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Relatos Ardientes

Lo que hice en el despacho de mi profesor por una nota

Fue un día de mierda desde que abrí el correo. El resultado del parcial estaba ahí, en rojo, con un número que tiraba por la borda tres semanas encerrada en la biblioteca. De esa materia dependía que no perdiera el cuatrimestre entero, y yo lo sabía cuando bajé las escaleras de la facultad con la sangre hirviendo.

Esperé a que el aula se vaciara. El profesor Alcaraz recogía sus papeles con esa calma suya que me sacaba de quicio, como si nada de lo que pasara entre esas paredes pudiera alterarlo.

—Profe, ¿podemos hablar? —dije cuando el último compañero cruzó la puerta.

Él levantó la vista. Su mirada despreocupada chocó con la mía, que estaba a punto de prender fuego a algo.

—Usted me dijo que iba a ser generoso con mi evaluación —susurré.

Se levantó sin prisa, caminó hasta la puerta y echó el pestillo. Bajó la persiana hasta que el aula quedó en penumbra y apagó el tubo fluorescente del techo.

—Y lo fui —dijo, volviendo a su silla.

—¿Ah, sí? ¿Y entonces por qué reprobé? —protesté, golpeando el borde de su escritorio con la palma.

Se inclinó hacia adelante y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos. El gesto me desarmó más que cualquier respuesta.

—Porque no te portaste demasiado bien este cuatrimestre —dijo.

Resoplé. Sentía el pulso en el cuello, en las muñecas, en lugares que no debería estar sintiendo nada dentro de un aula.

—¿Y qué tengo que hacer para que cambie de opinión, profesor? —pregunté, mientras mis dedos empezaban a soltar los primeros botones de la camisa.

Él se reclinó en la silla y me hizo un gesto con la mano, despacio, para que siguiera. No dijo una palabra. Esa indiferencia calculada me encendía más que cualquier orden.

—¿Debería… quitarme esto? —murmuré.

Me saqué la camisa por completo y la dejé doblada sobre la pila de exámenes, justo encima del mío. Me pareció un detalle gracioso, en medio de todo.

***

Rodeé el escritorio caminando despacio, midiendo cada paso, hasta quedar de pie a su lado. Desde ahí podía ver cómo se le marcaba la mandíbula cuando apretaba los dientes.

—¿Qué hago para que me perdones? —dije, casi rozándole la oreja con los labios.

Sonrió de lado.

—Arrodíllate —ordenó.

Me deslicé bajo el escritorio, sobre la madera fría que me erizó las rodillas. Le abrí el cinturón con una lentitud deliberada, disfrutando de cada segundo en que él tenía que esperar. Cuando lo liberé del pantalón ya estaba duro, y eso me dio una sensación de poder que no esperaba sentir estando ahí abajo.

Le besé la punta primero. Después lo recorrí de abajo hacia arriba con la lengua, sin prisa, observando cómo su respiración se quebraba a pesar de todo el control que fingía. Lo fui metiendo en mi boca poco a poco, jugando con la punta, ayudándome con la mano.

—Joder —dijo, hundiendo los dedos en mi pelo—. Lo haces increíble.

Aceleré. Una mano subía y bajaba al ritmo de mi boca; la otra se perdió entre sus piernas. Él dejó de fingir calma. Su respiración se volvió un jadeo grave, y yo supe que lo tenía justo donde quería.

—Me voy a correr —gruñó.

No me detuve. Para entonces yo también me había bajado una mano por debajo de la falda, incapaz de aguantarme.

—Último aviso —apretó los dientes—. No aguanto más.

El ritmo de mi mano se disparó cuando lo escuché soltar un gemido ronco. Lo miré a los ojos mientras terminaba. Después rebuscó en un cajón, sacó un pañuelo de papel y me lo tendió sin decir nada, todavía recuperando el aliento.

***

Salí de debajo del escritorio y me senté sobre él, con las piernas abiertas y Alcaraz justo en medio. Me recorrió de arriba abajo con la mirada.

—¿A qué estás esperando? —dije, levantándome el borde de la falda.

—¿Por qué no llevas nada debajo? —preguntó, frunciendo el ceño, aunque la voz ya no le sonaba molesta.

—Me las acabo de quitar —respondí, y le señalé la ropa interior tirada sobre la esquina del escritorio, junto a los exámenes.

Me empujó hacia atrás para que me recostara sobre la madera. Estaba duro otra vez. Acercó la punta a mi entrepierna y la deslizó por encima, sin entrar, mirándome.

—¿Cómo es que estás tan mojada? —dijo, con media sonrisa.

—No pude evitar tocarme mientras te la chupaba —confesé.

Lo vi morderse el labio. Empujó contra mí y entró despacio, hasta el fondo, y se quedó quieto unos segundos ahogando un gemido en un beso profundo que me dejó sin aire.

Me subió el sujetador y me liberó los pechos sin dejar de jugar con mi lengua. Primero acarició uno con la mano; después bajó la boca al otro y me mordió el pezón con cuidado, lo justo para hacerme gemir contra su hombro. Me separó más las piernas y empezó a moverse con fuerza, cada empuje más profundo que el anterior. Yo trataba de no hacer ruido, pero era imposible: lo sentía golpearme adentro una y otra vez.

Salió de pronto y me hizo darme la vuelta. Me apoyé sobre el escritorio, boca abajo, con la mejilla contra la madera. Tanteó un momento entre mis piernas y luego me penetró de una sola vez. Se me escapó un gemido alto, demasiado alto para un pasillo lleno de aulas.

—No puedes hacer eso —dijo, tapándome la boca con la mano mientras seguía moviéndose.

***

Estaba al borde cuando se detuvo. Sin salir de mí, se dejó caer en la silla y me arrastró con él.

—Muévete tú —ordenó.

—¿Cómo? —pregunté, confundida.

—¿No sabes moverte, o también tengo que enseñarte eso?

El comentario me molestó tanto que no le contesté. Apoyé las manos en sus rodillas y empecé a subir y bajar, despacio primero y luego con rabia, montándolo como si quisiera demostrarle algo. Sus manos viajaban de mi cintura a mis pechos mientras yo gemía y suspiraba sin poder controlarlo.

—Dios —jadeó—. ¿Quién te enseñó a moverte así?

Me incliné hacia adelante, apoyada en sus muslos, y seguí. Sentía cómo me golpeaba justo en ese punto que me hacía perder la cabeza.

—Voy a acabar, profesor —dije, con las piernas temblando, y sin querer fui bajando el ritmo.

Entonces sus manos me agarraron firme de la cintura y tomó el control. Empujó hacia arriba con un hambre que no le había visto en toda la tarde. Me llevé una mano a la boca y la otra al clítoris, con el que llevaba un rato jugando.

—No puedo… —no alcancé a terminar la frase.

Me vine con él todavía dentro, sintiendo cómo los músculos se me contraían y todo el cuerpo me latía al mismo tiempo. Se oía el roce húmedo cada vez que entraba y salía. De pronto, con un gemido apretado, salió y sentí algo cálido caer sobre mi espalda baja.

—Lo siento —susurró, casi riéndose.

Como pude, me acomodé sobre su regazo, esta vez de frente, todavía sin aliento, con el pelo pegado a la cara.

—¿Estoy aprobada ahora, profesor? —le dije al oído.

Él tardó en contestar. Me apartó un mechón de la frente y, por primera vez en toda la tarde, lo vi perder esa calma de la que tanto presumía.

—Eso —dijo— depende de cuántas veces estés dispuesta a venir a tutoría.

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Comentarios (5)

LauraQ_77

Diosssss que bueno!!! me dejó con el corazon acelerado

Romi_23

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

FacuNorte

Me recuerda a mis épocas de facultad jaja, siempre imaginando estas situaciones. Muy buen relato!

CuriosaFiel

Y despues como siguio todo? me quede pensando bastante en eso...

MarisolVA

El detalle de la persiana al principio ya lo dice todo jajaja. Muy bien narrado, felicidades

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