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Relatos Ardientes

La trampa que le tendimos a un hombre con doble vida

Sábado por la mañana.

Lucía había salido temprano a ver a Rosa. Yo me quedé en el piso, con el portátil abierto en la mesa del comedor, buscando.

Ramón Bellver. Cincuenta y cuatro años. Casado con Rosa desde hacía casi tres décadas, vivían en nuestro mismo edificio. Lucía me había contado lo que le hacía a su mujer: el desprecio diario, las humillaciones, la forma en que la hacía sentirse pequeña y sucia.

Ese miserable.

Empecé por lo básico. Redes sociales: nada, ni una cuenta. Busqué su nombre cruzado con Valencia, con empresas, con cualquier gancho. Registros públicos, propiedades, denuncias: cero. El hombre no existía en internet.

Curioso.

La mayoría de la gente de su edad deja algún rastro. Ramón, nada. O era profundamente analógico, o profundamente cuidadoso. ¿Quién cuida tanto su rastro? Alguien que esconde algo. Alguien con una doble vida.

Como yo.

Cerré el portátil y me froté los ojos. Necesitaba a alguien que supiera buscar más allá de un buscador. Y solo conocía a una persona así: Vera.

Trabajaba conmigo, desarrolladora del equipo. Pelo verde, piercings, talento que asustaba. Una vez, tras unas cervezas de más, me contó cómo recuperó el dinero que un estafador le sacó a su madre. «Por medios no del todo legales —dijo sonriendo—, pero efectivos». Si alguien podía encontrar algo sobre Ramón, era ella.

***

Lucía volvió a media mañana. Se la veía distinta. Más ligera. Sonreía de esa manera nueva que me volvía loco.

—¿Cómo está Rosa? —pregunté.

—Mejor. —Se sentó a mi lado en el sofá—. Asustada todavía, pero más fuerte. Como si algo se hubiera encendido dentro de ella.

—Le dije que vamos a ayudarla. Se echó a llorar. —Me tomó la mano—. No paraba de darme las gracias. ¿Encontraste algo?

—Nada. Es un fantasma. —Suspiré—. Pero conozco a alguien del trabajo que puede ayudar. Vera. No le contaré nada concreto, solo que necesito información sobre un tipo. No hace preguntas.

Lucía apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó callada un buen rato.

***

Lunes por la mañana.

La oficina estaba medio vacía a esa hora. Encontré a Vera en su escritorio, dos monitores, una taza enorme de café negro, el pelo recogido en un moño alto.

—¿Tienes un momento? En privado.

Me siguió a una sala de reuniones. Cerré la puerta.

—Necesito un favor —dije sin rodeos—. Del tipo que no aparece en tu descripción de puesto.

Vera sonrió.

—¿A quién hay que buscar?

—Ramón Bellver. Cincuenta y cuatro. Vive en Valencia. —Le pasé un papel con la dirección del edificio—. Una amiga tuvo un problema serio con él. Necesito todo lo que puedas: finanzas, trabajo, cuentas, historial. Y no deja rastro digital, lo que me hace pensar que esconde algo. Una cosa más: tiene wifi propio en casa, «wifi_ramon». Nombre obvio, seguramente seguridad floja.

Vera arqueó las cejas.

—¿Quieres que entre por ahí?

—Si puedes.

—Vale. —Se guardó el papel—. Me deberás un favor enorme.

—Lo que necesites. ¿Para cuándo?

—Dame hasta el miércoles.

Algo en su expresión me dijo que encontraría algo.

***

El martes por la tarde Lucía volvió a casa con una bolsa grande de una tienda que no conocía, en pleno barrio de Russafa. La dejó sobre la mesa y me miró con esa sonrisa.

—¿Quieres ver?

Fue sacando las cosas una a una. Un arnés negro de correas ajustables, con un anillo delante. Tres consoladores progresivos. Lubricante. Un vibrador curvo. Y otro más pequeño, oscuro, con una forma muy concreta.

—Ese es para próstata —dijo, viendo mi cara—. Para ti. Si quieres.

Sentí cómo se me endurecía en los pantalones.

—No sé si estoy listo —admití, tomando el vibrador en la mano—. Pero quiero estarlo.

—Despacio. —Lucía sostuvo el arnés frente a ella—. Aunque primero quiero que Rosa pruebe esto. Que sienta lo que es tener el control por una vez. Pero antes necesitamos saber con qué estamos tratando.

***

Miércoles, tres de la tarde.

Vera me citó en la sala de reuniones con un mensaje seco. Cuando entré, ya tenía el portátil abierto y un documento ordenado en la pantalla. El corazón se me aceleró.

—Financieramente está limpio. Administrativo, sueldo normal, nada raro en las cuentas. Pero no tiene presencia digital, y eso huele mal. Así que el lunes por la noche me acerqué al edificio y entré en su wifi: «wifi_ramon», contraseña ridícula, diez minutos. Su ordenador estaba sin actualizar, pan comido. —Me miró seria—. Marcos, el hombre busca encuentros. Con otros hombres. Muy a menudo.

Me quedé callado, procesando.

—Tres cuentas en foros, mismo patrón, sin fotos de cara: «Cincuenta y tantos, discreto, sumiso, busco descargarme». —Pasó capturas por la pantalla—. Y lo mejor: ayer publicó esto.

«Mañana jueves estaré en el Submundo, Avenida del Puerto, de 21:00 a 23:00. Zona de fondo. Busco hombres dominantes. Discreto, sumiso total».

—El Submundo. —Repetí—. ¿El sex-shop del puerto?

—Sí. Tiene zona privada: cabinas, cuarto oscuro, lo de siempre. Es conocido. —Vera cerró el portátil—. Mañana a las nueve estará ahí. Si tu amiga necesita pruebas… ahí las tienes.

Mañana es jueves. Y sé exactamente dónde estará.

—Mándame la captura y la dirección.

—Ya está en tu correo. —Se levantó—. Solo… ten cuidado. Alguien tan paranoico con su rastro y tan descuidado con su casa vive una doble vida muy marcada.

—Lo tendré.

***

Esa noche se lo conté todo a Lucía. El hackeo, los foros, el cruising, el plan para el jueves. Me escuchó en silencio, con la mandíbula tensa.

—Es bisexual y se odia por serlo —dijo al fin—. Por eso proyecta ese asco en Rosa. Le dice que es repugnante mientras él hace esto a escondidas. El muy hipócrita.

—Eso parece.

Me miró fijamente.

—Vas a ir. Mañana. —No era una pregunta—. ¿Y qué vas a hacer?

—Encontrarlo. Seducirlo. Grabarlo todo con el móvil, en el bolsillo del pecho de la cazadora. —Sostuve su mirada—. Para que Rosa tenga, por fin, poder sobre él.

Lucía asintió despacio. Luego me puso la mano en la cara.

—Hazlo. Pero ten cuidado. No sabemos cómo reacciona si descubre algo. —Me besó, profundo, intenso, como si me pasara fuerza con la boca—. Fóllatelo y tráeme lo que necesitamos. Y después vuelve aquí y me lo cuentas todo, mientras yo te recompenso como mereces.

Tenía la polla dolorosamente dura.

—Joder, Lucía.

—Mañana —dijo—. Haz lo que tengas que hacer. Y vuelve a mí.

***

Jueves, 20:50.

El Submundo era un local discreto en la Avenida del Puerto, neones rosas anunciando la zona privada. El tipo de sitio al que entras con la cabeza baja.

Antes de bajar del coche preparé el móvil: modo vídeo, sin sonido, brillo al mínimo. Lo encajé en el bolsillo del pecho, con el objetivo asomando entre la solapa, apuntando de frente. Perfecto para una cabina pequeña.

Dentro, la tienda parecía normal, con un dependiente pegado al móvil que ni levantó la vista. Al fondo, una cortina negra y un torno automático: «Zona privada, 7 €». Metí un billete y pasé.

Pasillo estrecho, luz roja, olor a desinfectante y a sexo. El espacio se abría a una zona mayor: a la izquierda, cabinas con cerrojo y luces verdes o rojas; a la derecha, una cortina pesada que escondía oscuridad total y sonidos amortiguados.

Así que esto es lo que hace cuando ella lo cree trabajando hasta tarde.

Había poca gente. Me quedé en la zona central, junto a una pantalla, fingiendo mirar mientras vigilaba la entrada.

Cinco minutos después entró él.

Ramón. Pantalones de oficina, camisa celeste, algo de barriga, canas cortas. Nervioso, reconociendo el terreno. Caminó despacio, pasó cerca de mí, buscando.

Me moví. Pasé a su lado, muy cerca, y al hacerlo me llevé la mano a la entrepierna, ajustándomela. Un gesto inequívoco.

Ramón me siguió la mano con la mirada. Luego me miró a la cara. Interesado.

Sin decir nada, me dirigí a la cortina pesada y entré en el cuarto oscuro.

***

Oscuridad absoluta. No veía ni mis propias manos. Calor, silencio, el olor a sexo más intenso allí. Me quedé cerca de la entrada y me solté los pantalones, dejando la polla fuera, ya dura por la expectativa.

Treinta segundos después, la cortina se movió. Pasos cautelosos. Una mano me rozó el brazo, bajó por el pecho, por el vientre, hasta encontrarme. Un gemido bajo, sorprendido. Reconocí su respiración: era él.

Se arrodilló a tientas y sentí su boca. Empezó a chuparla con ganas, perdido en una oscuridad donde solo existían las sensaciones. Lo dejé hacer un momento. Luego le agarré la cabeza y se la follé sin piedad, sintiendo cómo su garganta se cerraba en torno a mí. Aguantó las arcadas sin apartarse ni un instante.

Lo levanté del pelo.

—Arriba. Vamos a una cabina. Voy a follarte como es debido.

***

La luz roja del pasillo nos cegó después de tanta negrura. La cabina número tres tenía la luz verde. Empujé la puerta, entramos, eché el pestillo. Un banco acolchado, una pantalla en la pared y un gancho a un lado.

Colgué la cazadora en el gancho, ajustándola para que el bolsillo del pecho apuntara al banco. El móvil dentro, grabando todo el cubículo. Ramón no se fijó: tenía los ojos clavados en mi entrepierna.

—De rodillas —ordené.

Se arrodilló al instante, como quien lo ha hecho mil veces, y se inclinó hacia mi polla con un gemido, recibiéndola como si fuera lo más valioso que hubiera visto.

Este es el hombre que le dice a Rosa que nadie la querría. Mientras está aquí, de rodillas, mamando en un baño público.

La rabia me subió por dentro. La contuve, la transformé, le agarré la cabeza y empujé.

—¿Con qué frecuencia haces esto? —pregunté.

Sacó la polla de la boca, jadeando.

—Una o dos veces por semana. Y que me follen, también. La última, aquí mismo, hace dos semanas.

Mientras ella lo espera en casa.

Volví a metérsela, más fuerte, follándole la boca contra la pared mientras se sostenía de mis muslos. Tenía los pantalones oscurecidos de lo excitado que estaba. Lo aparté.

—Levántate. Date la vuelta. Baja los pantalones.

Se giró hacia la pared, dándole la espalda a la cazadora, y se bajó la ropa hasta medio muslo. Le puse la mano en el culo, separándolo. Cada gesto quedaba grabado.

—¿Estás limpio?

—Sí. Siempre me preparo cuando vengo.

—¿Lubricante?

—En el bolsillo izquierdo.

Encontré un sobre de los que regalan en la entrada. Me mojé los dedos y froté su entrada. Cedió casi sin resistencia.

—Joder, estás abierto.

—Me preparé en casa —admitió, avergonzado—. Por si acaso.

Vino sabiendo exactamente lo que buscaba.

Metí un dedo, luego dos, luego tres, abriéndolo mientras él empujaba hacia atrás, pidiendo más. Me lubriqué la polla, me coloqué y presioné su entrada.

—¿Quieres esto?

—Por favor —casi sollozaba—. Fóllame.

Empujé. Despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta quedar enterrado del todo. Él ahogó un grito contra el brazo. Le agarré las caderas y me moví, fuera y dentro, cada vez más fuerte. El sonido de piel contra piel llenaba el cubículo. Ramón gemía sin parar, roncos, animales, perdido.

—Te encanta que te follen —dije.

—Sí… joder, sí… necesito esto.

El mismo hombre que la trata como basura. Que la hace sentir sucia.

La rabia volvió, y la puse en cada embestida. Cambié el ángulo y, tres golpes después, lo sentí convulsionar. Su cuerpo se cerró en torno a mí y se corrió contra la pared sin tocarse siquiera.

Eso me empujó al límite. Salí de él.

—De rodillas. Abre la boca.

Se giró, cayó de rodillas, sacó la lengua. Me masturbé dos, tres veces y exploté en su boca, en su cara, chorros calientes que se derramaban por las comisuras y le goteaban por la barbilla.

—Trágalo —ordené—. Y límpiame con la lengua.

Obedeció. Tragó, hizo una mueca y se inclinó a lamerme entero, despacio, hasta dejarme limpio y brillante de saliva.

Todo grabado. Su cara, sus gemidos, cada segundo.

***

Cuando se hubo vestido, me miró sonriendo, satisfecho, sin sospechar nada.

—Deberíamos repetir —dijo—. Si quieres.

Ahí está. La apertura.

—Si prefieres algo más privado —dije, como si se me ocurriera entonces—, tengo acceso a un piso. Discreto. Sin prisas, sin baños públicos. ¿Mañana viernes, a las ocho?

Tragó saliva, interesado.

—Mi mujer… no puedo muy tarde.

Tu mujer. Rosa.

—Ocho está perfecto. Te paso la dirección por mensaje.

Asintió. Me dio un usuario falso, le di otro igual de falso. Salió primero; yo esperé, recuperé el móvil de la cazadora con disimulo y me lo guardé. Cuando salí a la calle, su coche ya no estaba.

***

Volví a casa pasadas las once. Lucía me esperaba en el sofá, con una copa de vino y solo una camiseta mía.

Se lo conté todo: el cuarto oscuro, la cabina, cómo se arrodilló sin dudar, cómo se corrió sin que lo tocaran. Escuchaba en silencio, la cara cruzada de rabia, asco y algo parecido a la satisfacción.

—El hijo de puta —dijo al terminar—. Hace eso mientras la llama repugnante a ella. ¿Lo grabaste?

Le mostré el móvil, el último fotograma congelado en la pantalla.

—Todo. Pero esto no basta. Es prueba, sí, pero Rosa necesita verlo en vivo. Enfrentarlo. Saber quién es de verdad su marido. Por eso lo cité mañana en un piso. Reservamos un apartamento discreto, ahí podemos grabar mejor y, sobre todo, ahí puede estar ella.

Lucía guardó silencio un buen rato. Luego asintió.

—Vale. Pero primero hay que prepararla, que se sienta fuerte para que cuando lo enfrente no se rompa. —Su mirada se posó en mí, estudiándome. Luego sonrió—. Aunque… podríamos empezar por nosotros.

La miré sin entender.

Su mano encontró mi polla, ya dura desde que empecé a contar lo de Ramón.

—Ese arnés que compré —murmuró— no es solo para después.

Me quedé quieto, procesando. El arnés. Los consoladores. Ella quiere…

Pero en sus ojos había una confianza absoluta. Pensé en Ramón, en cómo se había corrido sin tocarse. Pensé en aquel dedo de ella, días atrás, y en lo que había sentido.

Confío en ella.

Asentí. Apenas un gesto, pero suficiente. Lucía me besó y se levantó del sofá.

—Ven.

***

En el dormitorio, la luz cálida. Sacó la bolsa de Russafa y dejó todo sobre la cama: el arnés, los consoladores, el lubricante.

Se acercó despacio. Me quitó la camiseta, me besó el pecho y me empujó hasta que caí sentado en la cama. Se arrodilló, me sacó los pantalones de un tirón y me dejó desnudo, la polla dura entre los dos.

Luego se levantó, se quitó la camiseta —lo único que llevaba— y se puso el arnés frente a mí, ajustando las correas en las caderas. Encajó el consolador del medio en el anillo. Se volvió hacia mí, dominante, hermosa.

Se detuvo entre mis piernas, con el consolador a la altura de mi cara, esperando. Alcé la mano, lo toqué, abrí la boca y lamí la punta. Lucía respiró más fuerte. Me lo metió despacio, follándome la boca, viendo cuánto aguantaba, hasta que me atraganté levemente y lo retiró brillante de saliva.

Me empujó de espaldas sobre la cama. El corazón me latía violento: nervioso, excitado, todo mezclado.

Subió entre mis piernas, las separó sin pedir permiso y bajó la boca a mi polla. Calor, humedad, la presión perfecta. Mientras me chupaba, su mano descendió, acarició mis bolas, el perineo, más abajo, hasta rozar mi entrada. Alcanzó el lubricante, se mojó los dedos y, sin soltar mi polla de la boca, un dedo presionó y empezó a entrar. Despacio. Placer y presión combinados. Lo movió, buscando, hasta que dio con ese punto.

Joder.

Mi cuerpo se arqueó. Un placer distinto, intenso, que me recorría entero. Añadió un segundo dedo, luego un tercero, estirándome mientras seguía mamando. Yo gemía sin parar, agarrado a las sábanas. Cuando sintió que estaba al borde, paró, tomó el consolador, lo empapó de lubricante y me levantó las piernas, exponiéndome del todo.

Me miró. Sostuvo mi mirada. Y empujó. El consolador entró firme, sin pausa, llenándome centímetro a centímetro hasta el fondo.

Joder, joder.

La sensación era abrumadora. Plenitud, presión, intensidad. No dolor, no realmente. Solo algo nuevo. Lucía esperó, quieta, leyendo mi respiración, y cuando me relajé empezó a moverse. Despacio. Retirándose, entrando otra vez. Cada embestida presionaba ese punto y el placer se construía en oleadas, desde dentro hasta la cabeza.

—Joder, Lucía.

No respondió. Solo leía cada gemido. Aumentó el ritmo, más profunda, más dominante. Mi polla goteaba sin que nadie la tocara. Cambió el ángulo, me levantó un poco las caderas y entonces cada golpe me alcanzaba de lleno.

—Ahí —jadeé—. Justo ahí.

Mantuvo ese ángulo, como si hubiera esperado a que mi cuerpo se lo dijera. El placer crecía, más hondo que cualquier orgasmo.

—Me voy a correr —gemí—. Sin tocarme.

—Córrete. —Su voz, firme. Una orden.

Y me corrí. Solo por la presión interna, por ella follándome, por todo. El semen me manchó el estómago, el pecho, más que nunca, en un orgasmo largo y devastador que no terminaba mientras mi cuerpo temblaba. Lucía siguió moviéndose, prolongándolo, hasta que colapsé exhausto contra el colchón.

—Nunca había sentido nada así —jadeé al fin.

Se retiró con cuidado, se tumbó a mi lado y me abrazó sin decir nada.

***

Al rato, Lucía cogió el móvil de la mesita y empezó a buscar.

—Reservo el apartamento para mañana —dijo—. Algo discreto, con buena luz para las cámaras.

La trampa.

Se detuvo en un piso pequeño, de un dormitorio, zona tranquila. Confirmó la reserva con unos toques.

—Lo tenemos desde las siete, una hora para preparar todo. Mañana le mandas la dirección. —Dejó el móvil y se giró hacia mí—. Te quiero. Ahora, ducha. Mañana va a ser un día largo.

Nos lavamos juntos, besos lentos, reconectando. Y mientras me quedaba dormido pensé en Ramón en aquella cabina, en lo que acababa de pasar con Lucía, en lo que vendría al día siguiente.

Mañana atrapamos a Ramón. Y esto solo es el principio.

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Comentarios (6)

PatricioVH

Tremendo relato, no lo pude soltar hasta el final!!!

Karlita_v

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esto

LectorNocturno

Me recordo a cuando me entere que alguien cercano llevaba una vida secreta... es un golpe duro enterarse. Muy bien capturado en el relato

ElCurioso_ok

Y como termino al final? Me quede intrigado con lo del plan que tenian armado

NocheDeLetras_CO

La forma en que va construyendo la tension es muy buena, en serio. Uno va leyendo y no sabe bien hacia donde va, y eso es lo que mas engancha de este tipo de historias. Sigan subiendo cosas asi!

MartinRos

El giro ese del medio no me lo esperaba para nada jaja, bien jugado

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