Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Espié a los padres de Camila una noche de tormenta

Habíamos pasado el sábado recorriendo bodegas por el valle. Camila conducía, yo iba de copiloto anotando en el teléfono los vinos que nos habían gustado, y su madre, Marisol, iba en el asiento de atrás riéndose de todo. Con veintiocho años y un trabajo que me tenía atada a una oficina de lunes a viernes, aquellos fines de semana en la finca de sus padres eran mi único refugio real. Camila y yo éramos amigas desde la universidad, y hacía años que sus padres me habían adoptado como una hija más.

Llegamos a la casa al atardecer, con el pelo enredado por el viento del descapotable y las mejillas encendidas por la última copa de malbec. Marisol entró antes que nadie, todavía riéndose de una anécdota mía sobre un sommelier con acento italiano. Se metió directo a la cocina anunciando que prepararía algo ligero para cenar, en cuanto llegara Ricardo del pueblo, donde había ido a arreglar unos papeles del campo.

Camila y yo subimos al cuarto de huéspedes, el que siempre me daban, con vistas a los viñedos. Nos tiramos en la cama a repasar la jornada, riéndonos del tipo que había intentado ligar con Camila en la tercera bodega. Estuvimos un rato largo así, hasta que unos golpecitos suaves en la puerta nos hicieron levantar la cabeza.

Era Ricardo. Un hombre grande, curtido por el sol del campo, con el pelo entrecano y una camisa arremangada hasta el codo. A pesar de que rondaba los sesenta, tenía una presencia que ocupaba el marco entero de la puerta. Me sonrió con esa calma que le conocía y nos dijo que bajáramos, que la cena estaba lista.

En el comedor nos esperaba una tabla de quesos, pan tibio y una botella de tinto reservada para la ocasión. Cenamos entre risas y anécdotas, mientras afuera empezaba a levantarse una tormenta que hacía golpear las contraventanas. En algún momento, con la segunda copa ya vacía, empecé a notar cómo se miraban ellos. No era la mirada tranquila de un matrimonio de treinta años. Era otra cosa. Ricardo le rozaba la muñeca cuando le pasaba la sal. Marisol le sostenía la mirada un segundo más de la cuenta antes de reírse y girar la cara hacia mí. Había una tensión ahí, densa, que se colaba entre los platos y me hacía apretar los muslos bajo la mesa.

No era la primera vez que lo notaba, pero esa noche pesaba distinto.

Pasada la medianoche subimos a dormir. Camila se metió a su cuarto, yo al mío. Me acosté con el vestido puesto, sin fuerzas para cambiarme, y me quedé escuchando la tormenta hasta que se me cerraron los ojos.

Me despertó una necesidad tonta, la vejiga apretada por el vino. Me levanté sin encender la luz, descalza sobre el parqué frío, y avancé hacia el baño del pasillo. Al regresar, con el pelo revuelto y la cabeza todavía nublada, pasé por delante de la habitación principal.

Y ahí me quedé quieta.

Un gemido bajo, contenido, se colaba por debajo de la puerta. No era el ruido casual de una pareja durmiendo. Era otra cosa, algo que reconocí en el cuerpo antes que en la cabeza. Me quedé escuchando, con el corazón latiéndome en la garganta. Ese gemido se repitió, más largo esta vez, y después vino un jadeo ronco de hombre y una respuesta femenina más aguda, cortada.

Vuelve a tu cuarto, boluda, me dije. Vuelve ya.

Pero no me moví. Giré la cabeza hacia la puerta y me di cuenta de que estaba entreabierta, apenas una rendija de dos dedos, con un hilo de luz cálida que se derramaba sobre las tablas del pasillo. Di dos pasos de puntillas, aunque a esas alturas nadie ahí adentro iba a escucharme. Acerqué la cara a la rendija y contuve el aire.

Estaban en la cama, iluminados por la lamparita de la mesa de noche. Marisol boca arriba, desnuda, con las muñecas atadas con pañuelos de seda a los barrotes del respaldo. Los brazos estirados por encima de la cabeza, los pechos empujados hacia arriba por la postura, los pezones duros como piedras. Tenía las piernas abiertas y flexionadas, y Ricardo estaba hundido entre ellas, boca abajo, la cara enterrada en su coño.

Le lamía despacio, con una calma que me hizo apretar los muslos ahí donde estaba, en el pasillo. Pasaba la lengua ancha de abajo hacia arriba, se detenía en el clítoris, chupaba, volvía a bajar. Cada tanto le metía un dedo, dos, y giraba la muñeca lento, mientras subía la boca a jugar con los pezones. Le pellizcaba uno con los labios, tiraba suave, y ella arqueaba la espalda tirando de los pañuelos.

—Así, no pares, así —le pidió Marisol con la voz rota.

Yo tenía la cara pegada al marco. Sentí cómo se me humedecía la ropa interior antes de darme cuenta de que ya llevaba un rato así. Sin pensarlo, sin permitírmelo, metí la mano por debajo del vestido y me toqué por encima de la tela. Estaba empapada. Me apreté el clítoris con la yema del dedo medio y tuve que morderme el labio para no hacer ruido.

Ricardo dejó los pechos y volvió a bajar. Le abrió más las piernas con las manos, le agarró los muslos por debajo, y se hundió entero en su coño. Chupaba fuerte ahora, con hambre, y ella empujaba las caderas contra su cara sin poder controlarse. Los pañuelos crujían contra los barrotes. Marisol soltó un grito entrecortado, se le fue el aire y todo el cuerpo se le tensó de golpe.

—Me voy a correr, Rica, me voy… —gimió.

Él no paró. Le clavó dos dedos hasta el fondo y le lamió el clítoris con la punta de la lengua, rapidísimo, mientras ella empezaba a temblar. Se corrió con un gemido largo, sostenido, que le sacudía las piernas contra los hombros de él. Vi cómo se le contraía el vientre en oleadas, cómo se le encogían los dedos de los pies. Yo tenía dos dedos metidos por debajo del calzón, dando vueltas sobre mi propio clítoris, tratando de no jadear.

Ricardo levantó la cara, brillante, sonriendo, y le mordió el interior del muslo. Ella se rio con la voz cortada, todavía temblando. Después él se irguió sobre las rodillas y me lo dejó ver entero. Estaba durísimo, la verga gruesa, marcada, apuntando hacia arriba contra el vientre. Se la agarró con la mano y se la pasó por los labios del coño, de arriba hacia abajo, sin meterla, restregándose el glande contra el clítoris. Ella gimió otra vez, más fuerte, y tiró de los pañuelos.

—Fóllame ya —le ordenó Marisol, con la voz baja, ronca—. Deja de jugar y métemela.

Ricardo la miró un segundo con una media sonrisa, como si esa orden fuera un capricho más de la noche, y se la metió de una embestida hasta el fondo. Marisol soltó un grito que le salió del estómago. Yo se lo sentí en la panza, como si me lo hubieran metido a mí. Me apreté el clítoris con más fuerza y me subí la falda con la otra mano para meterme dos dedos dentro. Estaba tan mojada que entraron solos.

Empezó despacio, con embestidas largas, hondas, que le hacían resbalar los muslos por las sábanas. Sacaba la verga casi entera y volvía a hundirla lento, mientras ella jadeaba abajo, atada, mordiéndose los labios. Después cambió el ritmo. La agarró de las caderas y empezó a follarla rápido, seco, golpeándola contra el colchón. El respaldo golpeaba contra la pared con cada embestida y los pañuelos se tensaban en las muñecas de Marisol.

—Más fuerte, hijo de puta, más fuerte —le pedía ella, con la boca torcida de placer.

Él le clavó una mano en el vientre, empujándola contra el colchón, y siguió cogiéndola así, sin piedad, hasta que Marisol volvió a soltar ese grito agudo que anunciaba otro orgasmo. Se corrió otra vez, y esta vez fue peor: se le contorsionó el cuerpo entero, las piernas se le cerraron sobre las caderas de él, la espalda se le arqueó tanto que solo tocaba la cama con la nuca y los talones. Yo dejé de intentar respirar en silencio. Me mordí el antebrazo para ahogar un gemido y seguí frotándome, con los dedos ya resbaladizos hasta la muñeca.

Ricardo se detuvo dentro de ella, jadeando, y le desató las muñecas una por una, sin salir. En cuanto quedó libre, Marisol le clavó las uñas en la espalda, se las hundió, y le arrastró las manos hacia abajo, marcándole cuatro líneas rojas desde los omóplatos hasta la cintura. Él soltó un gruñido y volvió a moverse dentro de ella, esta vez lento, hondo, apretándose contra su cuerpo.

La levantó en vilo, la sentó a horcajadas encima de él, y la dejó cabalgarlo. Marisol le pasó las manos por la nuca, se agarró de su pelo, y empezó a subir y bajar sobre su verga, girando las caderas, echando la cabeza hacia atrás. Los pechos le rebotaban con cada movimiento y él le agarraba uno con la boca, chupándolo con avidez, mientras con la otra mano le apretaba el culo para marcarle el ritmo. Yo veía la verga entrar y salir brillante entre las piernas de ella, y ya no sentía las rodillas.

Cambiaron otra vez. Ricardo la puso boca abajo, con el culo levantado, la cara contra la almohada, y se la metió por detrás así, agarrándola del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Le pegó una nalgada seca que sonó en toda la habitación. Marisol soltó un quejido que era medio protesta, medio súplica, y le pidió otra. Él se la dio. Y otra. Y volvió a follarla, cada vez más rápido, hasta que empezó a gemir él también, ronco, apretando los dientes.

—Adentro, adentro, dámela adentro —le pidió ella, la voz amortiguada por la almohada.

Los gemidos se les entrelazaron. Los oí perder el ritmo, agarrarse el uno al otro, y llegar juntos, en un temblor largo que sacudió la cama entera. Marisol se corrió mordiendo la almohada. Ricardo se vació dentro de ella con un gemido que le salió del pecho, sosteniéndole las caderas contra las suyas hasta la última contracción.

Yo me corrí ahí mismo, en el pasillo, con la mano metida entre las piernas y la frente pegada al marco de la puerta. Me subió por las piernas, me llegó al vientre, me sacudió entera. Tuve que apoyarme con la otra mano en la pared para no caerme. Fue como si me estallara algo por dentro, un placer que no recordaba haber sentido nunca, ni sola ni acompañada.

Cuando volví al mundo, los oí desplomarse en la cama, riéndose bajo, susurrándose cosas que no alcanzaba a entender. Me di vuelta y corrí en puntas de pie de regreso al cuarto de huéspedes. Cerré la puerta con cuidado, me tiré en la cama y me metí debajo de las sábanas todavía temblando.

Y volví a tocarme. Otra vez, y otra vez, recordando cada detalle. La forma en que ella tiraba de los pañuelos. La cara enterrada de él en su coño. La verga entrando y saliendo brillante. El grito ahogado contra la almohada. Me corrí dos veces más antes de que se me nublara la vista y me venciera el sueño.

***

Me desperté tarde, con el sol entrando entero por la ventana. Camila todavía dormía en su cuarto. Bajé a la cocina despacio, con la esperanza de no cruzarme con nadie, pero Marisol ya estaba ahí, en bata de seda, batiendo huevos en un bol.

—Buenos días, dormilona —me dijo, sin girarse.

—Buen día —contesté, y sentí que la voz me temblaba.

Me acerqué al mostrador y me puse a cortar el pan, tratando de que no se me notara nada. Ella siguió batiendo. Ricardo no había bajado todavía. Se oía la ducha arriba. Estuvimos así un rato, en silencio, con el sonido del batidor contra la loza y el murmullo del agua en el techo.

Entonces Marisol dejó el bol sobre la mesada, se limpió las manos con un repasador, y se giró hacia mí. Me miró a los ojos con una calma que no me dejó salida.

—¿Te gustó lo que viste anoche? —me preguntó, casi en un susurro.

Se me heló la sangre. El cuchillo del pan quedó suspendido en el aire. Sentí que se me subían los colores a la cara y que el pulso me golpeaba en las sienes. Abrí la boca para decir algo, cualquier cosa, y no me salió.

Ella no bajó la mirada. Esperaba una respuesta.

¿Andás por Buenos Aires? Mirá escorts VIP en Recoleta, con perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(6)

VoyeurCba

Que situacion mas excitante!!! uno de los mejores relatos de fantasia que lei en mucho tiempo

LectoraSinNombre

Por favor tiene que haber una segunda parte... me quede con ganas de saber como termino la noche

noche_de_verano

Me engancho desde la primera oracion. Esa imagen de la puerta entreabierta es perfecta, te mete de lleno en la historia

SoloLeo_mx

increible!! sigue escribiendo por favor

ClaritaRos

Pocas veces un relato me genera esa mezcla de culpa y emocion al mismo tiempo. El ambiente de la tormenta le da algo especial, como si todo estuviera permitido esa noche. Muy bien escrito.

Romi_89

me recordo a algo que me paso de chica en la casa de una amiga jajaja. tremendo como una se queda paralizada sin saber que hacer

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.