Le regalé mi tanga a un desconocido en la disco
Me desperté cerca del mediodía con la boca seca, la resaca golpeándome las sienes y una camiseta demasiado grande como única ropa. Mi tanga rojo, tirado en el suelo al lado de la cama, todavía tenía la humedad de la noche anterior. Recordé fragmentos sueltos: la discoteca, los tragos de más, un desconocido, un baño. El resto se me vino a pedazos, tarde y de a poco.
Me duché con agua tibia, tratando de despejarme. Cuando salí, envuelta en la toalla, el celular vibró en la encimera del baño. Era Camila, mi mejor amiga desde hacía años, la que siempre se enteraba de todo lo que me pasaba antes de que terminara de pasar.
—Vaya, vaya, buenos días, marrana —soltó del otro lado, con esa risa suya que ya anticipaba interrogatorio—. ¿Se puede saber a qué hora llegaste?
—Cállate, apenas puedo abrir los ojos —le respondí, dejándome caer en la cama.
—Cuéntame ya, que anoche desaparecieron. Marta me dijo que se fueron a las tres y tú te quedaste con los chicos.
—Me quedé —admití—. Y pasó de todo.
—¿Cómo que de todo? Empieza por el principio.
Cerré los ojos y respiré hondo. La escena volvía sola, tan nítida como si todavía estuviera pasando.
—Salimos temprano, ya sabes. Como a las once ya tenía dos copas encima. Cuando Marta y Sara dijeron que se iban, yo no tenía ni ganas de moverme del local. Me quedé con Bruno, Diego y el resto. Al rato me di cuenta de que ellos estaban a lo suyo, coqueteando con unas chicas de la barra, y yo miraba la pista como una tonta.
—Y ahí lo viste.
—Ahí lo vi. Un tipo alto, de camisa negra, apoyado contra la barra. No lo había visto en mi vida. Me miraba fijo, como si me estuviera desvistiendo con los ojos. Al principio giré la cabeza para disimular, pero cada vez que volvía a levantar la vista, él seguía ahí, sin sacarme la mirada de encima.
—Descarado.
—Muy descarado. Y me estaba encendiendo. Llevo casi tres meses sin acostarme con nadie, Cami. Tres meses. Cualquier chispa me prende. Empecé a bailar sola, girando cerca de mi grupo, y en un momento me di cuenta de que lo había perdido de vista. Cuando quise acordarme, lo tenía justo detrás. No dijo nada. Solo empezó a moverse al ritmo mío, rozándome como si fuera casualidad.
—¿Y tú qué hiciste?
—Al principio me hice la sorprendida. Pero seguí bailando ahí, contra él, sin darme vuelta. Sentía su respiración en la nuca. En uno de esos movimientos me metió la mano por debajo del vestido y me pasó los dedos por encima del tanga. Estaba empapada. Los dos lo notamos al mismo tiempo.
—Dios mío.
—Después se llevó el dedo a la boca, así, disimulado, como si estuviera probando algo dulce. Ahí perdí la cabeza.
Camila soltó una risa incrédula al otro lado del teléfono.
—Me fui derecho al baño, pasando por delante de él para que me viera bien. Me metí en el último cubículo, cerré con pestillo y me bajé el tanga. Estaba pesado del flujo que tenía. Se me ocurrió una idea, una locura de borracha, pero me pareció genial en el momento: me lo saqué del todo y lo guardé en el bolso.
—¿Saliste sin nada abajo?
—Sin nada. El vestido era corto, y sabía que si él me volvía a tocar iba a encontrarse con mi coño directo, sin barreras. Salí del baño con las piernas temblando, no de miedo, de calentura. Y lo vi. Estaba haciendo la cola para el baño de hombres, apoyado contra la pared, mirándome como si supiera exactamente lo que yo acababa de hacer.
—¿Y ahí qué hiciste, loca?
—Me acerqué. Pasé rozándole y me detuve un segundo a su lado. Le hablé al oído. Le dije: «Disfrútalo». Y le puse el tanga arrollado en la palma de la mano. Rojo oscuro, todavía tibio de mí. Ni le di tiempo a reaccionar. Seguí caminando hasta la barra sin darme vuelta.
—¡Estás loca! ¡Le regalaste el tanga usado a un tipo al que no conocías de nada!
—Ya lo sé, ya lo sé. Estaba muy caliente, Cami. Volví con el grupo como si no hubiera pasado nada, pero por dentro me hervía todo. Los pocos que quedaban ni notaron mi tardanza; pensaron que había vomitado o algo así. Yo mientras tanto miraba de reojo hacia el pasillo del baño, esperando que apareciera. Pasaron diez minutos y no volvía. Empecé a pensar que se había asustado, que se había ido con mi tanga en el bolsillo como si fuera un trofeo.
—Bonita imagen. Pero espera, cuéntame que volvió.
—Volvió. A los quince minutos apareció. Se metió otra vez detrás de mí en la pista, sonriendo. Estaba distinto, más relajado, casi contento. Empezó a bailar pegado a mi espalda, con una mano en mi cadera. Y en un momento sentí que la otra mano me tocaba el culo por encima del vestido, pero apretando algo entre los dedos. Un bulto de tela.
—¿Te lo devolvió?
—Eso pensé al principio. Estiré la mano hacia atrás y me lo pasó, rápido, sin mirarme, como si estuviéramos haciendo un intercambio prohibido en plena pista. Un cuadradito de tela doblado. Me lo apreté en el puño y me fui otra vez al baño, sin importarme lo obvio que se veía. Me encerré en el mismo cubículo. Y ahí lo abrí.
Hice una pausa, con la boca seca de solo recordarlo.
—¿Y? —insistió Camila.
—Era mi tanga, sí. Pero cuando lo desdoblé estaba mojado de nuevo, y no era yo. Era él. Se había masturbado encima de mi tanga y me lo había devuelto lleno de su leche, todavía tibia, todavía espesa. Como diciendo «ahora disfrútalo tú».
—¡La madre que lo parió! —gritó Camila, entre risa y escándalo—. ¿En serio?
—En serio, Cami. No sé cómo explicarte lo que me pasó ahí adentro. Fue como si me pegaran una patada en el estómago. Me temblaban las manos. Me senté en el inodoro con las bragas abiertas en la palma, todavía sintiendo el olor de ese tipo mezclado con el mío. Levanté la tela, la olí bien de cerca, y se me escapó un gemido que hasta me asustó.
—Cuéntame. Cuéntamelo todo, no me dejes a la mitad.
—Abrí las piernas ahí sentada, con el vestido subido hasta la cintura. Estaba mojada hasta los muslos, con los labios hinchados de tanto rato aguantándome. Al principio me tocaba despacio, con la punta de dos dedos, dibujando círculos sobre el clítoris. Pero apenas metí la nariz en el tanga y sentí el sabor a corrida ajena mezclado con el mío, me olvidé de la sutileza. Me metí dos dedos de una y empecé a follarme sola en el baño de la discoteca, con el tanga apretado contra la boca para no gritar.
—Lucía, hija de puta. Me estás poniendo caliente a mí también.
—Chupé la tela, Cami. Chupé la corrida de ese desconocido como si fuera lo mejor que había probado en mi vida. Salada, densa, con ese gusto que solo tiene la leche recién salida de una polla. Y mientras chupaba me clavaba los dedos hasta el fondo, tres dedos, moviendo la muñeca rápido, aplastándome el clítoris con la palma. Sonaba todo. Los dedos entrando y saliendo de mí, mi respiración cortada, los gemidos ahogados contra la tela. No me importaba que hubiera gente afuera, que golpearan la puerta, nada.
—¿Te viniste?
—Me vine dos veces. La primera me agarró de golpe, con los dedos adentro. Se me contrajo todo el coño alrededor de los dedos y me chorreó por los muslos hasta empapar el asiento. Pero no me alcanzó. Me quedé jadeando y de una manoteé el tanga otra vez. Esta vez me lo puse contra la concha, pasándolo despacio, desde el culo hasta el clítoris, empapándolo con mi flujo hasta que la corrida de él y la mía quedaron mezcladas en la misma tela. Me lo aplastaba contra el clítoris, moviéndolo en círculos, sintiendo cómo la costura me rascaba justo donde tenía que rascar.
—Estás enferma.
—Con la otra mano me metí tres dedos otra vez y los dejé quietos, bien adentro. Me apretaba las paredes contra los nudillos, moviendo la cadera, follándome yo misma con mis propios dedos como si él estuviera ahí atrás. Cerré los ojos y me lo imaginé: la camisa negra, la mano yendo bajo mi vestido, la voz que ni siquiera había escuchado. Con eso me vine otra vez, más largo, más hondo, mordiéndome el tanga para no aullar. Casi me caigo del inodoro.
—Eres una hermosa enferma.
—Cuando volví en mí estaba temblando. Me tuve que quedar un rato más ahí, respirando, antes de poder pararme. Guardé el tanga otra vez en el bolso, con cuidado, como si fuera una reliquia. Cuando salí del baño ya no estaba. Se ve que le había parecido demasiado tiempo. Debió pensar que me había ido a casa.
—¿Y no te dejó ni el nombre? ¿Nada?
—Nada. Ni el nombre, ni el número, ni un mensaje escrito en el tanga. Solo la mancha de corrida y el recuerdo. Me despedí de Bruno y de Diego, que ya estaban en las últimas, y me tomé un taxi. Iba borracha, cachonda, con la cabeza hecha un lío y el bolso apretado contra el pecho como si fuera oro.
—Y cuando llegaste a casa te quedaste dormida.
—Qué va. Llegué, me tiré en la cama, me saqué el vestido de un tirón y agarré el vibrador de la mesita. Me lo puse contra el clítoris, con el tanga todavía apretado en la boca, oliéndolo, chupándolo. Subí la velocidad al máximo y me quedé así, con las piernas abiertas de par en par, mordiendo la tela y pensando en él. Me vine tres veces más antes de dormirme. Debo haber quedado desmayada en algún momento, porque no me acuerdo ni de haber apagado la luz ni de haberme sacado el tanga de la boca. Amanecí con él tirado al lado, todavía manchado.
Camila se quedó callada un segundo del otro lado.
—Lucía, eres una degenerada de manual. Pero te tengo envidia. Muchísima. Yo llevo un año con Nicolás y no me ha pasado ni la mitad de eso.
—Es que fue distinto, Cami. No era una noche cualquiera. Ese tipo entendió el juego a la primera. Sin hablar, sin nombre, sin nada. Le regalé mi tanga y me lo devolvió mejorado. No sé qué más se puede pedir.
—¿Volverías a verlo?
Miré el techo, con el tanga rojo tirado al lado de la cama, y sonreí sin poder evitarlo.
—Ojalá. Y si me lo cruzo otra vez, esta vez le voy a dejar que se corra en mis bragas también. Pero mientras yo las llevo puestas.
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