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Relatos Ardientes

La fantasía del coche por fin se cumplió

Fueron veintiún días sin verlo. Veintiún días contando horas, repasando mensajes, abriendo sus fotos una y otra vez como si pudiera tocarlo a través de la pantalla. No me faltaban palabras suyas, ni videos, ni audios con esa voz grave que siempre acababa metiéndoseme entre las piernas. Lo que me faltaba era su cuerpo encima del mío.

En ese tiempo me masturbé más de lo normal, casi siempre pensando en él. A veces mientras hablábamos, a veces después de colgar, con la cabeza llena de todo lo que me prometía hacerme cuando nos viéramos. Ninguna corrida me alcanzaba para calmarme. Al contrario: me dejaba más caliente, más ansiosa, más desesperada por sentirlo de verdad.

Habíamos convertido la distancia en un juego peligroso. Él me mandaba fotos recién salido de la ducha, con el pantalón bajo y la polla marcándose dura bajo la tela. Yo le respondía con imágenes robadas frente al espejo, levantándome la falda, separándome las piernas, enseñándole apenas lo justo para que perdiera la cabeza. Después llegaban los videos: su mano pajeándose despacio, mi respiración acelerada al otro lado, y los dos diciéndonos sin pudor exactamente cómo queríamos follar cuando por fin estuviéramos solos.

Lo habíamos dicho muchas veces, pero había una fantasía que siempre terminaba volviendo. Hacerlo en el coche. En un sitio donde pudiera llegar cualquiera, donde el riesgo nos obligara a contenernos solo lo justo para volvernos más locos. Cada vez que lo mencionábamos, yo acababa con los dedos dentro y el móvil pegado a la oreja, escuchándolo decirme con todo detalle cómo me iba a abrir de piernas sobre el asiento.

La noche anterior a verlo casi no dormí. Cerraba los ojos y me lo imaginaba de rodillas entre mis muslos, tragándose mis gemidos, o empujándome contra el respaldo mientras me follaba hasta dejarme sin aire. Me sentía ridícula de tan nerviosa, pero no era nervios de niña; era hambre de mujer adulta, hambre de carne, de saliva, de polla, de todo lo que ese hombre sabía despertarme.

A la mañana siguiente manejé hasta el estacionamiento subterráneo donde suelo dejar el coche. Llevaba una lista de canciones que él mismo me había enviado días antes, como si quisiera acompañarme hasta el momento exacto en que volviéramos a tocarnos. Canté una parte sin darme cuenta, sonreí sola y entonces llegó su mensaje.

—¿Te recojo?

Me reí apenas lo leí. La pregunta sonaba inocente solo para cualquiera que no supiera lo que escondía. Yo sí lo sabía. Le respondí que sí y sentí un golpe seco en el vientre, una descarga directa al coño.

Entré al sótano, avancé hasta el fondo y aparqué donde siempre: una esquina discreta, pegada al muro, con varias plazas vacías alrededor. No era un escondite perfecto, y eso lo hacía mejor. Apagué el motor, me miré en el espejo y vi mis mejillas encendidas. Apenas tuve tiempo de respirar cuando apareció su coche y se detuvo a mi lado.

Se bajó con esa calma que siempre me pone peor que cualquier prisa. Llevaba una camiseta oscura pegada al cuerpo y una sonrisa de esas que ya anuncian problemas. En cuanto abrió mi puerta, el olor de su piel me golpeó de lleno y toda la tensión de los días anteriores se me acumuló en la garganta.

—Ven aquí —murmuró.

Me atrajo por la cintura y me besó sin preámbulos. No fue un beso tierno ni largo; fue hambriento, húmedo, como si él también hubiera pasado tres semanas pensando en este segundo exacto. Le mordí el labio, le metí la lengua y sentí su mano apretándome la nuca. Cuando nos separamos, yo ya respiraba mal.

—Estás temblando —dijo, mirándome la boca.

—Llevo veintiún días esperando esto.

—Entonces no voy a hacerte esperar ni un minuto más.

Abrió la puerta del copiloto de mi coche y echó el asiento hacia atrás todo lo que pudo. Yo entré sin discutir, con el pulso disparado. Cerró detrás de mí, se aseguró de que no viniera nadie y, en vez de sentarse, se arrodilló en el suelo del parking, justo entre la puerta y mis piernas abiertas.

La imagen sola ya me volvió loca. Un hombre adulto, deseándome así, de rodillas en un aparcamiento público, dispuesto a meterse entre mis muslos como si no existiera nada más. Se agachó y me levantó la falda con ambas manos. Llevaba un tanga negro, el que una vez le había mostrado por foto diciéndole que quería que me lo arrancara.

—Bonita elección —dijo con una media sonrisa.

Lo deslizó despacio por mis piernas, rozándome la piel, hasta dejarlo en mis tobillos. Yo ya estaba mojada. Muy mojada. Él pasó los dedos por la cara interna de mis muslos y notó la humedad antes incluso de tocarme el coño.

—Mira cómo estás —murmuró—. No has llegado así por conducir.

—Cállate y cómeme.

Se rio por lo bajo, encantado con mi impaciencia, y me abrió más las piernas. Entonces por fin bajó la boca. El primer contacto de su lengua entre mis labios me hizo echar la cabeza atrás. Gemí fuerte, demasiado fuerte para el lugar donde estábamos, y tuve que taparme la boca con una mano. Él no apartó los ojos de mí ni un segundo.

Lamió despacio al principio, como si quisiera recordarme el camino de memoria. De abajo arriba, abriéndome con la lengua, recogiendo cada gota de humedad, deteniéndose en el clítoris solo el tiempo suficiente para hacerme estremecer. Luego apretó más la boca, succionó, me metió la lengua con hambre y me arrancó otro gemido.

—Joder... así... así...

Me agarré a su pelo y tiré de él. Lejos de molestarse, gruñó contra mi coño y eso me corrió una descarga brutal por la espalda. Metió dos dedos dentro de mí sin dejar de chuparme el clítoris. Los movió despacio al principio, curvándolos, buscando ese punto que conoce demasiado bien. Cuando lo encontró, me arqueé en el asiento.

—Te extrañé aquí —dijo, separándose apenas para hablar antes de volver a hundir la cara entre mis piernas.

Su boca era un castigo delicioso. Chupaba, lamía, besaba, volvía a chupar con más presión mientras sus dedos entraban y salían húmedos, cada vez más rápido. Yo abría más las piernas, le llevaba la cabeza contra mí, lo apretaba sin pensar. El ruido mojado de su lengua en mi coño llenaba el coche y me ponía todavía peor. Sentía cómo mi orgasmo se armaba deprisa, duro, inevitable.

—No pares, no pares... me voy a correr.

Respondió con una succión larga, intensa, y luego me frotó el clítoris con la punta de la lengua mientras me bombeaba con los dedos. Me corrí con un espasmo violento, apretándole la cabeza entre los muslos, jadeando tan fuerte que por un momento creí que alguien nos oiría desde el otro extremo del sótano. Él no se apartó. Me sostuvo el orgasmo con la boca hasta que me dejó temblando.

Cuando por fin levantó la cara, tenía los labios brillantes y una expresión orgullosa que me derritió.

—Tenía ganas de volver a probarte —dijo.

Le tomé la barbilla, lo hice incorporarse y lo besé. Saborearme en su boca me excitó de nuevo al instante. Desabroché su pantalón sin dejar de mirarlo, metí la mano dentro y encontré su polla dura, caliente, tensa contra la tela del bóxer. Solté un suspiro solo por tocarla.

—Ahora siéntate —le ordené—. Llevas semanas provocándome con fotos. Quiero tragártela de verdad.

Obedeció, acomodándose en el asiento del copiloto con las piernas abiertas. Le bajé el pantalón y la ropa interior hasta medio muslo. Su polla saltó libre, gruesa, ya brillante en la punta. Pasé el pulgar por el glande y él cerró los ojos un segundo, conteniéndose.

Me arrodillé entre sus piernas, esta vez dentro del coche, y lo miré antes de empezar. Quería ver su cara cuando por fin lo tuviera en la boca. Saqué la lengua y rodeé despacio la punta, dibujando un círculo húmedo alrededor del glande. Él soltó un jadeo corto y me agarró el pelo sin tirones, solo sujetándome, como si necesitara tocarme para creerlo.

Lamá desde la base hasta arriba, despacio, sintiendo el peso de su polla sobre la lengua. Repetí el recorrido varias veces, entreteniéndome en el frenillo, sabiendo exactamente cuánto lo enloquece ese punto. Después abrí más la boca y lo fui metiendo poco a poco, dejándolo deslizarse sobre mi lengua hasta donde pude sin prisas.

—Mierda... —susurró—. Así, sí... joder.

Empecé a chupársela de verdad. Subiendo y bajando la cabeza, apretando los labios, soltando saliva para que resbalara mejor. Cada vez que salía, me quedaba un instante en la punta y volvía a meterlo. Quería sentirlo entero. Quería cumplir todo lo que le había prometido por mensajes. Cuando su mano tensó mi pelo, relajé la garganta y bajé más, hasta notar el glande golpeándome al fondo de la boca.

Tosí apenas, lo justo para acomodarme, y seguí. Él maldecía en voz baja, con las piernas duras, el abdomen contraído, disfrutando de verme atragantarme un poco con su polla. Dejé una mano en la base para controlar el ritmo y con la otra le apreté los huevos. Sentí cómo se estremecía.

—Te ves increíble así —dijo—. De rodillas por mi polla, mirándome como si quisieras comértela.

Lo miré desde abajo y tragué saliva antes de volver a hundirme. Me encantaba oírlo hablarme así. Subí, bajé, lo chupé con ganas, haciendo ruido, dejando que el morbo del lugar nos empujara todavía más. Cuando noté que estaba cerca, porque empezó a mover apenas las caderas y a apretarme la cabeza con más fuerza, me aparté sonriendo.

—Todavía no —le dije.

Él se quitó la camiseta de un tirón y quedó completamente desnudo de cintura para arriba, sudado, excitado, precioso. Yo me incorporé y volví a subir al asiento. Me acomodé boca arriba, levantando las piernas. Él me agarró por los muslos y me acercó al borde como si hubiera ensayado esa escena mil veces.

—Quiero sentirte ya —le dije.

Se pasó la mano por la polla, la untó con toda la humedad que todavía me cubría y la colocó en mi entrada. El roce bastó para hacerme gemir otra vez. Empujó despacio al principio, dejándome sentir cómo me abría, cómo me llenaba, cómo cada centímetro entraba en un cuerpo que llevaba demasiados días esperándolo. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, nos quedamos un segundo quietos, mirándonos.

—Joder —murmuré, con la respiración rota—. Te necesitaba así.

Entonces empezó a moverse. Primero con embestidas lentas, hondas, saboreándome. Yo tenía las piernas sobre sus hombros y él me follaba inclinado sobre mí, aplastándome contra el asiento, besándome entre frase y frase, entre jadeo y jadeo. Cada vez que salía casi por completo y volvía a metérmela, sentía el golpe en el vientre y se me cerraban los dedos sobre su espalda.

—Qué coño tan mojado —me dijo al oído—. Me estabas esperando de verdad.

—No he pensado en otra cosa.

—Lo noto. Mira cómo me tragas.

Aceleró. El coche empezó a moverse apenas con el ritmo de sus embestidas. Su polla entraba y salía con un sonido húmedo, sucio, obsceno, y eso me puso todavía más caliente. Me tocó un pecho por encima de la ropa, luego se metió la mano por dentro del escote y me apretó el pezón hasta hacerme arquearme. Yo le mordí el hombro y dejé escapar un gemido que sonó casi como un grito.

—Sí, así, fóllame así.

Él sonrió con esa arrogancia tranquila que solo aparece cuando sabe que me tiene perdida. Me hablaba sin parar, justo como me gusta: sucio, directo, sin una pizca de vergüenza. Me decía cómo me sentía por dentro, cómo me veía abierta para él, cómo llevaba semanas imaginando este momento. Cada palabra se me metía en la cabeza igual que su polla en el cuerpo. No solo me estaba follando; me estaba desarmando.

Metí una mano entre nosotros y empecé a frotarme el clítoris al ritmo de sus embestidas. Él me miró hacerlo y me sujetó la muñeca.

—No. Déjame a mí.

Bajó la mano y empezó a rozármelo en círculos rápidos mientras seguía penetrándome. La combinación me dejó sin defensa. Sentí otra vez esa tensión acumulándose, más fuerte, más inmediata. Lo miré fijo porque sabía que eso le vuelve loco, y él no apartó la vista.

—Córrete mirándome —me ordenó.

Eso bastó. El orgasmo me golpeó con violencia, apretándole la polla dentro, haciéndome gemir su nombre sin cuidado, sin pensar en que estábamos en un aparcamiento. Él siguió unos segundos más, sosteniéndome en el clímax, y después salió de mí. Yo jadeaba, deshecha, pero al ver su expresión entendí que todavía estaba lejos de terminar.

Me pasó los dedos empapados por entre las nalgas y me recorrió el culo con calma, sin dejar de mirarme. Ya lo habíamos hablado muchas veces, ya lo habíamos hecho antes, y sabía exactamente cuánto me excitaba sentir esa transición de un placer a otro.

—Estás lista —dijo, frotándome despacio el anillo con mi propia humedad—. Quiero ese culo para mí.

Asentí sin disimulo. Él siguió masajeándome la entrada con un dedo, luego con dos, abriéndome despacio, dejándome relajarme. Gemí de nuevo, esta vez más grave. Me encanta cómo sabe prepararme, cómo no se precipita cuando quiere metérmela por detrás, cómo disfruta sintiendo cada contracción.

Entonces vimos luces reflejadas en la pared del fondo. Un coche bajaba por la rampa. Durante un segundo cualquiera se habría detenido, se habría vestido, habría fingido normalidad. Nosotros no. Agarré mi abrigo y lo extendí por encima de su espalda y de mis piernas, cubriendo lo justo sin separar nuestros cuerpos.

Nos miramos y nos reímos en silencio, excitados por el riesgo.

—No pares —le dije.

Se acomodó mejor, sujetó su polla con la mano y la apoyó en mi culo. Empujó muy despacio. Sentí la presión, la quemazón deliciosa de la punta abriéndome, el cuerpo entero tensándose para recibirlo. Jadeé fuerte y le agarré los brazos. Él avanzó centímetro a centímetro, paciente, hasta hundirse por completo.

—Mierda... qué bien entras así —susurró.

Estaba llena otra vez, pero de una manera distinta, más intensa, más salvaje. Mi cuerpo se acostumbró rápido, ayudado por toda la excitación previa. Cuando empezó a moverse, primero corto y controlado, luego más largo, supe que no iba a durar mucho. Cada embestida me golpeaba profundo, seca y precisa, arrancándome gemidos roncos que enterraba en su cuello.

El coche que había aparecido terminó estacionando unas plazas más allá. Oí puertas, pasos, voces lejanas. Y mientras tanto él seguía follándome el culo con una determinación que me hacía perder por completo la noción del ridículo. Su mano volvió a mis pechos, me los apretó, bajó luego entre mis piernas y empezó a tocarme el clítoris al mismo tiempo.

—Así aguantas toda mi polla —me dijo al oído—. Qué buena eres para mí.

Esa frase me deshizo. No me importaba nada más: ni las luces, ni los pasos, ni el parking, ni la posibilidad absurda de que alguien se acercara. Solo importaba el peso de su cuerpo, el golpe de sus caderas, la forma en que su polla me abría por detrás mientras sus dedos me hacían temblar por delante.

—Me voy a correr otra vez —le advertí, casi sin voz.

—Hazlo. Córrete en mi polla.

Apretó el ritmo. Más fuerte, más rápido, más profundo. Yo ya no sabía si estaba gimiendo, suplicando o simplemente respirando a tirones. Sentía su polla durísima dentro de mi culo, cada golpe más intenso que el anterior, y su mano frotándome sin piedad. El orgasmo llegó brutal, doblándome, dejándome completamente rendida bajo él. Me corrí llamándolo por su nombre, mirándolo a los ojos, justo como él quería.

Eso fue lo que lo empujó al borde. Soltó una maldición, clavó las caderas una última vez hasta el fondo y se corrió dentro de mí con un gruñido grave. Lo sentí palpitar, descargar caliente, quedarse inmóvil unos segundos mientras ambos temblábamos. Yo seguía con las piernas abiertas, sin fuerzas para moverme, disfrutando todavía de cómo me llenaba.

Se quedó encima de mí, desnudo, sudado, con la polla aún dentro de mi culo, respirando igual de mal que yo. Nos miramos y sonreímos esa sonrisa que solo aparece cuando una fantasía deja de ser fantasía y se convierte en recuerdo. Le acaricié la cara, luego el pecho, luego la espalda mojada por el sudor.

—No sabes cuánto necesitaba esto —le dije.

—Sí lo sé. Porque yo también.

Se retiró despacio y ambos soltamos un gemido bajo por la sensación. Empezamos a vestirnos a toda prisa cuando oímos pasos más cercanos y el ruido de un carrito de limpieza acercándose por el pasillo. Él se subió el pantalón aún con la respiración entrecortada; yo acomodé mi ropa, recogí el tanga del suelo del coche y solté una risa nerviosa.

—Somos un desastre —dije.

—Un desastre muy bien aprovechado.

Antes de bajar del coche, lo sujeté del brazo y lo hice inclinarse hacia mí. Le di un beso lento, profundo, saboreándolo una vez más. Ya no tenía las piernas firmes del todo. Él lo notó y sonrió con esa satisfacción descarada que tanto me gusta.

—No dejes de cumplir mis fantasías —le susurré—. Y no dejes que yo deje de cumplir las tuyas.

Me acarició la mandíbula con el pulgar, abrió la puerta y salí al parking como si nada hubiera pasado. Pero había pasado. Lo sentía en los labios, en el coño sensible, en el culo todavía caliente, en la forma en que tuve que apretar las piernas para caminar. Después de veintiún días de hambre, por fin me había dado justo lo que llevaba semanas pidiéndole: riesgo, saliva, polla y esa clase de placer que no se aparca en ninguna parte.

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Comentarios(6)

Fabio_MR

Que relato!!! la tension desde el principio hasta el final estuvo perfecta. Muy bien

maripaz_leer

Por favor seguí escribiendo, este es uno de los que mas me gusto ultimamente. Espero que haya continuacion!

TomiBA

jaja me parecio super real la parte del mensaje antes de entrar. esas cosas tienen algo especial

ValentínLee

Excelente

playadesierta

me recordo a algo parecido que viví hace tiempo... la fantasia del coche creo que la tenemos todos y pocos se animan

DiegoQ_BA

Muy bien narrado, sin caer en lo burdo. Se nota que sabe escribir, la historia fluye naturalmente y no se hace pesada

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