El taxista que me miró y no pudo tocarme
Llevaba media hora plantada en la acera con los tacones ya clavados entre las baldosas cuando por fin oí el claxon. Aquella mañana era la más importante del año para mí: la editorial Papel y Lumbre había leído los relatos que subo a una plataforma de escritura y quería publicarlos como colección de verano.
Me había vestido para ganar. Falda de tubo negra, americana entallada, tacones altos y una camisa blanca dos tallas menos de la que debería llevar. Un truco viejo: cuando me juego algo importante, me compro la ropa apretada. Me marca las caderas, me sube los pechos y me obliga a caminar recta. Con treinta y cuatro años y un cuerpo que todavía funciona, no me da vergüenza reconocer que sé cómo usarlo.
—Calle Aurora, sesenta y ocho —le dije al conductor al subir.
—Perfecto, señorita.
El taxi arrancó y yo me acomodé en el asiento trasero. Entre el conductor y yo había uno de esos cristales de separación que quedan en los taxis antiguos, un vidrio grueso que amortiguaba el sonido y convertía al hombre de delante en una silueta a medio ver. Los primeros minutos me concentré en el móvil, revisando la presentación.
Diez calles más tarde el coche se detuvo. Y no volvió a moverse.
—Un camión volcado en la ronda, me lo acaban de decir por la radio —me informó el conductor girándose a medias—. Va para largo, señorita. Póngase cómoda.
Fue entonces cuando lo miré por primera vez con atención. Andaría por los treinta y muchos, barba corta color miel, unos ojos claros y unos vaqueros gastados. Un tipo guapo de esos que no se dan cuenta de que lo son. El polo negro se le pegaba al pecho por el calor.
—El aire acondicionado del coche está roto —añadió como leyéndome el pensamiento—. Baje la ventanilla si quiere.
La bajé. No sirvió de nada. El aire de la ronda entraba caliente, cargado de humo de tubos de escape. Agosto en la capital, el pavimento hirviendo, cero brisa.
Para matar el tiempo empezamos a hablar.
—¿Y usted, señorita, a dónde va tan elegante?
—A una reunión con una editorial. A ver si me publican unos relatos que escribí. Y no me hables de usted, seguro que tenemos hasta la misma edad.
—Vaya, una escritora en mi taxi —soltó una risa corta—. Yo soy Damián. Y no soy taxista, en realidad. Mi padre lo es. Se puso malo esta mañana y me pidió que le cubriera. No me denuncies.
—Marina —contesté—. Y estás a salvo. No pienso denunciar al único hombre que puede sacarme de este atasco.
Se rio otra vez y volvió a girarse a la carretera. Yo también fingí mirar por la ventanilla. Pero durante aquel primer cruce de miradas por el retrovisor había pasado algo. Los dos lo sabíamos. Y los dos lo dejamos correr, todavía.
Los minutos empezaron a arrastrarse tan espesos como el aire. El sol le pegaba de lleno al techo del coche y el habitáculo se convirtió en un horno. Las gotas de sudor me nacieron primero en la frente y en el cuello. Sentí una bajarme por el esternón, meterse entre los pechos y perderse en la cintura de la falda. Otra le siguió, y otra más.
La camisa blanca se me estaba pegando a la piel y transparentando el sujetador negro. Me abrí la americana. Me desabroché el primer botón. Luego el segundo. No pensaba, solo tenía calor.
Miré el móvil y una gota me entró en el ojo. Levanté la cabeza para parpadear el escozor y ahí lo pillé. Damián no miraba la carretera. Me miraba a mí, fijo, a través del retrovisor. Tenía los ojos clavados en el hueco de mi camisa, donde la tela mojada dejaba ver un pedazo de teta y el borde negro del sujetador.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, él giró la cara enseguida hacia el parabrisas. Yo no.
Yo me quedé quieta, sosteniéndole la mirada al espejo, esperando a que volviera. Y volvió. Le costó menos de treinta segundos.
Entonces, muy despacio, sin apartarle los ojos, me desabroché otro botón.
Vi cómo tragaba saliva. Vi cómo se le movía la nuez. Escuché, a través del cristal, el pequeño chasquido húmedo de su garganta.
Ya está. Ya pasó.
El pulso se me disparó. No era la primera vez que un tío me miraba, ni la primera vez que yo dejaba que me mirara. Pero había algo en aquel cristal entre nosotros, en la imposibilidad total de que él se pudiera bajar del asiento delantero y venir a por mí, que me puso a mil en menos de un minuto.
Pasé el dedo índice por una gota de sudor del cuello. La arrastré despacio hacia arriba, hasta la boca. Metí el dedo entero, cerré los labios y lo chupé como si fuera otra cosa. Sin dejar de mirarlo por el retrovisor.
Los hombros de Damián se tensaron. Vi cómo su brazo derecho desaparecía de mi campo de visión, cómo se movía por debajo, cómo empezaba a frotar. Escuché el roce lento de su mano contra la tela del vaquero. Estaba tocándose por encima del pantalón, mirándome.
Me subió una descarga por la espalda. La polla se le estaba poniendo dura por mí, a menos de un metro de mí, y no podía hacer nada. Ni él, ni yo. Solo mirarnos.
Los pechos, apretados por la camisa dos tallas menos y por lo cachonda que estaba, terminaron de reventar los últimos botones. Los oí saltar contra el suelo del taxi. La tela se abrió del todo y ahí quedaron mis tetas medio salidas del sujetador negro, botando por el peso, cubiertas de sudor y brillantes bajo la luz de mediodía.
Damián soltó un gemido ahogado, contenido, como si le hubieran pegado un puñetazo en el estómago. Eso me terminó de perder.
Me bajé los tirantes del sujetador y me lo empujé por debajo de las tetas para que quedaran totalmente al aire. Los pezones se me habían puesto duros hacía rato. Me los pellizqué mirándolo, uno con cada mano, tirando de ellos, retorciéndolos hasta que la boca se me abrió sola en una O muda.
—Joder —le oí decir en voz baja al otro lado del cristal.
Escuché el ruido de una cremallera bajando. Un movimiento rápido, un ajuste de postura. Se había sacado la polla. La estaba viendo. Yo no, porque el cristal y el respaldo me la escondían, pero el sonido de su mano deslizándose por su verga era inconfundible. Ese chapoteo mínimo, ese ritmo pausado que estaba a punto de dejar de serlo.
Me subí la falda hasta la cintura de un solo tirón. Debajo llevaba un tanga negro empapado. Empapado de verdad. Me lo aparté a un lado con dos dedos y dejé que él viera todo: los labios abiertos, el clítoris hinchado, el brillo entre los muslos.
Un olor a coño caliente y sudado subió por el habitáculo. A mí siempre me ha puesto ese olor, el mío o el de otra piel cualquiera. Cuando huelo eso sé que estoy fuera de mí.
Metí dos dedos, el índice y el corazón. Los saqué chorreando y me los llevé a la boca. Los chupé despacio, saboreándome, mirándolo. Volví a bajar la mano y esta vez los metí de golpe hasta el fondo, arrancándome un gemido que no traté de disimular.
—Joder, joder, joder —repetía Damián, casi en un susurro rabioso, dándose contra la mano.
Empecé a follármela con los dedos, dos, tres, adentro y afuera, mientras con la otra mano me daba vueltas al clítoris. Podía escuchar mi propio coño, ese sonido húmedo, chapoteante, obsceno, cada vez que los dedos entraban hasta el nudillo. Y podía escuchar los golpes de su puño contra la bragueta abierta, cada vez más rápidos, cada vez más brutos.
Nos mirábamos a los ojos por el retrovisor sin descanso.
En un momento levanté una pierna, apoyé el tacón sobre un saliente de plástico que sobresalía del cristal y me abrí del todo. El coño quedó ofrecido a esos ojos claros que se le salían de las órbitas. Damián estaba rojo, sudado, con la boca abierta, jadeando como si acabara de correr una maratón.
Y ahí me acordé de que la manivela lateral de una de las ventanillas estaba floja. La había notado al bajarla. La agarré. Tiré. Se soltó entera, un cilindro de plástico duro de unos veinte centímetros. La miré. Lo miré a él. Y me la metí en la boca.
La salivé entera, la escupí, la volví a chupar. Cuando estaba brillante, la bajé.
Me la metí en el coño despacio, viéndolo perder la cabeza. Los primeros cinco centímetros, después la mitad, después entera. Empecé a bombeármela imaginándome que era su polla la que me entraba y salía. Con la otra mano me daba círculos al clítoris, apretando, soltando, apretando.
Damián se golpeó la cabeza contra el reposacabezas y empezó a martillearse la verga con una violencia que no le había visto antes. Podía oírlo perfectamente. Ese chasquido rápido, seco, de mano apretada contra polla dura, un pistón furioso. En un momento golpeó el cristal con la palma abierta, dos, tres veces, como queriéndolo romper para llegar a mí.
No podía. Yo lo sabía. Él lo sabía. Y esa imposibilidad me estaba haciendo estallar por dentro.
El orgasmo me vino tan de golpe que casi se me nubla la vista. Todo el cuerpo se me puso en tensión, arqueé la espalda contra el asiento, los muslos se me cerraron sobre mi propia mano y sentí cómo un chorro me salía de dentro, mojándome la mano, el asiento, la falda arremangada. Grité. Grité fuerte, sin cortarme, y el grito rebotó contra ese cristal grueso y le llegó a Damián amortiguado, distorsionado, como si me estuviera corriendo dentro de un sueño ajeno.
Los chorros salpicaron el cristal. Un charco líquido, brillante, le tapó por completo la cara. Yo lo veía borroso al otro lado, agitándose con la polla en la mano y la boca abierta gritando algo que no llegué a oír. Se corrió sin poder verme ya, contra un vidrio manchado por mí, castigado por no haber sido más rápido, por no haber podido salir de su asiento. Ese fue mi pequeño acto de crueldad. Y me encantó.
***
Nos vestimos en silencio. Yo me estiré la falda como pude, me abroché la americana encima de la camisa hecha jirones, me limpié los dedos con un pañuelo. Él tardó más en acomodarse el pantalón. Cuando por fin el tráfico se movió, ninguno de los dos dijo una palabra durante los diez minutos que faltaban para la editorial.
Al llegar, miré el taxímetro. Cuarenta y dos euros. Abrí la puerta, bajé una pierna, luego la otra, y antes de cerrar me giré a mirarlo por última vez. Los ojos verdes le brillaban, pero yo ya estaba fuera de su alcance.
—Gracias por el viaje —le dije con toda la calma del mundo.
Y cerré la puerta sin pagar ni un euro.
Llegué media hora tarde a la reunión de Papel y Lumbre. Los editores no me hicieron el menor reproche. Me confirmaron la colección para el verano y me pidieron un relato más de última hora, algo fresco, algo que remachara la antología.
—Casualmente traigo uno recién escrito —les mentí abriendo el portátil—. Va de una mujer y un taxista atrapados en un atasco, masturbándose el uno para el otro separados por el cristal del coche. No pueden tocarse. Solo pueden mirarse.
La editora se rio y me miró como se mira a alguien que acabas de descubrir.
—Brillante, Marina. ¿De dónde sacas estas cosas?
—De la imaginación —dije apretando los muslos por debajo de la mesa—. A veces es muy mala.
A día de hoy me sigo preguntando si Damián consiguió limpiar el cristal del taxi de su padre. Y si al hacerlo se le volvió a poner dura.
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