La trampa que le tendimos a Roberto aquella noche
Viernes, ocho y media de la mañana.
Abrí Telegram en el móvil y busqué el contacto falso que había creado para Roberto: @reservado_M81. Escribí el mensaje sin pensarlo demasiado.
«Soy el de anoche. ¿Seguimos para hoy a las ocho? Tengo piso para nosotros. Calle de Sandoval 22, Chamberí. Tercero izquierda. Seré puntual.»
Breve. Directo. Como alguien que hace esto a menudo. Le di a enviar.
Los dos ticks azules aparecieron casi al instante. Después, los tres puntos. Estaba escribiendo.
«Ahí estaré. A las ocho en punto.»
Guardé el móvil y respiré hondo. Ya no había marcha atrás.
Lucía estaba en la cocina, preparando café. Me acerqué por detrás y la rodeé con los brazos.
—Ya está —dije—. Roberto ha confirmado. Las ocho.
—Bien. —Se giró entre mis brazos—. Ahora voy a ver a Pilar. Tengo que enseñarle el vídeo y explicarle el plan.
—¿Crees que aceptará?
Me miró con una certeza que no le conocía.
—Va a aceptar.
***
Toqué el timbre del cuarto piso. Pilar abrió casi enseguida. Llevaba un vestido cómodo y el pelo recogido. Se la veía mejor que la semana anterior, más descansada.
—No sabía que venías —dijo.
—Perdona que aparezca sin avisar. Tengo que enseñarte algo importante.
Su expresión cambió. Preocupación y curiosidad a la vez.
—¿Es por Roberto?
Asentí. Me hizo pasar. Él estaba en el trabajo y no volvía hasta las dos. Nos sentamos en el sofá del salón, en un piso acogedor que olía a café recién hecho.
Saqué el móvil, abrí la carpeta donde Marcos había guardado el vídeo y se lo tendí.
—Es de anoche —dije—. Lo grabó Marcos.
—¿Qué es?
—Es Roberto. Haciendo lo que lleva años haciendo a escondidas.
Tomó el móvil con manos temblorosas. Le di al play.
Las imágenes empezaron. Roberto de rodillas, Marcos de pie frente a él, la boca de su marido trabajando con una avidez que Pilar no le había visto nunca en veinte años de matrimonio. Los gemidos. Los sonidos húmedos.
Miraba la pantalla sin parpadear, la cara congelada, como si su cerebro no pudiera procesar lo que veía.
El vídeo siguió. Roberto a cuatro patas, Marcos detrás, la voz de su marido suplicando que no parara, rota, sumisa. Después el final: Roberto tragando, lamiendo, obediente, como si fuera lo más natural del mundo.
El móvil cayó de sus manos y rebotó contra la alfombra.
—No —susurró—. No, no, no...
Su respiración se volvió errática. Le temblaban las manos, y luego todo el cuerpo.
—¡Veinte años! —gritó de pronto, levantándose del sofá—. ¡Veinte putos años diciéndome que yo daba asco! ¡Que quién iba a quererme!
Se agarró el estómago como si le doliera de verdad.
—Y mientras tanto él hacía eso. —Señaló el móvil en el suelo—. Se acostaba con otros mientras me convencía de que el problema era yo.
La rabia le salía pura, ardiente. Sabía que había alguien más, me dijo entre sollozos; siempre lo supo. Pero pensaba que era otra mujer. Pensaba que era porque ella ya no daba la talla, porque estaba mayor, porque había dejado de cuidarse.
—Y nunca fue por mí —dijo, la voz hecha pedazos—. Nunca. Era él. Todo el tiempo era él.
Agarró un cojín y lo estrelló contra la pared. Después una foto enmarcada de los dos, el brazo ya en alto.
—Pilar —dije con firmeza.
Se quedó paralizada, el marco temblando en su mano, mirando aquella imagen de los dos sonriendo en unas vacaciones viejas.
—Lo odio —susurró—. Lo odio tanto.
El marco cayó y el cristal se quebró contra el suelo. Pilar se derrumbó de rodillas, y esta vez, cuando me acerqué, no me apartó. La abracé. Se aferró a mí, llorando contra mi hombro, repitiendo «veinte años» una y otra vez.
La sostuve sin decir nada. Poco a poco, el llanto cambió. De desesperación a algo parecido a la liberación.
Cuando por fin se separó, estaba destrozada: los ojos hinchados, la nariz roja. Pero había algo nuevo en su mirada. Algo más duro.
—No puedo seguir así —dijo. No era una pregunta—. No puedo ser la que aguanta. La que espera. La que acepta. Ya no.
Le conté entonces lo de esa noche. Que Roberto iría a un piso creyendo que se encontraba con Marcos, convencido de que su secreto seguía a salvo. Que ella podía estar allí. Verlo. Decidir qué hacer.
—¿Y si me paralizo? —preguntó—. ¿Y si toda esta rabia se convierte en miedo?
—Entonces no haces nada. Te vas, o te quedas mirando, o haces lo que sientas en ese momento. No hay un guion, Pilar. Solo la oportunidad. Por primera vez en veinte años, eres tú quien decide.
Cerró los ojos. Respiró hondo, una, dos, tres veces. Cuando los abrió, algo había cambiado.
—Quiero estar ahí —dijo, la voz clara—. Quiero que sepa que lo sé. Que ya no puede mentirme.
—A las siete y media. En Chamberí. Te mando la dirección.
—Allí estaré.
***
Siete de la tarde.
El piso era exactamente como en las fotos: pequeño pero luminoso, en un tercero de Chamberí, con ese olor a recién limpiado de los alquileres por días. Lucía lo había reservado la noche anterior pagando en efectivo desde una cuenta anónima. Nadie sabría nunca que habíamos estado allí.
El salón era diáfano: un sofá, una cama grande contra la pared del fondo y, al lado, una puerta que daba a la habitación contigua. Tenía una rendija de un par de centímetros en la parte baja. Lo habíamos comprobado en las fotos ampliadas.
Lucía colocó la cámara en la estantería alta, entre dos libros de decoración que nadie había abierto jamás. El ángulo captaba la cama y buena parte del sofá. Conecté el cable al portátil, abrí el programa y comprobé la imagen.
—Se ve bien —dije.
Ella sacó el resto del material y lo llevó a la habitación contigua: el arnés, el lubricante, las toallas. En la pared había una pantalla grande que venía con el piso; la conecté al móvil y dejé un vídeo en bucle, sin volumen, listo para reproducir con el mando que dejé en la mesita.
—¿Estás segura de esto? —pregunté abrazándola por detrás.
—Completamente.
Sonó el timbre. Las siete y media. Pilar.
Abrí. Estaba en el rellano, más erguida de lo que la había visto nunca, con un vestido oscuro y una sonrisa tensa. Lucía salió a abrazarla.
—¿Lista? —le preguntó.
Pilar asintió.
—¿A qué hora llega? —me preguntó.
—A las ocho. En media hora.
Los veinte minutos siguientes pasaron despacio. Pilar miraba la puerta como si pudiera hacer aparecer a Roberto solo con la fuerza de su mirada. A las ocho menos cinco, miré a Lucía y asentí. Las dos se metieron en la habitación contigua y entornaron la puerta, dejando apenas una rendija. Oí movimiento, murmullos, el roce de la ropa. Se estaban preparando.
Me quedé solo en el salón. Miré el móvil. Las ocho menos dos.
¿Estamos haciendo lo correcto?
Recordé a Pilar el viernes anterior, llorando en nuestro salón. «Me dice que doy asco. Que quién va a querer tocarme.» Sí. Estábamos haciendo lo correcto.
El timbre sonó.
Roberto estaba en el rellano con la misma sonrisa nerviosa de la noche anterior. Recién afeitado, oliendo a colonia. Se había preparado.
Lo miré de arriba abajo sin sonreír y di un paso atrás.
—Entra —dije.
No fue una invitación, fue una orden, y él la captó. Cerré con pestillo. El ruido del metal resonó en el silencio.
Miró alrededor: el salón vacío, la cama, el sofá. Sus ojos se posaron un instante en la puerta entreabierta de al lado. No sospechó nada.
—Privacidad total —dije—. He alquilado el piso solo para hoy.
Me acerqué despacio, sin tocarlo, invadiendo su espacio hasta que su espalda chocó con la puerta cerrada.
—Desnúdate.
Obedeció con manos torpes. Cuando estuvo desnudo, lo empujé suavemente hacia el centro del salón.
—De rodillas.
Se dejó caer sobre la tarima al instante. Le saqué la polla y se la acerqué a la cara.
—Cómetela. Y hazlo bien.
Abrió la boca y se la metió entera. Sabía lo que hacía; lo había hecho muchas veces. Yo no me moví. Dejé que trabajara, mirando su cabeza subir y bajar, oyendo los sonidos húmedos. Detrás de la puerta, Lucía y Pilar lo veían todo en la pantalla del portátil.
Cuando estuvo bien dura, le agarré el pelo.
—A la cama. A cuatro patas.
Se subió y se colocó, el culo hacia mí, la espalda arqueada. Le di un azote. El sonido seco resonó en el piso, y él se estremeció con un gemido. Le di otro, y otro, alternando las nalgas hasta dejarle la piel roja y caliente.
—¿Te gusta? —pregunté.
—Sí —jadeó—. Sí, joder.
Me escupí en la mano, me mojé la polla y restregué la punta contra su entrada sin llegar a entrar. Él empujó hacia atrás, buscándome.
—Quieto —ordené—. ¿La quieres?
—Sí. Por favor.
Empujé. Su cuerpo se tensó y luego me tragó centímetro a centímetro. Empecé despacio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar profundo, hasta que cada embestida le arrancaba un gemido. Después aceleré, agarrándolo de las caderas, follándolo en serio. La cama crujía. Él pedía más fuerte, y se lo di.
Miré hacia la rendija oscura de la puerta. Lucía y Pilar estaban allí, viéndolo todo. La idea me puso aún más duro.
—¿Vas a correrte? —pregunté.
—Sí... me voy a correr.
Salí de golpe. Él gimió de frustración.
—No te muevas.
Me subí a la cama y me arrodillé frente a su cara. Él seguía a cuatro patas, el culo expuesto hacia atrás, dilatado, esperando. La posición era perfecta: me miraba a mí, concentrado en mi polla, sin ver nada de lo que pasaba detrás.
—Límpiamela —dije.
Se la metió en la boca con hambre, los ojos cerrados, las manos agarradas a las sábanas. Le sujeté el pelo, guiando el ritmo. Y entonces levanté la otra mano hacia la puerta e hice el gesto.
Ahora.
La puerta se abrió sin ruido. Lucía salió primera, desnuda. Detrás venía Pilar, también desnuda, con un arnés negro ajustado a las caderas y un consolador ya brillante de lubricante. Caminaba erguida, segura, distinta a la mujer que se había derrumbado aquella mañana.
Roberto no se dio cuenta. Seguía mamando con los ojos cerrados. Las dos se acercaron descalzas, sin hacer ruido sobre la tarima. Pilar tenía la mirada fija en el culo de su marido, en ese agujero abierto que yo acababa de follar.
Lucía le puso una mano en el hombro. Pilar respiró hondo, me miró, y yo asentí. Es tuyo.
Se colocó detrás de él, el consolador a la altura perfecta. Agarró la base y empujó. Fuerte. De una sola embestida, hasta el fondo.
Roberto se puso rígido. Intentó soltar mi polla, girar la cabeza, pero le agarré el pelo y empujé más profundo, hasta su garganta.
—No —ordené—. Sigue.
Gimió alrededor de mi polla, un sonido ahogado de confusión total. No podía hablar. Solo temblar.
Pilar empezó a follarlo sin piedad, al mismo ritmo brutal que yo había usado antes. Entre embestida y embestida le daba azotes, sobre las mismas marcas rojas, descargando años de rabia contenida. Roberto gemía sin control, los ojos enormes clavados en mí, suplicando una explicación que yo no le daba.
—Así —murmuró Lucía a su lado, una mano en su espalda—. Dale lo que merece.
Estiré el brazo hacia la mesita, cogí el mando y apunté a la pantalla de la pared.
Le di al play.
El vídeo se encendió. Las imágenes de la noche anterior: Roberto y yo, él de rodillas, yo follándolo, los dos corriéndonos, todo en bucle.
Le solté el pelo.
—Ahora puedes mirar —dije.
Sacó mi polla de la boca despacio, jadeando, y giró la cabeza. Y lo vio. A su mujer follándolo. Y a Lucía pegada a ella, besándola, las manos en sus pechos.
—¿Pilar? —susurró, la voz rota.
Ella no respondió. No lo miró. Siguió embistiendo, ignorándolo por completo, como si solo fuera un agujero que usar. Los ojos de Roberto saltaron a la pantalla, a su propia imagen secreta repitiéndose una y otra vez.
—No —susurró—. No, joder, no...
Intentó incorporarse, pero Pilar le dio una embestida brutal que lo dejó sobre los codos, temblando.
—Quieto —dijo ella, tranquila.
Y se quedó quieto. A cuatro patas. Con su mujer follándolo desde atrás y el vídeo de su vida secreta en la pared. La polla dura, goteando, traicionándolo. Le estaba gustando, y él lo sabía.
Pilar se inclinó sobre su oído.
—¿Te gusta, Roberto?
Él gimió, sin responder.
—Contéstame —ordenó, dándole otra embestida.
—Sí —jadeó al fin, roto—. Sí.
—¿Quieres que pare?
Tardó en contestar. Después, en un susurro de vergüenza absoluta:
—No. No pares. Por favor.
Pilar sonrió. Lo vi desde mi sitio: una sonrisa fría, triunfante.
—Ahora vas a volver a comerte la polla de Marcos —dijo—. Y no vas a hacer ruido. Solo vas a mamar y a dejar que te folle. ¿Entendido?
—Sí, Pilar.
Me miró. Asentí. Roberto giró la cabeza hacia mí, vidrioso, sumiso, y abrió la boca. Empecé a guiarle el ritmo otra vez mientras Pilar reanudaba las embestidas. Esta vez no había dudas en él: mamaba con desesperación, empujado hacia delante por cada golpe de su mujer.
Pilar aceleró. Ya no había malicia en su cara, solo concentración y una especie de placer liberado. Lucía le besaba el cuello, le acariciaba la espalda, le susurraba cosas que no oí.
—Se va a correr —dije.
Ella lo supo también. Le dio tres embestidas finales, profundas, y Roberto se corrió como nunca en su vida, el cuerpo convulsionando, el grito ahogado contra mi polla, vaciándose entero sobre las sábanas mientras su mujer lo mantenía empalado hasta el fondo.
Cuando terminó, se derrumbó sobre los codos, temblando.
Pilar sacó el consolador despacio y dio un paso atrás, respirando agitada. Yo me aparté.
—Vete al fondo de la cama —le dije a Roberto—. Siéntate ahí y mira. No te muevas.
Obedeció. Se arrastró hacia atrás y se sentó contra la pared, la polla aún medio dura entre las piernas, los ojos vacíos, completamente entregado.
Pilar se giró hacia Lucía. Se miraron un segundo largo. Después la tomó de la mano y la llevó al otro extremo de la cama, a un metro de Roberto. Lo bastante cerca para que lo viera todo. Lo bastante lejos para que no pudiera participar.
Limpió el consolador con una toalla y añadió más lubricante. Lucía se tumbó boca arriba, las piernas abiertas, mirándola con hambre. Pilar se colocó entre sus muslos y la penetró despacio, hasta el fondo. Lucía soltó un gemido largo.
Empezó a follarla con embestidas profundas, sus pechos balanceándose y chocando contra los de Lucía. Se besaron con violencia, las bocas abiertas, los gemidos mezclándose, el sudor haciendo que todo brillara.
Me arrodillé junto a la cama, la polla a la altura de sus caras. Pilar giró la cabeza sin dejar de embestir y se la metió en la boca. Después la guió hacia los labios de Lucía. Y luego las dos a la vez, compartiéndola, las lenguas encontrándose en la punta, coordinándose sin hablar.
Desde el fondo de la cama, a un metro, Roberto miraba. La polla otra vez dura. No se tocaba. No se movía. Solo miraba a su mujer follar a otra, mamar a otro, perderse en un placer que él nunca le había dado en veinte años.
Lucía se corrió primero, arqueándose, el gemido ahogado contra mi polla. Pilar no paró; la llevó más allá, alargando el orgasmo hasta que tembló sin control. Cuando por fin se desplomó, jadeando, Pilar se inclinó y la besó, profundo, posesivo.
Después las dos volvieron a mí. Y Roberto, en su rincón, siguió mirando.