encima de él como si llevarais años haciéndolo. Nunca te habías sentido tan expuesta. Nunca te habías sentido tan libre.
Y empiezas a moverte. Un vaivén frenético, sin pudor, las caderas bajando y subiendo a un ritmo que ninguno de los dos controla ya. Él te sujeta de la cintura, marcando el compás, y tú te apoyas con las palmas abiertas sobre su pecho para tomar impulso.
Los sonidos se multiplican en el garaje vacío. El eco rebota contra las columnas, contra los coches, contra el techo bajo de hormigón, y convierte cada jadeo tuyo en algo enorme, imposible de ocultar. Tú, en ese momento, ni siquiera eres consciente de que gritas.
De vez en cuando abres los ojos y miras alrededor, hacia la rampa, hacia el ascensor, esperando casi que alguien aparezca y os pille. Y descubres, con cierto asombro, que la idea no te frena. Al contrario. La posibilidad de que un vecino baje a por el coche y os encuentre así te empuja a moverte más rápido, a hundirte más fuerte, a buscar el final con una urgencia que no reconoces en ti.
Él aguanta. Aguanta de una manera que te sorprende, empalmado y duro como una piedra durante lo que más tarde calcularás que fueron al menos media hora, dejándote llevar el ritmo, parando justo cuando estabas a punto, volviendo a empezar. Sudas. El pelo se te pega a la frente. El vestido se te ha bajado de un hombro y ni te molestas en subirlo.
Cuando por fin llegas, llegas con todo el cuerpo, con una sacudida que te dobla hacia adelante sobre su pecho. Y ese calor tuyo, ese apretón repentino que lo envuelve, es lo que lo termina de romper a él. Se corre con un empujón final, hondo, como el taponazo de una botella de champán que llevaba demasiado tiempo agitada.
Solo que esto no es champán. Te salpica el bajo del vestido, los muslos, la tela tableada que tanto te gusta, y te quedas un momento ahí encima, jadeando, riéndote sin saber muy bien de qué.
***
Días después te enteras de lo otro. Te lo cuenta tu vecina Marisol, la del cuarto, mientras compartís ascensor y ella te mira de reojo con una sonrisa rara.
—Oye, ¿tú no bajaste el martes temprano al garaje? —te suelta de pronto—. Porque se oía un escándalo hasta mi planta. Jadeos, gritos… pensé que era una película puesta a todo volumen.
Se te suben los colores, pero ella no parece reprocharte nada. Al contrario. Te confiesa, bajando la voz, que aquel ruido la encontró sola en casa, con el marido en el trabajo, y que no pudo evitar meterse la mano dentro de la ropa y terminar lo que tú habías empezado dos pisos más abajo.
—No sabía ni quién eras —dice, encogiéndose de hombros—. Pero menos mal que alguien en este edificio hace algo. Mi marido no me toca desde hace meses. Siempre con esa cara de mala leche, como si tuviera la regla cada día del año.
Y tú te ríes, porque no sabes qué otra cosa hacer, y piensas que sin querer le has hecho un favor a media urbanización.
***
De aquella mañana te quedó una cosa más, además del recuerdo y de un vestido que tuviste que llevar dos veces a la tintorería. Antes de subir a cambiarte, todavía con las piernas temblando, le diste tu número de móvil al desconocido del sedán gris.
Por si algún día, le dijiste medio en broma, necesitas que alguien te ayude a empujar el coche.
O a mí.
Que te avisara, le pediste. Y que tú bajarías al garaje enseguida. Sin bragas, esta vez a propósito.