Las fotos de mi vecina me atraparon en la oficina
Mariana entró al ascensor con la cabeza puesta en otra jornada idéntica a las demás. A mitad de bajada, las puertas se abrieron y subió Carolina, arreglada para una fiesta que ya había terminado: el pelo suelto, el maquillaje de la noche anterior intacto y un vestido sencillo que le marcaba el cuerpo.
—Hola, Carolina. Qué raro verte tan temprano. ¿Recién te levantás? —preguntó Mariana.
—No, no… —la chica soltó una risita—. Todavía no me acosté. Estuve toda la noche de fiesta con una amiga. Y se nos sumó Dante. Fue increíble.
—¿Dante? Anoche no escuché nada por el pasillo.
—Es que no vinimos acá. Terminamos en un hotel.
—¿Tu amiga también? —Mariana abrió mucho los ojos.
—También. Por eso fue tan divertido. La pasamos genial los tres.
—Me alegro por ustedes. Está bueno soltarse de vez en cuando.
—¿Y vos? ¿Te divertiste algo últimamente? Con el vecino que tenés, deberías estar pasándola muy bien.
—Ya te dije que Dante no me atrae. Hasta me da un poco de miedo… su tamaño.
—Sí, ya sé. Es solo que… —Carolina la miró de reojo—. Che, nunca más me escribiste. Me habías prometido contarme los chismes nuevos y mandarme fotos, y no me llegó nada.
—Ay… ¿de verdad las querés? No te mandé nada porque pensé que te iba a incomodar. Te hablé de esas fotos en un momento de calentura y creí que me habías seguido la corriente para no dejarme mal parada.
—Después de esa charla me quedé con ganas de verlas —admitió Mariana—. Y pensé que algún día nos íbamos a juntar a hacer algo. Charlar, salir a tomar algo. Siempre que no involucre «divertirse con Dante», si me entendés.
Carolina sonrió.
—Qué bueno que tengas interés de verdad. Me había quedado mal, sentí que me había comportado como una calentona al pedo con vos.
—Solo un poquito —se rió Mariana—. Pero sirvió para romper el hielo. Mandá lo que quieras cuando quieras, lo miro con calma cuando vuelva del trabajo.
—Genial. Y… solo para estar segura. ¿Te puedo mandar fotos de lo que sea?
—Mandá lo que quieras, no me voy a escandalizar por nada. —A Mariana le tembló apenas el labio al decirlo. En el fondo no le interesaban las fotos subidas de tono; lo que quería era una amiga con la que hablar de cosas íntimas sin filtro—. Al contrario, me pone contenta que confíes en mí.
—Ay, gracias. Me va a hacer bien compartir esto con alguien. —Carolina le dio un beso en la mejilla y, cuando el ascensor se abrió, cada una se fue por su lado.
***
El teléfono de Mariana vibró durante toda la mañana. Lo ignoró: los mensajes de Carolina podían esperar al final de la jornada. Pero a eso de las diez se le abrió una de esas horas muertas que tanto detestaba.
Era eficiente, demasiado. Las ocho horas le sobraban casi siempre, y eso la dejaba con un tiempo libre que no sabía cómo llenar. Avisar que no le quedaba nada por hacer era peor que disimular: enseguida le cargaban el trabajo de los demás. Así que aprendió a desaparecer dentro de su oficina, un cuartito pequeño pero suyo, donde nadie la molestaba.
Después de cinco minutos de aburrimiento se acordó de los mensajes y los abrió. Suponía que encontraría algo subido de tono, pero no le preocupó: estaba sola, con la puerta cerrada, y podía hacer lo que quisiera mientras no entrara nadie.
Las primeras imágenes la dejaron sin aire. Le había dicho a Carolina que le mandara «lo que fuera», pensando en fotos del chisme de Beatriz, o quizá de la fiesta. No imaginó que ese «lo que sea» incluiría fotos de la propia Carolina, completamente eróticas. No eran imágenes con Dante ni de sus encuentros con la amiga. Eran las típicas fotos que una chica le manda al tipo que le gusta para mantenerlo caliente.
Carolina tenía un cuerpo privilegiado, más joven, más firme. Mariana sintió una punzada de envidia: ella sudaba horas de gimnasio para mantener las nalgas en su sitio, y aquella chica podía pasar semanas sin correr y su culo seguía igual de redondo y macizo. En varias fotos se mostraba de frente y de espalda, dejando ver cómo las tangas diminutas le marcaban el sexo; en otras, de primerísimo plano o reflejada en un espejo, se exhibía entera. Pensó que la noche que la chica había dormido en su cama no se había fijado en lo bonita que era.
No entendía por qué esas imágenes le encendían el cuerpo. Que una mujer atractiva tuviera magnetismo, eso lo aceptaba. Lo que no le cerraba era por qué se estaba mojando tanto al ver un video de Carolina tocándose. Terminó culpando a dos cosas. La primera: estaba mirando esto en el peor lugar posible, su oficina, y ese riesgo le despertaba un morbo que no sabía que tenía.
El segundo motivo era más enredado para su cabeza heterosexual: Carolina parecía estar dedicándole el video a ella. Como si dijera: «mirá, Mariana, así me toco pensando en vos». Sabía que no era cierto, que esa grabación era vieja y tenía otro destinatario, pero su mente jugaba con la idea, y la idea la excitaba más de lo que hubiera querido admitir. Si alguien se masturba por mí, eso me alimenta el ego. Seguro Esteban, su novio, cuando miraba porno fantaseaba con que esas mujeres se tocaban por él. Ella tenía el mismo derecho.
Tampoco le molestó que en las poses se sumara la amiga de Carolina. No recordaba su nombre: le bastaba con sus tetas chicas de pezones hinchados, su cintura de avispa y unas piernas de deportista. Verla de espaldas, abriéndose las nalgas frente a la cámara, bastaba para entender que estaba muy buena.
Sin darse cuenta, Mariana había empezado a acariciarse por encima del jean ajustado que se había puesto esa mañana. Las imágenes se volvían más intensas y sus dedos también. Vio a las dos chicas besándose desnudas, hasta que llegó el primer video largo: Carolina se zambullía entre las piernas de su amiga y se entregaba a lamerla con un hambre que no le conocía.
Uy, se animó. No lo puedo creer. Se desprendió el botón del pantalón. Algo en ese video la empujó a meter la mano dentro y no le costó nada confirmar lo que ya sabía: estaba empapada.
Nunca antes había hecho la locura de tocarse en el trabajo, ni de mirar porno ahí. Pero lo estaba haciendo, sin pensarlo. La paja se volvió más urgente cuando aparecieron las dos chicas turnándose para chupar a Dante: apenas conseguían meterse la punta en la boca, el resto quedaba afuera. Cuando Carolina le contó lo del trío, Mariana ya había imaginado que las dos cederían tarde o temprano.
Estaba bien instalada, con el celular apoyado en el soporte que usaba para trabajar, una mano en el pecho y la otra entre las piernas, casi como si hubiera preparado el escenario.
Y entonces la puerta se abrió.
A Mariana por poco le da un infarto. Todo su mundo se congeló cuando vio entrar a Aníbal Vergara, su jefe.
En un reflejo torpe intentó sacar la mano del pantalón, pero la tela estaba demasiado ajustada y los dedos quedaron atrapados. Sí alcanzó a retirar la otra mano del pecho, aunque al hacerlo dejó la camisa abierta de más. Se había desabrochado los primeros botones para tocarse con libertad, y parte de su corpiño de encaje blanco había quedado a la vista, justo al límite de los pezones.
Aníbal le sonrió, como hacía con todos, pero la sonrisa se le apagó al notar que algo no encajaba. No era solo el escote, ya la había visto lucir su cuerpo otras veces. Era otra cosa que no terminaba de identificar.
Por suerte para ella, el escritorio la protegía: de la cintura para abajo, él no veía nada.
—Hola, Mariana. ¿Estás bien? —preguntó.
—Hola, Aníbal. Sí, todo bien. ¿Por qué? —Habló con una sonrisa forzada mientras intentaba liberar la mano. Lo peor era que dos dedos seguían bien metidos dentro de ella. Literalmente le estaba hablando a su jefe con los dedos adentro. Pero cualquier movimiento brusco la delataría, así que optó por la quietud y por rezar.
—Estás transpirada… y agitada, como si… —como si me hubiera estado haciendo una paja, completó ella en silencio—, como si hubieras salido a correr.
—Subí la escalera más rápido de la cuenta buscando una carpeta abajo. A veces sobreestimo mi estado físico.
—Esas escaleras son un infierno —dijo él, y se sentó frente a ella con una sonrisa ensayada mil veces frente al espejo.
A Mariana le fastidiaba que medio piso suspirara por ese tipo. Sí, tenía buen cuerpo, espalda ancha y el pelo negro peinado con desprolijidad estudiada; a sus cincuenta años, de no ser por las canas, habría pasado por uno de treinta y cinco. Atractivo, no lo negaba. Pero ella no quería ser una más del rebaño que babeaba por él.
Aníbal empezó a preguntarle por la tarea que tenía entre manos. Ella respondía haciendo un esfuerzo descomunal por no jadear, con los dedos cada vez más resbaladizos y el pulgar que, por más que se ordenaba quedarse quieto, seguía rozándole el clítoris. Quieta, Mariana. Quieta. Para colmo, la pantalla del celular había quedado encendida, repitiendo en loop a Dante penetrando a las dos chicas en cuatro patas sobre un sillón.
Mientras él seguía con la cháchara laboral, ella asentía intentando dominar la respiración. Era evidente que el tipo le miraba el escote, y eso jugaba a su favor. Eso, mirame las tetas y no mires nada más. Mientras él estuviera hipnotizado arriba, no notaría lo que pasaba abajo. Para sostenerle la mirada en el lugar correcto, infló el pecho como una vedette en escena, con los pezones dibujándose en la tela fina de la camisa.
—Bien, Mariana. Mandame por mail el informe que te pedí y no te robo más tiempo. —Aníbal se puso de pie, echó un último vistazo a ese escote escandaloso y sonrió—. Se ve que la escalera te dejó acalorada, estás transpirando. Hablamos después.
Cuando se quedó sola, Mariana quiso pausar el video y, sin querer, deslizó el dedo por la pantalla. Eso arrancó el reproductor del siguiente clip. Un error.
Ahora la amiga de Carolina estaba boca arriba, las piernas bien abiertas, recibiendo a Dante mientras la propia Carolina le lamía el clítoris. Mariana se preguntó qué se sentiría que alguien te chupara mientras te penetran. Había probado esas dos cosas por separado, nunca juntas; debía ser demoledor. Sus dedos siguieron moviéndose solos, como un autómata. Simplemente había dejado de pensar.
En el video, Carolina alternaba entre el sexo de su amiga y la verga de Dante, y fue en una de esas chupadas cuando Mariana se llevó la sorpresa: un chorro blanco salió disparado y fue a dar dentro de la boca de Carolina, que lo recibió feliz. No alcanzó a retenerlo todo, así que parte saltó sobre el sexo de la amiga, y ella lo limpió después con la lengua.
Mariana no habría podido explicar por qué esa escena la encendió tanto. Pero había algo en la entrega de Carolina que le resultaba magnético. Le costaba creer que una vecina con quien se cruzaba en el ascensor hiciera estas cosas. Pensaba que solo pasaban en las películas, y todo parecía sacado de una, salvo que detrás no había ninguna productora. Solo tres personas con muchas ganas.
Empujada por una calentura que pocas veces había sentido, cometió otra locura. En vez de retirar la mano, se bajó el pantalón y la tanga hasta los tobillos. Abrió las piernas, apoyó la espalda en el respaldo y se hundió los dedos con ganas. También se manoseó los pechos y dejó que el izquierdo se liberara del corpiño hasta soltar el pezón.
Disfrutó de unos minutos de placer ininterrumpido. Sentía cómo subía la temperatura del cuartito y cómo su humedad iba a manchar la cuerina de la silla. Soy un desastre, se dijo, riéndose sola. Toda la situación le parecía peligrosa y por eso mismo deliciosa. La confianza venía de la absurda certeza de que ya nadie la interrumpiría. El pecho le subía y bajaba, el sudor le rodaba por la frente, y estaba cada vez más cerca: su cuerpo ya empezaba a temblar, anunciando un orgasmo enorme.
Justo entonces la puerta volvió a abrirse.
A Mariana se le subió el corazón a la garganta. Pensó que esta vez no había escapatoria, que la habían sorprendido en pleno acto y que estaba acabada.
Aníbal había vuelto, y esta vez venía con Gerardo Solís, el jefe de contaduría. Un hombre gris, de sonrisa bonachona y pelo corto muy prolijo, que la miraba detrás de unos anteojos que parecían empañársele por segundos.
—Como le decía, Gerardo, las ganancias del próximo semestre dependen de…
La sonrisa de los dos se borró al ver que Mariana, además de transpirada, tenía un pecho casi fuera del corpiño y el otro a punto de seguirlo, las mejillas encendidas y la cara descompuesta.
—¿Se siente bien, señorita Aguilar? —preguntó el contador, acomodándose los anteojos para echar un buen vistazo a ese pecho que asomaba—. Parece… ejem… enferma.
—Estás muy transpirada, Mariana, y dudo que sea por las escaleras —dijo Aníbal—. ¿Qué te pasa?
La mente de Mariana corrió. Esos hombres no veían lo que pasaba bajo el escritorio, ni sabían lo cerca que estaba de acabar. Si era astuta, podía salir de esta.
—Perdón, Aníbal… No dije nada antes porque no quería que me mandaran a casa, pero me siento muy mal. Creo que tengo fiebre y… uff… —dos dedos se movieron un milímetro y eso bastó para acercarla un paso más al estallido—. Me duelen mucho los ovarios. No sé qué será.
—¿Llamamos a un médico? —preguntó Gerardo, dando un paso con la clara intención de rodear el escritorio.
—¡No se acerquen! —exclamó. Los dos se frenaron en seco—. Por las dudas. Capaz tengo algo contagioso. Con un poco de… ah… mmf… reposo alcanza. —Esos gemidos eran inequívocamente sexuales, pero si la creían enferma, los oirían como quejidos de dolor.
—Entonces andá a tu casa a descansar —dijo Aníbal—. Estás peor de lo que pensás. No descartes pasar por el médico.
—¿Peor? —Mariana cayó en que se refería al pecho que se le escapaba del corpiño. Pobrecita, está tan mal que ni se da cuenta de que se le ven las tetas.—. Puede ser… estoy un poco mareada… ahh… —Se pasó la mano por el cuello sudado y bajó hasta el pecho libre con los ojos cerrados, dándose el aspecto de alguien que delira de fiebre. Por debajo, los dedos no le obedecían.
—Ay… uf… cómo me duele —dijo, porque era lo único que justificaba esos jadeos. Un espasmo la sacudió y no le quedó más remedio que dejar salir el placer en silencio—. Prometo que voy al médico. Dios… ah…
Infló el pecho para mantener la vista de los dos arriba, donde ella quería. Le funcionó: ambos seguían el vaivén de sus tetas como hipnotizados. Acomodó los pies bien debajo de la silla para que su ropa no se mojara, lo que la obligó a abrir más las piernas. Un botón de la camisa cedió, incapaz de aguantar la presión, y los dos hombres retrocedieron, asustados.
Mariana se mordió el labio, se sacudió y dejó que el orgasmo la atravesara entero, moviendo la mano con el mayor disimulo posible. Cuando logró recuperar algo de aire, se inclinó hacia adelante y apoyó los brazos en el escritorio.
—¿Podrían dejarme sola un rato? —pidió, en un intento desesperado. No iba a poder fingir mucho más.
—Vamos, Gerardo. La señorita Aguilar necesita privacidad —dijo Aníbal—. Mariana, te damos diez minutos. Si no salís, entramos y llamamos una ambulancia.
—Clarísimo… sí… —murmuró entre jadeos—. Si puedo salir por mis propios medios, me tomo un taxi y me voy directo a casa.
—Date una ducha bien fría —recomendó Gerardo, sin despegar los ojos de su pecho y con un bulto en el pantalón que ya no podía esconder con la carpeta—. Tenés la cara muy roja.
Los dos abandonaron la oficina y, por fin, quedó sola. Liberó los pies del pantalón, los apoyó sobre el escritorio en un gesto descarado y, sabiendo que el bullicio de la oficina tapaba todo, se permitió jadear y acabar una vez más, hasta que su cuerpo le dijo que ya era suficiente. Ahí se detuvo en seco.
Recobró el aliento, se puso de pie de un salto y actuó rápido. Con pañuelos descartables secó el escritorio y la silla; con la alfombra no pudo hacer mucho, hasta que se le ocurrió la excusa perfecta. Se vistió, guardó el celular en el bolso y salió disparada antes de que su jefe pudiera asomarse. Aníbal la esperaba afuera, con cara de preocupación, y de paso le robó un vistazo más al escote, que aún transparentaba porque ella se había echado agua en la cara antes de salir.
—Creo que mojé la alfombra, perdón —se disculpó—. Necesitaba refrescarme.
—No te preocupes. Hiciste bien, es obvio que tenés fiebre. —La mano de él se acercó, buscando tocarle la frente. Ella la esquivó a tiempo.
—Mejor vuelvo a casa y me doy una ducha fría. Estoy muy caliente… —El doble sentido le resultó divertido—. No hace falta que me pidas un taxi, ya lo pedí.
Era mentira. Lo único que quería era llegar al estacionamiento, subirse al auto y volver a casa. Y así lo hizo.
Camino a casa se sintió fatal. Se había comportado como una calentona sin medir consecuencias, por culpa de Carolina y de Dante. Para colmo había dejado la jornada sin terminar, y para sostener la mentira tendría que pedirse el resto de la semana. Mucha gente festejaría cinco días de descanso. Mariana no: odiaba el tiempo libre, nunca sabía qué hacer con él.
La esperaba un fin de semana largo, cargado de culpa.