Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó en mi primera transmisión por webcam

Hola otra vez. Vuelvo con algo de lo que me pasó esta semana, y a estas alturas creo que ya no tengo que aclarar que soy real, ¿verdad? Aunque me sigue dando risa que algunos lo duden. Una mujer normal, con un trabajo aburrido y una cabeza que a veces se va a lugares que no debería. Eso soy.

Tenía pensado contaros lo que viví hace poco con otra mujer, pero esa historia va a tener que esperar. Primero necesito sacarme de encima lo de mi primera transmisión, porque todavía me late raro el coño cuando lo pienso.

Para que entendáis por qué me costó tanto dar el paso, tengo que volver atrás. Mucho atrás.

Cuando Tomás y yo empezamos a buscar gente para conocer, la cosa era distinta. No existían los filtros de ahora, ni los perfiles abiertos, ni esa naturalidad con la que hoy me llegan mensajes. En aquella época, cuando él encontraba a algún hombre que parecía interesante, casi nunca soltaba su número de móvil. La única alternativa era la webcam.

Y a mí la webcam no me gustaba nada. Nada de nada.

Lo hacía solo porque Tomás insistía. Me sentaba delante de la pantalla con los brazos cruzados, esperando a que el otro encendiera la suya, y casi siempre era un desastre. Hombres que prometían una polla enorme y mostraban un pijito triste apenas encendían la cámara. Una especie de cita a ciegas, pero peor, porque no había forma de salir corriendo sin que se notara.

—Dale una oportunidad —me decía él—. No todos van a ser así.

—Todos son así —le respondía yo, apagando la cámara.

No es que Tomás no hiciera su trabajo de filtrar. Lo hacía. Pero en aquel entonces todo era más a ciegas, y yo prefería mil veces leer a alguien durante semanas antes que toparme con un desconocido cascándosela en directo. Hoy es otra cosa. Por el perfil que uso para este divertimento me llegan solicitudes, fotos de pollas duras, presentaciones enteras. Puedo ver con qué me voy a encontrar antes de decir una sola palabra. Antes era encender la pantalla y rezar.

Os cuento todo esto para que entendáis lo grande que fue para mí lo que pasó después.

***

Varios de vosotros me veníais insistiendo desde hacía semanas para que me animara a emitir. «Hazlo», «te va a encantar», «no tienes que enseñar nada que no quieras». Lo pensé un par de veces, le di vueltas en la cama una noche entera con la mano metida entre los muslos imaginándomelo, y al final dije: vale. Probemos.

Lo hice también por una cuestión de orgullo, lo confieso. Quería que supierais que soy real, que detrás de los relatos hay una persona de verdad, una mujer común que a veces se calienta hasta empapar la ropa interior y a veces simplemente se aburre frente a la tele. Porque sí, lo voy a decir: de vez en cuando estoy cachonda. De vez en cuando. No siempre, como algunos pretendéis imaginarme.

La tarde de la transmisión me cambié tres veces de ropa. Tres. Como si fuera a una primera cita. Al final me quedé con una camiseta ancha y unas braguitas negras finitas, convencida de que no iba a enseñar absolutamente nada. Ese era el plan. Hablar, reírme, conocer la dinámica, y cerrar.

Encendí la cámara con el corazón a mil. Me temblaban un poco las manos sobre el teclado.

—Hola a todos —dije, y mi propia voz me sonó extraña.

Y entonces empezaron a entrar. Nombres, saludos, corazones subiendo por la pantalla. Gente que me conocía de los relatos, gente nueva, preguntas que iban demasiado rápido para seguirlas. Me reí sola, nerviosa, y poco a poco me fui soltando.

Me encantó. De verdad. Pero pido paciencia, porque me costó muchísimo entender cómo funciona todo. No sé crear juegos, no sé montar esas cosas que hacen las que llevan tiempo, me perdía con los botones. Los que estuvisteis ahí lo visteis: no soy la típica mujer que emite y termina con dos dedos en el coño en diez minutos. No iba por ahí la cosa.

Salvo por un momento. Un momento que ni yo misma sé cómo ni por qué llegó.

***

En mitad de la transmisión, sin saber muy bien qué hacía, le di a algo. Un botón, una opción, no lo sé. De pronto la pantalla cambió, el resto de las personas desapareció, y me quedé sola con un único usuario. El nombre que aparecía arriba era un apodo en inglés: MrKane.

¿Qué hago aquí sola con este?, pensé. ¿A qué le he dado? ¿Cómo se vuelve atrás?

Estuve buscando la forma de salir durante unos segundos eternos, riéndome por dentro de mi propia torpeza. Y entonces lo entendí. No había sido un accidente del todo. Él había solicitado un privado conmigo, y yo, sin darme cuenta, lo había aceptado.

Un privado. A solas. Con un desconocido sin rostro.

Lo primero que sentí fue ese viejo rechazo de siempre, el de las webcams de hace años. El cuerpo se me tensó. Pero algo era distinto esta vez, y tardé un momento en darme cuenta de qué. Esta vez yo no estaba ahí por insistencia de nadie. Estaba porque había querido. Porque me había animado yo sola.

—Hola —escribió él—. Gracias por aceptar. ¿Te molesta si pongo el micrófono?

Me sorprendió el tono. Nada de exigencias, nada de groserías. Una pregunta, simple y educada.

—No, ponlo —tecleé, y después, con un valor que no sabía de dónde salía, encendí yo también el mío.

Hubo un instante de silencio antes de que hablara. Un silencio cargado, de esos en los que se escucha el zumbido del ordenador y la propia respiración. Yo miraba el icono de su cámara apagada como quien mira una puerta cerrada, sin saber qué había detrás. Me sequé las manos en los muslos. Me reacomodé el pelo. Pequeños gestos absurdos para alguien que ni siquiera podía verme todavía.

Su voz llenó la habitación. Grave, tranquila, de las que no necesitan levantarse para que las escuches. Me contó en dos frases que estaba casado, que no solía hacer esto, que le había llamado la atención cómo hablaba yo, distinta a las demás. Después encendió su cámara.

No mostró la cara. Nunca le vi la cara. Solo su cuerpo de cintura para abajo, la mano apoyada sobre el vientre plano, un bulto duro que ya presionaba contra la tela del pantalón, y la luz tenue de una lámpara detrás. Y aun así, no sé explicarlo, me gustó más ese anonimato que cualquier rostro. Era como si el misterio ocupara el lugar de todo lo que faltaba.

—¿Puedo? —preguntó, y entendí a qué se refería.

—Puedes —dije, y sentí cómo la palabra me salía ronca.

***

Lo vi bajarse el pantalón despacio y sacar la polla. Grande, gruesa, ya medio dura, con el glande brillante asomando bajo el prepucio. Se la envolvió con la mano entera y empezó a acariciársela de arriba abajo, sin prisa, marcándose bien la vena del centro, mientras me hablaba. Y yo, que había jurado que no iba a enseñar nada, me descubrí acariciándome las tetas por encima de la camiseta casi sin pensarlo, notando los pezones endurecerse hasta clavarse contra la tela. Suave. Sutil. Solo para acompañarlo, me dije a mí misma. Solo eso.

Mentira. La temperatura empezó a subir y yo lo sabía.

Apoyé la espalda en el respaldo de la silla y dejé que la cabeza se me fuera hacia atrás un momento. Hacía calor en la habitación, o quizás era yo. La camiseta ancha me rozaba la piel y de pronto fui consciente de cada centímetro de tela contra mi cuerpo. Notaba las braguitas mojándose sin remedio, ese tirón caliente entre las piernas que me pedía atención a gritos.

—Cuéntame qué sientes —me pidió.

Y se lo conté. Le describí lo que pasaba por mi cabeza, cómo me ponía verlo a él sin verlo del todo, cómo me excitaba esa rareza de estar compartiendo algo tan íntimo con alguien que jamás reconocería por la calle. Le dije que se me estaba mojando el coño de verlo cascársela, que llevaba un rato apretando los muslos para calmar las ganas y ya no me servía. Cada palabra que decía en voz alta me encendía un poco más, como si escucharme a mí misma fuera parte del juego.

—No pares de hablar —murmuró—. Tu voz es lo mejor de todo esto. Sigue diciéndome guarradas.

Me llevé la mano dentro de las braguitas sin darme cuenta del momento exacto en que lo hice. Estaba empapada. Más de lo que esperaba, más de lo que quería admitir delante de la cámara. Los dedos se me resbalaron entre los labios del coño y encontraron el clítoris hinchado, latiéndome como un segundo corazón. Me mordí el labio y empecé a frotarlo en círculos lentos, dejando que el placer subiera despacito mientras él respiraba cada vez más fuerte al otro lado, marcándose el ritmo con la mano en la polla.

—Quiero verte —dijo—. Enséñamelo todo.

Dudé un segundo. Un solo segundo. Después me quité la camiseta de un tirón y las tetas quedaron libres delante de la cámara, los pezones tan duros que parecían señalar la pantalla. Me pasé la palma por encima, apretándolos entre los dedos, y solté un gemido corto que no supe contener.

—Joder —le oí decir—. Qué pezones tienes, preciosa. Pellízcatelos otra vez.

Le obedecí. Me los pellizqué con fuerza, retorciéndolos hasta que un latigazo me bajó directo al coño. Con la otra mano me bajé las braguitas hasta los tobillos y las dejé colgando ahí, sin acabar de quitármelas, y separé las piernas apoyando los pies en los brazos de la silla. Le enseñé todo. Los labios abiertos, mojados, brillantes, el clítoris hinchado sobresaliendo, la entrada del coño palpitando pidiendo algo dentro.

—Mírame bien —le dije, sorprendida de mi propia voz—. Mira lo mojada que me has puesto sin tocarme.

—Métete un dedo —me ordenó, la voz cada vez más rasposa—. Despacio. Que lo vea.

Me hundí un dedo dentro, lento, y después otro. Los saqué brillantes, chorreando, y los subí a la cámara para que los viera bien. Después me los llevé a la boca y los chupé, mirando fijo el objetivo, imaginándome que era su polla lo que me estaba tragando.

—Hostia puta —gimió él, y su mano aceleró sobre la polla, arriba y abajo, con el prepucio deslizándose sobre el glande morado—. Sigue así. No pares.

Volví a bajar los dedos al coño y esta vez no jugué. Empecé a masturbarme en serio, dos dedos entrando y saliendo, el pulgar dando vueltas sobre el clítoris, las piernas cada vez más abiertas. El sonido húmedo se oyó claro por el micrófono, un chapoteo obsceno que a él pareció volverlo loco.

—Así —decía—. Justo así. Fóllate para mí. Métete los dos dedos hasta el fondo.

Los metí hasta el fondo. Los curvé buscando ese punto por dentro que me hace perder la cabeza, y lo encontré. Se me escapó un gemido largo, agudo, y sentí cómo se me apretaba el coño alrededor de mis propios dedos. Él tenía la polla brillante, la punta empapada de líquido preseminal chorreándole por la mano, y no dejaba de bombear.

—Me voy a correr —le avisé, con la voz cortada—. Me estoy corriendo ya.

—Córrete —jadeó—. Córrete conmigo. Enséñame cómo te corres.

Me corrí mirando una cámara, escuchando una voz sin cara, con dos dedos clavados en el coño y el pulgar aplastándome el clítoris. El orgasmo me sacudió entera, las piernas me temblaron y se me escapó un grito que llené con su nombre inventado, ese MrKane que me sonaba a extraño y a mío al mismo tiempo. Sentí el coño contrayéndose una y otra vez alrededor de mis dedos, expulsando líquido caliente que me bajó por el interior de los muslos hasta el borde de la silla.

Y él terminó casi al mismo tiempo, soltando un gemido ronco largo mientras la corrida le brotaba a chorros de la polla, blanca y espesa, cayéndole sobre la mano, sobre el vientre, sobre la tela oscura del pantalón bajado. Vi cómo se apretaba la punta para exprimir hasta la última gota, todavía moviendo la mano despacio, alargando el placer.

Nos quedamos quietos los dos, recuperando el aire. Yo con las piernas todavía abiertas, los dedos aún dentro del coño empapado, la mejilla apoyada en el hombro, riéndome bajito de pura vergüenza y de pura satisfacción a la vez. Él con la mano llena de semen y la polla aún hinchada, latiéndole entre los dedos.

—Eres la primera —le dije, sin pensarlo.

—¿La primera en qué?

—En esto. En un privado. En verme correr así. No sé ni cómo llegamos aquí.

Lo escuché reírse, suave.

—Entonces me alegro doblemente —respondió.

***

Dejo aquí lo que pasó en ese privado. No hace falta que os cuente cada detalle más; lo importante no fue lo que vio él, sino lo que descubrí yo. Que después de tantos años huyendo de las webcams, de tantas citas a ciegas que detestaba, lo que me faltaba era simplemente hacerlo a mi manera, cuando yo quisiera y porque yo quisiera.

Uff, gracias, desconocido, por esa corrida. Fuiste el primero. Ojalá algún día leas este relato y te reconozcas en él, aunque yo nunca sabré quién eres.

Me costó dormirme esa noche. No por la calentura, que ya se había ido, sino por la sensación nueva de haber cruzado una línea que llevaba años mirando desde lejos. A veces las cosas que más nos asustan son las que estábamos esperando sin saberlo.

Así que ya lo sabéis: me animé, y no me arrepiento ni un poco. Habrá más transmisiones, supongo, aunque todavía tenga que aprender mil cosas. Y la próxima vez que alguien me pida un privado, puede que ya no me pille tan desprevenida.

Aunque, entre nosotros, una parte de mí espera que sí, y que la polla del próximo sea tan gorda como la de MrKane.

Hasta la próxima.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(9)

GabiK_77

excelente!!! uno de los mejores que lei ultimamente

Claudio_Baires

Por favor una continuacion, quede con muchas ganas de mas. Muy buen relato!

PaolaCba99

Me encanto como lo contaste, se siente autentico sin ser burdo. Ese momento de tension al principio esta muy bien logrado. Sigue subiendo mas historias asi!

LuciaMar22

increible, no pude dejar de leer hasta el final!!!

ElChuscoLector

jaja me imagino la cara cuando ese usuario pidio quedarse a solas... tremendo momento, muy bien contado

NicolasD22

Muy bien narrado. Se siente como si uno estuviera ahi viviendo cada momento. Espero que haya mas relatos de este estilo.

Fer_Neuquen

buenisimo

SoniaMdp

Me hizo acordar a la primera vez que hize algo asi de arriesgado, esa adrenalina mezclada con curiosidad no tiene precio jaja. Muy bueno el relato

Matias_Roque

Que buen estilo para contar esto. Se hace corto, queremos mas :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.