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Relatos Ardientes

La pared que me separa de mi vecina

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La cama de matrimonio se me hacía enorme aquella mañana. Mi mujer, Cecilia, había salido a las siete y media camino de la clínica, y al cerrar la puerta principal me dejó despierto justo lo suficiente como para no volver a dormirme. Me quedé mirando el techo. Las cortinas dejaban entrar una franja de luz gris que se estiraba por la pared como una línea de tiza.

Y esa pared era el problema.

Nuestro dormitorio pega contra el del vecino del 3.º B. La casa es nueva, pero la promotora ahorró en tabiques y en insonorización. Al principio pensamos que era mala suerte oír de vez en cuando la televisión de fondo o al perro rascar la puerta. Con los meses aprendí a distinguir cuándo tosía el marido, cuándo la niña bajaba corriendo a por el zumo y cuándo el hijo mayor volvía tarde del entrenamiento.

Él, Damián, es contable. Ella, Adriana, es profesora de literatura en la universidad. Tienen dos críos ya crecidos, ya autónomos. Damián y Adriana andarán por los cuarenta largos. Ella es una mujer que se cruza y no llama tanto la atención en la primera pasada: castaña, ondulada, con gafas de montura fina y una delgadez tranquila. Yo la miro un segundo de más cuando coincidimos en el rellano de la escalera, pero no más que a otras.

Al menos hasta esta mañana.

Estaba tumbado boca arriba, con las manos detrás de la nuca, dejando que el cuerpo decidiera si dormía o se levantaba, cuando el primer golpe seco me hizo abrir los ojos. Fue como un puñetazo blando contra la pared. Tuc. Silencio. Tuc, tuc. Reconocí lo que era antes de terminar de despertarme: el cabecero de la cama de al lado, contra el nuestro.

Encima del ritmo del cabecero, la voz de Damián. Una respiración áspera, entrecortada, que se convertía cada pocos segundos en un gemido corto y ronco. Nada que yo no hubiera oído alguna otra noche, pero antes siempre a media voz, con la sensación de que se contenían por los niños.

Esta mañana no había niños en casa. Los debieron dejar con los abuelos el fin de semana y volver los dos solos, con el piso despejado y toda la mañana por delante.

Escuché entonces la voz de ella.

—No, todavía no te vas a correr —dijo Adriana, con una calma que me heló y me calentó a la vez.

La escuché con una nitidez de radio. Como si estuviera hablándome a mí, al otro lado del tabique, muy pegada al hueco donde nuestros cabeceros casi se tocaban. La voz de una profesora explicando que no, hoy no, hoy va a ser como yo diga. Se me endureció la polla debajo de la sábana antes de decidir nada.

Aparté la sábana con la mano izquierda y me bajé los calzoncillos hasta la mitad del muslo. La derecha ya la tenía sobre la polla, tirando hacia abajo del prepucio para dejar el glande descubierto, brillando ya de humedad. Me la agarré despacio y empecé a menearme al ritmo que marcaba el cabecero de la casa de al lado.

El cabecero se detuvo un segundo. Los gemidos de Damián se hicieron distintos: más agudos, más entrecortados, más de quien recibe que de quien empuja. Se la está comiendo, pensé, y esa imagen me hizo apretar más fuerte la mano.

Cerré los ojos y me imaginé a Adriana arrodillada en su lado de la cama, las gafas todavía puestas, la boca húmeda alrededor de la verga del marido, la lengua girando lenta sobre el glande. La imaginé mirándole desde abajo, a los ojos, como sé que miran las mujeres que saben exactamente lo que están haciendo. La imaginé escupirle encima de la punta y volver a metérsela hasta la garganta. La imaginé sacándosela un segundo solo para decirle, con la boca chorreando, que no, todavía no.

Me chorreaba el líquido preseminal por los dedos. Lo usé para mojarme la palma y seguir. La polla se me marcaba dura y venosa contra la mano. Con la izquierda me agarré los huevos y los estiré con suavidad, cosa que me gusta hacer cuando estoy solo y tengo tiempo por delante.

El cabecero volvió a golpear el tabique. Esta vez con otro ritmo: más pesado, más regular. Ya no era Damián el que se estaba moviendo, o al menos no solo él. Se oía el impacto seco de dos cuerpos que chocan y, entre golpe y golpe, un chapoteo grave y húmedo que me erizó la nuca.

—Métemela hasta el fondo. Reviéntame, joder. —La voz de Adriana era otra, ronca, casi enfadada, con la respiración cortada por cada embestida.

Se me contrajo el vientre. Aceleré la mano y me forcé a no correrme todavía. Quería aguantar hasta escucharla acabar a ella.

Me la imaginé boca abajo, la cabeza girada contra la almohada, las gafas sobre la mesilla, la espalda mojada, el culo levantado, Damián agarrándola de la cadera y clavándosela hasta el fondo. Me la imaginé apretando las manos contra el cabecero para no golpearse la frente en cada envión. Me la imaginé abriendo la boca contra las sábanas para decir las cosas que estaba diciendo sin gritar demasiado.

—Así, así, no pares. Dame más. Dámela toda. Rómpeme el coño.

Cada frase suya me sacaba un espasmo en la polla. La mano izquierda me subió por el pecho hasta la boca. Me chupé dos dedos y me los llevé al culo, apretándolos apenas contra el ojete cerrado, no para meterlos, solo para sumar sensación. En la cabeza yo ya no era yo: era Damián empujándola y también era ella pidiendo que la reventaran.

El cabecero aceleró. Los gemidos de él se hicieron continuos, sin pausa. Los de ella empezaron a subir de tono, agudos, casi animales, y de repente cortos y muy seguidos.

—Me corro, me corro. Joder, me corro.

Se le quebró la voz en el último «me corro» y se convirtió en un grito ahogado, de esos que la mujer intenta contener porque sabe que se está oyendo. La escuché terminar contra su propia mano, o contra la almohada, o contra el brazo del marido. La escuché venirse a menos de dos metros de mi cara.

Yo me corrí con ella. La lefa me subió desde los huevos con esa presión de segundos que tira del vientre. Los dedos de los pies se me contrajeron. Solté un gemido en voz baja que no reconocí como mío. La primera lefada me golpeó el pecho, caliente y densa. Las siguientes se me repartieron por el vientre y por la mano, chorreándome entre los dedos hasta la sábana.

Al otro lado del tabique, los últimos golpes del cabecero se apagaron. Escuché a Damián soltar un jadeo largo y una risita corta, la típica risa boba de después. Escuché a Adriana respirar, respirar, respirar. Y luego silencio. Ni un murmullo. Solo el ronroneo lejano de una lavadora en otro piso.

***

Me quedé un rato mirando el techo, la polla todavía a medias erecta, chorreada, palpitando. Con el brazo doblado por encima de la cara, olí el sudor de mi propia axila y aquello volvió a excitarme un poco más. Estoy tarado, pensé. Al final me obligué a levantarme.

La ducha fue más larga de lo previsto. Volví a empalmarme bajo el agua caliente, repasando cada frase que había oído, cada matiz de la voz de Adriana ordenándole a su marido cómo la tenía que follar. No me volví a correr porque tenía otra cosa en la cabeza. Quería verla. Necesitaba verla la cara, tan pronto como fuera posible, aún caliente por dentro. Necesitaba mirarla a los ojos sabiendo lo que sabía.

Me vestí con lo primero que encontré, unos vaqueros gastados y una sudadera gris, y bajé a la cafetería que está justo enfrente de la panadería del barrio. La panadería adonde ella y yo compramos el pan casi cada mañana. La que le queda camino de la parada del autobús que la deja en la facultad.

Pedí un café con leche y un cruasán al que no le di ni un mordisco. Me senté en la mesa alta pegada al ventanal, con vista a la puerta. No sabía qué iba a hacer si aparecía. No quería hacer nada, en realidad. Solo mirarla y saber, con la certeza de haber estado detrás de la pared, que sabía cómo folla, cómo pide y cómo se corre.

La vi llegar veinte minutos más tarde. Leggings negros, zapatillas blancas, tobillos al aire, sudadera oversize, el pelo recogido en una coleta suelta, las gafas resbalándole en la punta de la nariz. Andaba con esa energía tranquila, casi despistada, de la mujer que aparentemente no tiene ni la más remota idea de que alguien la está mirando pensando en cómo se corría hace tres cuartos de hora.

Entró en la panadería. La vi hablar con la dependienta a través del cristal, señalar dos barras y reírse por algo. La observé pagar. Mientras esperaba el cambio se ajustó las gafas con un dedo, exactamente el mismo gesto que le había puesto en la cara cuando la imaginaba con la boca alrededor de la polla de Damián. Se me tensó otra vez la polla dentro del vaquero.

Salió de la panadería con la bolsa y, en vez de tirar hacia el portal, cruzó la calle en dirección a la cafetería. Se me disparó el pulso contra el cuello.

Empujó la puerta y entró. Me vio. Me sonrió, un poco tirante, un poco «hola vecino de descansillo». Pidió un café solo para llevar y, mientras esperaba en la barra, giró la cabeza hacia mi mesa.

—Hoy no tengo clase hasta las once —me dijo, como si necesitase justificar por qué estaba a esas horas por el barrio.

—Yo teletrabajo —le contesté, con la voz más limpia que pude fabricar.

Asintió. Se ajustó las gafas otra vez. Se apartó un mechón del ojo izquierdo. Y a mí me pareció, por un segundo muy breve, que se sonrojaba. Que se acordaba, ella también, de la finura de la pared que separaba nuestras camas.

—A veces la casa suena mucho —dijo, mirándome de frente—. Perdón.

Se me secó la boca. No supe si era una disculpa de vergüenza o un aviso, o las dos cosas juntas. Me obligué a sostenerle la mirada.

—No hace falta —dije—. En serio. No hace ninguna falta.

Bajó la vista al mostrador y sonrió sin enseñar los dientes. La chica del café le puso el vaso delante. Adriana pagó, se giró y, al pasar por delante de mi mesa, se inclinó lo justo para que el pelo le rozara mi hombro.

—Mañana también tengo la mañana libre —dijo bajito, sin detenerse.

Salió al frío de la calle. La vi cruzar sin mirar atrás, con el vaso en una mano y las barras de pan bajo el brazo. Me quedé mirando por el ventanal hasta que dobló el portal. Me temblaba un poco la rodilla contra la pata del taburete.

Sobre la mesa, el cruasán seguía intacto y el café ya frío. Me toqué disimuladamente por encima del vaquero. Otra vez dura. Otra vez chorreando por dentro, en la cabeza.

Mañana también tengo la mañana libre.

Yo también, Adriana. Yo también.

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Comentarios(6)

Maxi_78

genial!!! de las mejores que lei en mucho tiempo

CarlaDeRosario

La tension antes de que todo pase es lo mejor del relato. Muy bien narrado, se siente real.

vecinoRD

jajaja me recordo a una situacion que tuve con una vecina hace años, aunque la mia no tuvo tan buen final xD

CuriosoLector33

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas!!

Luna_K

Me encanto. Se hizo cortisimo, necesito mas

OscarNR

Muy bueno, la idea de la pared como barrera y despues como punto de conexion esta bien trabajada. Espero mas relatos de este estilo.

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