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Relatos Ardientes

El maniquí que guardó mi fantasía aquel verano

Mi padre me consiguió un trabajito para las vacaciones de aquel primer verano después de empezar la universidad. Decía que no quería verme dando vueltas por casa sin rumbo, que la experiencia me serviría para entender el esfuerzo que cuesta ganarse la vida. Yo solo pensaba en el dinero extra para mis caprichos, así que no protesté demasiado.

La verdad es que la idea no me entusiasmaba. Los veranos anteriores mis únicas obligaciones eran aparecer a la hora de comer y a la de dormir. Pero hacerse adulto traía consigo deberes nuevos, y terminé aceptando un puesto de ayudante administrativo en una tienda de ropa que me habían encontrado a través de conocidos.

Mis tareas eran sencillas y variadas: abrir el correo, ordenar facturas, clasificar y archivar papeles de todo tipo. Cosas tranquilas, adecuadas a alguien sin experiencia como yo.

Una de mis funciones era repartir las nóminas cada viernes. Mi jefe me dio instrucciones precisas sobre cómo hacerlo. Al ver mi cara de extrañeza frente al abultado fajo de sobres, me explicó que desde nuestra oficina también se llevaba la gestión del local de al lado: una tienda de ropa femenina donde, además de vender, confeccionaban y arreglaban vestidos de fiesta.

Poco después descubrí que allí trabajaban dos dependientas, tres modistas y dos aprendizas. Eran más o menos de mi edad, y se me hizo un nudo en la garganta apenas las vi. Eran preciosas. Carolina tenía el pelo corto, rizado y muy negro, de formas redondeadas, un poco llenita y tremendamente sensual. Daniela, en cambio, era rubia, de melena lisa, bastante más alta y delgada, con ese aire de muchacha a la que el cuerpo todavía no le ha terminado de redondear las curvas.

Carolina se mostraba amable y conversadora conmigo. Daniela era pura timidez y recato, bastante parecida a mí, que por aquel entonces seguía siendo un chico inseguro y fácil de ruborizar.

Las modistas, mujeres mayores y con mucho mundo, enseguida tomaron las riendas de la situación y empezaron a bromear sobre cómo podrían emparejarnos.

—Vamos, chicas… no dejéis que se vaya sin sacarle una cita.

—Qué muchacho tan guapo. Si yo tuviera vuestra edad, ya le estaría tirando los tejos.

—Carolina, no seas tímida y quédatelo para ti. Adelántate antes de que esa te lo robe.

Hablaban de mí como si fuera una mercancía cualquiera. No me gustaba del todo, pero en el fondo me sentía halagado y me dejaba querer a pesar del sonrojo. Aquel grupo de mujeres era mucho más desenvuelto e incisivo que yo, y eso me intimidaba. Al volver a la oficina no pude disimular el nerviosismo, lo que desató las risas y las bromas de mi jefe, que interpretó a la perfección lo que había pasado.

***

El día siguiente era sábado y había que entregar unos pedidos terminados desde hacía días. Los paquetes estaban en el piso superior del local de al lado, que hacía las veces de almacén.

—Ve a por los paquetes. Dile a una de las chicas que te ayude a bajarlos, que la clienta tiene prisa —me ordenó el encargado.

No sabía cómo pedírselo directamente a ninguna de ellas, así que se lo dije a una de las modistas para que fuera ella quien lo organizara.

—Patricia, acompaña por favor a este chico al almacén y ayúdalo a traer unos paquetes.

—¿Por qué yo? Sabes que me da pánico subir al trastero. Está oscuro y lleno de telarañas —respondió ella al instante.

—No importa, ya voy yo solo —dije, para que mi petición no se convirtiera en motivo de discusión.

Subí solo, con la intención de recoger los paquetes deprisa y terminar cuanto antes. Arriba todo estaba cerrado a la luz del sol, las habitaciones a oscuras y en silencio. Nadie me había dicho dónde estaban exactamente las cajas, así que tuve que buscarlas. En un rincón, entre cajas y telas amontonadas, me topé con un maniquí desnudo de mujer.

Aunque fuera un muñeco de plástico, sentí un impulso absurdo de acercarme a tocarle los pechos. Me dio vergüenza lo que estaba a punto de hacer, pero eso no me detuvo. Le pasé la mano por encima de aquellos bultos que imitaban el busto de una mujer. No tenía pezones, pero la forma era sorprendentemente realista. Me sentí excitado y molesto conmigo mismo al mismo tiempo.

Era la primera vez que tocaba unos pechos de esa manera. Sabía perfectamente que eran de plástico y, aun así, me excitaba imaginar que podían ser los de una chica guapa, como Carolina o Daniela, las aprendizas que en ese momento estaban un piso más abajo.

Nadie iba a verme. Me coloqué a su costado y empecé a manosearlo como si fuera mi pareja. Primero le puse la mano en la cadera y después la deslicé hasta el trasero. Qué culo tan perfecto tiene.

Estaba tan caliente que necesitaba sacármela. Bajé la mano hasta el pantalón, me liberé y empecé a frotarme. Con la otra metí los dedos entre las piernas de plástico y fingí que acariciaba un sexo que no existía. Me masturbé con ganas, cada vez más rápido, y perdí por completo la noción del tiempo y del lugar. No paré hasta que terminé en varios chorros y me encogí, sacudido por un orgasmo brutal.

Al bajar pasé por delante de las chicas y noté cómo me ruborizaba, inseguro, sintiéndome culpable por lo que acababa de hacer. Si ellas lo supieran, me moriría de vergüenza. Tropecé y por poco se me caen todos los paquetes, que sujetaba a duras penas contra el pecho para acabar pronto con el encargo.

Las modistas se dieron cuenta de mi turbación y creyeron que la causa eran las dos aprendizas. Empezaron las bromas a mi costa y las risas resonaron por todos los rincones. Carolina y Daniela guardaron un silencio prudente, aunque por dentro se sentían halagadas e inquietas.

***

El viernes siguiente volví con los sobres de las nóminas. Se habían puesto de acuerdo y me tenían preparada una sorpresa.

—Carolina tiene que subir al almacén a buscar unos patrones, pero no se atreve porque le dan miedo los ratones —dijo una de las modistas—. ¿Puedes acompañarla para que se sienta segura?

Todas las mujeres de la sala me pidieron a coro que la acompañara en «tan peligrosa misión». Me puse colorado solo de pensar que íbamos a quedarnos a solas en el último piso, en el mismo sitio donde la semana anterior me había masturbado junto al maniquí. Menos mal que ese no puede irse de la lengua.

Cuando Carolina se levantó de su mesa de trabajo, tuve que tragar saliva varias veces para no atragantarme. Llevaba una minifalda plisada tan corta que parecía pensada únicamente para resaltar su trasero redondo.

Al ver mi reacción, las mujeres no pudieron contener las risas ni los comentarios sobre el cuidado que debía poner al subir las escaleras. Estaba claro que lo tenían todo perfectamente planeado.

Y, en efecto, la tarea resultó complicada justo en la medida adecuada para que «el chico» tuviera que acompañar a la dama.

Carolina subió delante de mí por la escalera estrecha y oscura. Yo no podía mirar a ningún otro sitio que no fuera su trasero. El sube y baja de sus nalgas me tenía completamente atontado. La erección era tan brutal que me dolía al subir cada peldaño.

Al llegar al tercer piso ya no había forma de ocultar el bulto del pantalón. Carolina, sin mirar siquiera hacia esa zona, sabía perfectamente lo que me pasaba y lucía una sonrisa pícara. Debía de estar confirmando en primera persona todo lo que las demás habían pronosticado.

—Ve tú delante, que a mí me da miedo —me dijo.

Mientras avanzábamos por el pasillo casi a oscuras, sentí cómo se pegaba a mí con la excusa de sentirse más protegida. Su pecho se aplastaba contra mi espalda y me sujetaba por la cintura con las dos manos.

Pasamos junto al maniquí, que pareció mirarme con cierta tristeza, quizá con celos.

Hoy me excita una chica de carne y hueso, pensé al cruzar a su lado, como tratando de justificarme. No tenía ninguna duda de hacia dónde iba.

Al llegar a la sala de los patrones, Carolina, muy decidida, trajo una escalera de mano y la colocó para alcanzar la balda de arriba.

—Sujétamela, por favor, no me vaya a caer —dijo, y enseguida se encaramó tres peldaños.

El borde de su falda quedó justo a la altura de mi cara. Bastaba con que me agachara un poco para verle los muslos, las braguitas y aquellas nalgas firmes. Ella tenía que saber que, mientras revolvía las cajas buscando los patrones, yo la estaba mirando. Pero venció su pudor y me dejó mirar.

—Me parece que en esta caja no están —dijo con tono de fastidio.

Bajó, movió la escalera a un lado y volvió a subir. La visión perfecta de su intimidad se repitió, y a duras penas pude disimular la erección que me palpitaba.

Su culo quedó otra vez justo delante de mi cara, y la erección ya no podía crecer ni un milímetro más. Empezaron a dolerme los testículos y creo que jamás había pasado un rato tan tortuoso. Si supiera que ella también lo deseaba, intentaría algo. Pero no me atrevía. Nunca habíamos tenido el menor contacto. Si me lanzaba y ella lo interpretaba mal, podía poner en peligro mi trabajo.

Carolina, tras buscar en varios sitios, por fin encontró lo que necesitaba.

El camino de vuelta lo hicimos rápido. Al pasar frente al maniquí le lancé un gesto cómplice. Aquel montón de plástico el otro día me había dado mucho placer y no me había hecho sufrir como Carolina.

Ya en el taller, al cruzar entre las mujeres, no pude disimular mi turbación ni mi vergüenza. Me observaban expectantes, intentando deducir lo que había sucedido estando los dos a solas en el desván.

Enseguida lo intuyeron. Por lo visto, Carolina había bordado el papel que le habían asignado, y yo había quedado en evidencia por no atreverme a vencer mi timidez. Empezaron de nuevo las bromas y todas reían divertidas con la situación que tan bien habían preparado.

—¿No habrás dejado la escalera apoyada sobre las cajas? —me preguntó la encargada.

Ante mis dudas, me ordenó que volviera a subir y la dejara en el suelo para evitar que se cayera. Subí deprisa, deseando acabar cuanto antes con la aventurilla de las costureras y regresar a la calma de la oficina.

***

Al llegar arriba, en el rincón, el maniquí me miraba con una clara sonrisa de complicidad. Sin pensarlo demasiado, alargué la mano y le toqué el trasero, tal como me hubiera gustado hacer con Carolina. A pesar del tacto frío del plástico, sentí algo muy especial.

Me coloqué a su lado y empecé a acariciarlo. Cerré los ojos y vi a Carolina. Volví a tener una erección tan potente como la de antes. Yo mismo me sorprendí de lo real que resultaba imaginarla mientras tocaba al muñeco.

Con los ojos todavía cerrados, me llevé la mano a la bragueta, la desabroché y me liberé. Estaba a punto de estallar. Me di unos meneos y sentí que me fallaban las piernas. Apreté el culo y me froté con ganas. Enseguida me corrí pensando en Carolina, la aprendiza de modista.

Abrí los ojos, plenamente satisfecho. Qué buena me la acabo de pasar.

Y entonces, en el marco de la puerta, descubrí la silueta de alguien que llevaba un rato observándome. Era Carolina, que había subido a disculparse por haberse prestado a ser el cebo de la broma que me habían gastado. Por la forma en que me miraba, mordiéndose el labio sin decir nada, comprendí que aquel verano todavía me reservaba alguna sorpresa.

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Comentarios (5)

Santi_cba

Tremendo!!! Me quede pegado hasta el final. Publica mas seguido por favor!!

Lectorcito99

Que forma tan particular de contar una historia. El ambiente del almacen, la oscuridad, todo muy bien logrado. Me encanto.

RodrigoMza

Por favor una segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como sigue la historia con la costurera

MarianaCba

jaja me recordo a algo que me paso en el trabajo hace años, que nostalgia me trajo este relato

Tomi_BA

increible, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

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