Lo imaginé tan fuerte que casi pude sentirlo
Trabajamos juntos. Llegué a la empresa para ser su segunda al mando y, por capricho del destino, terminamos llevándonos bien. Demasiado bien. Compartimos el mismo humor ácido, esa clase de chiste que solo entienden dos personas en toda la sala, y él no me trata «con pincitas» por ser mujer como hacen los demás.
Espera que yo rinda igual que él, salvo cuando hay que alcanzar algo de la repisa más alta, claro. Me enseña mientras se burla de mí, y a estas alturas ya nos comunicamos con miradas. Una ceja levantada, un gesto mínimo, y los dos sabemos exactamente lo que el otro piensa de la reunión que acabamos de aguantar.
Pasamos más horas juntos que con cualquier otra persona de nuestras vidas. Comemos en la misma mesa, peleamos por el último café decente de la máquina, nos cubrimos las espaldas cuando alguno llega tarde. Hay una intimidad rara en eso, una que no se parece al romance pero que tampoco es del todo inocente. Es la clase de cercanía que se cuela por las grietas cuando una baja la guardia.
El único defecto, el imperdonable, es que está casado.
Y yo jamás mezclaría lo laboral con lo personal. Seré muchas cosas, pero suicida profesional no soy. Además, si me pongo exigente, ni siquiera es mi tipo. Aunque tendría que estar ciega para no notar que es atractivo: alto, bastante más que yo, de piel clara que se le pone rosada cuando se ríe fuerte, ojos color miel y unas manos largas que mueve demasiado cuando explica algo.
Tiene esa pancita de cervezas de los viernes que los hombres juran que nadie nota, y el pelo tan corto que parece a punto de alistarse en la marina. A veces pienso que el universo lo puso justo enfrente de mi escritorio para reírse de mí. Tal vez mi sino sea ser feliz en el trabajo y un desastre en el amor. En fin.
No voy a fingir que la química no me ha llevado a fantasear.
Sobre todo en los días de ovulación, cuando mi cerebro se transforma en un adolescente con las hormonas a tope. Como hoy. Después de una jornada lenta, demasiadas charlas en el pasillo del café y una caminata juntos hasta el estacionamiento, llego a mi departamento con el cuerpo zumbando.
Lanzo los tacones por el aire, me bajo el pantalón de vestir que llevo apretándome la cintura desde las nueve y me desplomo en el sillón. Cierro los ojos. Mis manos empiezan a masajearme los pechos por encima de la blusa, despacio, mientras dejo que la película arranque sola en mi cabeza.
No es algo que decida. La fantasía simplemente está ahí, esperando, como un disco que se pone a girar en cuanto bajo la aguja. Y lo peor, o lo mejor, es que cada vez tiene más detalles. Hoy hasta sé qué camisa lleva puesta: la azul de cuadros que se arremangó esta tarde mientras me explicaba una tabla de números que no escuché.
***
Por algún motivo que no importa, estamos en un bar. Si vinimos solos o nos quedamos rezagados del resto, tampoco es relevante. Hablamos, nos reímos, y ahí empiezan los roces de siempre: su codo contra el mío, su rodilla buscando mi pierna por debajo de la barra. Hasta que su mano se posa en mi cadera y se queda ahí, sin disimular.
Lo miro a los ojos y él me responde sin decir nada, con esa media sonrisa que conozco de memoria. Busquemos un cuarto, dice su mirada. Yo pongo cara de virgen asustada, porque así funciona el juego, pero él se muerde el labio con todo el descaro del mundo.
—Sé que quieres —murmura.
En el sillón, mi mano ya bajó sola. Presiono sobre la tela del calzón, que está más húmeda de lo que me gustaría admitir, mientras con la otra me pellizco un pezón por encima de la blusa. En la fantasía, él me tiene atrapada entre su cuerpo y una pared de ladrillos fríos.
—No deberíamos —susurro, solo para estirar la tensión un poco más.
—¿Prefieres quedarte con las ganas? —Su boca está tan cerca de la mía que siento su aliento.
—¿Y después? —pregunto, ya completamente entregada pero todavía jugando a la niña buena.
—Después nada —dice—. Es un antojo de una sola noche. Mañana volvemos a fingir que no pasó.
Sus dedos suben por mi cadera como quien sube una escalera, peldaño a peldaño, sin prisa, disfrutando de hacerme esperar. Me levanta una pierna y me devora la boca con una lengua impaciente, y de pronto me sienta en una cómoda que aparece convenientemente en mitad de la escena, porque en las fantasías los muebles nunca fallan.
Me desabrocha apenas la blusa. Por supuesto, en esta versión de mí no llevo sostén. Su boca envuelve mi pezón mientras me sostiene la mirada desde abajo, y esa imagen, la de sus ojos miel clavados en los míos, es la que me arranca el primer gemido de verdad.
Abro los ojos un segundo. Estoy sola, despeinada en mi propio sillón, con la mano metida dentro del calzón. Me río de mí misma, pero no me detengo. Chupo mis propios dedos para no perder el hilo de la ilusión y vuelvo a cerrar los ojos.
Lo imagino tocándome ahí, con esos dedos largos que mueve tanto cuando habla, y me muerdo el labio hasta que duele. No aguanto más en el sillón. Me levanto, camino hasta el cuarto medio tropezándome con mi propia ropa y abro el cajón de la mesa de noche.
El vibrador se enciende con un zumbido casi heroico.
***
Ahora estoy de rodillas frente a él. Me da una palmada en la mejilla, ni fuerte ni suave, la justa para que el corazón me dé un brinco.
—Sabía que te gustaba rudo —dice con una sonrisa de chico malo que en la oficina jamás se permitiría.
Me toma del pelo, lo enrosca en su puño y me obliga a mirarlo mientras él se acaricia despacio. Me imagino su sexo: bueno, sin llegar a lo grotesco, con una curva ligera que lo vuelve más interesante de lo que debería. Me llevo dos dedos a la boca y juego con ellos como si fueran otra cosa.
Saco la lengua y, con la mirada más dulce de la que soy capaz, le pido sin palabras que me deje complacerlo hasta el fondo. Y él, obediente para variar, lo hace, mientras mi garganta aguanta como en las historias que invento, esas en las que ninguna garganta real aguantaría nada.
Sobre la cama, estoy tan mojada que el vibrador entra solo, sin pedir permiso ni esperar invitación. Suelto un quejido contra la almohada y arqueo la espalda.
Cambio de posición casi sin pensarlo, como si mi cuerpo conociera el guion mejor que yo. Boca abajo ahora, con un brazo doblado contra la espalda, él tendido sobre mí, empujando con esa desesperación que solo existe cuando algo está prohibido y el tiempo se acaba. Siento su respiración pesada en mi hombro, su mano libre apretando mi cara contra el colchón mientras yo levanto las caderas todo lo que puedo para que no se detenga.
—Quiero sentir cómo me llenas —le digo, con la voz rota.
—Eres tan mía esta noche —responde, y me da una nalgada que suena en toda la habitación imaginaria.
Me retuerzo. La sábana me raspa los pezones cada vez que me muevo, y esa fricción tonta, ese detalle que ningún relato planearía, es justo lo que me empuja al borde. El zumbido del vibrador, mi propia mano, su voz inventada en mi oído. Todo se junta.
Llego con un orgasmo de antología, de esos que te dejan tirada y temblando, justo en el instante en que imagino que él también termina. En mi cabeza acaba sobre mi vientre, jadeando, y yo me llevo un dedo a la boca con un gesto de triunfo absoluto, como si hubiera ganado algo.
***
Después llega el silencio, ese de siempre. El zumbido del vibrador apagándose, mi respiración volviendo a su sitio, el techo blanco mirándome desde arriba.
Siempre me pasa lo mismo en este punto: una mezcla de satisfacción y algo parecido a la vergüenza, aunque no haya nadie para juzgarme. Me imagino qué pensaría él si supiera que protagoniza mis noches de esta manera, y la sola idea me arranca otra sonrisa. Probablemente haría un chiste. Probablemente yo me moriría de la risa para no morirme de otra cosa.
Lo cierto es que la fantasía es perfecta justamente porque no va a salir nunca de mi cabeza. Ahí dentro él no está casado, no hay reuniones de las diez ni correos sin responder, no existe el riesgo de arruinarlo todo. Ahí dentro puedo tenerlo entero, rendido, mío, y devolverlo intacto al mundo real a la mañana siguiente sin que falte una sola pieza.
Me quedo unos minutos tirada en la cama, sonriendo como una idiota, recuperando el aire. Para ser apenas un antojo de una noche que nunca va a ocurrir, sabe a gloria.
Mañana voy a llegar a la oficina, voy a servirme un café demasiado cargado y él va a soltar algún comentario ácido sobre la reunión de las diez. Yo voy a reírme, voy a levantar una ceja, vamos a comunicarnos con miradas como hacemos siempre.
Y nadie, jamás, va a saber que esta noche fue completamente mío.