La confesión de mi exalumna en uniforme
Lo que voy a contarte pasó hace tiempo, y todavía me pone duro recordarlo.
Se lo confesé a Mauro en una cafetería del centro, de esas donde nadie escucha a nadie y el ruido de las tazas tapa cualquier barbaridad. Él llevaba rato mirándome la cara, esperando que soltara de una vez el motivo de mi sonrisa de idiota. Yo había dicho que no pensaba contárselo a nadie, pero con el segundo café encima y la memoria apretándome la bragueta desde dentro, terminé cediendo.
—Si te lo digo, te callas la boca —le advertí.
—Ahora sí me interesa —dijo, inclinándose sobre la mesa—. Habla.
Respiré hondo antes de soltarlo.
—Me acosté con una exalumna. Años después, ya adulta, por si se te ocurre poner esa cara de imbécil. Y no fue cualquier polvo. Fue la follada que más me desarmó en la vida.
Mauro dejó la taza en el plato con un golpe seco.
—No te creo una mierda.
—Yo tampoco me lo habría creído si no hubiera estado allí.
Todo empezó de la forma más absurda. Yo acababa de salir de un trabajo en un edificio viejo, con la caja de herramientas en una mano y olor a yeso pegado a la ropa. Ya no daba clases desde hacía bastante; después de separarme, había dejado esa etapa atrás y me ganaba la vida arreglando lo que otros rompían. Instalaciones, grifos, cables, persianas. Cosas concretas. Sencillas. Nada que ver con la tensión rara que había sentido durante años cada vez que cierta alumna entraba en el aula y se sentaba delante.
Aquella tarde subí a un autobús que ni siquiera era parte de mi ruta habitual. Iba cansado, sudado y pensando en ducharme. Entonces la vi subir por la puerta delantera.
Era ella.
No la reconocí por completo al primer segundo, sino por la forma de mirar. Tenía la misma sonrisa ladeada, la misma seguridad descarada en los ojos. Solo que ya no era la chica que recordaba vagamente del pasado, sino una mujer hecha y derecha. El pelo oscuro le caía sobre los hombros, llevaba una falda ajustada, una blusa ligera y unas piernas que hicieron que me olvidara por completo del cansancio.
Me miró, frunció apenas el ceño, y de pronto sonrió con reconocimiento.
—No me digas que no te acuerdas de mí.
—Claro que me acuerdo —mentí mal, porque en realidad estaba intentando encajar su cara de adulta con el recuerdo borroso que tenía de ella años atrás.
Se sentó a mi lado como si no hubieran pasado años. Hablamos de cualquier tontería: del tiempo, del barrio, de mi trabajo actual, de lo raro que era reencontrarse así. Yo le dije que ya no enseñaba, que me había reinventado, que vivía solo. Ella escuchaba con una atención demasiado dulce para ser inocente.
Antes de bajarse, me rozó la mano y me dejó un papel doblado sobre el muslo.
—Llámame cuando quieras. Igual necesito ayuda con un piso.
La vi bajar, caminar sin mirar atrás y perderse entre la gente. Abrí el papel y allí estaba su nombre, un número y una letra inclinada que parecía hecha con toda la intención del mundo.
Mauro soltó un silbido largo.
—Y ahí fue cuando te hiciste una paja pensando en ella, supongo.
—Esa noche y varias más —le respondí—. Pero tardé días en llamarla. Pensé que quizás solo había sido amabilidad o curiosidad.
Cuando por fin reuní valor, hablamos durante casi una hora. Su voz era cálida, segura, juguetona. Me dijo que necesitaba que revisara un apartamento que pensaba alquilar, que había un par de enchufes fallando y una llave que goteaba. Me dio la dirección y quedamos una mañana entre semana.
Fui con la intención de trabajar y marcharme. Lo juro.
El edificio era nuevo, silencioso, todavía con algunos pisos vacíos. Ella me abrió la puerta sonriendo, vestida con un short claro y una camiseta ceñida que no dejaba mucho a la imaginación. No iba provocando de manera grosera, pero sus pezones marcados bajo la tela hacían difícil mirar a otra parte. Me saludó con un beso en la mejilla, cerró la puerta y me dejó pasar.
—Gracias por venir tan rápido —dijo—. Pensé en llamarte a ti y no a cualquiera.
—Espero que al menos me pagues mejor que tus otros contactos.
—Depende de lo bien que trabajes.
Me soltó la frase con una sonrisa tan tranquila que sentí un tirón en la polla. Aun así, hice lo posible por comportarme. Revisé la cocina, miré un interruptor, abrí el mueble del fregadero. Ella se movía detrás de mí como si el piso fuera demasiado pequeño para no rozarme al pasar. Un brazo. La cadera. El perfume.
En un momento se apoyó en la encimera y me preguntó:
—¿Nunca te preguntaste si yo me daba cuenta?
Levanté la cabeza.
—¿De qué?
—De cómo me mirabas.
Me quedé quieto. Ella sostuvo la mirada, disfrutando mi incomodidad.
—Eras adulto y yo también lo soy ahora —añadió con calma—. Puedes dejar de fingir.
No supe qué responder. Ella sonrió, se dio media vuelta y señaló el pasillo.
—Voy al baño un minuto. No te vayas.
Escuché la puerta cerrarse. Me quedé frente al fregadero con una llave inglesa en la mano y la respiración corta, como un idiota a punto de cometer una estupidez. Un minuto después, la puerta volvió a abrirse.
Cuando la vi, me quedé clavado.
Llevaba un uniforme de fantasía que imitaba el estilo de academia privada: falda plisada azul oscuro, camisa clara abotonada, medias altas y zapatos brillantes. No parecía una menor; parecía una mujer adulta jugando a encender una imagen concreta, consciente del efecto. Y lo logró de inmediato. El contraste entre su cuerpo maduro y aquella puesta en escena me golpeó directo al estómago.
Se acercó despacio, con una sonrisa insolente.
—Siempre quise saber si era verdad —murmuró—. Si te ponías nervioso por mí.
—No deberías estar haciendo esto.
—Pero quieres que lo haga.
Se plantó delante de mí y me tocó el pecho por encima de la camiseta de trabajo. Sus dedos bajaron despacio hasta mi abdomen y se detuvieron en la tensión evidente de mi pantalón. Yo seguía sin moverme, dividido entre el morbo, la culpa y unas ganas brutales de agarrarla.
—Dime que pare y paro —susurró.
No lo dije.
Su boca rozó la mía primero con una lentitud que me volvió loco. Fue un beso suave, casi una prueba. Cuando no me aparté, me agarró de la nuca y metió la lengua, profunda, hambrienta. El beso se volvió sucio en dos segundos. Abrí la boca, la recibí, la apreté contra mí y sentí sus pechos firmes aplastarse contra mi torso.
La llave inglesa cayó al suelo.
—Joder —murmuré contra su boca.
—Eso mismo quería oír.
La agarré de la cintura y la empujé contra la encimera. Nos besamos con rabia acumulada, mordiendo labios, respirando fuerte. Mis manos subieron por su espalda, bajaron a su culo y apretaron con ganas por encima de la falda. Ella soltó un gemido ronco y me restregó la pelvis, dejándome sentir que también estaba excitada.
Le desabotoné la camisa con torpeza, demasiado deprisa. Ella me ayudó, apartando la tela para dejarme ver sus tetas. Eran redondas, firmes, con pezones duros y rosados que ya estaban tensos por la excitación. Bajé la cabeza sin pensar y me metí uno en la boca. Lo chupé fuerte, haciendo girar la lengua a su alrededor mientras una mano le amasaba la otra teta.
—Sí... así —jadeó—. No me trates con cuidado.
Le mordí apenas el pezón y arqueó la espalda. Aproveché para bajar una mano entre sus muslos. Debajo de la falda llevaba una tanga mínima. La aparté de un tirón y metí dos dedos. Estaba empapada, caliente, abierta para mí antes incluso de que la tocara bien.
—Mierda, cómo estás —dije.
—Pensé en esto desde que te vi en el autobús.
Saqué los dedos y ella los miró brillantes. Me los chupó uno a uno sin apartar los ojos de los míos. Ese gesto casi me hizo correrme vestido.
La giré y la senté en la encimera. Le subí la falda a la cintura y me arrodillé frente a ella. Sus piernas se abrieron despacio, como si supiera el efecto exacto que estaba provocando. Le aparté del todo la tanga y vi su coño brillante, hinchado, latiendo de ganas.
No hablé. Metí la cara entre sus piernas y la lamí de abajo arriba con toda la lengua.
Su reacción fue inmediata. Me agarró del pelo, soltó un gemido fuerte y abrió más las piernas. Volví a lamerla, esta vez despacio, deteniéndome en el clítoris, chupándolo, acariciándolo con la punta de la lengua. Sabía a excitación y a piel limpia. Cada vez que hundía la lengua en su coño, sentía cómo se estremecía encima de mí.
—Joder... sí... sigue —decía, respirando entrecortado—. No pares, por favor.
Le metí dos dedos mientras le chupaba el clítoris. Entraron fácil. Bombeé despacio al principio, luego más fuerte, curvándolos dentro de ella. Su cadera empezó a moverse contra mi boca. Ya no gemía bonito; jadeaba, gruñía, soltaba palabras sueltas, obscenas, desordenadas.
—Me vas a hacer correr... así... así...
La agarré por los muslos y seguí comiéndole el coño con hambre, sin delicadeza. Mi barba le rozaba la piel, mis dedos entraban y salían empapados, y ella se retorcía tanto que casi tira de la encimera lo que había encima. Cuando se corrió, lo hizo apretándome la cara entre las piernas y soltando un gemido largo, roto, que rebotó en las paredes vacías del apartamento.
Se quedó temblando unos segundos. Yo me levanté y me limpié la boca con el dorso de la mano. Ella me miró como si todavía no hubiera tenido bastante.
—Ahora tú —dijo.
Se bajó de la encimera y fue directa a mi cinturón. Me desabrochó el pantalón de trabajo, bajó la cremallera y metió la mano dentro del bóxer. Cuando sacó mi polla, estaba tan dura que dolía. La sostuvo un momento, pesándola, sonriendo con un descaro que me desarmó.
—La imaginé muchas veces —murmuró.
Me escupió en la punta, la acarició un par de veces y luego se arrodilló. Verla así, con aquella falda subida, las medias tensas en los muslos y la mirada clavada en mí, fue una de las imágenes más brutales de mi vida. Abrió la boca y me la metió despacio, tragando primero la punta, luego más, hasta que sus labios llegaron casi a la base.
Solté una maldición y apoyé una mano en la pared.
La mamaba de maravilla. No con esa exageración ridícula de las películas, sino con hambre de verdad. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, apretando lo justo con los labios, usando la lengua en la parte inferior, deteniéndose a lamer el glande antes de volver a tragármela. Luego bajó más y me chupó los huevos, húmedos, lentos, mientras me acariciaba el tronco con la mano.
—Mierda... así no aguanto —jadeé.
Ella me miró desde abajo y sonrió sin soltarme del todo.
—Pues aguanta.
Volvió a meterla en la boca y esta vez fue más hondo. Sentí el calor de su garganta, el esfuerzo de sus arcadas contenidas, su mano sujetándome la base mientras me tragaba todo lo que podía. La imagen me volvió loco. Le agarré el pelo, no para forzarla sino para acompañar el ritmo. Ella aceptó esa mano en su cabeza como si la excitara todavía más.
—Qué buena boca tienes —le dije, respirando con dificultad.
Respondió sacándola solo lo suficiente para decir:
—Fóllame ya.
La levanté de los brazos y la besé con violencia. Sabía a mi propia polla y a su saliva. Le giré el cuerpo, la apoyé contra la nevera y le subí más la falda. Ella separó las piernas de inmediato. Busqué un condón por reflejo en la mochila de herramientas, pero ella me detuvo la mano.
—Quiero sentirte de verdad.
La miré apenas un segundo. Después me agarró la polla, la frotó entre sus labios empapados y la colocó en la entrada de su coño.
—Ahora —ordenó.
Empujé de una sola vez.
Entré hasta el fondo con un golpe seco y ambos soltamos un gemido. Estaba apretada y húmeda, caliente como si me tragara entera. Me clavó las uñas en los hombros y echó la cabeza hacia atrás. Yo me quedé un segundo dentro, disfrutando esa sensación de estar enterrado por completo en ella.
Luego empecé a embestir.
Primero fuerte, corto, encontrando el ritmo. Después más hondo, más rápido. La nevera vibraba con cada empujón. Sus medias blancas tensaban sus piernas abiertas y su falda arrugada en la cintura le daba un aire todavía más provocador. Ella jadeaba mi nombre y soltaba frases entrecortadas, cada vez más sucias.
—Sí... así... más fuerte... no pares... joder...
Le agarré una teta con una mano y el culo con la otra, penetrándola con toda la cadera. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo llenó la cocina. Cada vez que salía casi por completo, volvía a hundirme hasta el fondo, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mí.
—Mírame —le ordené.
Abrió los ojos. Estaban brillantes, deshechos de excitación.
—Dime si te gusta.
—Me encanta que me folles —respondió sin vergüenza—. Me encanta tu polla dentro.
Esa frase me encendió todavía más. La saqué un instante y la giré. Quedó inclinada sobre la encimera, con las manos apoyadas y el culo levantado hacia mí. Le aparté la falda y contemplé la imagen un segundo: su espalda arqueada, las medias subidas, su coño abierto y húmedo esperando otra vez.
Le di una palmada en el culo. Se estremeció.
—Otra —pidió.
Le di otra, más fuerte, y luego le metí la polla de nuevo hasta el fondo. Gritó sin contenerse. Empecé a follármela en esa postura con embestidas largas, secas, sujetándola por la cadera. El sonido era todavía más obsceno. Su culo chocaba contra mi pelvis, y cada golpe le sacaba un gemido distinto.
Una mano se me fue a su pelo. Lo agarré en un puño y tiré hacia atrás lo justo para hacerle levantar la cara.
—Así quería tenerte —gruñí.
—Pues fóllame como quieras.
Eso hice. Aumenté el ritmo hasta dejar de pensar. La penetraba duro, sintiendo sus músculos apretarme, viendo cómo su cuerpo temblaba en cada sacudida. Ella se llevó una mano al coño y empezó a tocarse el clítoris mientras yo la seguía follando por detrás.
—No aguanto... me corro otra vez...
—Córrete.
Lo hizo con un espasmo brusco, apretándome la polla con tanta fuerza que tuve que parar un segundo para no correrme yo también. Su orgasmo le dejó las piernas flojas. Aproveché para bajarla al suelo con cuidado y recostarla sobre unas mantas de embalaje que había en el salón vacío.
***
La luz que entraba por el ventanal le marcaba el cuerpo entero. Se quedó tumbada boca arriba, respirando deprisa, con la camisa abierta y la falda subida a la cintura. Yo me arrodillé entre sus piernas y volví a meterme dentro, esta vez despacio, saboreando cada centímetro.
—No te llenas nunca —dijo, mordiéndose el labio.
—Y tú no te cansas de pedirla.
Le levanté una pierna sobre mi hombro y empecé a follarla con un ritmo constante, profundo. Desde ahí entraba distinto, más hondo. Ella se agarró las tetas, apretándolas, y luego me pidió:
—Escúpeme.
La miré un segundo para asegurarme de haber oído bien. Asintió. Escupí en mis dedos, bajé la mano y se la froté alrededor del clítoris mientras la seguía penetrando. El gemido que soltó fue casi un gruñido. Empecé a mover el pulgar sobre ese punto al mismo tiempo que mi polla la abría y cerraba con cada embestida.
—Joder... joder... así me matas...
Me incliné y le chupé un pezón mientras no dejaba de moverme. La combinación la volvió loca. Me arañó la espalda, me rodeó la cintura con las piernas y me recibió todavía más adentro, como si quisiera tragarse todo. El sudor nos pegaba la piel y el olor del sexo llenaba el apartamento.
Sentí la corrida acercarse, espesa, inevitable.
—Me voy a correr —avisé.
—No pares —dijo de inmediato—. No se te ocurra parar.
Le di unas cuantas embestidas más, brutales, desordenadas. Ella me miró con la boca abierta, perdida por completo en lo que estaba sintiendo. Cuando vi que no iba a aguantar, salí de golpe y me masturbé encima de ella. La corrida me salió a chorros sobre el vientre, el coño, la falda subida y la parte alta de sus muslos. Fue abundante, caliente, casi violenta. Ella bajó la mirada, lo vio caer sobre su piel y soltó un gemido satisfecho.
Me quedé jadeando, con la mano todavía en mi polla, mientras ella se tocaba despacio entre las piernas usando parte de mi semen como lubricante. Esa imagen me dio un último latigazo de deseo.
—Ven aquí —me pidió.
Me tumbé a su lado. Ella me besó, tranquila ahora, sin la violencia de antes. Después se incorporó, fue al baño y volvió con una toalla húmeda. Me limpió primero a mí y luego se limpió ella con una naturalidad doméstica que contrastaba con lo que acabábamos de hacer.
—No pongas esa cara —dijo, viéndome callado.
—¿Qué cara?
—La de hombre que ya está imaginando repetir.
No pude evitar reírme.
—Sería idiota si no lo imaginara.
Se sentó en el suelo, cruzando las piernas.
—Precisamente por eso te lo voy a dejar claro. Esto era una fantasía mía. Una sola vez. Quería hacerla real contigo, no con cualquiera. Y ya está.
La frase me cayó como agua fría y al mismo tiempo me excitó más por lo rotunda que era. Había planeado aquello, me había elegido y me estaba cerrando la puerta en la cara con la misma tranquilidad con la que me la había abierto.
—¿Nunca más? —pregunté.
Negó con una sonrisa suave.
—Nunca más. Mejor así.
Nos vestimos en silencio. Yo recogí las herramientas que casi no había usado. Antes de salir, ella me dio un beso corto en la boca, suficiente para dejarme otra vez con ganas.
—Gracias por venir a arreglarme el piso —dijo, divertida.
—No arreglé una mierda.
—A mí sí.
Abrió la puerta y me fui con una mezcla absurda de satisfacción, vacío y orgullo animal. Bajé por el ascensor oliendo todavía a sexo, con las manos manchadas de ella y la cabeza hecha un caos. Nunca volví a verla a solas.
Durante semanas me masturbé pensando en aquel apartamento vacío, en la falda recogida a su cintura, en su boca tragándome, en el sonido de la nevera golpeando la pared con cada embestida. Y cada vez que veía un uniforme de fantasía en algún escaparate, se me endurecía la polla como si mi cuerpo tuviera memoria propia.
Terminé el café y miré a Mauro. Llevaba todo el relato con los codos sobre la mesa y la mandíbula floja.
—Te dije que no me ibas a creer.
Él exhaló despacio y negó con la cabeza.
—Ahora sí te creo. Y también te odio un poco.
—No fuiste el único.
—¿Y de verdad no hubo segunda vez?
—Ni una. Por eso sigue siendo perfecta.
Mauro soltó una carcajada incrédula, pero enseguida bajó la voz.
—Con razón traías esa sonrisa de cabrón. Te juro que me dejaste imaginándolo todo.
Me encogí de hombros, aunque por dentro seguía sintiendo el mismo calor oscuro de aquel día.
Hay polvos que uno olvida a la semana. Y hay otros que se quedan clavados en el cuerpo como una marca invisible. Ese no fue el más tierno, ni el más sensato, ni el más repetible. Fue mejor. Fue una confesión hecha carne, una fantasía vieja convertida en una mañana real, sudada y obscena.
Y yo todavía puedo cerrar los ojos y verla apoyada contra la nevera, adulta, sonriente, empapada, diciéndome con toda la seguridad del mundo:
—Fóllame ya.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts VIP en Rosario.