Lo que hice frente a la ventana abierta esa tarde
Era un domingo de esos que no terminan nunca. Llevaba todo el fin de semana sola en el piso, sin planes y sin ganas de hacer ninguno, y ya había agotado todas las distracciones posibles. Me pasé la mañana entre series que apenas miraba y canciones que ponía sin escuchar, y después de comer me dejé caer otra vez en el sofá, tapada con una manta fina, dejando que las horas resbalaran sin sentido.
A media tarde, la pantalla seguía encendida pero yo ya no veía nada. Mi cabeza se había ido a otro lado. Empezó como suele empezar todo: una imagen suelta, una idea que aparece sin pedir permiso. Y cuanto más intentaba apartarla, más se quedaba pegada, más concreta, más insistente.
La idea era sencilla y, al mismo tiempo, algo que jamás me había atrevido a hacer.
Nunca había sido especialmente fan del exhibicionismo. Me ponía nerviosa solo de pensarlo. Pero aquella tarde, sola, sin nadie que pudiera enterarse, con la calle tranquila y el silencio del domingo metido en cada rincón del piso, la sola posibilidad de hacerlo me llenaba el estómago de un cosquilleo que no se parecía a nada. Lo pensé una vez, dos, tres. A la cuarta ya estaba de pie.
Empecé por preparar el escenario. Me acerqué al ventanal del salón, descorrí la cortina del todo y abrí la ventana de par en par. El aire entró fresco, con olor a tarde y a tejado caliente. Enfrente, al otro lado de la calle estrecha, se alzaba el edificio vecino, con sus balcones y sus ventanas, casi todas con las persianas a medio bajar. Me dije que no había nadie. Que era domingo. Que todo el mundo estaría fuera o durmiendo la siesta.
Coloqué una silla justo frente al cristal y fui a mi habitación a buscar lo que necesitaba. Volví con mi succionador de clítoris y un puñado de pinzas de la ropa, esas de madera que guardaba en la cocina y que habían acabado teniendo otro uso muy distinto.
Antes de sentarme me desnudé. Despacio, como si alguien estuviera contando cada prenda que caía al suelo. Me quité la camiseta, los pantalones cortos, la ropa interior, hasta quedarme completamente desnuda en mitad del salón, con la luz de la tarde entrando de lleno sobre la piel. No quería dejar nada a la imaginación. Quería estar expuesta de verdad.
Me senté en la silla y, durante los primeros minutos, el coraje se me escapó por completo. Miraba a la calle sin parar, atenta a cualquier movimiento, con las manos listas para taparme si aparecía alguien. El corazón me latía rápido, no de placer todavía, sino de puro nervio. ¿Qué estás haciendo?, me preguntaba. Y la respuesta era que no lo sabía, pero que no pensaba parar.
Cogí dos pinzas y me coloqué una en cada pezón. El pellizco fue afilado, un dolor breve y limpio que me hizo cerrar los ojos. Y entonces ocurrió algo curioso: ese mismo dolor, lejos de frenarme, me empujó hacia adelante. Sentí cómo me empapaba entre las piernas, cómo el cuerpo respondía antes de que la cabeza terminara de decidir.
Poco a poco, sin darme cuenta, la calle dejó de importarme. Seguía mirando de reojo, sí, pero ya no con miedo, sino casi con la esperanza de que alguien apareciera. Apoyé la espalda contra el respaldo, subí los pies hasta el borde de la ventana y abrí las piernas todo lo que pude. Si alguien miraba en ese momento, lo vería absolutamente todo.
Cogí otras dos pinzas y me las puse en los labios, una en cada lado. El tirón me arrancó un jadeo. La humedad seguía aumentando, resbalando, y yo no hacía nada por contenerla. Estiré un poco de las pinzas de los pezones, buscando esa presión justa que convierte el dolor en otra cosa, en una corriente caliente que baja directa al vientre.
La tercera pinza la reservé para el clítoris. Cuando la cerré ahí, todo el cuerpo se me tensó de golpe. Solté el aire entre dientes. Para entonces estaba tan mojada que sentía la humedad bajo los muslos, en la madera de la silla, y la calle había desaparecido por completo de mi cabeza.
Me llevé dos dedos a la boca y los mojé bien con la lengua. Después los bajé despacio, muy despacio, y los empujé dentro de mí, sintiendo cómo entraba cada centímetro en un cuerpo que ya pedía más. Empecé a moverlos con cuidado, sobre todo para no tirar de las pinzas y hacerme daño de verdad. Pero el cuidado duró poco.
El placer fue ganando terreno y mis dedos se movieron cada vez más rápido, más hondo, más desesperados. Estaba tan concentrada que la pinza del clítoris saltó de pronto y solté un grito que no pude tragar a tiempo. El sonido rebotó por el salón y me devolvió de golpe al mundo. Miré a la calle, asustada.
No había nadie. La acera vacía, las farolas todavía apagadas, ni un coche. Respiré, casi aliviada, y la vergüenza dio paso otra vez a las ganas.
Aprovechando que la pinza del clítoris se había soltado, y sin sacar los dedos de dentro, cogí con la otra mano el succionador. Lo acerqué despacio y lo encendí en la velocidad más baja. El primer contacto me hizo arquear la espalda. No pude contener el gemido, por mucho que intenté morderme el labio para que no se oyera tan alto.
A medida que subía la intensidad, contenerse se volvió imposible. Los dedos entraban y salían, el succionador trabajaba sobre el clítoris, y los gemidos empezaron a salir solos, sin filtro, llenando el salón. La idea de estar así, completamente desnuda, abierta de piernas frente a una ventana sin cortina, me ponía más cachonda que cualquier cosa que hubiera hecho a solas en la oscuridad.
Quise alargarlo. Saqué los dedos y me los llevé a la boca para frenar un poco, para que el final no llegara tan rápido. No sé describir el sabor, solo que me encantó, que lamí cada dedo sin prisa mientras recuperaba algo de control. Apagué el succionador un momento y subí las manos a los pechos. Fui quitando las pinzas de los pezones una a una, despacio, y el latigazo de la sangre volviendo a la piel me dejó temblando. Me acaricié los pechos un buen rato, mirando la calle de reojo, deseando que alguien estuviera ahí.
Entonces volví a coger el succionador con una mano mientras seguía acariciándome con la otra. Lo apoyé otra vez en el clítoris y empecé a subir la intensidad sin pausa, gimiendo cada vez más fuerte, sin cortarme ya por nada. La posibilidad de que unos ojos desconocidos estuvieran clavados en mí desde algún sitio era ahora el motor de todo.
Aguanté así todo lo que pude, con el aparato pegado y el cuerpo entero vibrando, hasta que ya no hubo forma de contenerlo. Me corrí con una fuerza que me sorprendió a mí misma, las piernas temblándome contra la ventana, un gemido largo escapándoseme sin permiso. Fue uno de los orgasmos más intensos que recuerdo. Cuando volví a respirar, noté que había mojado hasta la silla, y que no me importaba lo más mínimo.
Tardé un rato en recuperar el aire. Poco a poco, la calle volvió a aparecer ante mis ojos, la acera, las farolas, el cielo empezando a teñirse de naranja. Y entonces, casi por casualidad, miré hacia un sitio en el que no me había fijado en ningún momento: el edificio de enfrente.
***
Había alguien.
En una de las ventanas del piso de enfrente, un hombre me miraba. No se escondía, no apartaba la vista, no fingía estar haciendo otra cosa. Estaba ahí, quieto, y por su expresión era evidente que llevaba un buen rato disfrutando del espectáculo que yo había dado sin saberlo.
Me morí de vergüenza en el segundo exacto en que mis ojos se cruzaron con los suyos. El calor me subió a la cara de golpe, las orejas ardiendo, el corazón otra vez disparado. Por un instante quise levantarme, taparme, correr la cortina y desaparecer.
Pero no lo hice.
En lugar de eso, algo se removió dentro de mí. Si él lo había visto todo, ya no quedaba nada que esconder. Y la idea de que me hubiera estado mirando todo el tiempo, en silencio, sin que yo lo supiera, me encendió otra vez de una forma distinta, más descarada.
Seguía con las piernas abiertas. Sin dejar de mirarlo a los ojos, me quité despacio las pinzas que aún tenía en los labios. El tirón me hizo entreabrir la boca, y no aparté la vista ni un segundo. Después bajé la mano y me acaricié con dos dedos, despacio, dejándole ver exactamente lo que hacía. Cuando terminé, me llevé los dedos a la boca y los lamí hasta dejarlos limpios, sin romper el contacto visual.
El hombre no se movió. Yo tampoco aparté la mirada.
Me levanté de la silla. Le di la espalda y me agaché despacio, sacando el culo hacia la ventana para que tuviera la mejor de las vistas, y limpié con la lengua los flujos que había dejado sobre la madera. Lo hice sin prisa, consciente de cada segundo, sabiendo que él seguía ahí.
Cuando me incorporé, lo miré una última vez. Le sonreí, una sonrisa lenta que lo decía todo, y levanté la mano para saludarlo, como quien se despide después de una función. Él levantó la suya también, casi sin creérselo.
Entonces, todavía desnuda y con la piel ardiendo, cerré la ventana y corrí la cortina. Me quedé un momento de pie en mitad del salón, sola otra vez, con el corazón galopando y una sonrisa que no se me iba.
El domingo más aburrido del año se había convertido, sin que yo lo planeara del todo, en la tarde más excitante que recordaba. Y mientras recogía las pinzas del suelo, ya estaba pensando en la próxima vez que dejaría la cortina abierta.