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Relatos Ardientes

Soñé con una desconocida que me llevó al mar

Anoche tuve un sueño tan nítido que al despertar tardé un buen rato en convencerme de que no había ocurrido de verdad. Todavía siento el calor de aquella piel en las yemas de los dedos, y por eso necesito contarlo antes de que se me escape como se escapan casi todos los sueños.

Soñé que bajaba a una ciudad de la costa, una de esas que huelen a sal y a flores de verano al mismo tiempo. Había viajado solo para ver a una cantante que me gustaba desde hacía años, una mujer de voz grave llamada Marina Vela. No recuerdo cómo había llegado hasta allí ni con quién, solo recuerdo que estaba dentro del recinto y que el aire pesaba de tanta gente.

La zona de pie estaba abarrotada. Apenas se podía dar un paso sin rozar a alguien, y el murmullo de miles de voces se mezclaba con el chirrido de las pruebas de sonido. Olía a sudor, a cerveza tibia y a perfume barato, esa mezcla rara que solo existe en los conciertos de verano.

Cuando Marina salió al escenario, el lugar entero pareció encenderse. La gente gritaba su nombre, cantaba cada estrofa antes de que ella la cantara, levantaba los brazos como si quisiera tocar algo que estaba demasiado lejos. Y yo, en medio de todo aquello, sentí de pronto que no sabía qué hacía ahí.

No era la música. No era el calor. Era otra cosa, una especie de tirón en el pecho, como si alguien me hubiera puesto una correa invisible y estuviera empezando a tirar de ella. Sin pensarlo, empecé a mirar caras. Una por una. Buscaba a alguien, aunque no sabía a quién.

Pasó una canción entera, y luego otra. Yo seguía rastreando la multitud con la mirada, y empezaba a sentirme ridículo, cuando de repente la vi.

Fue como un fogonazo. Estaba a unos metros de mí, ligeramente girada hacia el escenario, con la luz de los focos cayéndole de costado. Tenía el pelo recogido en un moño flojo del que se escapaban mechones oscuros, y una camiseta fina pegada al cuerpo por el calor. No era una mujer perfecta de revista. Era algo mejor: era real, y al mismo tiempo parecía sacada de un lugar que no existe.

Nuestras miradas se cruzaron, y juro que el ruido del concierto bajó de golpe, como si alguien hubiera girado un dial. Ella me sostuvo la mirada un segundo más de lo que sostiene una desconocida, y entonces sonrió. Una sonrisa lenta, de las que se forman primero en los ojos y después en la boca.

Empecé a abrirme paso entre la gente. Pedía perdón a cada paso, esquivaba codos y vasos de plástico, y ella no apartaba la vista. Cuanto más me acercaba, más amplia se hacía su sonrisa, como si llevara toda la noche esperando exactamente eso.

Cuando llegué a su altura, no dije nada. No supe qué decir. Ella tampoco habló. Simplemente alargó la mano y tomó la mía, y el contacto de su palma caliente contra la mía me recorrió el brazo entero como una corriente.

—¿Nos vamos? —dijo, inclinándose hacia mi oído para que la oyera por encima de la música.

Su aliento contra mi cuello fue suficiente respuesta. Asentí.

El concierto dejó de tener sentido. Cogidos de la mano, salimos del recinto hacia el frescor de la noche. A nuestras espaldas, la voz de Marina seguía sonando, cada vez más lejana, hasta que se quedó en un eco apagado tras los muros.

Caminamos por andar, sin rumbo, por calles que olían a mar. El aire de la noche era una caricia después del horno que habíamos dejado atrás. Pasábamos junto a maceteros llenos de flores blancas, esas que solo se abren de noche y perfuman calles enteras, y ella respiraba hondo cada vez que pasábamos por una.

—No sé tu nombre —dije al fin.

—Esta noche no hace falta —respondió, y apretó un poco más mi mano.

No insistí. Tenía razón. Había algo en ese silencio compartido que hacía que cualquier palabra sobrara. Andábamos pegados, su hombro rozando el mío, su cadera chocando suavemente con la mía a cada paso, y cada roce era una promesa.

Llegamos a un pequeño parque cerca del puerto, donde se veían las luces de los barcos reflejadas en el agua negra. Había un banco bajo una farola medio fundida que parpadeaba. Nos sentamos, y ella se acurrucó contra mí sin pedir permiso, como si lleváramos años haciéndolo.

La brisa del mar refrescaba el ambiente cargado del verano. Sentí su respiración cerca, el sube y baja de su pecho contra mi costado. Giré la cabeza, y ella ya me estaba mirando con esa media sonrisa que no se le borraba.

Entonces la besé.

Fue un beso que empezó suave, casi tímido, un simple roce de labios. Pero duró apenas un instante así. Sus labios se abrieron, su lengua buscó la mía, y de repente nos besábamos como si quisiéramos recuperar todo el tiempo que no nos conocíamos. Me agarró de la nuca para tenerme más cerca. Yo le sostuve la cara con las dos manos, y sentí cómo temblaba ligeramente.

Nuestras manos se soltaron de la cara para empezar a explorar. Le acaricié los brazos, los hombros, el cuello. Ella deslizó las palmas por mi pecho, bajó hasta mi cintura, y volvió a subir, sin prisa, como si estuviera memorizando cada parte. El parque estaba vacío, las luces lejanas, y no existía nadie más en el mundo que nosotros dos.

—Aquí no nos ve nadie —murmuró contra mi boca.

Y tenía razón. Solo estaba el mar, la farola medio rota y el zumbido de los insectos en los arbustos.

Mi excitación era ya imposible de ocultar. Bajé la mano hasta su muslo, subí por debajo del borde de la falda fina que llevaba, y noté el calor de su piel cada vez más intenso a medida que me acercaba. Cuando la toqué por encima de la ropa interior, ella separó un poco las piernas y soltó un suspiro entrecortado contra mi cuello. Estaba húmeda, y sentir esa humedad bajo mis dedos me hizo perder el último resto de cordura.

—No pares —pidió en voz baja.

No paré. Aparté la tela a un lado y la acaricié despacio, escuchando cómo su respiración se rompía en jadeos cada vez más cortos. Ella echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, y se mordía el labio para no hacer demasiado ruido. Cada vez que mis dedos la rozaban en el sitio justo, sus caderas se movían solas, buscándome.

No hubo más preámbulos. La urgencia podía con los dos. Me desabroché y me bajé la ropa lo justo, y ella se levantó la falda y se subió a horcajadas sobre mis piernas, mirándome a los ojos todo el tiempo. Sentí su peso, su calor, y luego la sentí a ella bajando lentamente, envolviéndome, y los dos contuvimos el aliento en el mismo segundo.

Empezó a moverse despacio, marcando un ritmo suave que me volvía loco. Me agarraba de la cabeza y me acercaba a su pecho, y yo besaba la piel que la camiseta dejaba al descubierto, notando su corazón latir desbocado bajo mis labios. Olía a sal, a flores nocturnas y a algo solo suyo que no sabría describir.

La farola seguía parpadeando sobre nosotros, encendiéndonos y apagándonos como si el mundo entero dudara entre dejarnos ver o esconderlos. Sus muslos apretaban mis caderas, sus uñas se clavaban en mis hombros, y el banco crujía con cada movimiento sin que a ninguno le importara.

La complicidad de ese momento no se parecía a nada que hubiera sentido antes. No era solo deseo, aunque el deseo lo llenaba todo. Era una sensación rara de reconocimiento, como si la conociera de toda la vida y solo entonces, en un sueño, la hubiera encontrado por fin.

El ritmo se fue acelerando solo. Sus suspiros se convirtieron en gemidos que intentaba callar contra mi cuello, y yo ya no podía contenerme. La abracé fuerte, pegándola a mí, y sentí cómo su cuerpo entero se tensaba y empezaba a temblar.

—Mírame —le pedí.

Y me miró, justo en el instante en que los dos caímos a la vez, abrazados, sin soltarnos, ahogando el grito en la boca del otro. Fue el orgasmo más intenso que recuerdo haber sentido nunca, dentro o fuera de un sueño.

Nos quedamos quietos, todavía unidos, recuperando el aliento. Ella apoyó la frente en la mía y sonrió, esa misma sonrisa lenta del principio. No hubo palabras. No hacían falta. Todo estaba dicho.

***

Y entonces, como pasa siempre en los mejores momentos, sentí que la imagen empezaba a deshacerse por los bordes. El mar se volvió más oscuro, la farola dejó de parpadear, el calor de su cuerpo se enfrió de golpe.

Estiré la mano para retenerla, pero ya no había nada que sostener.

Abrí los ojos en mi cama, con el corazón aún acelerado y la sábana revuelta, buscando en la penumbra una cara que nunca existió. Me quedé un largo rato mirando el techo, intentando memorizar cada detalle antes de que se borrara: la sonrisa, el olor a flores nocturnas, el peso de su cuerpo sobre el mío.

No sé quién era. No sé si alguna vez existió en algún rincón de mi cabeza o si la inventé entera esa noche. Solo sé que la sigo buscando entre las caras de la gente, por si acaso, por si los sueños a veces se cansan de ser solo sueños y deciden bajar a caminar entre nosotros.

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Comentarios (5)

Roxana_TdF

Que hermoso relato... me dejo pensando todo el dia. Gracias por compartirlo.

SueñoDespierto

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de saber más de esa desconocida. Tiene algo especial este relato, no es como los demas.

MontielLector

Me recordó a un sueño que tuve hace años, de esos que son tan reales que cuando despertas no queres abrir los ojos. Excelente.

ClaritaRosario

Genial!! Una pregunta, lo soñaste de verdad o es todo ficcion? Se siente muy autentico

NachoCosta

tremendo, se hizo cortisimo

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