El camino de tierra donde nadie debía verme
Para quienes todavía no me conocen, me llamo Renata. Tengo veintisiete años y vivo en un pueblo pequeño del interior, de esos donde la gente habla en voz baja y el reloj parece moverse más lento que en cualquier otra parte. Soy delgada, de piel clara, con el pelo castaño siempre recogido y una cara que más de uno ha descrito como dulce. Mi sonrisa es tímida. Mis ojos, color avellana, bajan cuando alguien me sostiene la mirada demasiado tiempo.
Lo que nadie sospecha cuando me cruza en el mercado o me saluda en la plaza es lo que pasa por mi cabeza. Detrás de esa cara de buena vecina vive una mente que se enciende con la más mínima chispa y que, una vez prendida, no se apaga hasta consumirse del todo.
Me gusta sentir. Me gusta desear. Me gusta provocarme yo misma hasta que el cuerpo me tiembla y la razón se rinde. No lo elegí; siempre fui así, desde que tengo memoria. Mientras las demás soñaban con novios formales y casamientos de pueblo, yo me perdía en fantasías que jamás me atrevería a contar en voz alta.
Y todo lo que voy a contar empezó una tarde cualquiera, justo cuando el sol bajaba y el calor del día empezaba a aflojar.
Estaba sola en casa, medio recostada en el sillón, con el celular en la mano y la cabeza en ninguna parte. Entonces vibró. Un mensaje. Y no de cualquiera.
Era de un lector que ya había leído cosas mías antes. Esta vez no se contuvo. Sus palabras eran directas, sin rodeos, tan crudas que me dejaron con las piernas apretadas y la respiración corta sin haber hecho nada todavía.
Me mordí el labio y leí de nuevo.
No tendría que estar leyendo esto.
Pero lo leí una tercera vez, y para entonces ya sentía ese calor conocido despertándose en el bajo vientre, ese cosquilleo que me empapa por dentro antes de que pueda decidir nada. Conozco esa sensación. Sé que cuando llega, no hay forma de quedarse quieta.
Me levanté.
No me puse ropa interior. Esa fue la primera decisión, la que lo cambió todo. Me puse un short de mezclilla tan corto que apenas me cubría, y una musculosa blanca, ajustada, sin nada debajo. Los pezones se me marcaban en la tela y eso, en lugar de darme vergüenza, me prendió todavía más.
Quería jugar con fuego. Quería sentirme expuesta, frágil, peligrosamente libre.
Saqué la bicicleta del patio, la única que tengo desde la adolescencia, con el asiento gastado y la cadena que cruje. Salí del pueblo por la calle de atrás, la que nadie usa a esa hora, y enfilé hacia un camino de tierra que se interna entre los árboles.
***
El sendero es solitario de verdad. Árboles altos a los costados, un par de sembradíos a lo lejos, y un silencio tan cerrado que se mete en la piel. Pedaleé despacio, sintiendo cómo el aire tibio del atardecer me rozaba los muslos descubiertos.
Y entonces lo entendí: cada vez que mi cuerpo bajaba contra el asiento, cada bache, cada rebote, era una caricia. La costura del short se me hundía entre los labios, y yo no hacía nada por evitarlo. Al contrario. Buscaba los pozos del camino a propósito.
La respiración se me volvió pesada. Los pezones, duros, rozaban la tela con cada movimiento. Y mi mente ya estaba lejos, de vuelta en aquel mensaje.
Frené en seco, apoyé un pie en la tierra y volví a abrir el teléfono. Le contesté. No sé de dónde saqué el descaro, pero le contesté.
—¿Estás sola? —escribió él.
—Sola, en medio de la nada, y más mojada de lo que debería admitir —respondí, y mandé el mensaje antes de arrepentirme.
—Te imagino con ese short y nada debajo.
—Cada brinco de la bici me da un beso ahí abajo. No exagero. Estoy empapada.
—Quiero que pares. Que busques un lugar entre los árboles. Que te bajes el short y te toques lento, pensando en mí.
Leí esa última línea tres veces.
Hazlo. Nadie va a verte. Nadie va a saberlo nunca.
No aguanté más.
***
Dejé la bicicleta recostada contra un tronco y me metí entre los árboles, por donde el pasto crece alto y el camino ya no se ve. Caminé hasta encontrar un claro, un pedazo de tierra seca rodeado de matorrales, escondido del mundo y a la vez expuesto al cielo entero.
Me detuve ahí. El corazón me latía fuerte, no de miedo, sino de pura anticipación.
Me bajé el short despacio, sintiendo cómo la tela se despegaba de mi piel húmeda. El aire del atardecer me tocó donde nadie tendría que tocarme en un lugar así, y todo el cuerpo se me erizó. Lo dejé caer en el pasto.
Después la musculosa. Me la saqué por la cabeza y la colgué de una rama, como si hiciera falta dejar constancia de lo que estaba pasando.
Desnuda. Sola. A la vista de nada y de todo al mismo tiempo.
Me recosté sobre el pasto seco. Las briznas me pinchaban la espalda y eso también me gustó, ese pequeño dolor que me recordaba dónde estaba y lo que estaba a punto de hacer.
Mis dedos empezaron por el cuello, bajaron por el pecho. Me acaricié los senos, los apreté con las dos manos mientras dejaba escapar un suspiro que se perdió entre los árboles. Los pezones, sensibles, respondían a cada roce con una corriente que me bajaba directo al vientre.
—Así… justo así —murmuré, hablándole a alguien que no estaba.
En mi cabeza, ese desconocido había llegado. Me sostenía las muñecas contra el pasto, me besaba el cuello, me marcaba la piel con la boca. Me imaginaba entregándome sin condiciones, perdiendo el control que tanto cuido frente a los demás.
Una mano siguió bajando. Encontré la humedad que llevaba acumulándose desde la primera vibración del teléfono, desde la primera línea de aquel mensaje. Me toqué lento, en círculos, sin prisa, alargando cada segundo porque sabía que cuanto más esperara, más fuerte sería todo después.
El placer subía en oleadas. Cada tanto frenaba, retiraba la mano, dejaba que el deseo se quedara colgando justo al borde, y volvía a empezar. Es un juego que me hago a mí misma. Llevarme hasta el filo y no dejarme caer, una y otra vez, hasta que el cuerpo me lo suplica.
El sol seguía bajando entre las copas de los árboles y unas manchas doradas me caían sobre la piel desnuda. Olía a tierra seca, a pasto, a ese aire de campo que se vuelve más denso cuando cae la tarde. Cada sonido lejano —un pájaro, una rama, el ladrido de un perro en algún sembradío— me recordaba lo expuesta que estaba, y en lugar de asustarme, me empujaba un poco más hacia el borde.
El teléfono vibró en el pasto, a mi lado. No lo miré. No hacía falta. Su voz ya vivía dentro de mi cabeza, diciéndome lo que quería oír.
—No pares —me dije, con la voz quebrada—. No te atrevas a parar.
Las piernas se me empezaron a tensar. Sentí ese temblor que avisa, esa presión que se acumula y no cabe. Apreté los dientes, arqueé la espalda contra la tierra y dejé que llegara.
El primer espasmo me sacudió de pies a cabeza. Fuerte, caliente, casi violento. Solté un gemido largo que no me molesté en contener, porque ahí no había nadie para escucharme. O eso quería creer.
***
No me detuve. Seguí, todavía temblando, todavía con los dedos resbalando, persiguiendo la siguiente ola antes de que la primera terminara de irse.
Y fue cuando una rama crujió a lo lejos.
Me quedé congelada. El corazón se me detuvo y volvió a arrancar al doble de velocidad. ¿Un animal? ¿El viento? ¿Alguien? El camino estaba vacío cuando llegué, pero ahí, desnuda en el pasto, no había forma de saberlo.
Y lo más perturbador, lo que nunca le confesaría a nadie, es que la idea de ser vista no me hizo querer huir. Me hizo arder.
La sola posibilidad de que unos ojos desconocidos estuvieran ahí, escondidos entre los árboles, mirándome tocarme sin que yo pudiera verlos, me empujó al borde de nuevo. Imaginé a ese lector real, hecho carne, parado a unos metros, en silencio, observando.
Seguí. Más rápido ahora, más desesperada, mirando de reojo hacia donde había sonado la rama, sin querer encontrar a nadie y a la vez deseándolo con cada fibra.
El segundo orgasmo me dobló en dos. Y todavía vino un tercero detrás, encadenado, que me dejó sin aire, con las piernas abiertas sobre la tierra y la mente completamente en blanco.
Me quedé así un largo rato. Desnuda, mojada, latiendo entera, con el cielo del atardecer volviéndose naranja sobre mí y el polvo pegado a la espalda.
No volví a escuchar nada. Tal vez nunca hubo nadie. Tal vez fue solo el viento jugando con mi imaginación, que siempre encuentra la forma de empujarme un poco más allá.
Cuando por fin me incorporé, recogí la musculosa de la rama y el short del pasto. Me vestí despacio, con el cuerpo todavía sensible a cada contacto de la tela. Volví a la bicicleta, monté, y emprendí el regreso al pueblo con la última luz del día.
Crucé la plaza saludando a doña Amelia, que regaba sus plantas como cada tarde. Le devolví la sonrisa tímida de siempre, esa que todos conocen. Ella jamás imaginaría de dónde venía ni lo que acababa de hacer en aquel claro escondido.
Ya en casa, recién bañada y todavía con el pulso lento, agarré el celular. El último mensaje seguía sin abrir.
—¿Lo hiciste? —preguntaba.
Sonreí para mí misma antes de contestar.
—Lo hice. Y creo que alguien me vio. Pero esa parte te la cuento la próxima vez.
Soy Renata, la vecina dulce del pueblo donde nunca pasa nada. Y, créeme, esto apenas estaba empezando.