Lo que pasó en el balcón de la cabaña esa noche
Habíamos reservado la cabaña con meses de anticipación, una de esas construcciones tipo loft que se levantan sobre la ladera, con ventanales enormes y un balcón de madera suspendido frente al lago. El primer día apenas salimos: dormimos hasta tarde, comimos lo que encontramos en la heladera y nos quedamos abrazados escuchando el viento entre los pinos. Mateo decía que necesitábamos exactamente eso, desconectarnos de todo, y tenía razón, pero yo empezaba a sentir que el silencio de la montaña me despertaba otra clase de hambre.
La segunda noche caía despacio, tiñendo el agua de un naranja profundo que después se volvió violeta. Yo estaba en la cocina, descalza, con una de sus camisas puesta y nada debajo, mientras él se metía en la ducha. La mampara de vidrio dejaba ver su silueta entre el vapor, y me quedé mirándolo más tiempo del que debería, con la taza enfriándose entre las manos.
Las noches anteriores habíamos hecho el amor, suave, tranquilo, como suelen ser las cosas cuando una está cómoda. Pero esa noche, observándolo a través del vidrio empañado, quise algo distinto. Algo que me sacudiera.
Que se acuerde de este viaje cada vez que vea una cabaña.
Dejé la taza sobre la mesada y entré sin avisar. El agua tibia me recibió de golpe y lo abracé por la espalda, pegando mi cuerpo al suyo, sintiendo cómo se tensaba de la sorpresa antes de relajarse contra mí.
—Pensé que estabas con el té —murmuró, girando apenas la cabeza.
—Cambié de planes —le respondí contra su nuca.
Mis manos bajaron por su pecho, por su abdomen, hasta cerrarse alrededor de él. Lo sentí endurecerse despacio, palpitando bajo mis dedos mientras yo acariciaba sin prisa. Mateo se dio vuelta y me empujó contra el vidrio. El frío de la mampara en mi espalda contrastó con su boca caliente bajando por mi cuello, mis pechos, mi vientre, hasta que se arrodilló frente a mí.
El agua nos caía encima cuando su lengua encontró mi sexo. Me aferré a su pelo mojado, eché la cabeza hacia atrás y dejé que el placer me subiera por las piernas en oleadas. No fue lento ni cuidadoso: él sabía exactamente dónde insistir, y yo me deshice contra su boca con un gemido que rebotó en los azulejos, las rodillas temblando, una mano apoyada en el vidrio para no caer.
Salimos de la ducha sin secarnos del todo. Frente al espejo del baño, mientras yo me pasaba la toalla por el pelo, él se colocó detrás de mí. Nuestros reflejos se miraron. Sus manos recorrieron mi cintura, mis caderas, y lo sentí, todavía húmedo, frotándose contra mí, jugando con la parte más sensible de mi cuerpo en círculos lentos.
—Mirate —me dijo al oído, sosteniéndome la mirada en el espejo.
No pude. Cerré los ojos, me mordí el labio y dejé que el roce me llevara otra vez al borde. La sensación era difícil de describir, cada movimiento me encendía un poco más, hasta que un segundo orgasmo me recorrió entera y se me escapó un gemido largo que él se tragó besándome el hombro.
***
No me dejó recuperarme. Me llevó casi en vilo hasta la cama, me tiró boca abajo y me levantó las caderas. Cuando entró en mí lo hizo de una sola vez, profundo, y solté un grito contra la almohada. Cada embestida era firme, sostenida, llenándome por completo. Yo arañaba las sábanas, empujaba hacia atrás buscando más, y sentía el placer acumularse en algún punto muy adentro hasta que reventó como una ola que me dejó sin aire.
Me dio vuelta. Se acomodó sobre mí, con las rodillas a los costados de mi cabeza, y lo tuve frente a los ojos, firme y latiendo. Mientras tanto sus dedos bajaron entre mis piernas, hábiles, entrando y saliendo, y yo abrí la boca para recibirlo. Lo lamí, lo succioné, sentí cómo se endurecía aún más contra mi lengua al mismo tiempo que sus dedos me llevaban a otro temblor incontrolable. Las contracciones se apoderaron de mí justo cuando él se sostuvo de mi nuca y terminó en mi boca, caliente, mientras yo seguía deshaciéndome debajo suyo.
Nos quedamos quietos un momento, respirando fuerte, pegados por el sudor y el agua que todavía no se había secado. Después él se levantó, abrió el ventanal y me tendió la mano.
—Vení a tomar aire.
***
Salimos al balcón completamente desnudos. La brisa de la montaña me erizó la piel de inmediato, fresca, casi fría, un alivio sobre mi cuerpo todavía ardiendo. El lago se extendía abajo, negro y quieto, con una luna partida flotando en el centro. No había ruido más que el de los grillos y el agua lamiendo la orilla.
Me apoyé contra la baranda de madera y él se acercó por detrás, cubriéndome con su cuerpo tibio. Sentí su erección entre mis nalgas mientras sus manos subían a mis pechos, masajeándolos, trazando círculos sobre mis pezones endurecidos por el frío y por todo lo demás. Su boca encontró mi cuello y dejó un rastro de besos húmedos que me hizo arquear la espalda.
—¿No tenés frío? —me preguntó.
—Para nada —mentí, temblando, aunque no era por el frío.
Su pelvis se movía despacio contra mí, y yo sentía su longitud deslizarse en un vaivén suave, prometiendo sin cumplir todavía. Me incliné un poco más sobre la baranda, ofreciéndome, y le susurré entre dientes que lo necesitaba ya, que estaba demasiado encendida para seguir esperando. Él me tomó de las caderas y me llevó hacia atrás, dejándome inclinada, expuesta a la noche y a él.
Fue entonces cuando lo escuché. Un crujido, una madera que se quejaba bajo un peso. Giré apenas los ojos hacia la cabaña de al lado, separada de la nuestra por unos pocos metros de pinos, y los vi: una pareja, de pie en su propio balcón, mirándonos sin disimulo. La mujer tenía la mano sobre la boca; el hombre, una copa olvidada entre los dedos.
Mi primer impulso fue cubrirme. El segundo, mucho más fuerte, fue quedarme exactamente como estaba.
—Nos están mirando —le dije a Mateo, casi sin voz.
—Lo sé —respondió, y su mano me apretó la cadera con más firmeza—. ¿Querés que paremos?
No quería. Por primera vez en mi vida, la idea de unos ojos ajenos clavados en mí no me daba vergüenza: me prendía fuego. Algo se aflojó en mi pecho y se tensó en todas partes. Negué con la cabeza y me aferré a la baranda con las dos manos.
—No te atrevas a parar.
Me separó las piernas con la rodilla y, todavía de pie, empezó a entrar en mí lentamente. Sentí literalmente cómo me abría, centímetro a centímetro, cada vez más adentro, mientras la pareja vecina seguía sin moverse, atrapada en la escena. Cuando la penetración fue total dejé escapar un suspiro que se mezcló con la brisa y, sin pensarlo, sostuve la mirada de la mujer del otro balcón.
Mateo prolongó esa lentitud a propósito, sabiendo que nos observaban, jugando con el tiempo. Mis gemidos crecían con cada movimiento; ya no me importaba quién los escuchara. Mi cuerpo empezó a temblar y otro orgasmo me invadió, esta vez con una intensidad nueva, alimentada por la sensación de estar siendo vista.
Sin darme tiempo a recuperar el aliento, pasó sus brazos por debajo de mis piernas y me alzó. Quedé en el aire, sostenida apenas por mis brazos aferrados a la baranda, las piernas abiertas hacia los costados, todo mi peso entre sus manos y la madera. La sensación era enloquecedora, algo que nunca había probado. Sus embestidas se volvieron profundas, casi en el límite del dolor, y yo colgaba de la noche como si el balcón, el lago y los testigos hubieran desaparecido.
Me invadieron sensaciones que no sabía que existían. Mi cuerpo entero temblaba, la transpiración me caía por la espalda y goteaba sobre la madera del balcón. Un orgasmo se encadenaba con el siguiente sin pausa, hasta que sentí que ya no podía sostenerme.
—Pará, pará un segundo —le pedí entre jadeos.
Me bajó con cuidado y me recostó de espaldas sobre la mesita de madera del balcón. Quedé tendida, exhausta, mirando el cielo cuajado de estrellas que en la ciudad nunca se ven. Estaba demolida, pero no quería que terminara.
Lo miré. Él estaba de pie frente a mí, tenso, con el deseo todavía evidente en cada músculo. Con la voz ronca le pregunté si quería que lo ayudara a terminar. Asintió con la cabeza y se acercó, acomodándome con la cabeza colgando apenas hacia atrás sobre el borde de la mesa, mientras él se posicionaba sobre mí.
Desde ese ángulo lo veía imponente, firme, latiendo con un vaivén suave a centímetros de mi boca. Empecé por la base, recorriéndolo con la lengua, lamiendo despacio hasta sentir cómo respondía. Después abrí la boca y él se inclinó, hundiéndose. Lo saboreé, lo succioné, y cada vez que aceleraba el ritmo sus jadeos se hacían más roncos. Lo tomé con la mano y lo acaricié con fuerza al mismo tiempo, hasta que terminó con un gemido grave; sentí el calor sobre mi rostro, sobre mis pechos, sobre mi vientre, mientras sus piernas finalmente cedían y se dejaba caer a mi lado.
***
Volvimos adentro abrazados, riéndonos como dos adolescentes. Cuando cerré el ventanal, desde la oscuridad de la otra cabaña me llegó, débil, el eco de unos aplausos. Nos miramos y soltamos una carcajada que retumbó en el loft vacío.
—¿Eran ellos? —preguntó Mateo, todavía riendo.
—Seguro que no fueron los grillos —le dije.
Yo estaba fascinada, completamente extasiada. Había perdido la cuenta de los orgasmos, estaba agotada hasta el último músculo, pero tan agradecida por esa noche que lo empujé sobre la cama antes de que pudiera acomodarse.
—Todavía te debo una —le dije.
Le acomodé unas almohadas bajo la cintura, le abrí las piernas y le di con la boca exactamente lo que no esperaba. Lo succioné profundo, cerrando los labios para intensificar cada sensación, subiendo el ritmo hasta que su respiración se volvió un jadeo entrecortado. Estaba tan al límite que terminó otra vez, y yo no me aparté.
Lo miré con una sonrisa que él calificó de diabólica y seguí, acariciándolo y besándolo al mismo tiempo, masajeándolo donde sabía que perdía el control. Mateo suspiraba sin poder parar, las manos crispadas en las sábanas, hasta que un grito ahogado lo recorrió de punta a punta.
Después quedamos tirados boca arriba, mirando las vigas del techo, sin fuerzas ni para hablar.
—Repetimos mañana —dijo él, con los ojos cerrados.
Sonreímos los dos. Me levanté tambaleando rumbo a la ducha y, antes de cerrar la puerta, le contesté por lo bajo:
—Claro que sí. Y dejá las cortinas abiertas.