La sorpresa que le esperaba detrás del antifaz
Todo empezó con una escapada de fin de semana, una de esas que llevábamos meses prometiéndonos sin cumplir. Reservé un hotel rural con spa en Valdeluz, un pueblo pequeño metido entre montañas donde el aire olía a leña y a tierra mojada. Salimos temprano, con el coche cargado y esa sensación de que el tiempo, por una vez, era solo nuestro.
Llegamos a media mañana. Dejamos el equipaje en la habitación, una con vigas de madera y una cama enorme, y bajamos enseguida a recorrer la zona. Paseamos por las callejuelas empedradas, nos sentamos en una terraza al sol y pedimos un par de vermús con sus aceitunas. Como otras veces, el vino del mediodía nos puso alegres, sueltos, con esa risa fácil que se nos contagia cuando estamos lejos de todo.
De vuelta hacia el hotel ya íbamos pegados, tu mano en mi bolsillo trasero, mi boca buscándote la oreja. Veníamos calientes, deseando cruzar esa puerta. Pero esta vez había algo que tú no esperabas. Algo que yo había preparado en secreto semanas antes, mientras tú creías que solo era un fin de semana cualquiera.
Apenas entramos en la habitación nos lanzamos el uno contra el otro. Nos besábamos como si el mundo fuera a acabarse, con esa urgencia de las primeras veces, tus dedos clavados en mi camisa. Y justo cuando empezaba a desabrocharte el vestido, sonó la puerta.
—¿Quién es? —preguntaste, despeinada, con los labios todavía húmedos.
—Tu regalo —dije.
Había contratado un servicio de masaje a domicilio para ti. Lo que no le había dicho a nadie, ni siquiera a mí mismo del todo, era hasta dónde quería que llegara. Para mi propia sorpresa, en lugar de la masajista que imaginaba, en el umbral apareció un chico joven. Se presentó como Adrián. Iba vestido de lino blanco, casi transparente, y traía una bolsa con aceites y una toalla doblada al brazo.
Al principio no me hizo ninguna gracia. Pero con lo encendido que estaba, con la imagen de ti todavía en la cabeza, la idea empezó a gustarme más de lo que debería. Adrián sacó un antifaz de seda negra y me lo tendió con una media sonrisa.
—Para ella —dijo—. El masaje es mejor a ciegas. Se siente todo el doble.
Me acerqué y te lo coloqué yo mismo, despacio, apartándote el pelo. Tú te dejaste, riéndote, sin saber del todo en qué estabas entrando.
—Confía en mí —te susurré al oído.
Y me despedí con un beso largo, lascivo, mordiéndote el labio antes de soltarte.
***
Hice como que me iba. Abrí la puerta, la cerré desde dentro sin salir, y Adrián, sin que tú lo vieras, me señaló con la barbilla una silla en el rincón, junto a la ventana.
—Si quiere, puede quedarse —murmuró tan bajo que solo yo lo oí—. En silencio. Mirando.
Lo pensé apenas un segundo. Luego me senté.
—Quítate la ropa —te dijo él en voz alta—. Déjate solo el tanga. Túmbate boca abajo y ponte la toalla en la cintura.
Te quedaste paralizada al oír una voz de hombre joven tan cerca. Girabas la cabeza vendada hacia un lado y hacia otro, buscando entender. Yo acababa de irme, o eso creías, y de pronto había un desconocido dándote órdenes en la penumbra. Estabas confundida. Pero también, lo noté en cómo respirabas, estabas excitada.
Te desnudaste despacio, dándole la espalda, y te tumbaste. La luz tenue de la lámpara te dibujaba la curva de la espalda, la línea del tanga, la piel todavía dorada del verano.
Adrián empezó por los pies. Te apretaba las plantas con los pulgares, hacía girar cada tobillo, y poco a poco fue subiendo por las pantorrillas. Yo veía cómo se te erizaba la piel a su paso. Cómo, sin querer, separabas un poco las piernas.
Subió a los muslos. Las manos abiertas, firmes, amasando la carne despacio. Cada vez más arriba. Y entonces, cuando llegaba al borde de las nalgas, se detenía. Justo ahí. Sin pasar de esa línea. Una y otra vez, hasta donde la toalla empezaba, y de vuelta abajo.
Eso te volvía loca. Lo veía en cómo movías las caderas, buscando que sus dedos subieran un centímetro más. Yo, en la silla, ya tenía la mano en el pantalón, conteniéndome para no hacer ruido.
***
Pasó a la espalda. Te recorrió la columna con los nudillos, te amasó los hombros, te frotó la nuca y, con una delicadeza que no me esperaba, te pellizcó los lóbulos de las orejas. Tú gemías muy bajito, casi sin darte cuenta, y tu respiración se aceleraba por momentos.
De repente, una de sus manos empezó a bajar. Lenta, recta por el centro de la espalda. Y con la otra te fue retirando la toalla sin prisa, sin que pudieras decir nada, hasta dejarte el culo al descubierto bajo la luz.
—¿Puedo quitarte el tanga? —preguntó—. Para el masaje completo.
Tardaste en contestar. Tragaste saliva. Y dijiste que sí, en un hilo de voz.
Metí la mano dentro de mi ropa interior y empecé a tocarme mientras él deslizaba la última prenda por tus piernas. Sus dedos, fuertes, recorrieron las nalgas y bajaron hasta encontrarte. Estabas mojada, lo vi brillar a la luz de la lámpara. Cada vez que subía y bajaba, te abrías un poco más para él. Desde el rincón yo casi podía sentir el calor que despedías.
Seguías con los ojos vendados, sin poder moverte, entregada a unas manos que no sabías de quién eran. Y entonces él te hizo otra pregunta.
—¿Te molesta si yo también me quito la ropa?
No sabías qué hacer. Pero pensaste, supongo, que estabais solos, que era privado, que yo te había regalado aquello para que lo aprovecharas. Dijiste que sí.
Adrián se desnudó sin ruido. Se sentó al borde de la cama, te buscó la mano y la guió hasta su sexo, duro, hasta que lo rodeaste con los dedos. Sentí una punzada de algo, celos y deseo mezclados, que en lugar de frenarme me encendió todavía más.
***
Te montó sobre las nalgas, a horcajadas, todavía boca abajo, y siguió masajeándote la espalda mientras te rozaba con él. Bajaba despacio, deslizándose entre tus muslos, rozándote con la punta los labios húmedos hasta llegar al clítoris y volver a subir. Un vaivén lento, calculado, que te hacía arquear la espalda y morder la almohada.
Querías que te penetrara. Lo deseabas con todo el cuerpo. Y a la vez no querías que aquello terminara nunca.
—Date la vuelta —te pidió.
Te giró él mismo, con cuidado, y te abrió las piernas. Se colocó frente a ti, rozándote, y empezó a acariciarte los pechos con las dos manos mientras, muy despacio, se hundía un poco en ti. Solo un poco. Lo justo para que jadearas y pidieras más sin palabras.
Fue entonces cuando me llamó, en voz baja, con un gesto. Me levanté de la silla. Tú no entendías qué pasaba, por qué de pronto sentías otra presencia acercándose a tu cara.
Me puse a la altura de tu boca. Y tú, sorprendida, sin saber que era yo, me buscaste con los labios y empezaste a recorrerme entero, como quien lame un helado que se derrite, de la punta hasta la base. Al mismo tiempo Adrián terminaba de entrar en ti y empezaba a moverse, despacio primero, con más fuerza después.
Nunca te había visto así. Entregada, ciega, llevada por dos hombres a la vez sin saber que uno era tu marido. Verte disfrutar de esa manera, sin pudor, fue lo más excitante que había sentido en mi vida.
***
Él se corrió dentro de ti, y tú con él, en un temblor largo que te recorrió de arriba abajo mientras yo seguía en tu boca, conteniéndome para que no se acabara todavía.
Y justo entonces volvieron a llamar a la puerta. Se hizo un silencio. Adrián se apartó, se vistió en un momento y salió sin decir nada. Por la puerta entró una chica, Selena, en ropa interior, con una sonrisa cómplice. Yo me quedé tan sorprendido como tú lo habrías estado de poder ver. No la esperaba. O quizá sí; quizá lo había deseado sin atreverme a decirlo.
Se acercó, me puso un dedo en los labios y me pidió silencio. Después se quitó lo poco que llevaba y me dijo al oído que siguiera, que te follara yo ahora.
Me coloqué entre tus piernas y entré en ti, todavía caliente y mojada del otro. Tú gemiste creyendo, supongo, que era él que volvía. Selena se subió a la cama y se sentó desnuda sobre tu cara, despacio, ofreciéndote su sexo.
Notaste su humedad en la boca y, lejos de apartarte, empezaste a lamerla, a recorrerla con la lengua, hambrienta. Te encantaba. No podías ni imaginar lo que estaba pasando de verdad: que era yo quien te embestía mientras tú te perdías comiéndole el coño a una desconocida.
Selena se levantó de tu boca y se tumbó a tu lado. Salí de ti y me hundí en ella un momento, luego volví a ti, alternando, follándoos a las dos por turnos mientras ellas se buscaban con las manos. Hasta que ya no aguanté más y terminé, derramándome sobre tu vientre con un gemido que ahogué a duras penas.
***
Selena se marchó tan callada como había venido. Yo me metí en el baño, me lavé, respiré hondo y me cambié de ropa. Cuando volví a la habitación lo hice como si acabara de entrar por la puerta, como si nada hubiera ocurrido.
Me senté en el borde de la cama, te aparté el antifaz con suavidad y te miré a los ojos, todavía brillantes y perdidos.
—¿Qué tal el masaje? —te pregunté, fingiendo curiosidad—. ¿Te gustó la sorpresa?
Tú sonreíste, agotada y satisfecha, y me dijiste que había sido el mejor regalo de tu vida. Que aquel chico tenía unas manos increíbles.
Si tú supieras, pensé, devolviéndote la sonrisa.
Y nunca lo supiste. Jamás te enteraste de que esa tarde, detrás del antifaz, te habíamos hecho el amor un chico, una chica y yo.