La fantasía que cumplí sola en mi apartamento
El verano me dejó el apartamento entero para mí. Mi compañera de piso se había ido a la costa con su familia y yo todavía no viajaba a mi ciudad natal, así que tenía dos semanas completas por delante: dos semanas sin nadie que tocara la puerta, sin horarios, sin que la pared delgada me delatara.
Venía de un mes horrible. Tres parciales encima, noches enteras con los apuntes pegados a la cara y un nivel de tensión en los hombros que ningún baño caliente lograba aflojar. Necesitaba algo más directo. Necesitaba quedarme a solas conmigo misma y soltarlo todo, con ganas, sin prisa y sin culpa.
Así que decidí planearlo como quien planea una cita importante. Porque era una cita: conmigo.
Días antes me había comprado una lencería roja diminuta. Una tanga que se metía entre mis nalgas cada vez que me agachaba a recoger algo, y un sostén de tela suave que rozaba mis pezones con cada movimiento. No es que tenga mucho ahí: a pesar de tener el pecho grande, mis pezones son pequeños y discretos. Aprendí hace tiempo que conmigo hay que ir con paciencia, rozar despacio, jugar con la temperatura. Anótenlo, por si les sirve.
Esa mañana había ido a la universidad a entregar el último trabajo del semestre y, para mi suerte, me topé con el profesor que me ponía de mil maneras cada vez que abría la boca. Se llamaba Esteban y hablaba de literatura como si estuviera describiendo algo prohibido. Yo me presentaba a sus clases con escotes profundos y jeans ajustados, hacía preguntas solo para cruzar las piernas y apretarlas mientras él me respondía con esa calma exasperante.
Más de una vez lo había pillado mirándome el escote un segundo de más. Más de una vez me había tocado pensando en él, imaginando que me pedía quedarme «para hablar» y que de un momento a otro me sentaba sobre su escritorio para enseñarme, con los dedos, cómo se escribe una oda al placer. Nunca había pasado nada. Todavía.
Esa mañana, mientras le entregaba el trabajo, Esteban me preguntó si pensaba descansar en las vacaciones. Le dije que sí, que tenía planes. No mentí. Solo me guardé el detalle de que esos planes lo incluían a él, o al menos a la versión suya que vivía en mi cabeza y que sí se atrevía a cerrar la puerta del despacho con seguro.
Volví del campus con ese cosquilleo en el estómago, el que no se va con nada. Me quité los zapatos en la entrada, dejé las llaves en cualquier parte y sentí el silencio del apartamento como una invitación. Nadie iba a llegar. Nadie iba a oírme. Era el día perfecto para empezar.
***
Lo primero fue la cerveza. Saqué una lata de la nevera, bien fría, y me senté en la cama con el teléfono. Tenía unos cuantos relatos guardados, de esos que me sirven para entrar en ambiente, y empecé a leer despacio mientras le daba el primer trago.
Me quité la camiseta. Pasé la lata húmeda y helada por el contorno de mis pechos, dibujando círculos lentos, dejando que el frío me erizara la piel antes de acercarme a los pezones. Esa es la clave conmigo: el contraste, la espera. Si voy directo, no siento nada. Si me hago de rogar a mí misma, el resultado es otra cosa.
Para cuando terminé la lata, ya tenía la tanga húmeda y la respiración cambiada. Las palabras del relato se mezclaban con la imagen de Esteban inclinándose sobre mi pupitre, y yo apretaba los muslos sin darme cuenta.
Me puse boca abajo y doblé una almohada para meterla entre mis piernas, justo contra el clítoris. Frotarme contra algo es de mis sensaciones favoritas. Lo he hecho contra el sofá, contra la esquina de la mesa, contra el respaldo de una silla. Hay algo en la presión constante, en moverme yo, en controlar el ritmo, que me vuelve loca.
Empecé despacio. Arriba, abajo, arriba, abajo. A medida que el relato subía de tono, mis caderas subían de velocidad. Me encanta mojarlo todo. La tanga, la almohada, la tela contra mi clítoris hinchado. Cerré los ojos y me dejé ir contra el bulto blando, sintiendo cómo cada pasada me prendía un poco más.
Tenía mi bala vibradora en la mesita. La tomé sin dejar de moverme y la metí dentro del pliegue de la almohada, de modo que cada vez que me apoyaba sentía la vibración subir directo hasta el hueso. Empecé a dar pequeños saltitos encima, mordiéndome el labio, con una mano en el pecho apretándomelo.
Ojalá tuviera algo para meterme dentro. Con lo mojada que estoy, entraría solo.
Me quité la tanga de un tirón y me restregué sin pudor contra la almohada, descaradamente, hasta que ya no me bastó. Me eché hacia delante y me metí dos dedos. No hay nada como tocarme a mí misma. Los hombres con los que había estado creían que con dos minutos de dedos torpes ya me dejaban satisfecha, sin saber que mis sesiones a solas pueden durar tres horas si me lo propongo.
Esa noche me lo había propuesto.
***
Seguía moviéndome sobre la almohada, pero empecé a frustrarme. Necesitaba algo más grueso, algo firme que me llenara de verdad, y mi único juguete con forma se había estropeado semanas atrás. Todavía no había comprado otro. Maldije por lo bajo, con los dedos metidos y las ganas a punto de desbordarse.
Entonces hice lo que cualquier mujer desesperada en mi situación haría. Me levanté de la cama y fui al baño casi corriendo, con las piernas temblando, y busqué en el estante hasta dar con un cepillo de mango grueso y redondeado.
Volví a la habitación con el corazón disparado. Me puse en cuatro sobre la cama, apoyé la cara en la almohada y empecé a rozar la parte inferior del cepillo, la del mango ancho, contra mis labios empapados. Lo paseé de arriba abajo, sin meterlo todavía, disfrutando de la espera, mientras la otra mano me sostenía abierta.
Cuando ya no aguanté más, lo introduje poco a poco. Mordí la almohada y se me fueron los ojos hacia atrás. Nada como sentirse un poco llena. Empecé a meterlo y sacarlo con calma, midiendo el ritmo, escuchando mi propia respiración entrecortada.
Ahí, sí, así.
Acomodé la almohada de nuevo entre mis piernas para que el clítoris chocara contra una de sus puntas cada vez que empujaba. La combinación era brutal: el cepillo entrando y saliendo, la presión constante delante, el sudor empezando a perlarme la espalda. Pensé que debería despertarme así todas las mañanas, hinchada, mojada, con algo dentro y el cuerpo entero pidiendo más.
Me senté de golpe para que el cepillo entrara más hondo, y el mango áspero me rasguñó las nalgas al hacerlo. Tomé la bala vibradora con la mano libre y la acerqué a mi ano. Me encanta sentir las vibraciones ahí, ese temblor extra que me corre por toda la espalda y me eriza hasta la nuca.
Tenía las piernas acalambradas y la espalda empapada. Sabía que estaba cerca, que se acercaba esa ola que no perdona. Saqué la almohada y me dejé caer de espaldas sobre el colchón, con el cepillo todavía dentro, sostenido por la mano derecha.
***
Y entonces subí la mano izquierda hasta mi cuello.
La apoyé despacio, sin apretar al principio, solo sintiendo el latido bajo mis propios dedos. Empecé a mover la derecha cada vez más rápido, escuchando el sonido húmedo, descarado, de mi cuerpo recibiéndolo. Sí, más fuerte.
Apreté un poco. La presión en el cuello hacía que todo allá abajo se sintiera más intenso, más concentrado, como si el placer no tuviera por dónde escapar. Me imaginé a Esteban encima de mí, su mano en lugar de la mía, su voz grave diciéndome al oído que me quedara quieta. Ahhh, qué rico.
Me solté un segundo el cuello para apretarme los pechos con fuerza, levantarlos hacia mi boca y morderlos. Me encanta dejarme marcas, pequeñas pruebas del momento, señales que al día siguiente me recuerden lo que fui capaz de hacerme yo sola. Sí, ahí es, justo así.
El cepillo entraba y salía a un ritmo que ya no controlaba del todo. Mi cuerpo se contraía alrededor, una y otra vez, cada vez más cerrado, más urgente. La otra mano volvió al cuello, la presión justa, el aire justo, y todo se volvió blanco por un instante.
Las piernas me empezaron a temblar de verdad, sin que yo pudiera evitarlo, y mi mano fue perdiendo velocidad sola, vencida. Me quedé tendida, jadeando, con el pecho subiendo y bajando y una sonrisa estúpida en la cara.
Vaya manera de quitarme el estrés.
Saqué el cepillo despacio, todavía sensible, y me pasé los dedos por el sexo empapado antes de llevármelos a la boca casi por costumbre. Me quedé un rato así, desnuda sobre las sábanas revueltas, escuchando mi propia respiración volver a la normalidad.
Tenía dos semanas por delante. Dos semanas sola, sin nadie que tocara la puerta. Y esta había sido solo la primera noche. Mientras recuperaba el aliento, ya estaba pensando en lo siguiente que iba a comprar antes de la próxima sesión, y en cuántas veces más volvería a imaginarme a Esteban inclinado sobre su escritorio, enseñándome todo lo que nunca se atrevió a decirme en clase.