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Relatos Ardientes

Mi fantasía de mostrarme en público se hizo realidad

Damián me conoce demasiado bien. Sabe que cuando me caliento dejo de pensar con la cabeza, y sabe sacar provecho de eso. Llevábamos meses con esa complicidad rara entre amigos que se desean: bromas que se pasaban de la raya, mensajes a deshoras, silencios cargados. Él me había enseñado que yo siempre cumplía mi parte del trato cuando la calentura me ganaba, y por eso aquella tarde se animó a proponerme algo que jamás me había atrevido a confesar en voz alta.

—Tengo una idea —me dijo, mirándome con esa media sonrisa que ya conocía—. Pero no sé si te animás.

—Decila.

—Salir a algún lado. A un lugar público. Y que en algún momento me dejes chuparte los pechos.

Me reí para disimular, pero por dentro algo se prendió de golpe. Era exactamente la clase de cosa que me daba vueltas en la cabeza cuando estaba sola, esa fantasía que nunca le había contado a nadie. Siempre me había gustado tocarme pensando en que alguien me veía, en el riesgo, en lo prohibido. Hacerlo a escondidas me prendía, pero la idea de llevarlo afuera, al mundo, me dejó con la vagina caliente antes de contestar.

—Acepto —dije, y me sorprendió lo rápido que salió.

***

Quedamos en encontrarnos esa misma tarde. Llegué nerviosa, con el pulso disparado y la cabeza llena de imágenes. Nunca había hecho algo tan atrevido, y eso me ponía mojada de una forma que no recordaba. Sabía que no íbamos a hacer nada delante de toda la gente; eso no me parecía rico ni correcto, y tampoco era lo que buscaba. Lo que me prendía era otra cosa: el filo entre que nos vieran y que no, esa zona gris donde el riesgo existe pero todavía no se concreta.

Buscamos un parque grande a las afueras, de esos con senderos arbolados y bancos escondidos entre los árboles. Caminamos hasta un rincón apartado, lejos del camino principal, donde la vegetación tapaba casi todo. Casi. Porque la sola posibilidad de que alguien apareciera por el sendero me apretaba el estómago de excitación. Si pasaba y nos veía, mejor para mí. Más placer.

Me había vestido pensando en esto. Una blusa de tirantes finos, de esas que se bajan por un costado sin necesidad de quitárselas. Todo calculado para que él pudiera llegar a mi pecho con solo correr la tela. No llevaba corpiño. Era la primera vez que salía a la calle sin nada debajo, y notaba el roce del algodón contra los pezones a cada paso. Estaban duros desde antes de llegar.

Nos sentamos en un banco medio oculto. Damián no me sacaba los ojos de encima, y yo sentía cómo se me clavaba la mirada en el escote. Empecé a imaginar mil cosas, escenas que no me animaba a decir, mientras él me observaba en silencio. Saber que cualquiera podía aparecer me ponía nerviosa, pero el nervio se mezclaba con las ganas hasta que ya no sabía distinguir una cosa de la otra.

¿Y si justo ahora viene alguien?

El pensamiento, en vez de frenarme, me prendía más.

—Es ahora —me dijo en voz baja, después de mirar a los dos lados—. No hay nadie.

Me corrí el tirante y bajé la tela por un costado. El pecho me quedó al aire, el pezón erecto apuntando hacia él. Damián me confesó al oído que desde que me lo había visto marcado bajo la blusa no había pensado en otra cosa que en chupármelo. Esas palabras me dejaron todavía más cachonda. Lo tomó con la mano, lo movió despacio, sopesándolo, y yo respiraba entrecortado mirando el sendero vacío.

Pasó la lengua por el pezón, lento, y un escalofrío me recorrió entera. Mientras lo hacía, mi mano subió sola hasta el borde de la blusa, queriendo levantarla del todo, mostrar más. Me controlé. Me controlé varias veces, porque una parte de mí quería arrancarse la ropa y otra disfrutaba del juego de aguantar.

—Nadie te está viendo —me susurró, sin despegar la boca de mi piel—. Si te querés sacar las tetas, hacelo ya. Sé que te morís de ganas.

Esa frase fue como apretar un botón. Miré a los costados una vez más. No había nadie. Podía hacerlo. Agarré la blusa con las dos manos y la levanté de golpe. Lo había hecho: tenía los pechos al aire en pleno parque, expuestos, libres. Damián tomó uno y lo chupó con ganas mientras yo me quedaba unos segundos así, paralizada por la mezcla de miedo y placer, sintiendo el aire fresco en la piel desnuda.

Me bajé la blusa con el corazón latiéndome en la garganta.

—Eso fue lo más rico que sentí en mi vida —le dije, casi sin aliento.

Y era verdad. Sentirme caliente y consciente del riesgo al mismo tiempo me ponía de una forma que no había experimentado nunca. Pero no iba a terminar ahí. Estaba demasiado excitada para parar. Sin pensarlo, llevé la mano a mi entrepierna por encima del pantalón y empecé a apretar.

—¿Te parece que siga con esto? —le pregunté.

—Vos hacelo —contestó—. Dejá que el placer te lleve.

***

Me desabroché el botón del pantalón y lo bajé apenas. Corrí la tanga hacia un costado y empecé a tocarme al aire libre, con los dedos resbalando en lo mojada que estaba, mientras él seguía con la boca pegada a mi pecho. Era lo más erótico que había hecho en toda mi vida. Cada vez que un ruido sonaba entre los árboles, me sobresaltaba, y ese sobresalto me prendía todavía más.

—Sacátelas otra vez —me pidió.

Le hice caso, pero esta vez me quité la blusa entera y la dejé sobre mis piernas.

—Eso ya es rico de verdad —dijo, con los ojos brillando.

Me tomó el otro pecho, lo movió, lo apretó, jugó con el pezón entre los dedos, y yo solo me sentía más complacida, más entregada. Seguimos así un rato largo, yo tocándome y él chupándome, los dos perdidos en el momento. Hasta que escuché una voz lejana en el sendero.

Me puse la blusa de un tirón. Damián se apartó y yo me subí el pantalón a las apuradas. No me dio tiempo de acomodar la tanga, así que quedó corrida, y la sentía afuera, contra la piel. Era incómodo y rico a la vez. La voz se alejó sin que nadie llegara a vernos.

Nos levantamos y caminamos de vuelta, todavía agitados.

—Eso fue increíble —me dijo—. Me encanta ver cómo lo disfrutás vos más que yo.

—Nunca me sentí tan excitada —le respondí al oído—. Quiero hacerlo otra vez. Pero en un lugar donde sea más difícil que nos vean. Quiero terminar completamente desnuda. Si me cumplís ese deseo, te doy un premio.

Aceptó sin dudarlo.

***

Me llevó a su casa, un departamento con una terraza en lo alto del edificio. Subimos por una escalera angosta hasta el techo, y cuando salí al aire libre y vi la ciudad extendida abajo, se me erizó la piel.

—Acá podés desnudarte entera —me dijo—. Nadie te alcanza a ver.

—¿Y si pasa un avión y nos ve? —pregunté, medio en broma, medio nerviosa de verdad.

—No creo que tengan tanta vista como para ver cómo te chupo las tetas —se rió.

Me explicó que después de esto bajaríamos a su pieza, pero yo le dije que prefería hacerlo en el piso del living, para que nadie del edificio se enterara si hacíamos ruido. Empecé a desvestirme despacio. La piel se me ponía de gallina con la brisa de la altura. Él se acercó mientras yo me quitaba la última prenda, y por un momento me quedé completamente desnuda sobre la terraza, al aire libre, con la tarde cayendo sobre la ciudad.

Volvió a chupar mi pecho mientras yo me tocaba, los dos de pie, gozando como nunca. Me sentía más caliente que antes, si eso era posible. Todo mi cuerpo desnudo, expuesto al cielo, sin un solo testigo y al mismo tiempo expuesta a cualquiera que levantara la vista.

—Esperá —le dije—. Tengo que hacer algo antes de que lo hagamos.

Caminé hasta el murito que bordeaba la terraza. Apoyé las manos en el borde, saqué el pecho hacia afuera, jugué con mis tetas a la vista de la nada y de todo. Nadie veía a una mujer desnuda mostrándose en lo alto de un edificio. O quizás alguien sí. Esa duda era el motor de todo. Cuando volví con él, me sonrió.

—Ojalá alguien se haya deleitado con esas tetas —me dijo—. Porque para mí son demasiado ricas.

***

Bajamos al departamento. Tiramos unos almohadones en el piso del living y nos acostamos ahí, todavía con la adrenalina de la terraza corriéndonos por el cuerpo. Se sacó el pantalón y entró en mí despacio, muy despacio, y yo lo sentí lento y profundo, justo como me gusta.

—Fue el mejor día —me dijo al oído, sin acelerar el ritmo.

—Para mí también —contesté.

Lo hicimos suave, casi como si tuviéramos toda la tarde por delante. Yo me movía debajo de él, marcando el compás, alargando cada embestida. Me encanta cuando el sexo es así, sin apuro, sintiendo cada centímetro. Después de un rato largo de placer lento, me incorporé.

—Te ganaste tu premio —le dije.

Me puse en cuatro frente a él.

—Seguí suave —le pedí—. Te lo imploro.

Entró otra vez, despacio, sacándola casi entera antes de volver a meterla. Era tan rico que se me escapaban los gemidos contra el almohadón. Lo sentía suave, paciente, controlado. Cuando noté que estaba por terminar, le dije que lo hiciera adentro. Me la metió hasta el fondo, me empujó apenas unas cuantas veces más, y sentí cómo se venía, lento y caliente, igual que todo lo demás de esa tarde.

Me quedé un rato así, respirando, con el cuerpo todavía vibrando. Nunca me había gustado tanto algo. Me fui feliz, completamente complacida, y con una sola certeza dándome vueltas en la cabeza: quería volver a hacerlo.

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Comentarios (7)

NachoPunta7

Genial el relato, me tuvo pegado hasta el final. Mas asi por favor!!!

ValentinaR33

Que valentia, la verdad que no es facil animarse a algo asi. Muy bien escrito, se siente autentico.

LectorPorNoche

Buenisimo. Esperando con ansias la segunda parte si es que hay jaja

EduardoBA

Corto pero muy intenso. Dejaste picando las ganas de saber como siguio todo

ElMiron_BA

Me recordo a algo parecido que vi una vez en la costanera, aunque no tan extremo jaja. Muy buen relato.

Nati_89

Una pregunta... lo repetirías? Me quede con curiosidad despues del final

GabiCordo

Increible como transmitiste esa mezcla de miedo y adrenalina. De los mejores que lei aca, en serio.

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