La fantasía de mi marido que terminó siendo mía
Tantos años de matrimonio. Tantas noches compartidas, tantos secretos descubiertos desde que empezamos a salir siendo casi unos críos. Creía haberlo visto todo de él, conocer cada rincón de su deseo. Por eso, cuando una noche cualquiera me soltó aquella confesión, me quedé sin palabras.
Lo dijo como quien comenta el tiempo, como si fuera la cosa más natural del mundo.
¿Este era de verdad mi marido? ¿Aquel con el que había aprendido absolutamente todo sobre el sexo? Jamás habría imaginado que escondía esa fantasía. Ni en el más oscuro de mis sueños.
No es que fuéramos una pareja convencional. Alguna vez habíamos probado el intercambio con otra pareja. No era algo habitual, pero los dos sentíamos que a nuestra vida íntima le venían bien ciertas aventuras. No había celos ni reproches después. Nos sentíamos tan libres como enamorados, y aquello solo sumaba.
Incluso habíamos hecho algún trío, con chicas y con chicos, por puro afán de explorar nuestros límites, si es que los teníamos.
Pero por encima de todo estábamos nosotros y nuestra complicidad. Así que cuando me propuso aquello, aunque me dejó descolocada, no le cerré la puerta.
—Amor, hay algo que me gustaría probar. Igual te sorprende, pero necesito contártelo —dijo en voz baja.
Me acomodé la almohada, levanté un poco la cabeza y me dispuse a escuchar.
—Cuéntame.
—A ver cómo te lo explico… Desde que el mundo empezó a cambiar, desde que alguien puede sentirse mujer y vivir como tal, siento curiosidad por saber cómo sería estar con una persona así. Me resulta exótico, erótico… no sé ni cómo decírtelo.
—¿Me estás diciendo que te gustaría acostarte con una mujer trans?
—Básicamente, sí. Pero siempre contigo presente. Quiero descubrir qué se siente al estar con una mujer que conserva algo de lo otro.
—O sea —insistí—, que tuviera rostro, pecho y cuerpo de mujer, pero todavía con su miembro.
Algo ruborizado, asintió.
—Cariño, me dejas fuera de juego —sonreí mientras lo decía—. No te imaginaba en esas. Pero si es lo que te apetece, por mí no hay problema. ¿Cómo lo hacemos? ¿Contratamos a alguien o lo buscamos por nuestra cuenta?
—No, no, nada de contratar. Tiene que ser algo mutuo, que apetezca a las dos partes. Sabes que odio ese tipo de tratos.
—Me parece perfecto. Empezamos a buscar cuando quieras.
Era lunes por la noche cuando salió el tema. No queríamos precipitarnos. El sábado saldríamos de fiesta, y conocíamos bien el barrio donde encontrar algo así.
***
Ropa ceñida, un buen maquillaje, escote generoso y muchas ganas. Así me miré al espejo aquella noche. Mateo lucía igual de animado y guapo que siempre.
No me extrañaría que ligara, el muy granuja. Me reí sola con el pensamiento.
Dejamos el coche aparcado lejos. Tomados de la cintura, nos perdimos por las calles iluminadas. Estábamos decididos a cumplir su sueño.
No fue fácil, para nada. Muchas copas, muchas charlas con chicas que tenían justo lo que buscábamos, pero ninguna dispuesta a un encuentro de tres.
Casi nos rendimos. Era muy tarde y creo que habíamos recorrido media ciudad.
Pedimos una última copa en un local pequeño. Más que nada para brindar por el fracaso entre risas.
—Siempre nos quedará la próxima vez —bromeó él, levantando el vaso.
A nuestro alrededor había gente de toda clase. Jóvenes y no tan jóvenes deambulaban por allí, cada cual buscando lo suyo.
Un codazo disimulado me hizo seguir la dirección que marcaban las cejas de mi marido.
Dos chicas bailaban casi frente a nosotros. No hacía falta ser adivina para entender qué clase de mujeres eran; quizá las manos las delataban. Aun así, eran dos auténticas bellezas, eso saltaba a la vista.
La verdad es que no sabíamos cómo abordarlas. Los dos estábamos nerviosos. Buscábamos una y ellas eran dos.
Casi de la mano, se acercaron a la barra a pedir algo. Mateo no lo dudó.
—Hola, ¿me permitís invitaros a una copa? Habéis impresionado a mi mujer… y a mí también.
Algo debieron de ver en nosotros. Aceptaron sin reparos mientras se presentaban. Había en ellas un aire desenfadado y alegre que enganchaba.
Andarían por los veintipocos. Muy bien maquilladas, muy coquetas. Sus cuerpos eran puro magnetismo, más todavía vestidas como iban. Se las veía curtidas, pero nada a la defensiva: abiertas, divertidas, conscientes de lo sexis que resultaban.
Conversamos un buen rato. Tenían una forma de hablar tan ingeniosa que nos tenían encandilados.
Las miradas que le lanzaban a mi marido eran evidentes. Incluso se atrevieron, entre risas, a felicitarme por él.
Pasado un rato, tocaba lanzar la propuesta. En realidad solo buscábamos a una, pero…
Ni se inmutaron. Sonrieron con picardía, como si se entendieran sin necesidad de hablar.
Daniela, la mayor de las dos, se apoyó en el hombro de Mateo y, con todo el descaro, le rozó el brazo con el pecho.
—¿De verdad te apetece estar con nosotras? Me parece que sabes lo que somos.
Con el rostro completamente serio, él respondió:
—Sé perfectamente lo que sois, y me apetece muchísimo. En el fondo buscábamos a una sola, pero si os animáis las dos, por nuestra parte no hay ningún problema.
Miradas entre la sospecha y la incredulidad. Una mano que resbaló por el muslo de él.
—Pero… ¿queréis que estemos con los dos? —preguntó la otra, Sabrina.
—Por mí, ninguno —me adelanté yo, posando la palma sobre un muslo desnudo. Algo que pareció gustarle.
Nuevas miradas entre ellas. Quizá alguna duda. Pero apuraron la copa y soltaron, casi a la vez:
—¿Nos vamos?
Como si fuéramos un grupo de amigos de toda la vida, salimos del local. Buscamos el coche y pusimos rumbo a casa.
***
Mientras Mateo conducía, sentí una mano deslizarse por mi cintura desde el asiento trasero. Un rostro precioso se asomó entre los dos asientos delanteros.
La noté acercarse a mi pecho. Lo acarició despacio, hasta hacerme estremecer. Iban directas al grano, de eso no había duda. Mi marido las miraba de reojo, intentando no apartar los ojos de la carretera.
Para cuando llegamos, ya tenía la ropa interior empapada.
Unas copas más, risas nuevas y un beso robado a Mateo que lo dejó sin aire.
Madre mía, no se cortaban nada.
Las dejé hacer mientras me acomodaba en un sillón. Quería observar las reacciones de mi marido.
Sentadas una a cada lado, se turnaban para devorarle la boca. Le abrieron la camisa hasta dejarle el pecho al descubierto. Cuatro manos empezaron a recorrerlo a placer.
Tampoco él se quedaba quieto. Sus dedos palpaban aquellos traseros firmes o se colaban bajo las blusas en busca de sus pechos.
Yo miraba encantada. Quería una y tengo dos. Esto va a ser muy divertido.
Se cansaron de besar, acariciar y lamer. Aquellas bocas sabían lo que hacían, pero no tenían ninguna prisa.
Lo dejaron allí sentado, con una erección más que evidente bajo el pantalón, y vinieron a por mí.
Me sorprendieron.
Igual que a Mateo, me besaron hasta hacerme sentir sus lenguas en la garganta. Me tomaron los pechos entre las dos, y un temblor me recorrió entera.
Yo tampoco me estuve quieta. Aquellos senos me atraían y quería sentirlos en mis manos, en mi boca.
Tenía cuatro pechos para mí sola, dos bocas, dos traseros, cuatro muslos y unas ganas locas de bucear entre aquellas piernas.
Levanté una falda y ascendí por un muslo suave. A la vez, hacía lo mismo con la otra mano en la otra chica.
Llegué hasta donde se juntaban. Adiviné el tacto de una tela ya húmeda. No podía verlo, pero sí sentirlo.
Busqué hasta encontrar dos trozos de carne tibia. Aún no estaban del todo firmes, pero ya iban tomando consistencia.
Los masajeé hasta liberarlos y notarlos duros entre mis dedos. Ellas dos se besaban sobre mi cabeza sin dejar de mirar a mi marido.
Como si lo hubieran acordado, se pusieron de pie a mi lado. Las faldas cayeron al suelo y dos miembros se sacudieron frente a mis ojos. Los acercaron a mi boca y no pude evitar que entraran en ella por turnos, mientras me apretaban los pechos.
Lamí, chupé, los recibí como pude sin dejar de mirar a Mateo. En teoría aquello no era para mí, pero estaba tan caliente que poco me importaba la teoría.
Me dejaron a mi antojo y luego, igual que habían hecho conmigo, me dejaron sentada para ir hacia mi marido.
Aquellos miembros, todavía con el sabor de mi saliva, se acercaron a su cara. Él los miraba como hipnotizado.
Cerró los ojos, abrió la boca y se dejó llevar, turnándose entre uno y otro.
Su expresión lo decía todo. Estaba disfrutando como nunca.
Los tomó con las manos, jugó con la boca, apretó aquellas nalgas a su gusto.
Una de ellas le liberó el miembro del encierro del pantalón y empezó a masturbarlo despacio. Gemidos de puro placer flotaban a mi alrededor.
Mi mano buscó mi clítoris. Aquella escena me tenía al borde. Necesitaba placer, y lo necesitaba ya.
Humedecí los dedos con saliva y abrí las piernas frente a ellos. Mi sexo quedó bien expuesto mientras hacía girar la yema sobre el punto exacto.
Una de las chicas se arrodilló hasta alcanzar con la boca el miembro de mi marido. Su respingo me confirmó que la decisión había sido acertada.
Vi cómo se lo tragaba hasta el fondo, dejando que la saliva resbalara por todo el tronco. Él no dejaba de chupar el de la otra, que empujaba las caderas hacia delante hundiéndoselo hasta la garganta.
Me levanté para acercarme. Ya estaba bien de placer en solitario.
Aparté aquella carne de la boca de Mateo y lo invité a compartirla. Entre los dos hicimos temblar las rodillas de la chica.
Nuestras lenguas se encontraban en la punta o se peleaban por reclamarla.
Una mano me tomó los pechos, me apretó los pezones y me empujó a frotarme contra el brazo del sofá, justo donde más lo necesitaba.
La otra chica seguía empeñada en sacar de mi marido lo mejor. La vi lamerle entre las piernas y deslizar un dedo entre sus nalgas. Él no opuso resistencia.
***
Algo cansada de la postura, tiré de los tres hasta nuestra cama. Allí sí teníamos todo el espacio que necesitábamos.
Las pocas prendas que quedaban volaron. Cuatro cuerpos desnudos se daban placer sin reparar en quién era quién.
Mi marido lamía un pecho que no era el mío. Yo chupaba un miembro que no era el suyo. Unas manos me separaban los muslos mientras unos dedos jugaban con mi entrepierna.
Sentí saliva por todo el cuerpo.
Trepé hasta arrebatarle a una de las chicas el miembro de Mateo; quería sentirlo dentro de mí.
No hubo resistencia alguna. Mi postura sobre él dejaba mi trasero bien a la vista.
Una lengua se coló entre mis nalgas hasta alcanzar el punto más sensible. Tuve que apretar los labios para no gritar mientras notaba a mi marido llenarme por dentro. Un dedo entró con suavidad, después fueron dos. Un masaje increíble, mientras una de ellas hundía su miembro en mi boca o en la de Mateo. Un pinchazo breve, y aquella carne firme se abrió paso.
—Dios mío… —me quería morir. Olvidé por completo que aquella era la fantasía de mi marido. Me sentí hasta egoísta.
No tardé en correrme como una adolescente. Ellos seguían erguidos.
Me dejé caer a un lado para recuperar el aliento. Y frente a mí se desplegó la escena más atrevida que había visto jamás.
Tirando de Mateo, lo pusieron a cuatro patas. Vi una boca colarse entre sus nalgas mientras otro miembro le tapaba la suya.
Pronto corrió el turno: la lengua dejó paso a una punta enrojecida que presionó hasta abrirse camino. Él se quejó, pero aguantó la embestida.
Despacio, sin forzar, con una dosis generosa de lubricante, mi marido recibió aquella carne mientras sus gemidos quedaban ahogados por la otra.
Para entonces yo había apoyado la mejilla en su espalda. Quería ver aquello de cerca.
Con las manos le separé las nalgas para facilitarle la entrada. Estaba sorprendida. Sorprendida y caliente, muy caliente otra vez.
Una mano jugaba con mi sexo y sonidos entregados me llegaban desde debajo de mi marido. No había duda de que estaba disfrutando con las dos a la vez. Doble fantasía cumplida.
Pasado un rato, cambiaron las tornas. Mientras una de las chicas penetraba a la otra, mi marido la penetraba a ella y yo le acercaba mi sexo a la boca. Aquella chica sabía usar la lengua, vaya que si sabía.
Fue una auténtica locura de noche. Creo que no hubo postura sin probar ni rincón sin atender.
Sentí un chorro tibio en la piel mientras otro miembro se vaciaba en la boca de Mateo, a unos centímetros de mi cara. Sí, lamí lo que se le escapó.
Vi a mi marido temblar mientras se derramaba dentro de una de ellas. Yo me corrí solo de mirar cómo las dos se vaciaban en él, una por delante y otra por detrás.
Creí perder la cabeza cuando los tres me reclamaron a la vez, cada cual reclamando un rincón distinto de mi cuerpo.
No sabría decir cuántas veces me corrí, pero tengo claro que aquella fantasía de mi marido se había convertido también en la mía.
Rendidos, los cuatro quedamos tendidos sobre la cama. Un montón de cuerpos satisfechos pero, en el fondo, con ganas de mucho más.
Creo que aquella noche abrimos una puerta que nos costará mucho volver a cerrar. Si es que alguna vez queremos hacerlo.