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Relatos Ardientes

Todavía no me ha tocado y ya soy suya

Estoy casi segura de que Adrián no sabe nada. No sabe que se me va la mañana entera imaginando sus manos sobre mi cuerpo, que cada vez que lo veo cruzar la oficina cuento los pasos que lo separan de mí. No sabe que, mientras me habla de cosas sin importancia, yo solo escucho su voz y pienso en todo lo que esa voz podría ordenarme si quisiera.

Lo conozco desde hace meses y nunca, ni una sola vez, ha pasado nada entre nosotros. Por eso es tan absurdo lo que siento. Por eso me da vergüenza. Y por eso, supongo, no puedo parar.

Lo deseo de una manera que no sabía que era posible desear a alguien. Lo deseo despierta, deseo dormida, lo deseo en los momentos más inoportunos: en una reunión, en el ascensor, en la cola del café mientras él bromea con cualquier otra persona y yo finjo mirar el teléfono.

Si supiera lo que estoy pensando ahora mismo, se le caería la sonrisa.

Mi fantasía siempre empieza igual. Empieza con su voz, baja y tranquila, susurrándome al oído que soy suya. Que soy su puta y de nadie más. No lo dice con desprecio. Lo dice como quien afirma algo que ya es verdad, algo que los dos sabemos aunque nunca lo hayamos hablado.

—Mírame —me diría—. Solo a mí.

Y yo lo miraría. Lo miraría como no me atrevo a mirarlo en la vida real, sin disimulo, con los ojos completamente entregados.

***

En la fantasía me agarra del cuello. No para hacerme daño, sino para que yo entienda quién manda. Su mano es firme, ocupa todo el espacio entre mi mandíbula y mis clavículas, y aprieta lo justo para que el corazón se me dispare.

—Saca la lengua —me ordena.

Y la saco. La saco sin pensar, sin dudar, porque en ese mundo que invento yo no tengo voluntad propia: la única voluntad que existe es la suya. Él escupe en mi lengua despacio, sin apartar sus ojos de los míos, y a mí esa humillación pequeña me enciende de un modo que no consigo explicar.

Después me sujeta del pelo. Me cierra la mano en la nuca, enreda los dedos y tira hacia abajo hasta ponerme de rodillas frente a él. El suelo está frío. Yo levanto la vista y ahí está, mirándome desde arriba, sabiendo perfectamente lo que va a pasar.

Mete su polla en mi boca y empuja mi cabeza contra él. No con prisa. Con una lentitud que es casi peor, que me obliga a tragarla entera mientras la garganta se me cierra y los ojos se me llenan de lágrimas. Me falta el aire. Por un segundo no puedo respirar y, en lugar de asustarme, ese segundo me parece lo más excitante del mundo.

Que me use. Que haga conmigo lo que quiera.

Él lo sabe. Sabe que cuanto más me exige, más le pertenezco. Me sostiene ahí, contra él, hasta que las lágrimas me corren por la cara y entonces, solo entonces, me llena la boca y me ordena que me lo trague todo sin perder una sola gota.

***

Lo peor es que esto no es algo que me ocurra a veces. Me ocurre a todas horas.

Basta con que piense en él un instante, en su forma de remangarse la camisa o de pasarse la lengua por los labios cuando se concentra, para que se me humedezca todo. Tanto, que tengo que cruzar las piernas y rezar para que nadie note el calor que me sube por la cara. He llegado a casa con las braguitas empapadas solo de haberlo tenido cerca durante una conversación intrascendente sobre nada.

Y cuando llego a casa, cierro la puerta, me dejo caer en la cama y vuelvo a él. Siempre vuelvo a él. Me he resignado a que sea así. He intentado pensar en otros, en hombres más amables, en escenas más tiernas, y mi cabeza siempre acaba arrastrándome de vuelta al mismo sitio: a su voz, a su mano, a esa orden que todavía no me ha dado y que llevo grabada como si me la hubiera dado mil veces.

En la versión que más me gusta, me abre las piernas y me sostiene con esa misma fuerza con la que me agarraba del cuello. No me pregunta si quiero. No hace falta. Pasa la lengua por mi clítoris, despacio, dibujando círculos exactos, y luego lo succiona hasta que arqueo la espalda y se me escapa un gemido que ni siquiera reconozco como mío.

Justo cuando estoy a punto, se detiene.

—Todavía no —dice.

Y empieza otra vez desde el principio. Me lleva al borde una y otra vez, y cada vez se aparta en el último momento, mirándome temblar, disfrutando de verme deshacer. No me deja correrme. No me dejará correrme hasta que yo se lo pida. Hasta que yo, con la voz rota y la dignidad por el suelo, le suplique por favor que me folle de una vez.

—Pídemelo bien —me exige.

Y yo se lo pido. Le digo que estoy tan mojada que entraría en mí de un solo empujón, que no necesito nada más que su orden, que llevo el día entero esperando este momento aunque él no lo supiera.

Por favor. Por favor. No puedo más.

***

Hay días en que la fantasía se vuelve más dura, y esos días son los que más me cuesta sacarme de la cabeza.

En esos, me pone boca abajo y me azota. Me azota las nalgas con la mano abierta, una vez tras otra, hasta que la piel me arde y sus dedos quedan marcados en mí como una firma. Cada golpe me arranca un grito, y cuanto más grito, menos se detiene. Le pido que pare. Le suplico que pare. Y él sigue, porque sabe —porque los dos sabemos— que no quiero de verdad que pare.

Ese es el centro de todo, creo. No es solo el sexo. Es la entrega. Es la idea de que mi cuerpo ya no me pertenece, de que es suyo para usarlo como le dé la gana. Puede darle placer o puede castigarlo. Él decide. Y a mí me basta con obedecer.

Nunca había deseado eso con nadie. Siempre fui yo la que llevaba el control, la que decidía hasta dónde y cuándo, la que se guardaba un trozo de sí misma por si acaso. Con Adrián, en cambio, lo único que quiero es soltar. Dejar de decidir. Entregarle hasta el último gramo de control que me queda y comprobar qué hace con él. Esa rendición, esa idea de no tener que sostener nada, me da una paz que no encuentro en ningún otro pensamiento.

Lo extraño, lo que ni yo misma entiendo, es que él jamás me ha tocado. Ni un roce. Ni un dedo sobre mi mano. Y aun así, en mi cabeza, mi cuerpo le pertenece de un modo en el que no le ha pertenecido a nadie antes. Ni a los hombres con los que sí me he acostado. Ni a las personas que sí me han querido.

A él, que no sabe nada, le pertenezco entera.

***

A veces me pregunto qué pasaría si lo supiera. Si una de estas tardes, en lugar de despedirme con un «hasta mañana» perfectamente educado, me quedara un segundo de más mirándolo y dejara que se me notara todo en la cara.

Me lo imagino dándose cuenta. Cazando, en mis ojos, esa cosa que llevo meses escondiendo. Me imagino que no diría nada en ese momento, que solo sonreiría apenas, como quien acaba de descubrir un secreto delicioso y decide guardárselo para el momento oportuno.

Y entonces, cualquier día, se acercaría por detrás mientras yo finjo trabajar. Me apartaría el pelo del cuello con dos dedos. Se inclinaría hasta que su aliento me rozara la oreja y me diría, en voz tan baja que solo yo podría oírlo, exactamente lo que yo llevo tanto tiempo deseando que me diga.

—Sé lo que piensas cuando me miras.

Se me cortaría la respiración. El calor me subiría por el pecho hasta la cara. Y yo, que en la vida real soy capaz de mantener la compostura en cualquier situación, me quedaría completamente desarmada, incapaz de inventar una excusa, incapaz de mentir.

—Y sé que harías cualquier cosa que te pidiera —añadiría.

Sí. Cualquier cosa. Lo que sea.

***

Pero no pasa nada de eso. Vuelve la pantalla, vuelven los correos, vuelve la cola del café y su sonrisa repartida entre todos por igual. Él sigue sin saber. Y yo sigo cargando con este deseo a todas partes, como un secreto que pesa y arde al mismo tiempo.

Esta noche he vuelto a soñar despierta con él antes de dormir. Con su mano en mi cuello, con su voz ordenándome que sea suya, con todas esas cosas que jamás me atrevería a pedir en voz alta y que en la oscuridad de mi cuarto me susurro a mí misma como si fueran suyas.

Mañana lo veré otra vez. Le diré buenos días con la voz tranquila, le sostendré la mirada justo el tiempo correcto y nadie, absolutamente nadie, sabrá lo que estoy pensando.

Solo yo sé que, todavía sin tocarme, ya soy suya. Absolutamente suya. Y que esperaré el tiempo que haga falta a que un día, por fin, lo descubra.

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Comentarios (5)

Celeste_noche

Dios mio, me sacaste las palabras de la cabeza. Esto pasa de verdad y nadie lo escribe tan bien. Gracias por ponerle nombre a algo que no sabia como contar.

Sofi_Noche

queremos continuacion!!! por favor seguí escribiendo

MarcelaBR

Increible como en pocas lineas me meti de lleno en la historia. Me quede con ganas de saber como sigue.

LunaEnero_

excelente!!!

lau_rosario

Me recordo a alguien que tuve en el trabajo hace unos años. Exactamente esa sensacion de que con una sola mirada ya esta todo dicho. Tremendo relato.

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