El ritual de obsidiana para castigar a mi estafador
El mercado de San Bartolo del Valle olía a polvo caliente y a flores que empezaban a marchitarse cuando Mariela lo vio por primera vez. Tenía veintiocho años, la piel del color de la tierra mojada y una costumbre que la había metido en problemas toda la vida: creer en la gente. Aquella tarde de junio, entre puestos de baratijas y fruta demasiado madura, un hombre la detuvo con una sonrisa que parecía costarle nada.
—Para una mujer como usted —dijo, ofreciéndole un colgante de jade barato—. Algo que brille tanto como usted.
Se llamaba Rodrigo, o eso dijo. Tenía treinta y tantos, los ojos grises y una voz que se metía debajo de la ropa. A Mariela le ardió la cara. Hacía años que nadie la miraba así, como si fuera la única persona del mercado.
—Nadie me había hablado de esa forma —murmuró ella, apretando el jade contra el pecho.
—Pues acostúmbrese —contestó él—. Pienso hacerlo todos los días.
Lo que vino después fue rápido y dulce, demasiado dulce. Rodrigo aparecía con flores, la esperaba a la salida del trabajo, le hablaba de una casa con patio en las afueras del pueblo. Una casa para los dos. Mariela, que dormía sola desde hacía demasiado tiempo, se dejó arrastrar por esa promesa como quien se deja arrastrar por una corriente tibia.
—Vacía la cuenta, mi amor —le dijo él una noche, con la boca pegada a su oreja—. Yo pongo el resto. Para cuando termine el verano vivimos juntos.
Y ella lo hizo. Sacó del banco hasta el último peso ahorrado en diez años de trabajo y se lo entregó con las manos temblando de pura felicidad.
Esa misma noche, en un cuarto alquilado que olía a madera vieja, Rodrigo la desnudó despacio, como si la estuviera descubriendo. La besó en el cuello, le mordió el hombro, le bajó el vestido hasta dejarlo caer al suelo. Le arrancó el sostén de un tirón y le mamó los pezones uno por uno, chupándoselos hasta ponerlos duros como piedras, mientras le metía dos dedos en el coño ya empapado. Mariela abrió las piernas contra la pared, jadeando, y él bajó la boca por su vientre hasta arrodillarse frente a ella.
—Mírame mientras te como —le ordenó, y le separó los muslos con las manos.
Le enterró la lengua entre los labios del coño y la lamió de abajo hacia arriba, larga y despacio, hasta encontrarle el clítoris y chupárselo como un caramelo. Mariela le clavó las uñas en el pelo y le empujó la cara contra su sexo, gimiendo sin vergüenza. Él le metió la lengua adentro, la sacó, se la metió otra vez, mientras con los dedos le abría el culo y le apretaba el ano con la yema del pulgar. Mariela se corrió así, contra la pared, con la boca de Rodrigo bebiéndole todo lo que soltaba.
—Ahora chúpame vos —dijo él, poniéndose de pie y sacándose la polla ya dura y goteando.
Mariela se dejó caer de rodillas y se la tragó entera de una sola vez. La lengua le corría por debajo del glande mientras subía y bajaba la cabeza, con las dos manos apretándole los huevos y la base. Rodrigo le agarró el pelo, le sostuvo la nuca y le empezó a follar la boca sin piedad, embistiéndole la garganta hasta hacerla arcadear. Ella le dejó, le dejó todo, con los ojos llorosos y saliva chorreándole por el mentón.
—Eres mía —susurró él, levantándola de un tirón y girándola contra la pared—. Para siempre.
Le abrió las nalgas con las dos manos y le enterró la polla en el coño de una sola embestida brutal. Mariela gritó, la mejilla aplastada contra la madera, mientras él le clavaba las caderas una y otra vez, con un ritmo que le hacía golpear las tetas contra la pared. Le mordió el hombro, le lamió el cuello, le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás para follarla más profundo.
—Decime que sos mi puta —jadeó en su oreja.
—Soy tu puta —gimió Mariela—. Toda tuya, cógeme, no pares.
La tumbó boca abajo en la cama estrecha y le levantó las caderas. Volvió a metérsela por atrás, con las manos apretándole la cintura, mientras le escupía en el culo y le esparcía la saliva con el pulgar. Le metió el dedo en el ano hasta el nudillo mientras seguía cogiéndola en el coño, y Mariela hundió la cara en el colchón y se corrió otra vez, temblando de arriba a abajo. Él se corrió adentro, con un rugido ronco, vaciándose entero mientras ella sentía el semen caliente inundándola por dentro. Le clavó las uñas en la espalda, le gimió el nombre falso una última vez, y se rindió entera, convencida de que aquello era amor.
Al amanecer, Rodrigo no estaba. Tampoco el colgante, ni el dinero, ni la dirección de la casa con patio que nunca existió. Solo quedaba la mancha de semen en la sábana y el olor a él en la piel.
***
El pueblo se enteró antes que ella de que Rodrigo era un estafador conocido en media región. Había desplumado a viudas, a comerciantes, a mujeres solas como Mariela, dejando un reguero de cuentas vacías y orgullos rotos. La gente la señalaba en la calle con esa lástima que humilla más que el desprecio. «La última tonta», susurraban.
Mariela dejó de creer en la gente. En su lugar creció algo nuevo, frío y paciente. No quería sangre. Quería quitarle a Rodrigo lo único que de verdad le importaba: la polla con la que seducía y destruía.
—Vas a pagar —le dijo a la fotografía que había robado de un cartel—. No con la vida. Con el placer.
***
Pasó un año entero rumiando esa idea hasta la noche del Día de Muertos. El cementerio de San Bartolo estaba sembrado de velas y cempasúchil, y el aire olía a cera quemada y tierra húmeda. Mariela había montado su propio altar en un rincón apartado: velas negras, la foto de Rodrigo, un cuenco con ceniza fría. No sabía bien qué esperaba. Justicia, quizá. Una señal.
La encontró al pie de una tumba sin nombre: un amuleto de obsidiana, negro y pulido, tallado con líneas que parecían latir cuando la luz de las velas las rozaba. Lo levantó y sintió un calor extraño subirle por el brazo.
—Entrégalo al fuego —le pareció oír, una voz grave que no venía de ningún lado—. Y castiga su carne con el placer que él te robó.
Mariela tendría que haber tenido miedo. No lo tuvo. Dejó caer una gota de cera ardiente sobre la piedra y la obsidiana se encendió en un fulgor rojizo. Una niebla violeta brotó del suelo, el aire se llenó de un olor a ceniza y a sudor, y la tierra se abrió bajo sus pies.
***
Cayó de pie en un anfiteatro de piedra negra rodeado de hogueras. El suelo estaba cubierto de ceniza tibia que se le metía entre los dedos, y por encima de todo flotaba esa niebla púrpura que no dejaba ver el cielo. En algún lugar, un reloj invisible marcaba el tiempo con un tictac lento y constante.
En el centro estaba Rodrigo. Desnudo, sujeto por cadenas que parecían hechas de humo, la polla ya medio dura colgándole entre las piernas, su cuerpo brillaba de sudor bajo las llamas. Al verla, su miedo se disfrazó de soberbia.
—¿Tú? —escupió—. La niña boba que se creyó el cuento. No puedes tocarme. Nunca pudiste.
—Te creí mi salida de la soledad —respondió Mariela, sin levantar la voz—. Esta noche aprendes lo que es no sentir nada.
De las sombras salieron figuras. Hombres y mujeres de piel cubierta de hollín, los cuerpos brillantes, los ojos sin pupila. Se movían al compás del tictac, en silencio, como si llevaran siglos esperando esa orden. Uno de ellos, más alto que el resto, se adelantó, con la verga colgando gruesa y oscura entre los muslos.
—Para castigar su cuerpo —dijo con una voz que retumbó en la piedra— primero debes encender el tuyo. El placer es el arma. Tómalo.
Mariela entendió. Dejó caer el vestido negro sobre la ceniza. El calor de las hogueras le lamió la piel, le erizó los pezones, le aceleró la respiración. Por primera vez en un año no sintió vergüenza, sino hambre.
***
Las figuras la rodearon. Unas manos firmes la levantaron por las caderas y una polla enorme se hundió en su coño de golpe, sin preámbulos, marcando un ritmo brutal que la hizo gritar contra el hombro de quien la sostenía. Otra boca encontró su sexo por debajo y le trabajó el clítoris con la lengua, lenta y luego brutal, mientras unos dedos le esparcían ceniza tibia por el pecho y le pellizcaban los pezones hasta hacerla aullar.
—Más fuerte —jadeó Mariela, y la complacieron.
La verga que la penetraba se movía en golpes secos, hasta el fondo, sacándole gemidos que se le rompían en la garganta. Una de las figuras le puso otra polla contra la boca y Mariela la abrió sin pensarlo, la chupó entera, la lamió de la punta a los huevos mientras se la seguía cogiendo por abajo. Se la metió hasta la garganta, dejó que se la follaran la boca al mismo ritmo que le follaban el coño, y sintió cómo el semen empezaba a acumulársele en los labios y en la lengua.
La voltearon. Una de las mujeres, con las tetas grandes y los pezones oscuros y duros como brasas, la besó en la boca y le mordió el labio hasta sacarle un quejido. Se sentó sobre su cara y Mariela le lamió el coño empapado, chupándole el clítoris hinchado mientras la mujer se retorcía encima. Al mismo tiempo, por detrás, otro cuerpo la abría despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarle el culo por completo con una verga gruesa que le arrancó un grito ahogado contra el sexo de la mujer.
—Que él te oiga —le susurró la mujer al oído, tirándole del pelo—. Que vea cómo te llenan por todos lados. Que vea lo que perdió.
Mariela se aferró a la espalda más cercana y dejó que el ritmo la partiera en dos placeres a la vez, el del coño y el del culo, sincronizados con el tictac del reloj que nunca paraba. Una tercera polla le llenó la boca otra vez y ella la chupó con hambre, con la lengua girando sobre el glande, tragándose lo que le daban. Los tres cuerpos la cogían al unísono, embistiéndola desde todos los ángulos, mientras las manos de la mujer le apretaban las tetas y le retorcían los pezones.
Y Rodrigo veía. Forcejeaba contra las cadenas de humo, la polla dolorosamente parada, los ojos grises fijos en ella, en el modo en que su cuerpo se arqueaba y se sacudía, en cómo cada embestida le arrancaba un grito nuevo, en cómo el semen le corría por el mentón y le chorreaba entre las tetas. Veía y no podía hacer nada, y eso era apenas el principio.
Mariela se corrió una vez, con la boca llena y el culo goteando semen ajeno. Y otra, con dos dedos metidos en el coño mientras una boca le mamaba el clítoris. Y otra más, montada sobre una verga negra que le llegaba hasta la garganta, mientras otra le abría el culo por detrás y la cogía al mismo tiempo. Perdió la cuenta. El sudor le corría por la piel mezclado con la ceniza y con el semen de media docena de cuerpos, las manos de las figuras la marcaban, la sostenían, la guiaban de una boca a otra, de una polla a otra. No era violencia. Era un saqueo de placer en su favor, todo lo que Rodrigo le había prometido y nunca pensó cumplir.
—¡Más! —gritó ella, con la voz rota, con la corrida ajena resbalándole por las tetas—. ¡Que no pare! ¡Cójanme hasta que no pueda más!
La pusieron a cuatro patas sobre la ceniza. Una verga en el coño, otra en el culo, otra en la boca. Los tres cuerpos moviéndose al mismo tiempo, embistiéndola con un ritmo que le sacudía las tetas colgando y le hacía chorrear los jugos por los muslos. Se corrieron adentro de ella uno tras otro, llenándole cada agujero de semen caliente, y Mariela se corrió con cada uno, gritando contra la piedra, con el cuerpo temblándole entero.
***
El tictac se aceleró. Y entonces las figuras se volvieron hacia Rodrigo.
Mariela, tendida sobre la ceniza con el cuerpo todavía temblando y goteando semen por todos lados, lo observó con una calma nueva. Una de las mujeres se arrodilló frente al hombre encadenado y le tomó la polla dura en la mano. Lo que él esperaba como caricia se convirtió en castigo: la ceniza del círculo se elevó, le cubrió la entrepierna, y cuando se disipó no quedaba nada. Una superficie lisa, sin polla, sin huevos, sin nada que tocar. Rodrigo aulló.
—¡No! —gritó, retorciéndose—. ¡Devuélveme lo que era mío!
—Nunca fue tuyo —dijo la mujer—. Lo usaste para hacer daño. Ya no lo usarás para nada.
Una a una, las figuras lo despojaron de toda sensación. Le sellaron la piel donde antes había placer, le borraron cada terminación capaz de sentir, hasta dejarlo convertido en un cuerpo intacto por fuera y vacío por dentro. Rodrigo seguía vivo. Seguía deseando. Pero ya no tenía con qué responder a ese deseo.
—Tu castigo no es la muerte —le dijo Mariela, poniéndose de pie con los muslos todavía chorreando—. Es querer y no poder. Para siempre.
***
El tictac se detuvo. El anfiteatro se deshizo en un destello violeta, las figuras se disolvieron en ceniza que flotó hacia la niebla, y Mariela despertó de rodillas en el cementerio, junto a su altar de velas consumidas. El amuleto de obsidiana ya no estaba en su mano. Se había esfumado como un sueño, dejando solo el olor a cempasúchil y un eco caliente en cada centímetro de su piel.
De Rodrigo nunca volvió a saber por su nombre falso. Pero en San Bartolo se contaba la historia de un forastero que apareció en el pueblo aquella madrugada y que, con los años, perdió la razón. Decían que se pasaba las noches retorciéndose en la cama, que gritaba de un deseo que nada podía calmar, que iba de mujer en mujer sin que ninguna lograra encenderlo. Murió viejo y solo, con una mueca de hambre imposible en la cara, buscando hasta el último aliento un placer que jamás volvió.
Mariela, en cambio, volvió a creer en algo: en ella misma. Cada Día de Muertos regresaba al cementerio, encendía una vela y sonreía al recordar la noche en que recuperó todo lo que él le había robado, y mucho más.
—Sufriste como merecías —le susurraba al viento—. Y yo aprendí que mi placer no se vende ni se regala. Solo se toma.





