La confesión que no me atreví a contarle al cura
Marina volvió de la calle con el calor del mediodía pegado a la piel y la sangre encendida bajo la ropa. Acababa de salir de la iglesia y ya no sabía qué nombre ponerle a lo que la habitaba. Cuanto más fría estuviera el agua de la ducha, pensó, mejor.
No entendía qué se había adueñado de ella para volver a confesarse esa mañana. Sí, llevaba meses con pensamientos que la inquietaban, pero ¿eran pecado de verdad? Inapropiados, quizá. ¿Pecaminosos? Había ido otros días por lo mismo, por esa ansia que la invadía cada vez que lo veía a él, el nuevo sacerdote del pueblo. Y en ninguna de esas confesiones había sido capaz de ser del todo sincera. Solo describía la culpa, nunca el nombre del hombre que la provocaba, nunca las noches en que aliviaba ese deseo a solas en su habitación.
Abrió la ducha. El agua salió templada, deliciosa, con fuerza. Se desvistió despacio mientras su mente revivía la última confesión. No pudo evitar imaginar que era él quien le quitaba la ropa. La recorrió un escalofrío. Entró bajo el agua, cerró los ojos y dejó que el chorro la envolviera.
Había entrado en el confesionario con un nudo en el estómago. Llevaba demasiado tiempo arrastrando aquellos sentimientos que la dejaban confundida y sin sosiego. Quería librarse de ellos y tal vez aquella fuera la única vía, aunque hablar le costara la vida. Se sentó, hizo la señal de la cruz y empezó sin pensarlo más.
—Bendígame, Padre, porque he pecado.
Silencio.
—Últimamente he vuelto a tener pensamientos pecaminosos por un hombre… —tragó saliva y siguió—. Un hombre que no puedo tener.
—¿Está casado, hija? —la voz del sacerdote sonó tranquila y grave en la penumbra.
—Podría decirse así —notó que los ojos se le humedecían. Empezaba bien. Los cerró—. Es intocable, sin más. Pero algo en mi cabeza se agita cuando está cerca. He intentado sofocar estos pensamientos y siguen invadiéndome, incluso en sueños. He rezado, como usted me ha pedido otras veces. Daría lo que fuera por no sentirlo.
No pudo seguir reteniendo las lágrimas.
—¿Es solo deseo físico, o lo amas?
—Lo amo y lo deseo. No es únicamente lujuria, pero no puedo dejar de quererlo con todo mi ser.
—¿Se lo has dicho? ¿Él sabe cómo te sientes?
—No le he dicho nada… —dejó caer la frase, y entonces soltó la bomba—. Hasta ahora.
Más silencio.
—Entiendo.
—Padre, por favor, créame, ¡lo siento mucho! Sé que es pecado pensar en usted como lo hago, sé que usted pertenece a Dios, ¡pero no puedo evitarlo!
Ya no hacía nada por contener el llanto. Tanto tiempo guardando aquello, y ahora la desbordaba.
—Cuando lo veo en misa se me seca la boca, se me duermen las manos, me cuesta respirar. Algo me atenaza el pecho y apenas puedo concentrarme. Solo puedo mirarlo y sentir que su voz me llena, e imaginar cosas que no debería. Quizá si dejara de venir a la iglesia esto desaparecería, pero ¿y si no?
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Qué cosas imaginas?
Marina recordaba demasiado bien aquella conversación. El tono bajo y calmo del padre Adrián. Su propia mente girando como un torbellino, juntando todas las escenas que había dibujado mientras lo observaba en el altar. Su figura alta, el pelo negro y espeso, los ojos castaños que dominaban el espacio con solo estar. Y ella soñando con él en el altar, en los bancos, en el mismo confesionario.
Bajo la ducha, echó jabón líquido en las manos y empezó a repartirlo por la piel, imaginando que eran las manos de él. Manos suaves y fuertes recorriendo cada centímetro, cada pliegue. Escalofríos, incluso debajo del agua caliente.
—No puedo describirlo, Padre. Me avergüenza.
—¿Besos?
Respiró hondo.
—Sí.
—Imaginar no es pecado, hija. A veces la mente vaga a pesar de nuestra voluntad. Está en ti evitar que eso llegue a realizarse.
—Sí, Padre.
—Y por favor, no dejes de venir a misa por mí. El Señor te iluminará si te abres a Él en lugar de centrarte en un simple ser humano. Entonces dejarás de sentir esta culpa.
—Ojalá lo oiga, Padre.
—No puedo ponerte penitencia solo por sentir. ¿Hay algo más que quieras confesar?
Debía hacerlo. Intentó elegir las palabras. Sintió la cara ardiendo.
—Padre, cada vez que pienso en usted… yo…
¿Cómo decirlo?
—¿Te tocas?
De nuevo, ardiendo bajo el agua, Marina recordó esas palabras. Si él supiera cuántas veces se lo imaginaba detrás de ella, besándole el cuello mientras le sostenía los pechos. Sentir su cuerpo firme pegado a su espalda, su calor, la presión de sus manos sobre los pezones. Sus dedos empezaron a trazar círculos lentos en las areolas. La mano derecha descendió hacia aquel lugar dulce entre los muslos mientras apoyaba un pie en el escalón del plato de la ducha.
—Sí, Padre.
Y otra vez silencio. Aquello había sido un error: solo decirlo la excitaba. No hacía falta dar detalles, pero su cuerpo pedía la única atención que ese hombre podía darle. Ojalá pudiera salir del confesionario, rodear la madera, tenderle los brazos y abrirle el cuerpo entero. Tragó saliva. Tenía que terminar. Por más absolución que recibiera, seguiría sedienta de él.
—Intenta encauzar tu pasión hacia otra actividad más… productiva. Tradicionalmente se condenaba la autosatisfacción por ser un acto carnal que no preservaba la especie. Hoy hay distintas doctrinas, y no todas la castigan. En tu caso, creo que la única perjudicada eres tú: pasado ese breve momento, ¿qué te queda? ¿Notas alguna mejoría salvo haber apagado un fuego que vuelve?
—No, tiene razón, Padre.
—No es un crimen contra Dios, pero sí contra ti misma, porque no te deja avanzar. Lamento ser el origen de tu desasosiego, pero puedes superarlo con un mínimo esfuerzo.
—Gracias, Padre.
—Reza, hija. Y cuando la tentación te envuelva, piensa en otra cosa para canalizar esa energía. Poco a poco dejarás de sentir esa pulsión que tanto te pesa.
—Lo haré, Padre.
Él le dio la absolución y ella salió sin mirar atrás, al calor de la calle y al calor de su propia sangre en ebullición. No se había liberado en absoluto, más bien al contrario. Pero tenía que salir de allí.
***
Sucumbió a la tentación en la ducha. Sus dedos encontraron lo que buscaban, se hundieron apenas un centímetro y salieron para acariciar el clítoris mientras imaginaba que la mano era de él. Casi sentía sus labios en el cuello, su dureza acomodándose entre sus nalgas mientras la tocaba. Tenía los pezones tan tensos que le dolían. Siguió hasta notar la pierna izquierda flaqueando. Entonces se metió dos dedos, los sacó, los volvió a meter. En su fantasía, él la penetraba una y otra vez, llenándola, besándola, recorriéndole el cuerpo. Lo oía jadear en su oído, sentía su pelo mojado junto a la cara mientras empujaba más fuerte. Subió la mano libre a su boca y se lamió los labios, imaginando cada dedo como una embestida más, hasta que un orgasmo exquisito la dejó exhausta. Y triste. La fantasía se desvaneció. Y ella seguía necesitándolo.
***
Lo que Marina jamás habría imaginado era que, mientras la confesaba, el padre Adrián se odiaba a sí mismo. Por hipócrita. Porque por un lado sentía compasión por ella, y por otro la deseaba con la misma fuerza con que ella lo deseaba a él. Y allí estaba, dándole consejos, muriéndose por conocer sus fantasías y averiguar si se parecían a las suyas. A las que también lo atormentaban cada vez que la veía cruzar el pueblo o entrar en la iglesia.
Cuando ella confirmó que se tocaba pensando en él, sintió que algo empezaba a endurecerse bajo la sotana. Podía haber acabado con todo allí mismo, cediendo. Podía haberla liberado, si hubiera tenido el valor de reconocerlo ante ella, ya que no ante Dios, a quien no podía engañar. Pero calló. Aguantó la erección como pudo y la dejó marchar, quedándose insatisfecho y culpable.
Si ella supiera que, cada vez que entraba en la iglesia, él captaba su olor, y solo ese aroma lo turbaba como ninguna otra cosa. Que era lo único que hacía tambalear sus convicciones, lo único que necesitaba para sentirse perdido y excitado, atormentado por traicionar aquello que había jurado años atrás. Que cuando se sentaba al otro lado de la fina lámina de madera labrada, no podía evitar imaginar a qué sabrían esos labios que le hablaban, con voz suave, de fantasías insatisfechas. Que se había prohibido fijarse en su vestido de verano, modesto pero precioso por lo que escondía debajo, en cómo se movía la falda alrededor de sus piernas al caminar.
Cada vez que ella dejaba caer una lágrima, a él le dolía no poder ser el instrumento de su consuelo. Todo su cuerpo le pedía arrodillarse ante ella como se arrodillaba ante la cruz, y volver a ser hombre dejando atrás al sacerdote.
Hasta hoy no había sabido que él era el objeto de su tormento. Saberlo lo llenaba a la vez de felicidad y de amargura, aunque no cambiara nada. Al menos podía consolarse pensando que, cuando ella se daba placer, pensaba en él. La sola idea volvió a encenderlo. La imaginó en la amplitud de su cama, explorándose, disfrutando de su amante fantasma. Caminó inquieto por la nave hacia la rectoría, avergonzado por la rapidez con que se ponía duro en aquel lugar sagrado. Una vez en su habitación se dejó caer en el sofá y se permitió evocar a aquella que competía con Dios en su adoración.
Tomó aire y lo dejó escapar despacio. Se desabrochó el pantalón y se disponía a liberar su erección, dura como una piedra, cuando llamaron a la puerta. Turbado, volvió a abrocharse, se recompuso como pudo y abrió.
Y allí estaba ella.
Marina abrió la boca para hablar, pero él la tomó de la mano y la hizo pasar. Cerró la puerta. Se quedaron mirándose, sin saber qué decirse.
Ella, avergonzada por haber seguido el impulso de presentarse a disculparse por su obsesión. Él, sintiendo un torbellino de emociones imposibles de combatir. Ahora no. La prueba era demasiado grande. Su olor lo rodeaba. Casi temblando, le tomó la cara entre las manos, con suavidad, y al ver que ella se dejaba, dócil, rozó apenas sus labios. El calor, la cercanía, eran casi insoportables. Ella también temblaba: no podía ser que aquel hombre estuviera besándola. Entreabrió la boca para dejar escapar un suspiro y él, animado, dejó entrar su lengua, saboreándola, bebiendo de aquella fuente que tanto había ansiado. Se besaron largamente, y las manos de ambos empezaron a explorar.
—Padre… —gimió ella entre besos.
—Soy Adrián…
—Adrián… yo… te amo.
Él le bajó los tirantes del vestido sin dejar de besar aquella cara que idolatraba. Algo muy dentro le recordó que se acercaba al punto sin retorno. Aún no había roto sus votos del todo, pero iba camino de la autodestrucción. Reunió toda su voluntad y se separó un instante para observarla, lenta y dolorosamente. Aquel era el único templo ante el que tenía que rezar. Aquel templo de carne, sangre y deseo. Si eso era pecado, se despediría de su alma.
—Perdóname, Padre, porque voy a pecar —susurró, se quitó el alzacuellos y volvió a besarla mientras terminaba de retirarle el vestido.
Ella le desabrochó la camisa con manos ansiosas y acarició aquel torso que tantas veces había imaginado. Envueltos en un abrazo, piel contra piel, sin separar las bocas, avanzaron hacia el dormitorio. Él la alzó casi sin esfuerzo y la depositó sobre la cama. Volvió a contemplarla, loco de adoración. Fuera, el bochorno del día había dado paso a una tormenta, y los truenos sonaron como advertencias de un Dios enfurecido. No les importó.
Se inclinó sobre ella, todo labios y lengua, descubriendo su sabor, su calor, su firmeza. Se detuvo largamente en sus pechos, cada vez más duros bajo su tacto. Pero no bastaba. Siguió descendiendo, retirando la última prenda casi con reverencia. Acercó la tela empapada a su nariz, aspiró ese aroma que en breve lo inundaría, y la descartó para concentrarse en el lugar donde quería perderse. Separó despacio los labios con un dedo, abriendo espacio para su lengua. Era néctar, y lo lamió y lo bebió como si su vida dependiera de ello. Su alma sí dependía.
Ella temblaba, se retorcía, apenas capaz de soportar el placer. Solo repetía su nombre. Adrián. Él siguió hasta penetrarla con la lengua, buscando su centro, y cuando un par de dedos se sumaron a su boca, Marina creyó perder la razón. Empezó a mover la cadera contra él, ayudándolo. Él curvó los dedos hacia adelante, rozando esa pared rugosa una y otra vez, mientras su lengua subía al clítoris hinchado y ultrasensible.
—Adrián… voy a…
—Vuela —le susurró él entre sus pliegues. Y ella voló, como si un rayo la hubiera atravesado, flotando sobre la cama deshecha. Cuando recuperó algo de sentido, él había subido de nuevo y la besaba por la cara y el cuello, con los labios llenos de ella. Era mil veces mejor que cualquier fantasía. Y todavía no habían terminado.
Abrazados, ella lo hizo girar y se quedó encima. Quería besarlo entero, morderlo, hacer suya aquella piel ardiente. Mientras le besaba el pecho, su mano bajó hasta el filo del pantalón. Él gimió, y gimió más cuando ella lo desnudó por completo. Se colocó sobre él rozando con su sexo la punta dura sin permitirle aún la entrada. Todavía no. Movió la cadera despacio, frotándose contra esa rigidez maravillosa, lamiéndole el pecho, el cuello, los labios. Él se moría por penetrarla, por entrar con toda la fuerza de meses de contención. Empezaba a dolerle cuando ella, al fin, dejó caer la pelvis.
Ambos jadearon, hechos uno. Por un segundo se quedaron quietos, encajados, abrazados a la perfección, hasta que ella empezó a moverse. Quería sentirlo en todo su recorrido: subía del todo y volvía a bajar en ondulaciones rítmicas. Él al principio se limitó a sentirla, pero pronto no pudo evitar empujar desde abajo, agarrándola de los glúteos y clavando los dedos en su piel suave en cada bajada. Los jadeos se hicieron más frecuentes, más hondos. Aquello no podía ser pecado. Jamás se había sentido tan cerca de lo divino como poseyendo a aquella mujer que se había abierto para él, que incluso había sentido culpa por imaginar ese encuentro.
Siguió empujando, sintiendo el peso de ella, los pechos subiendo y bajando al compás, mojados de sudor. Cerró los ojos, a punto de llegar, y empujó más fuerte, más urgente, mientras ella bajaba con cada vez más decisión. Marina sintió ese calor conocido envolverla: las paredes de su sexo empezaron a estrecharse, avisándola de que pronto volaría otra vez. Pero quería exprimir hasta el final a su amante, y siguió empalándose con todo el peso de su cuerpo, sintiendo que tocaba su propio núcleo.
Él no aguantó más y estalló dentro de ella, y aquel calor fue el detonante de su propio orgasmo: ver la cara de placer infinito de él, su entendimiento perfecto, aquel segundo precioso en que se dejó ir. Agotada, sudorosa y feliz, se derrumbó sobre su pecho. Él le acarició el pelo, la espalda, la cubrió de besos mientras sus latidos se calmaban. No dijo nada. No hacía falta decir nada.
Ambos quedaban absueltos.