El alumno que siempre terminaba en mi despacho
—Pasas más tiempo en mi despacho que yo —dije al entrar y encontrarlo sentado frente a mi escritorio, de espaldas a la puerta, como si el sitio fuera suyo.
—Díselo a la amargada de Economía —protestó sin volverse.
No le respondí. Rodeé la mesa despacio, con la carpeta todavía bajo el brazo, y me dejé caer en mi sillón. Apoyé la espalda en el respaldo y lo miré fijo a los ojos. Lucas tenía veinticuatro años y la costumbre de provocar a cualquier profesor que se cruzara con él en aquella academia para adultos donde yo coordinaba los cursos.
La tarde caía naranja contra la ventana y el edificio ya estaba casi vacío. Solo quedábamos algunos del turno de tarde, y el silencio del pasillo hacía que su presencia ocupara toda la habitación. Llevaba puesta una sudadera gris y unas zapatillas gastadas, y aun así había algo en su forma de sentarse, todo piernas abiertas y mentón alto, que no terminaba de cuadrar con un chico al que mandaban a la oficina por contestón.
—Dime la verdad. ¿Por qué siempre terminas en mi despacho? —pregunté.
La pregunta lo descolocó. Lo noté en cómo su mirada pasó de la insolencia a la confusión en apenas un segundo.
—No sé de qué habla —murmuró.
—No me intentes engañar. Tus notas son decentes para las tonterías que haces, y aun así siempre acabas aquí, frente a mí.
Dejó de sostenerme la mirada. Se quedó callado, jugando con la cremallera de la sudadera, y ese silencio me dijo más que cualquier excusa que pudiera inventar.
***
Apoyé el codo derecho en la mesa y la mejilla en la mano. Con la otra mano, como sin querer, reajusté el cuello de mi camisa y abrí un poco más el escote. Fue deliberado. Él volvió a mirar, y esta vez se quedó unos segundos de más contemplando el nacimiento de mis pechos.
—Vienes a verme —concluí.
—Ya, ni que fueras Miss Belleza —soltó, apartando la vista demasiado rápido.
—¿Ah, sí? Entonces, si hago esto… —desabroché dos botones. Asomó el encaje negro de mi sujetador—. No te importará.
Me miró y vi cómo se le encendía la cara hasta las orejas.
—Me da igual —casi tartamudeó.
Me levanté y rodeé la mesa hasta quedar frente a él. Entonces me arrodillé.
—¿Qué hace? —preguntó, con los ojos clavados en mi escote más que en mí.
—Demostrar que tengo razón.
Bajé la mirada hacia su pantalón. El bulto era evidente, imposible de disimular.
—Vaya. ¿Qué tenemos aquí? —fingí sorpresa.
—Joder, ¿qué esperabas? Casi me enseñas las tetas a propósito —protestó, mirando otra vez el escote antes de volver a mis ojos.
—¿Quieres que te ayude? —susurré, y pasé la palma por encima de la tela. Se sobresaltó con el contacto—. Esto de aquí es por mí. Veo cómo me miras, veo qué miras. No hace falta que digas nada: en tus ojos lo leo todo. Y, además, estás siendo un chico muy malo. Te mereces un castigo.
Se quedó callado un instante. Tragó saliva.
—Pues castígueme —dijo.
***
Le bajé el pantalón lo justo. Él me miraba desde arriba, las manos agarradas a los reposabrazos de la silla como si le costara quedarse quieto. Sin dejar de mirarlo, empecé a acariciarlo con movimientos lentos, midiendo cada reacción. Se le escapó un gemido corto, contenido, de alguien que intenta no hacer ruido.
Corté el contacto visual al acercarme. Pasé la lengua por la punta, despacio, y luego fui bajando con la boca entreabierta hasta la base. Volví a subir igual de lento, disfrutando de cómo se tensaba bajo mis labios, y entonces me lo metí en la boca, poco a poco, ganando terreno con cada movimiento.
De pronto su mano se enredó en mi pelo y empujó hacia abajo. Entró de golpe, más profundo de lo que esperaba, y los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Joder, joder, sigue —jadeó.
Añadí la mano. La movía sin prisa, apretando de vez en cuando, mientras él gemía en voz baja, peleando por no perder el control.
—Me voy a correr —susurró.
No paré. Jugué con la punta, presioné con la lengua, succioné. Su mano volvió a empujar y, esta vez, lo dejé entrar hasta el fondo. Una parte la tragué casi sin querer; el resto terminó en mi pecho.
—¡Lo siento mucho! Me dejé llevar —dijo, soltándome de golpe.
Saqué un pañuelo del bolsillo y me limpié la boca y la piel con toda la calma del mundo.
—¿Cuánto hacía que no te tocabas? Salió bastante —comenté, divertida—. ¿Pensando en mí o viendo porno?
Se rio, todavía agitado, sin saber dónde meterse.
***
—Bien. Tu turno —dije, sentándome sobre el borde del escritorio.
Me miró perplejo. Me quité el pantalón sin prisa y dejé a la vista el tanga de encaje negro a juego con el sujetador. Terminé de desabrochar la camisa y la dejé caer abierta sobre los hombros.
—¿A qué esperas? —dije, abriendo las piernas.
No dudó ni dos segundos. Se arrodilló entre mis muslos y empezó pasando la lengua por encima del encaje, un par de veces, rozando también los bordes con una lentitud que me puso la piel de gallina. Después apartó la tela hacia un lado y enterró la cara.
La primera lamida me arrancó un gemido que tapé con la mano.
—Me encantaría oírte —dijo, levantando un momento la mirada.
—Te recuerdo que esto es mi despacho y puede pasar alguien por el pasillo.
—Más razones para querer escucharte. Para que oigan cómo un alumno hace gemir a la coordinadora.
Sonrió con esa arrogancia nueva y metió dos dedos de una vez.
—Tan mojada, y apenas he empezado —dijo.
Gemí y hundí la mano en su pelo. Entraba y salía con los dedos, los curvaba buscando el punto exacto mientras la lengua trazaba círculos sobre el clítoris. A ratos sacaba los dedos y los cambiaba por la lengua, alternando hasta que dejé de pensar.
—Me voy a correr —dije, casi sin voz.
—Hazlo en mi boca —pidió, sin cambiar el ritmo.
—Ya voy…
Me corrí con las piernas temblando y un gemido agudo que no logré contener. Él mantuvo la lengua hasta el final, prolongando cada contracción hasta que tuve que apartarlo, sin aliento.
—Comiendo coños tienes un diez —jadeé, recuperándome—. Veamos qué tal se te da moverte.
***
Se puso de pie, todavía duro. Me levantó las piernas, colocó la punta en mi entrada y la deslizó arriba y abajo, provocándome, antes de empezar a entrar poco a poco.
—Aprietas —dijo entre dientes, hasta meterla entera.
Jadeamos los dos a la vez. Empezó despacio, casi con cuidado, pero de pronto se detuvo y la sacó.
—Date la vuelta —ordenó.
Me reí de su descaro recién estrenado. Me bajé del escritorio y me giré, apoyando las manos en la madera.
—Este culo está mucho mejor desde aquí —dijo, agarrándolo con las dos manos.
Volvió a entrar, esta vez sin tregua. No pude callar el gemido. Se movía rápido y profundo, y yo me sujetaba al borde de la mesa como podía.
Entonces sonaron unos golpes en la puerta.
—Para —le susurré.
No paró.
—¿Está ahí, coordinadora? —preguntó una voz desde el pasillo. Reconocí a Beltrán, el profesor del turno de tarde.
—Respóndele —murmuró Lucas a mi oído, sin dejar de empujar.
Carraspeé, intentando aclararme la garganta.
—Ahora me pillas liada con unos papeles. ¿Podemos hablar en otro momento? —dije, con la voz entrecortada porque él no se detenía.
—Joder, esto me pone más —susurró contra mi nuca.
—No se preocupe, solo era para avisarle de que me marchaba —respondió Beltrán—. ¿Se encuentra bien? ¿Puedo pasar? —El picaporte giró un poco.
—¡No! Estoy bien, necesito concentrarme, por eso cerré —solté, al borde del pánico—. No te preocupes, nos vemos mañana.
—De acuerdo, hasta mañana.
Oímos sus pasos alejarse por el pasillo. En cuanto el sonido se apagó, Lucas volvió a embestir con todas sus fuerzas.
—Ya estamos solos —se rio.
—Idiota, casi nos pillan —protesté entre gemidos.
—¿No fue más divertido así? —respondió pegado a mi oreja.
Sujetó una nalga con firmeza y la otra la golpeó un par de veces con la mano abierta. El escozor se mezcló con todo lo demás.
—Estoy a punto —avisó—. ¿Dónde la quieres?
Giré apenas la cabeza para mirarlo.
—No pares. Y sé más duro.
Se rio y me tomó la palabra. Entraba y salía con tanta fuerza que se me escapó un gemido demasiado alto. Me agarró del pelo, tiró de mí hacia atrás y siguió hasta que lo sentí terminar, con un último empujón hasta el fondo y un «mierda» ahogado contra mi espalda.
—Me hiciste acabar —protestó, saliendo de golpe.
Me di la vuelta, le sujeté la cara con las dos manos y lo besé. Me devolvió el beso agarrándome del cuello, los dos todavía temblando.
***
—¿Me quita el castigo, entonces? —preguntó después, mientras nos recomponíamos la ropa.
Me abroché la camisa sin prisa, recuperando el aire de coordinadora que había dejado sobre el escritorio.
—Todavía tengo que pensarlo —dije—. Ven mañana, a la misma hora, y te lo digo.
Cerró la puerta al salir. Y supe, por la cara con la que se fue, que volvería a encontrar cualquier excusa para terminar otra vez en mi despacho.