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Relatos Ardientes

El juguete que pedí cuando me quedé sola en casa

Llevo una temporada larga así, encendida por dentro, como si alguien hubiera dejado una brasa entre mis piernas y no se apagara con nada. Si seguís lo que escribo, ya sabréis de qué hablo: probé de todo y nada termina de bastarme. La calentura se volvió permanente, una compañera silenciosa que me acompaña al trabajo, que me distrae en mitad de una conversación, que me despierta de madrugada con el cuerpo pidiendo guerra.

Tengo mis juguetes, claro. Un succionador que hace auténticas maravillas y me lleva al orgasmo en un suspiro, casi demasiado rápido. Y un pequeño vibrador con forma curiosa, gracioso, suave, que vibra bonito pero que se queda corto. Demasiado discreto, demasiado tímido para lo que mi cuerpo me venía reclamando. Necesitaba algo más. Algo que llenara, que pesara, que me hiciera sentir realmente tomada.

Durante días anduve buscando por casa cualquier cosa que sirviera. Soy consciente de lo patética que suena la escena: una mujer adulta abriendo cajones, sopesando el mango de un cepillo, mirando de reojo la pistola de masajes de mi madre con una idea poco decente en la cabeza. Nada. Ningún objeto estaba a la altura de lo que yo imaginaba. Y lo que imaginaba era muy concreto.

Sé que existen mil tiendas online discretas, con catálogos preciosos y envíos en cajas neutras. Pero vivo con mis padres, y la sola idea de que un paquete sospechoso llegara antes a sus manos que a las mías me daba un pánico que cortaba cualquier impulso. Imaginármelos sosteniendo la caja, leyendo el remitente, preguntándome con esa cara… no, imposible.

Entonces llegó la oportunidad. Mis padres se marcharon un fin de semana entero a la costa, a visitar a mi tía Marisol y a desconectar. En cuanto el coche desapareció al final de la calle, supe exactamente lo que iba a hacer. Abrí el portátil, pedí lo que llevaba semanas deseando, y elegí el envío más rápido: en menos de veinticuatro horas lo tendría en mis manos.

El juguete en cuestión era uno de esos vibradores dobles, de los que penetran y a la vez estimulan el clítoris con una especie de brazo extra. Color rosa, silicona suave al tacto, con varios modos de vibración. Lo había mirado tantas veces en la pantalla que casi me lo sabía de memoria.

***

La espera de aquellas horas fue una tortura deliciosa. Cada vez que sonaba un timbre lejano, el estómago me daba un vuelco. Trabajé poco, comí menos, y me sorprendí mojándome solo de pensar en el momento en que abriría el paquete. Cuando por fin el repartidor llamó a la puerta, bajé las escaleras casi corriendo, descalza, con el corazón golpeándome el pecho como si estuviera haciendo algo prohibido.

Firmé con un garabato, cerré la puerta, y subí a mi cuarto con la caja apretada contra el pecho. Dentro venía el vibrador y, de regalo, un pequeño bote de lubricante. Sonreí. No creo que lo vaya a necesitar. Solo de sostener la caja, de saber lo que estaba a punto de hacer en la casa vacía, ya tenía el cuerpo empapado, latiendo, exigiendo.

Lo saqué del envoltorio con dedos impacientes. Lo lavé, lo cargué un rato hasta tener batería suficiente, y durante esa espera me paseé por la habitación incapaz de quedarme quieta. Estaba como en celo. No hay otra forma de decirlo. Como una gata, como una cualquiera, como una mujer que lleva demasiado tiempo conteniéndose y por fin tiene permiso para soltarse.

Me desnudé. Me gustaría contaros que fue lento y elegante, que me deslicé la ropa interior por las caderas con la sensualidad de una película. La verdad es que fue mucho más torpe y mucho más guarro. Me arranqué la camiseta, pateé los pantalones, dejé el sujetador de encaje tirado en cualquier rincón. La necesidad no entiende de poses.

Me tumbé en la cama, sobre las sábanas frescas, con el juguete en la mano y la respiración ya entrecortada. Y entonces hice algo que nunca había hecho con ninguno de mis juguetes: me lo llevé a la boca.

No sé qué me empujó a hacerlo. El cuerpo lo pidió y yo obedecí. Me incorporé, me arrodillé sobre el colchón, y deslicé el vibrador entre mis labios despacio, sintiendo la silicona suave contra la lengua, hundiéndomelo hasta donde aguanté. Mientras tanto, mi otra mano viajó entre mis piernas y me encontré tan húmeda que casi me dio risa. Estaba lista. Llevaba lista desde que firmé aquel garabato en la puerta.

—Mmm… ah… —gemí en voz alta, y hasta yo me sorprendí del sonido.

No iba a hacerme falta ni un vídeo, ni una fantasía elaborada, ni nada. Estaba al borde solo con la anticipación. Mi sexo pedía a gritos ser llenado por aquel plástico empapado de mi propia saliva, y yo no estaba de humor para negarle nada.

Me coloqué a cuatro patas, con la cara hundida en la almohada y el culo en alto, y paseé la punta del juguete por mi entrada, jugando, provocándome. Mis caderas se movían solas, empujando hacia atrás, buscando, pidiendo más. Nunca me había comportado así, tan animal, tan sin filtro, y me estaba encantando descubrirme de esa manera.

Me di un azote fuerte en una nalga al mismo tiempo que me hundía el juguete hasta el fondo de una sola embestida.

—Ah… joder… sí… —jadeé contra la almohada—. Qué zorra estás hecha…

Me insultaba a mí misma y, lejos de avergonzarme, me ponía aún más. Estaba en un estado que no reconocía, mala, sucia, hambrienta. Seguí con el vaivén, primero lento para acostumbrarme al tamaño, y enseguida más rápido, más profundo. Cada embestida me arrancaba un gemido más alto que el anterior. Por suerte la casa estaba vacía y podía gritar todo lo que quisiera.

El ritmo de mis caderas se volvió frenético. Con una mano me sujetaba el juguete y con la otra me pellizcaba los pezones, tiraba de ellos, me daba algún azote suelto cuando el placer me lo pedía. El sudor empezó a caerme por la frente, por la espalda, por el escote. Mis pechos se balanceaban al compás de las embestidas que yo misma me daba, una y otra vez, sin tregua.

—Eso es… guarra… te lo estabas pidiendo… —me susurraba, y solo de recordarlo se me acelera todo otra vez.

Empezaron a fallarme los brazos. Las piernas me temblaban y noté que la presión crecía dentro de mí, distinta a otras veces, más honda, más completa. Aceleré aún más, los azotes más fuertes, los gemidos ya sin ningún control, hasta que un espasmo me recorrió de los pies a la nuca, uno tras otro, en oleadas que nunca antes había sentido con tanta intensidad. Caí desplomada sobre el colchón, boca abajo, con el juguete todavía dentro y los pulmones vacíos.

***

Me quedé un rato así, recuperando el aliento, con la mejilla pegada a la sábana húmeda y una sonrisa idiota en la cara. Y entonces caí en la cuenta de algo: ni siquiera había probado el modo vibración. Había acabado rendida solo con el penetrador, sin tocar el otro brazo, sin descubrir la mitad de lo que aquella maravilla podía darme.

Aquello merecía un segundo asalto.

Me levanté con las piernas todavía flojas y, en lugar de quedarme en la cama, decidí cambiar de escenario. Bajé al salón completamente desnuda, disfrutando de la libertad absurda de pasearme así por la casa sin que nadie pudiera verme. Coloqué a mi nuevo amor —porque a esas alturas ya lo había ascendido oficialmente a amor de mi vida— encajado entre dos cojines del sofá, bien firme, apuntando hacia arriba.

Encendí la vibración. El zumbido grave me erizó la piel antes incluso de tocarlo. Me coloqué encima despacio, sintiendo cómo entraba mientras el brazo extra se acomodaba justo contra mi clítoris, y empecé a cabalgar aquel trozo de silicona que tanto placer me estaba regalando.

—Uff… la vibración… sí… ahh… —gemía mientras subía y bajaba, marcando el ritmo con las caderas.

Esta vez fue distinto. La vibración llegaba a un punto que mis manos nunca habían alcanzado, un sitio profundo que me hacía cortocircuitar. Me sujeté del respaldo del sofá con una mano, me tiré del pelo con la otra, me pellizqué los pezones hasta que dolió justo lo necesario. Cabalgaba cada vez más rápido, perdida del todo, hablando sola sin enterarme de lo que decía.

—Ahh… joder, estoy a punto… mmm… ahh…

En apenas un par de minutos me corrí otra vez, más rápido que en toda mi vida, con un grito que retumbó en el salón vacío. Me dejé caer hacia atrás sobre los cojines, con el sexo empapado, el pelo revuelto, los muslos temblando y el corazón a mil. El juguete seguía vibrando entre los cojines, ajeno, paciente, esperando la próxima.

Me quedé un buen rato tumbada ahí, riéndome sola, pensando en la suerte que había tenido de que mis padres se largaran justo ese fin de semana. Pensando también en todas las cosas que aún no había probado: el resto de los modos, otras posturas, la ducha, la cama de matrimonio cuando no hubiera nadie. Tenía días por delante y una casa entera para mí.

Así que, decidme: ¿creéis que ha sido buena compra? Yo no tengo ninguna duda. Pero me muero por saber de vosotras. ¿Tenéis algún juguetito que os vuelva loca de esta manera? ¿Algún truco, alguna recomendación, alguna confesión que contarme? Os leo con muchas ganas.

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