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Relatos Ardientes

Dejé que el agente me cacheara contra la pared

Aquella mañana el tráfico era el caos de siempre. Llevaba toda la vida en esta ciudad y nunca me había acostumbrado a sus cruces interminables, a los pasos de peatones, a los semáforos que parecían multiplicarse solo para retenerme. Conducía con la paciencia justa para no estallar.

—Esta canción me encanta —murmuré en cuanto la melodía empezó a sonar.

Subí el volumen y me puse a cantar a pleno pulmón, sin vergüenza. Iba sola, ¿por qué no hacerlo? Gritar las notas desafinadas me ayudaba a soltar la tensión, a sacudirme el estrés y a despejar el enredo de mi cabeza.

Tan metida estaba en mi propio espectáculo que no reparé en un detalle: en el semáforo, justo a mi lado, había un coche patrulla. No sabía si aquello podía traerme problemas. Cantar no era delito, pero si a los agentes les daba por considerar que la música iba demasiado alta, podían arruinarme la mañana.

Entre risas y gritos no vi venir lo evidente. Los dos policías, en lugar del gesto pétreo de costumbre, parecían divertirse con mi función. Sus miradas los delataban.

—Perdón, agentes. Bajo el volumen enseguida —dije casi a gritos, intentando que mi voz le ganara a la música.

—Me parece bien, señora —respondió uno con un tono que me sonó a coqueteo—. Así quizás pueda escucharme cuando le pida que se detenga a la derecha en cuanto pueda.

El corazón se me encogió. No era un juego ni un halago: me estaban parando. ¿De verdad podían multarme por cantar?

Obedecí y aparqué en el arcén más cercano. Dudé si bajar o esperar a que se acercaran. El bloqueo fue total; me quedé inmóvil, sin saber cómo reaccionar.

—Buenos días, señorita —su voz grave me sacó de golpe de la parálisis.

—Buenos días, agente —respondí con una sonrisa nerviosa, jugueteando con mi pelo como una colegiala—. ¿Hice algo mal?

—Podríamos decir que no estaba prestando atención a la circulación —su tono seguía siendo firme, aunque juraría que me regalaba un ápice de simpatía.

—No he cometido ninguna infracción —mi voz se endureció—. Solo estaba cantando.

Él frunció el ceño.

—La decisión no le corresponde a usted, sino a nosotros. Le recomiendo que colabore.

—¿Colaborar en qué? —pregunté, a medio camino entre la curiosidad y el miedo.

—Tendrá que acompañarnos —dijo, y sin esperar respuesta abrió mi puerta indicándome que pasara a su vehículo.

En ese instante todo se detuvo. Sopesé mis opciones en un par de latidos: obedecer o escapar. No sería la primera vez que elegía lo segundo.

Dos segundos bastaron. Giré la llave, el motor rugió y pisé el acelerador con todas mis fuerzas. Mi viejo Mini respondió como una fiera liberada y la adrenalina me explotó en las venas. Velocidad, riesgo, emoción: un cóctel que siempre me había fascinado.

—Bien… no me siguen —me dije, aliviada, al comprobar por el retrovisor que había dejado atrás las luces de la patrulla.

Seguí el camino a casa. La huida, el peligro, lo prohibido… esa mezcla me aceleraba la sangre tanto como un secreto bien guardado.

***

Al llegar me encontré con un auténtico bullicio. Mi hermano Diego y los chicos habían dedicado la mañana a desarmar sus motos —les encantaba jugar a ser mecánicos— y, como siempre, después tocaba hacer el bruto en la piscina.

Diego y Pablo seguían en el garaje; por el estruendo de las herramientas parecía que estuvieran deshuesando los motores. Hugo, en cambio, se había instalado en la cocina.

—¡Chicos, ya estoy en casa! —anuncié. No quería sorpresas.

—Vaya… la pequeña Marina —respondió una voz desde la nevera.

Me quedé helada.

—¿Adrián? ¿Y tú qué haces aquí? —solté con un sarcasmo que no alcanzaba a disimular mi incomodidad.

Adrián. El amigo conflictivo de mi hermano. Mi ex. Mi error.

—Parece que la suerte hoy me sonríe con tu presencia —su voz rezumaba esa seguridad odiosa que tanto detestaba.

—¿No tenías nada mejor que hacer que venir a fastidiarme el día? —le contesté con desprecio.

—Piérdete, Marina —escupió.

—Créeme, verte tampoco es mi deseo —respondí, y sin mirarlo subí las escaleras rumbo a mi habitación.

Necesitaba aire. Me duché deprisa, me puse ropa cómoda y, cuando bajé, Adrián ya no estaba. Un alivio momentáneo: su sola presencia me alteraba los nervios. Pero la calma no duró. Llegó la hora de comer y allí reapareció, dispuesto a convertir mi día en una tortura. En cuanto terminé, escapé hacia la piscina buscando refugio en el sol. Ni eso funcionó. La incomodidad me corroía, así que decidí largarme de verdad.

Auriculares, móvil, llaves. Nada más.

—Diego, me voy a correr un rato —avisé desde la puerta del garaje. No esperé respuesta.

***

Abrí mi lista de reproducción y dejé que la música me empujara hacia adelante. Vivíamos en las afueras, pero en veinte minutos podía plantarme en el parque grande, un sitio perfecto para perderme.

La tarde estaba soleada, con la temperatura justa para correr. Mis pies golpeaban el suelo con un ritmo ansioso. No corría por deporte. Corría como si huyera. De Adrián. De la tensión. De la rabia.

—Cuando vuelva, Diego se va a enterar —mascullé entre dientes. El enfado me hacía correr más rápido, la frustración me endurecía el pulso. ¿Cómo había podido traerlo a casa sabiendo lo mal que terminó todo?

Cuanto más intentaba entender mi enojo, más me enfadaba, y más fuerte corría, como si pudiera expulsar lo negativo a través del sudor. Pero el cuerpo me pasó factura y tuve que detenerme junto a una fuente para recuperar el aliento.

—Vaya, vaya… mira quién anda por aquí —una voz burlona habló a mi espalda.

No la reconocí al instante, pero bastó para helarme la sangre.

—Quizás esta señorita esté volviendo a cometer una infracción —continuó—. Parece que le gusta que nos encontremos.

Repasé mentalmente todas las voces guardadas en mi memoria, una por una, buscando una coincidencia antes de atreverme a girar la cabeza. Había arrastrado problemas desde que mi relación con Adrián tocó fondo; quedaban cuentas pendientes, deudas envenenadas que podían reaparecer en cualquier momento. Podía ser cualquiera.

—Quizás es que eres una chica mala —añadió la voz, divertida, demasiado confiada.

De pronto lo reconocí. El agente de esta mañana.

El destino parecía empeñado en jugar conmigo. Llevaba todo el día provocándome. Pero tal vez había llegado el momento de que fuese yo quien empezara a jugar.

Me quedé callada, inmóvil, expectante. Quería ver su próximo movimiento, medir su paciencia frente a mi indiferencia.

—Señorita… ¿tendré que cachearla? —su tono se volvió más oscuro, una mezcla peligrosa de juego y amenaza—. Créame, puedo ser muy insistente en mis inspecciones.

No tenía idea de con quién estaba jugando. No sabía nada de mí, ni siquiera mi nombre, y aun así se creía con derecho a desafiarme, a arrastrarme a su juego de burlas.

—Mateo, ¿ocurre algo? —la voz de su compañero rompió la tensión al acercarse.

—Nada… solo una pequeña rebelde. Nada que no pueda manejar —contestó él, demasiado seguro.

Yo seguía clavada en el suelo, rígida, como si un arma invisible me apuntara a la espalda. La caseta del guarda quedaba a pocos metros, pero mis piernas se negaban a moverse.

—¡Vamos, contra la pared! —la orden sonó seca, sin lugar a réplica.

Me giré de cara al muro encalado mientras su voz insistía:

—Piernas separadas.

El tono burlón había desaparecido. Ahora hablaba con severidad. Si encontrarme con Adrián ya me había encendido, tener a este engreído tratándome como a una delincuente terminó de incendiarme la sangre.

Me empujó contra los ladrillos. Su peso me aprisionaba, y su rodilla se deslizó entre mis muslos forzándome a abrirlos. Mis manos quedaron cruzadas en la nuca, todo mi cuerpo expuesto.

—Si lo que querías era tocarme, solo tenías que pedirlo —contesté con descaro, rompiendo la seriedad de la escena.

Sentí su tensión. Su respiración se aceleraba, su voz apenas sostenía el tono firme. La proximidad de su cuerpo me decía más que cualquier palabra.

—Voy a proceder a cachearla —murmuró cerca de mi oído, con un timbre bajo que contenía más de lo que admitía.

Me quedé quieta, pero jugué con el silencio. Él creía que me dominaba, sin darse cuenta de que yo también lo estaba empujando al límite.

Su mano descendió despacio, con una cautela que contrastaba con la rudeza del momento. Cada movimiento era medido, como si quisiera memorizar mi silueta a través del tacto. Lo sentí recorrer mi contorno con una mezcla extraña de firmeza y delicadeza, dudando entre la autoridad y la vulnerabilidad que lo traicionaba.

Me rozó el cuello al inclinarse, y ese gesto casi imperceptible reveló más que cualquier palabra. Entendí que la tensión no era solo mía.

Cuando sus manos marcaron mis muslos, mi resistencia tocó su límite. Esperé el momento exacto, paciente, y entonces giré bruscamente, dándole vuelta a la situación hasta encararlo contra la pared. En sus ojos advertí la sorpresa. Fueron solo segundos, una chispa intensa en la que sostuvimos una conversación muda, tan profunda que las palabras habrían sido torpes.

No sé cómo ocurrió, pero algo brotó de mi interior, una energía que me empujaba sin remedio hacia él. Y me lancé.

El choque contra sus labios fue húmedo y arrebatado. Nuestras bocas se buscaron con hambre, como si quisieran devorarse. Atrapé su labio inferior entre los míos y lo mordí, bebiendo el calor de su boca. Lo atraje hacia mí tirando de su cinturón, con un gesto decidido, tan impulsivo como inevitable. Él me sostuvo con fuerza, como si hubiera esperado ese momento toda la tarde.

—Vamos dentro —fue lo único que dijo, arrastrándome a la caseta llena de herramientas.

***

Allí, entre paredes estrechas y olor a metal y madera, el mundo pareció detenerse. No había más ruido que nuestras respiraciones agitadas. Él me miraba con una mezcla de desafío y deseo contenido, los brazos cruzados sobre su pecho ancho, los ojos oscuros clavados en mí como un ancla. Esa mirada era un reto, y yo, lejos de retroceder, avancé.

—Veamos, agente, qué tiene para mí —susurré con un hilo de voz que mezclaba burla y seducción.

Mis dedos recorrieron la línea de su pecho, lentos, dibujando un mapa invisible sobre la tela del uniforme. Él no se movió, pero su mirada ardía, decidiendo si ceder o resistir.

—¿Va a seguir con su cacheo —murmuré contra su oído— o piensa arrestarme de otra manera?

Su mandíbula se tensó, pero no apartó los ojos. Podía sentir su lucha interna, el conflicto entre el deber y lo que mi cercanía le arrancaba. De pronto rompió la distancia. Atrapó mi muñeca con fuerza y me empujó contra la mesa de trabajo. La madera crujió bajo nuestro peso.

—No tienes idea de en qué te estás metiendo —murmuró a centímetros de mis labios.

Sonreí, retándolo.

—Lo sé mejor de lo que imagina.

Y entonces me besó. Un beso cargado de necesidad y urgencia, un incendio que consumía todo a su paso. Mis piernas se enredaron en su cintura, atrapándolo contra mí, mientras mis caderas respondían rozando su pantalón con urgencia. Sus dedos se clavaron en mi piel, presionándome contra él, y cada respiración compartida era un suspiro de ansias.

Desabroché mi camisa con picardía. Se lanzó sobre mis pechos con un ansia voraz, como si cada instante pudiera ser el último. Lo separé tirando suavemente de su cabello, y sus ojos oscuros, llenos de deseo, me penetraron hasta hacerme temblar. Continué mi vaivén sobre él, un movimiento íntimo y urgente que nos fundía.

—Mateo, ¿cómo va eso? —preguntó su compañero desde la puerta, con una curiosidad casi inocente, tan distante de nuestro fuego.

Él se detuvo en seco, respirando contra mi escote, sus manos clavadas a mis muslos mientras buscaba las palabras.

—Todo bien, Tomás. Espérame en el coche, enseguida voy —dijo con firmeza, aunque su voz vibraba con el eco de lo que reprimía.

El compañero se retiró tras la puerta, dejando un silencio cargado de tensión.

—Agente Tomás, ¿podría entrar? Necesito que me ayude con algo —repliqué con un tono que combinaba autoridad y provocación.

—Shhh… señorita, guarde silencio o tendré que amordazarla —la voz de Mateo recorría cada centímetro de mi piel.

—Por favor… ayúdeme —supliqué, dejando que mi vulnerabilidad se mezclara con la tentación.

El picaporte giró y el otro agente apareció ante nosotros. Seguíamos enredados como dos depredadores, y Mateo mantenía su uniforme intacto, un símbolo de control que hacía aún más excitante la transgresión.

—Vamos, Mateo… no puede ser —reprendió Tomás, impotente ante la tensión que emanábamos.

—¡Sal de aquí! —le gritó Mateo, entre el enfado y la incredulidad.

—No se vaya, agente —intervine, con la voz cargada de seducción—. Puede unirse si así lo desea.

No sabía qué respuesta esperar, pero el brillo en los ojos de Tomás dejaba claro que la idea le resultaba tan irresistible como peligrosa. Por el momento se quedó mirando cómo su compañero volvía a la obsesión por mis pechos. Su boca ansiosa se desbordaba con el deseo de poseer todo lo que tenía para ofrecerle.

Mateo me sostuvo con firmeza, como si temiera que escapara, mientras su lengua dibujaba círculos lentos y húmedos. El tiempo parecía detenerse; cada movimiento suyo era una súplica y, a la vez, una conquista. Yo me arqueé hacia él, entregándome al roce de sus labios. Lo escuché pronunciar mi nombre con voz ronca y supe que estábamos cruzando un límite del que ninguno quería regresar.

Sus manos descendieron entre mis piernas, rasgando la tela con fuerza. No podía contenerse, y yo sabía cómo lograr que dejara de intentarlo. Acerqué mi rostro a su cuello y saboreé su piel con la lengua, escuchando cómo su respiración se aceleraba. Mordí el lóbulo de su oreja y susurré entrecortada:

—Agente… ¿esto es todo lo que tiene para mí?

No tardó ni un segundo en reaccionar. Me sujetó por la cintura con una fuerza desmedida, me levantó de la estrecha mesa, giró conmigo en el aire y volvió a colocarme sobre la superficie, ahora inclinada, expuesta. Aquello me hizo sonreír con picardía: estaba justo donde quería estar.

Su mano grande recorrió mis caderas con calma, como si inspeccionara cada rincón en busca de un tesoro. Moví el cuerpo lentamente, provocándolo, y al mirar por encima del hombro vi sus ojos clavados en mí, hipnotizados.

—¿Le gustaría tocar, agente? —pregunté en tono desafiante al otro hombre.

Tomás titubeó, pero no tuvo tiempo de decidir.

—Ni se te ocurra dar un paso —cortó Mateo, su voz grave como una amenaza—. Márchate.

El otro salió enseguida. La actitud de Mateo había cambiado por completo. Era un depredador, y yo su presa voluntaria. Me gustaba sentir su fuerza imponiéndose, encajando con mi propio deseo.

Me deslicé hacia él hasta chocar con sus caderas. Ese gesto bastó para desatarlo. Su uniforme desapareció de nuestra vista y ante mí se alzó un hombre desnudo, imponente.

—Prepárate, señorita —murmuró con voz ronca.

El aire se llenó de jadeos y gemidos. No hubo palabras que explicaran lo que sentí; solo sonidos que escapaban de mi garganta, agudos, inevitables. Mateo dominaba cada movimiento, y yo lo aceptaba con ansia, entre súplicas y risas ahogadas. Sentía su fuerza crecer mientras sus manos se deslizaban por mi espalda hasta enredarse en mi cabello. Tiró de él con decisión, obligándome a erguirme. Su control era absoluto.

—Más… —supliqué casi sin voz.

Él negó con un «no» seco, cortante. Y aun así sus movimientos no se detenían; mantenían un ritmo implacable que me hacía temblar entera. El frío que se colaba por las rendijas de la puerta erizaba mi piel, intensificando cada estremecimiento. Yo rogaba más, y él respondía con frases susurradas que me mantenían al borde de la rendición. La tensión creció hasta quebrarnos, hasta dejarnos exhaustos y con la respiración entrecortada.

Permanecimos un instante abrazados, envueltos en un silencio espeso. Luego él acarició mi brazo con un gesto sorprendentemente amable.

—Dime tu nombre, al menos —pidió con una sonrisa cansada.

—Marina —respondí mientras recogía mi ropa.

—Te buscaré, Marina —susurró con cierta nostalgia.

***

Salí con prisa y casi tropiezo al chocar con Tomás en la esquina de la caseta.

—Perdón —dije sofocada.

—¿Estás bien? —preguntó él, con genuina preocupación.

—Sí, gracias —respondí antes de alejarme corriendo.

Los kilómetros de regreso se hicieron cortos entre recuerdos de lo ocurrido. Llegué sudada, agotada, con la mente ardiendo. Al entrar en casa, la música y las risas me devolvieron a la normalidad.

—Diego, ya volví —grité desde la puerta.

En el jardín había fiesta: música, alcohol y varias amigas reunidas.

—¡Ven a darte un baño, Marina! —me llamó Carla, la novia de mi hermano.

—Estoy cansada, subo un rato. Luego nos vemos —respondí, antes de desaparecer escaleras arriba, con una sonrisa que nadie alcanzó a entender.

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Comentarios (4)

Facu_Cba

jajaja ese giro al principio me mato. tremendo relato!!

ContinuaYa

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber como termina todo esto. No lo dejes asi!

MiraMas_77

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años. Se me revolvio todo leyendo esto, demasiado bueno.

LunaRoja

Excelente!! me encanto la tension del principio, se siente muy real

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