El día que probamos a autochuparnos el coño
Todo empezó una tarde de verano en la que estábamos mi amiga Noa y yo encerradas en mi habitación. Hacía un calor de esos que pegan la ropa a la piel, así que las dos andábamos en tanga y sujetador, sin más. Mis padres trabajaban hasta tarde y mi hermano se había ido con sus amigos, de modo que teníamos el piso entero para nosotras y nadie a quien dar explicaciones.
Estábamos tumbadas en la cama viendo vídeos cualquiera en el móvil, de esos que enganchan sin que sepas muy bien por qué. En algún momento nos saltó una chica que habla de sexo en su canal, muy desinhibida, soltándolo todo a cámara como quien comenta el tiempo. En uno de los vídeos opinaba sobre el vello púbico, sobre si depilarse o no, y yo me miré de reojo.
La verdad es que tenía bastante. Y como tengo el coño un poco gordito, se me salía por los lados del tanga y se me veían todos los pelos asomando. Me dio la risa floja.
—Mira cómo estoy —le dije, señalándome hacia abajo—. Parezco una selva.
—Anda, que yo no estoy mucho mejor —contestó Noa, estirándose la goma del tanga para enseñarme.
Ella lo tenía un poco más fino, pero casi igual de poblado. Nos reímos las dos y, medio en broma medio en serio, decidimos meternos al baño a depilarnos juntas, que siempre se hace más llevadero entre risas que sola frente al espejo.
***
Para que resultara más fácil, acordamos que una se la haría a la otra. Es complicado verte bien ahí abajo y no acabar con la piel irritada, así que pensamos que con cuatro manos saldría más limpio. Empezó ella conmigo.
Me senté en el borde de la bañera con las piernas abiertas y Noa se arrodilló delante, concentrada como si estuviera haciendo un trabajo de precisión. Lo que no le conté es que la última vez que me había masturbado había sido la tarde anterior, y que ya andaba con el cuerpo despierto de por sí.
El roce de sus dedos estirándome la piel, apartándome los labios para llegar bien, me iba poniendo a cien sin que ella lo notara. Cada vez que su mano rozaba sin querer el clítoris, se me hacía la boca agua y se me escapaba un suspiro que disfrazaba mirando el móvil, fingiendo que me había molestado algo en la pantalla.
—¿Estás bien? —me preguntó en un momento, levantando la vista.
—Sí, sí, es que me ha entrado una notificación tonta —mentí, apretando los muslos un segundo.
Terminó conmigo y me dejó la piel suave, tirante, con esa sensación rara de novedad. Me pasé los dedos por encima sin pensarlo, comprobando lo lisa que había quedado, y noté que estaba más mojada de lo que quería admitir. Crucé las piernas un segundo, respiré hondo y disimulé. Y entonces me tocó devolvérsela.
***
Cuando me arrodillé yo delante de Noa, reconozco que se me fue un poco la cabeza. A mí me van los hombres, lo tengo clarísimo, me pierden las pollas y todo lo que tenga que ver con ellos. Pero hay que decir las cosas como son: lo que tenía delante era una preciosidad.
Un coñito pequeño, recogido, casi de muñeca, que según le iba quitando el vello quedaba todavía más bonito. Me mordí el labio sin darme cuenta. Estaba muriéndome de ganas de tocarme, de meterme la mano dentro del tanga ahí mismo, pero seguí depilándola como si nada, aguantando el tipo hasta que terminamos.
—Ya está, princesa —le dije dándole una palmadita en el muslo, y las dos nos echamos a reír.
Volvimos a la habitación todavía medio desnudas, frescas de la ducha, y nos tiramos otra vez en la cama con el portátil. Noa quería que viéramos vídeos porno, dijo que le apetecía cotillear, y yo le seguí la corriente porque, sinceramente, a esas alturas yo le habría seguido cualquier cosa.
***
Estuvimos un rato pasando vídeos sin que ninguno nos convenciera, hasta que de pronto nos apareció uno de un chico practicándose una autofelación. El tío doblado sobre sí mismo, con una flexibilidad imposible, llegándose solo a la boca. Nos miramos y nos partimos de risa.
—Jajaja, ¿cómo cojones hace eso? —solté yo, casi atragantándome.
—Impresionante. Oye… ¿y si lo probamos nosotras? —dijo Noa, con esa cara suya de cuando se le ocurre una idea peligrosa.
—¿Tú estás mal de la cabeza? ¿De verdad crees que con las tetas que tengo voy a llegar yo al coño? Tú a lo mejor, que eres una lagartija…
—Venga, Marina, porfa —insistió—. Y si no lo consigues, te lo como yo, y arreglado.
Me quedé un segundo en silencio. No sé si fue el calor, las risas o que llevaba toda la tarde aguantándome las ganas, pero esa frase me hizo un cosquilleo en la barriga que no me esperaba.
—Qué va, qué va —disimulé—. Él podrá porque al final la tiene como un palo, eso le da distancia. Nosotras nos tenemos que doblar enteras, no es lo mismo.
—Venga, porfa, mira qué carita —dijo, y se apretó el coño por encima del tanga poniendo morritos.
—Ay, Dios… —me reí—. Venga, por intentarlo que no quede.
***
No sé cómo me convenció, pero acabamos a ello. Primero lo intentamos tal cual el chico del vídeo, las dos a la vez, cada una a lo suyo, y no podíamos ni de coña. Nos quedábamos a un palmo, rojas del esfuerzo, muertas de risa, rodando por el colchón como dos tontas.
—Así no hay manera —dije, sin aliento—. Lo hacemos por turnos, una mira y la otra lo intenta.
Y, cómo no, el morbo estaba en que empezara yo. Noa se sentó al lado, apoyada en el cabecero, dispuesta a echarme una mano. Me tumbé boca arriba, me llevé las rodillas al pecho y empecé a rodar hacia atrás, doblándome poco a poco.
Ella se colocó encima de mis piernas y empezó a hacer fuerza, empujándome para que bajaran más. Yo me agarré los pies por detrás de la cabeza, tirando con todo lo que tenía, y de repente noté el coño ahí mismo, a un suspiro de la boca.
El esfuerzo era brutal. Notaba la sangre agolpándose en la cabeza, los muslos temblándome del estiramiento, la espalda protestando en una postura imposible. Pero estaba tan cerca que no pensaba rendirme.
Saqué la lengua. Solo con la puntita rocé el clítoris.
Fue una sensación rarísima, completamente distinta a hacerme dedos. Era yo dándome placer a mí misma, pero como si fuera otra persona, una lengua extraña sobre mi propia piel. Se me cortó la respiración y se me escapó un gemido de verdad, sin disimulo posible.
—¡Lo has hecho! —chilló Noa, flipando—. ¡Marina, lo has tocado!
El problema fue que, de la emoción, dejó de empujar. Se quedó embobada mirándome, tan ida por lo que estaba viendo como lo estaba yo por lo que sentía, y se me escaparon las piernas de golpe.
—Sigue, sigue, no pares de apretar —le pedí, con la voz temblona.
***
Volví a intentarlo, y otra vez, cada vez aguantando un poco más arriba, un poco más adentro. Noa no apartaba la vista, fascinada, repitiéndome al oído que no parara, que ya casi lo tenía. Entre las dos habíamos convertido una broma tonta en una especie de reto absurdo y delicioso que ninguna estaba dispuesta a dejar a medias.
Cogimos el truco a base de insistir. Descubrimos que la clave era que la otra mantuviera la fuerza constante en la zona lumbar, sin distraerse, mientras una se concentraba en estirar el cuello lo justo. Cuando lo entendimos, ya no hubo quien nos parara.
Lo conseguí varias veces más, lamiéndome despacio, descubriendo mi propio sabor, mi propio ritmo, con Noa pegada a mi oído animándome como si fuera un deporte de riesgo. Y luego cambiamos. Le tocó a ella, que con su flexibilidad llegó a la primera, y me tocó a mí empujar y mirar de cerca todo lo que antes había estado depilando.
Terminamos las dos a la vez, cada una doblada sobre sí misma, autochupándonos el coño en paralelo, mirándonos a los ojos entre las piernas y aguantándonos la risa y los gemidos a partes iguales. No nos tocamos la una a la otra, ni falta que hizo. El morbo estaba justo ahí, en hacer juntas algo que jamás habíamos imaginado que nuestros cuerpos pudieran hacer.
Cuando nos dejamos caer sobre el colchón, sudadas y agotadas, nos quedamos un rato calladas, sonriendo al techo.
—Esto no se lo podemos contar a nadie —dijo ella al fin.
—A nadie —confirmé yo, todavía con el corazón a mil.
Sigue siendo, sin exagerar, una de las mejores experiencias de mi vida. Una tarde de calor, una amiga, un vídeo absurdo de internet y dos cuerpos dispuestos a probarlo todo. No creo que se repita nunca, y precisamente por eso la guardo como un tesoro. Espero que os haya gustado este pequeño relato tanto como a mí me gustó vivirlo.