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Relatos Ardientes

Escuché a mi novia gozar sola desde el salón

Todo empezó por culpa de una partida que se me hizo demasiado larga. Camila se había ido a la cama pasada la medianoche, con un beso corto en la frente y esa sonrisa cansada que ponía cuando estaba harta de esperarme. Le dije que subía en diez minutos y, como siempre, mentí. En la pantalla había una horda entera de zombis que no iban a matarse solos, y el mando pesaba en mis manos como si tuviera vida propia.

El único ruido en el salón era el zumbido de los ventiladores de la consola y algún tiro amortiguado por los cascos. El resto del piso estaba en silencio, un silencio denso de madrugada. Por la ventana entreabierta entraba el aire frío de mayo y, muy a lo lejos, el ronroneo de algún coche perdido.

Fue entonces cuando lo escuché.

Un roce. Apenas un susurro de sábanas del otro lado de la pared. Al principio pensé que Camila se había dado la vuelta en la cama, como hacía siempre, buscando el hueco fresco de la almohada. Bajé el volumen del televisor y seguí jugando. Pero el roce volvió. Más largo. Más rítmico. Y detrás del roce, otro sonido más pequeño, más íntimo, que me hizo detener el mando en seco.

Un gemido ahogado.

No jodas.

Apagué la consola de un manotazo. El salón se quedó en negro y en un silencio tan limpio que se podían contar los latidos. Me quedé quieto en el sofá, con la respiración retenida, pegando la oreja al aire como un idiota. El siguiente gemido llegó más claro. Después otro. Y otro. Camila estaba al otro lado de la pared, follándose sola sin hacer ruido de más, creyéndome aún atrapado en el juego, y no tenía ni idea de que yo la estaba oyendo.

Se me puso dura antes de que quisiera darme cuenta. El pantalón del pijama se me tensó de golpe y noté la polla dando un salto contra la tela. Me la saqué sin pensarlo, con la boca seca, y me la agarré despacio. Estaba caliente, hinchada, con la punta ya mojada. Solo con el primer meneo se me escapó un jadeo que tuve que morderme para no delatarme.

Me la imaginé perfectamente. Camila boca arriba, con las bragas apartadas hacia un lado, la mano derecha entre las piernas y el índice y el corazón dentro. Follándose con dos dedos ese coño depilado y estrecho que yo conocía de memoria, con el pulgar dibujando círculos en el clítoris, empapada hasta las ingles. La otra mano paseándose por sus tetas, pellizcándose los pezones hasta ponérselos duros como cuentas.

Los gemidos empezaron a subir. Ya no eran ahogados. Eran cortos, roncos, con un final apretado, como si tuviera la boca contra la almohada para no despertar a nadie. Y detrás de la voz, ese otro sonido inconfundible: el chapoteo ligero y obsceno de sus dedos entrando y saliendo de un coño encharcado.

Me metí un puño en la boca y me la seguí trabajando en el sofá. Despacio, casi en cámara lenta, con la cabeza inclinada hacia la pared, robándole el orgasmo como un ladrón. Cada gemido suyo era una descarga que me subía por la espalda. La imaginé cambiando de mano, metiéndose el dedo del medio hasta el nudillo, buscándose ese punto que la volvía loca, arqueando las caderas contra su propia palma.

—Joder… —la oí murmurar, muy bajito, como si se le hubiera escapado.

Casi me corro ahí mismo. Aflojé el ritmo, apretándome la base de la polla para aguantar. Quería llegar con ella. Quería explotar cuando explotara ella.

Los siguientes minutos fueron una tortura preciosa. El chapoteo se aceleró. Los gemidos se apilaron uno sobre otro, cada vez más agudos, y luego, de repente, se ahogaron todos en un jadeo largo, sordo, casi doloroso, que se estiró hasta apagarse en un suspiro. Se corrió. Se corrió sola, en su cama, sin saber que yo la estaba escuchando, y a mí se me escapó al mismo tiempo un latigazo caliente que me manchó la mano y el pantalón del pijama y el cojín del sofá.

Me quedé un rato así, con la polla goteando y la respiración de los dos jadeando a coro a través de la pared. Después me limpié con un pañuelo de la mesita, me subí los pantalones y me quedé mirando el pasillo oscuro. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Una franja de luz cálida se colaba por el hueco.

***

Cuando entré en la habitación, Camila estaba boca arriba, medio destapada, con las piernas apenas separadas y un tanga verde húmedo. Fingía dormir. Lo supe porque la comisura de la boca le temblaba conteniendo una sonrisa, y porque las mejillas le ardían como si acabaran de bajarle del cielo. Cerré la puerta con el pestillo y me acerqué a la cama en silencio.

—¿Bien la partida? —murmuró, sin abrir los ojos.

—Bien —dije, quitándome el pantalón—. Muy interesante el final.

Abrió un ojo. Después el otro. Y esa sonrisa que llevaba meses reservándome se le desparramó por la cara.

—¿Cuánto tiempo llevas escuchando? —preguntó, mordiéndose el labio.

—El suficiente —respondí, tirando el pantalón al suelo.

—Cabrón —susurró, encantada.

Me subí a la cama de rodillas, entre sus muslos, y le arranqué el tanga tirando de un solo lado. La goma cedió con un chasquido y ella soltó una risa baja que se convirtió en un gemido cuando le abrí las piernas de par en par. Estaba brillando. Los muslos, los labios, todo. Un rastro pegajoso le corría por la ingle hasta la sábana.

—Mírame —le dije. Y me agaché.

Le pasé la lengua entera por el coño, de abajo a arriba, lento, como si estuviera saboreando algo prohibido. Camila arqueó la espalda y me agarró del pelo con las dos manos.

—Dios, sí… —jadeó.

La chupé bien. Me tomé mi tiempo. Le lamí los labios inflamados, uno por uno, le metí la lengua todo lo hondo que pude, la saqué y volví al clítoris, esa perlita hinchada que ya estaba a punto. Le hice círculos con la punta y después la aplasté con toda la lengua, sin piedad, mientras le metía dos dedos y le curvaba las yemas contra el punto que sabía de memoria. Ella se retorcía. Cerraba los muslos alrededor de mi cabeza y me empujaba hacia abajo con las caderas.

—Que me corro otra vez, joder, que me corro otra vez —masculló, con los dientes apretados.

No la dejé. Le saqué los dedos y aparté la boca en el último segundo. Camila abrió los ojos, furiosa, con las mejillas rojas y el pecho subiendo y bajando.

—Eres un hijo de puta —me dijo, con la voz ronca.

—Lo sé —dije, y me subí sobre ella.

Me agarré la polla y se la pasé por los labios, arriba y abajo, empapándola en su propio flujo. Ella intentó levantar la cadera para tragarme entero de una y yo la aparté con la mano.

—Pídemelo —susurré contra su oído.

—Fóllame —dijo enseguida—. Fóllame ya, por favor, fóllame de una vez.

La embestí hasta el fondo de un solo golpe. Camila gritó contra mi cuello, un grito que se le rompió en la garganta y se convirtió en un jadeo largo cuando empecé a moverme. Estaba tan mojada que se oía. Cada empujón hacía un ruido obsceno y húmedo, y ese ruido era la banda sonora perfecta para el silencio de las tres y media de la madrugada.

—Así, así, así —repetía ella, clavándome las uñas en la espalda.

La follé fuerte. Sin ternura. Como llevaba media hora queriendo follarla. Le mordí el cuello, le lamí el hueco de la clavícula, le agarré una teta entera con la mano y le pellizqué el pezón mientras seguía metiéndosela hasta arriba. Ella cruzó las piernas por detrás de mi culo y me acompañaba con las caderas, subiendo a recibirme en cada bajada.

—Ponte a cuatro —le dije, saliendo de golpe.

Se dio la vuelta sin protestar, con el pelo revuelto y esa mueca de deseo que no le veía desde hacía siglos. Le agarré las caderas con las dos manos y volví a meterme, esta vez todavía más hondo, hasta chocarle contra el culo. Camila hundió la cara en la almohada para no despertar al vecindario.

—No te tapes —le dije, y le eché la cabeza hacia atrás tirándole del pelo—. Quiero oírte igual que te oía desde el salón.

Gimió alto. Alto de verdad. Y yo la follé al ritmo de esos gemidos, empujándole el culo contra mí en cada embestida, viendo cómo se le marcaban los omóplatos y cómo se le tensaba la cintura. Le pasé una mano por delante y le empecé a frotar el clítoris con dos dedos, sin dejar de meterle la polla.

—Ay… ay… ay, me voy… —empezó a repetir, cada vez más rápido, cada vez más agudo.

—Córrete —le ordené—. Córrete conmigo dentro.

Camila se corrió tres o cuatro segundos después. Todo su cuerpo se convirtió en un temblor. Se le apretó el coño alrededor de mi polla como un puño, y esa contracción, húmeda y caliente y salvaje, me arrastró a mí también. Me corrí dentro con un gruñido sordo, empujándola contra la almohada, vaciándome hasta la última gota mientras ella seguía temblando y jadeando y riendo por lo bajo.

Nos derrumbamos los dos de lado, todavía enganchados. Yo con el pecho pegado a su espalda, ella con la mano cruzada por encima buscando la mía. Nos quedamos así, respirando fuerte, escuchando cómo la casa volvía a estar en silencio.

—Cabrón —repitió, media dormida, media risueña—. La próxima vez, avisa.

—No —dije, besándole el hombro—. La próxima vez, también voy a escuchar.

Y sonrió con los ojos cerrados. Nunca la había visto sonreír así. Supe, mientras se me cerraban a mí también los ojos y el semen se enfriaba entre sus muslos, que aquella pared que nos separaba solo unos metros no iba a volver a ser lo mismo nunca más.

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Comentarios(5)

Luciano_BA

jajaja el detalle del mando me mató, eso fue lo que más me gustó de todo

Sole_RL

Por favor que haya segunda parte, quedé con demasiadas ganas de saber como terminó todo

FantasmaRio

me recordó a una situación parecida que viví hace un par de años... ese momento de no saber si entrar o quedarte quieto es demasiado

NicBA

Muy bien narrado, se siente autentico. Uno de los mejores que encontré en este sitio

lector_cba77

Buenisimo!!! sigan subiendo estos

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