La tarde que aprendí a tocarme frente al espejo
Nunca fui la clase de mujer que se guarda cosas. A los veinticuatro años tenía un trabajo que me gustaba, un departamento propio que había firmado con orgullo dos meses atrás y un grupo de amigas que me quería. Y sin embargo había un tema del que jamás hablaba: yo nunca me había tocado. Ni una vez. Ni al pasar. Ni por curiosidad. Nada.
Crecí en una casa donde la puerta del baño se cerraba con doble vuelta y donde mi madre nombraba las partes de mi cuerpo con eufemismos absurdos. Cuando me mudé sola pensé que algo iba a cambiar por el solo hecho de estar rodeada de silencio. No fue así. El cuerpo lo tenía intacto, y también intacta la vergüenza.
La tarde que todo cambió no había nada especial en la agenda. Una reunión larga con el equipo de marketing, un almuerzo apurado y una discusión con Mateo, mi compañero de escritorio, sobre una tipografía para un cliente. Mateo tenía treinta y dos, brazos definidos, una barba corta y un olor a jabón y bergamota que llenaba media sala cuando se sentaba a mi lado.
—A ver, mostrame —dijo, apoyando la mano en el respaldo de mi silla y acercándose para mirar la pantalla.
Me quedé quieta. Su pecho me rozó el hombro. Sentí el calor de su cuerpo a través de la camisa. Fue un segundo, dos a lo sumo, y sin embargo algo bajó por mi columna hasta el fondo mismo del cuerpo, y ahí se quedó vibrando.
—Está bien así, sí —dije, sin girar la cara.
Él volvió a su lugar. Yo tardé cinco minutos en darme cuenta de que estaba empapada.
No podía ser eso. No a mí. No así.
Me metí al baño de la oficina, me encerré y respiré hondo. Con la punta de los dedos, sobre la tela del pantalón, me apreté ahí donde palpitaba. Solo apretar. No tocar. La ropa interior estaba pegada a la piel, tibia, húmeda, y al reconocerlo se me subió la sangre a la cara. Volví a mi puesto sin mirar a nadie.
Camila, mi mejor amiga, me devolvió el mensaje antes de que terminara de escribírselo.
—Contame, ¿qué pasó? —dijo apenas atendí, ya afuera en la vereda.
Le conté todo. Le conté lo de Mateo, el roce, la humedad, el pánico. Camila se rió con esa carcajada ronca que le sale cuando está a punto de decir una barbaridad.
—Renata, escuchame bien. Es lo más común del mundo. Estás excitada. Punto. Andate a tu casa, cerrá la puerta y tocate.
—Yo… —tragué saliva—. Nunca lo hice.
Hubo un silencio corto. Después habló bajo, sin burla.
—Ahora, entonces. Es más fácil de lo que pensás. Empezá por mirarte. En serio. Desnudate, buscá un espejo grande y mirate un rato largo. Después empezá con la mano suave, sin apuro, arriba de todo, en el clítoris. No apures nada. Cuando sientas que estás por venirte, frenás. Y arrancás de nuevo. Vas a saber sola qué hacer.
—¿Y si no puedo?
—Vas a poder. Y me contás.
Colgué mareada, con el corazón golpeando en las costillas. Llegué al departamento, cerré con doble llave, bajé las persianas y encendí solo la lámpara del velador. La luz cayó sobre el piso de madera como una alfombra tibia.
Me paré frente al espejo del vestidor.
Me saqué el saco. Me saqué la camisa. Me quedé mirándome un rato larguísimo en corpiño y pantalón, como si me viera por primera vez. Después me bajé el pantalón, la bombacha y la ropa interior y las puse todas sobre la silla. Cuando terminé estaba desnuda frente a mi reflejo, con las manos colgando a los costados.
Tenía pecho chico, pezones oscuros, un vientre plano con una línea fina de vello que bajaba hasta un pubis prolijo. Los muslos firmes. Las nalgas, un poco más rellenas de lo que a mí me parecía justo. Me llevé las manos a las tetas y me pellizqué los pezones sin pensarlo. Estaban duros, sensibles. Solté un suspiro que no había planeado.
Bueno. Ahora sí.
Me acosté en la cama, con la lámpara detrás y el espejo enfrente. Me abrí las piernas para mirarme. Estaba brillante, hinchada, roja. Me toqué con el dedo del medio, apenas, y el dedo salió mojado hasta el nudillo. La primera vez que me vi los dedos así, se me escapó una risa nerviosa. No sabía si estaba asustada o excitada.
Empecé como me había dicho Camila. Círculos suaves. Arriba de todo, sobre ese punto que latía. Al principio no sentía casi nada porque el nervio me tenía tiesa. Después, poco a poco, el movimiento se fue volviendo autónomo y el cuerpo empezó a responder. Se me curvó la espalda sin querer. Se me abrió más la cadera. Los pezones se me pusieron todavía más duros.
Me pasé la otra mano por la panza, por el pecho, y me apreté una teta con fuerza. Me gustó. Me gustó tanto que me arqueé y solté un gemido corto contra el techo. Nunca había hecho un sonido así. Me sonó ajeno y me sonó bien.
Fui más rápido. El clítoris me palpitaba bajo el dedo, cada vuelta más resbaladiza que la anterior. Me di cuenta de que estaba respirando por la boca, entrecortado, como si acabara de correr. La cadera se me movía sola, buscando el dedo, apretándose contra la mano.
Se me acumuló una presión rara en la parte baja de la panza. Una presión que quería salir. Me asusté y frené. Levanté la mano en el aire, con el dedo brillando, y me quedé mirando el techo hasta que el corazón se me acomodó.
***
Probé algo distinto. Me giré, me puse en cuatro sobre la cama, con la cara al espejo. Verme así, con el pelo cayéndome sobre los hombros, las tetas colgando y el culo levantado, me prendió más de lo que esperaba. Me llevé la mano entre las piernas desde atrás y volví a frotarme. La postura cambiaba todo. Sentía más lleno el sexo, más pesado, y el dedo me alcanzaba lugares nuevos.
Me arriesgué. Me metí un dedo despacio, hasta el segundo nudillo. Dolió apenas, un tirón mínimo, y después el músculo se relajó y me tragó el dedo entero. Solté un quejido largo contra la almohada. Empecé a moverlo, lento, adelante y atrás, mientras con la otra mano seguía buscando el clítoris.
Ahí fue cuando la imagen apareció sola.
Mateo. Su mano en el respaldo de mi silla. Su pecho contra mi hombro. Solo que ahora no estaba la silla. Estaba yo, en cuatro, así como estaba, y él detrás, agarrándome de la cintura con esas manos grandes. Me lo imaginé bajándose el pantalón despacio, sacándose la verga y apoyándomela contra el culo, tibia y dura. Me lo imaginé metiéndomela de golpe, sin preguntar, hasta el fondo, y sujetándome del pelo para arquearme la espalda.
—Ay, la puta madre —susurré, mordiendo la sábana.
Metí un segundo dedo. Me abrí un poco más de lo que aguantaba y me gustó ese ardor. En la fantasía, Mateo me follaba de atrás con embestidas duras, sacudiéndome el cuerpo, apretándome una teta con una mano y el clítoris con la otra. Yo movía la mano al ritmo que él me hacía moverme en la cabeza, y ya no distinguía si el placer era mío o suyo o de los dos.
Me cambié otra vez. Me tiré boca arriba, con el espejo a un costado. Levanté las rodillas, las abrí bien y apoyé los pies en el colchón. Verme reflejada así, abierta, con los dedos entrando y saliendo brillantes, me arrancó otro gemido. Ya no me daba pudor el ruido. Ya no me daba pudor nada.
La fantasía cambió. Ahora Mateo no estaba detrás, estaba encima. Me miraba fijo mientras me la metía despacio, hasta el fondo. Me hablaba al oído. Me decía cosas sucias con una voz baja y ronca. Yo, en la cama real, gemía cada vez que la voz imaginaria me decía «así, mi amor, abrite» o «vas a ser mía toda la noche». Le contestaba en voz alta, sola, en mi cuarto, sin vergüenza.
—Cogeme —dije contra el aire—. Cogeme más fuerte.
El clítoris me latía como un corazón chico entre las piernas. Los dedos ya no me alcanzaban. Busqué en la mesa de luz, medio a ciegas, la punta redondeada del mango del cepillo. Lo agarré, lo apoyé y sin pensarlo me lo llevé abajo. Metí la punta lisa despacio, apenas un poco, y después un poco más. No dolió. Sentí un hormigueo enorme que me subió por dentro.
Empecé a moverlo como si fuera él. Con la otra mano seguía frotándome el clítoris cada vez más rápido. La cama, la habitación, el espejo, todo se me achicó a esos dos puntos: el que empujaba adentro y el que ardía afuera.
La presión de antes volvió, más fuerte. Ahora no la frené. La dejé venir. Me arqueé entera, se me tensaron los muslos, se me trabó el aire en el pecho durante un instante largo. Solté un grito ronco contra las paredes de mi departamento y me vine con una sacudida que me recorrió desde la nuca hasta los pies. Sentí que algo tibio me mojaba la mano, la sábana y el interior de los muslos.
Me quedé temblando, con el pecho subiendo y bajando, mirando el techo entre las pestañas. Tardé un rato larguísimo en volver a sentirme en mi cuerpo.
***
Cuando bajé del cielo, todavía apoyada sobre mi propia mano, me di vuelta a mirarme en el espejo. Tenía la piel manchada, el pelo pegado a la frente, la boca abierta y una sonrisa que no había visto nunca antes. Solté una carcajada corta, incrédula, y me cubrí la cara con el brazo.
Me metí a la ducha caliente y me quedé abajo del agua un rato largo. No pensaba en Mateo ni en Camila ni en el trabajo. Pensaba en mí. En la mujer que había visto en el espejo. En que me había pasado la vida con esa mujer adentro y no la conocía.
Cuando salí, envuelta en una toalla, mandé un audio corto.
—Cami. Ya está.
Me contestó con una fila de emojis y con la promesa de una cena para que le contara todo con detalle. Yo me tiré en la cama, todavía húmeda, y me quedé dormida sin apagar la lámpara.
Esa noche soñé con la oficina, con el olor a bergamota, con las manos grandes de Mateo. Me desperté a las cuatro de la mañana, mojada otra vez, y volví a hacerlo. Más lento, más segura, sin espejo, con los ojos cerrados. Me metí tres dedos y me apreté el clítoris con la palma de la otra mano. Me vine dos veces seguidas y me dormí como una piedra.
Al día siguiente, en la oficina, Mateo me apoyó otra vez la mano en el respaldo de mi silla. Yo lo miré por encima del hombro y le sonreí despacio. Todavía no sabía si me lo iba a coger o no. Pero por primera vez en mi vida, sabía perfectamente qué era lo que quería.