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Relatos Ardientes

Dejé que el agente me cacheara contra la pared

Aquella mañana el tráfico era el caos de siempre. Llevaba toda la vida en esta ciudad y nunca me había acostumbrado a sus cruces interminables, a los pasos de peatones, a los semáforos que parecían multiplicarse solo para retenerme. Conducía con la paciencia justa para no estallar.

—Esta canción me encanta —murmuré en cuanto la melodía empezó a sonar.

Subí el volumen y me puse a cantar a pleno pulmón, sin vergüenza. Iba sola, ¿por qué no hacerlo? Gritar las notas desafinadas me ayudaba a soltar la tensión, a sacudirme el estrés y a despejar el enredo de mi cabeza.

Tan metida estaba en mi propio espectáculo que no reparé en un detalle: en el semáforo, justo a mi lado, había un coche patrulla. No sabía si aquello podía traerme problemas. Cantar no era delito, pero si a los agentes les daba por considerar que la música iba demasiado alta, podían arruinarme la mañana.

Entre risas y gritos no vi venir lo evidente. Los dos policías, en lugar del gesto pétreo de costumbre, parecían divertirse con mi función. Sus miradas los delataban.

—Perdón, agentes. Bajo el volumen enseguida —dije casi a gritos, intentando que mi voz le ganara a la música.

—Me parece bien, señora —respondió uno con un tono que me sonó a coqueteo—. Así quizás pueda escucharme cuando le pida que se detenga a la derecha en cuanto pueda.

El corazón se me encogió. No era un juego ni un halago: me estaban parando. ¿De verdad podían multarme por cantar?

Obedecí y aparqué en el arcén más cercano. Dudé si bajar o esperar a que se acercaran. El bloqueo fue total; me quedé inmóvil, sin saber cómo reaccionar.

—Buenos días, señorita —su voz grave me sacó de golpe de la parálisis.

—Buenos días, agente —respondí con una sonrisa nerviosa, jugueteando con mi pelo como una colegiala—. ¿Hice algo mal?

—Podríamos decir que no estaba prestando atención a la circulación —su tono seguía siendo firme, aunque juraría que me regalaba un ápice de simpatía.

—No he cometido ninguna infracción —mi voz se endureció—. Solo estaba cantando.

Él frunció el ceño.

—La decisión no le corresponde a usted, sino a nosotros. Le recomiendo que colabore.

—¿Colaborar en qué? —pregunté, a medio camino entre la curiosidad y el miedo.

—Tendrá que acompañarnos —dijo, y sin esperar respuesta abrió mi puerta indicándome que pasara a su vehículo.

En ese instante todo se detuvo. Sopesé mis opciones en un par de latidos: obedecer o escapar. No sería la primera vez que elegía lo segundo.

Dos segundos bastaron. Giré la llave, el motor rugió y pisé el acelerador con todas mis fuerzas. Mi viejo Mini respondió como una fiera liberada y la adrenalina me explotó en las venas. Velocidad, riesgo, emoción: un cóctel que siempre me había fascinado.

—Bien… no me siguen —me dije, aliviada, al comprobar por el retrovisor que había dejado atrás las luces de la patrulla.

Seguí el camino a casa. La huida, el peligro, lo prohibido… esa mezcla me aceleraba la sangre tanto como un secreto bien guardado. Sentía las bragas ya húmedas, pegadas al coño, y me removí en el asiento tratando de aplacar el latido caliente que me golpeaba entre las piernas.

***

Al llegar me encontré con un auténtico bullicio. Mi hermano Diego y los chicos habían dedicado la mañana a desarmar sus motos —les encantaba jugar a ser mecánicos— y, como siempre, después tocaba hacer el bruto en la piscina.

Diego y Pablo seguían en el garaje; por el estruendo de las herramientas parecía que estuvieran deshuesando los motores. Hugo, en cambio, se había instalado en la cocina.

—¡Chicos, ya estoy en casa! —anuncié. No quería sorpresas.

—Vaya… la pequeña Marina —respondió una voz desde la nevera.

Me quedé helada.

—¿Adrián? ¿Y tú qué haces aquí? —solté con un sarcasmo que no alcanzaba a disimular mi incomodidad.

Adrián. El amigo conflictivo de mi hermano. Mi ex. Mi error. El que me había follado durante meses como si el mundo fuera a acabarse, y a quien había echado de mi cama a patadas cuando descubrí que hacía lo mismo con media ciudad.

—Parece que la suerte hoy me sonríe con tu presencia —su voz rezumaba esa seguridad odiosa que tanto detestaba.

—¿No tenías nada mejor que hacer que venir a fastidiarme el día? —le contesté con desprecio.

—Piérdete, Marina —escupió.

—Créeme, verte tampoco es mi deseo —respondí, y sin mirarlo subí las escaleras rumbo a mi habitación.

Necesitaba aire. Me duché deprisa, me puse ropa cómoda y, cuando bajé, Adrián ya no estaba. Un alivio momentáneo: su sola presencia me alteraba los nervios. Pero la calma no duró. Llegó la hora de comer y allí reapareció, dispuesto a convertir mi día en una tortura. En cuanto terminé, escapé hacia la piscina buscando refugio en el sol. Ni eso funcionó. La incomodidad me corroía, así que decidí largarme de verdad.

Auriculares, móvil, llaves. Nada más.

—Diego, me voy a correr un rato —avisé desde la puerta del garaje. No esperé respuesta.

***

Abrí mi lista de reproducción y dejé que la música me empujara hacia adelante. Vivíamos en las afueras, pero en veinte minutos podía plantarme en el parque grande, un sitio perfecto para perderme.

La tarde estaba soleada, con la temperatura justa para correr. Mis pies golpeaban el suelo con un ritmo ansioso. No corría por deporte. Corría como si huyera. De Adrián. De la tensión. De la rabia.

—Cuando vuelva, Diego se va a enterar —mascullé entre dientes. El enfado me hacía correr más rápido, la frustración me endurecía el pulso. ¿Cómo había podido traerlo a casa sabiendo lo mal que terminó todo?

Cuanto más intentaba entender mi enojo, más me enfadaba, y más fuerte corría, como si pudiera expulsar lo negativo a través del sudor. Pero el cuerpo me pasó factura y tuve que detenerme junto a una fuente para recuperar el aliento.

—Vaya, vaya… mira quién anda por aquí —una voz burlona habló a mi espalda.

No la reconocí al instante, pero bastó para helarme la sangre.

—Quizás esta señorita esté volviendo a cometer una infracción —continuó—. Parece que le gusta que nos encontremos.

Repasé mentalmente todas las voces guardadas en mi memoria, una por una, buscando una coincidencia antes de atreverme a girar la cabeza. Había arrastrado problemas desde que mi relación con Adrián tocó fondo; quedaban cuentas pendientes, deudas envenenadas que podían reaparecer en cualquier momento. Podía ser cualquiera.

—Quizás es que eres una chica mala —añadió la voz, divertida, demasiado confiada.

De pronto lo reconocí. El agente de esta mañana.

El destino parecía empeñado en jugar conmigo. Llevaba todo el día provocándome. Pero tal vez había llegado el momento de que fuese yo quien empezara a jugar.

Me quedé callada, inmóvil, expectante. Quería ver su próximo movimiento, medir su paciencia frente a mi indiferencia.

—Señorita… ¿tendré que cachearla? —su tono se volvió más oscuro, una mezcla peligrosa de juego y amenaza—. Créame, puedo ser muy insistente en mis inspecciones.

No tenía idea de con quién estaba jugando. No sabía nada de mí, ni siquiera mi nombre, y aun así se creía con derecho a desafiarme, a arrastrarme a su juego de burlas.

—Mateo, ¿ocurre algo? —la voz de su compañero rompió la tensión al acercarse.

—Nada… solo una pequeña rebelde. Nada que no pueda manejar —contestó él, demasiado seguro.

Yo seguía clavada en el suelo, rígida, como si un arma invisible me apuntara a la espalda. La caseta del guarda quedaba a pocos metros, pero mis piernas se negaban a moverse.

—¡Vamos, contra la pared! —la orden sonó seca, sin lugar a réplica.

Me giré de cara al muro encalado mientras su voz insistía:

—Piernas separadas.

El tono burlón había desaparecido. Ahora hablaba con severidad. Si encontrarme con Adrián ya me había encendido, tener a este engreído tratándome como a una delincuente terminó de incendiarme la sangre… y de empapármela toda entre los muslos.

Me empujó contra los ladrillos. Su peso me aprisionaba, y su rodilla se deslizó entre mis muslos forzándome a abrirlos. Mis manos quedaron cruzadas en la nuca, todo mi cuerpo expuesto. Sentí su bulto duro apretándose contra mi culo a través del pantalón corto, y una descarga de humedad me corrió directa hasta las bragas.

—Si lo que querías era tocarme, solo tenías que pedirlo —contesté con descaro, rompiendo la seriedad de la escena, y meneé el culo hacia atrás para que sintiera que yo también sabía jugar.

Sentí su tensión. Su respiración se aceleraba, su voz apenas sostenía el tono firme. La proximidad de su cuerpo me decía más que cualquier palabra: la polla se le había puesto como una piedra y me la estaba clavando entre las nalgas sin poder disimularlo.

—Voy a proceder a cachearla —murmuró cerca de mi oído, con un timbre bajo que contenía más de lo que admitía.

Me quedé quieta, pero jugué con el silencio. Él creía que me dominaba, sin darse cuenta de que yo también lo estaba empujando al límite.

Su mano descendió despacio, con una cautela que contrastaba con la rudeza del momento. Me palpó los costados, los flancos, y cuando llegó a los pechos se demoró un segundo de más, midiéndome las tetas por encima de la camiseta como si buscara un arma imposible. Los pezones se me endurecieron al instante, tan duros que se marcaron a través de la tela. Lo sentí recorrer mi contorno con una mezcla extraña de firmeza y delicadeza, dudando entre la autoridad y la vulnerabilidad que lo traicionaba.

Me rozó el cuello al inclinarse, y ese gesto casi imperceptible reveló más que cualquier palabra. Entendí que la tensión no era solo mía. Su polla seguía apretada contra mi culo, tan hinchada que la notaba latir.

Cuando sus manos marcaron mis muslos, subiendo por dentro hasta rozar el borde de mis bragas, mi resistencia tocó su límite. Esperé el momento exacto, paciente, y entonces giré bruscamente, dándole vuelta a la situación hasta encararlo contra la pared. En sus ojos advertí la sorpresa. Fueron solo segundos, una chispa intensa en la que sostuvimos una conversación muda, tan profunda que las palabras habrían sido torpes.

No sé cómo ocurrió, pero algo brotó de mi interior, una energía que me empujaba sin remedio hacia él. Y me lancé.

El choque contra sus labios fue húmedo y arrebatado. Nuestras bocas se buscaron con hambre, como si quisieran devorarse. Atrapé su labio inferior entre los míos y lo mordí hasta arrancarle un gruñido, bebiendo el calor de su boca. Le metí la lengua hasta el fondo y él respondió lamiéndome la mía, chupándomela sin pudor. Lo atraje hacia mí tirando de su cinturón, con un gesto decidido, tan impulsivo como inevitable, y de paso le apreté el bulto con la palma abierta. La polla se le sacudió bajo la tela y él soltó el aire de golpe contra mi boca. Me sostuvo con fuerza, como si hubiera esperado ese momento toda la tarde.

—Vamos dentro —fue lo único que dijo, arrastrándome a la caseta llena de herramientas.

***

Allí, entre paredes estrechas y olor a metal y madera, el mundo pareció detenerse. No había más ruido que nuestras respiraciones agitadas. Él me miraba con una mezcla de desafío y deseo contenido, los brazos cruzados sobre su pecho ancho, los ojos oscuros clavados en mí como un ancla. Esa mirada era un reto, y yo, lejos de retroceder, avancé.

—Veamos, agente, qué tiene para mí —susurré con un hilo de voz que mezclaba burla y seducción.

Mis dedos recorrieron la línea de su pecho, lentos, dibujando un mapa invisible sobre la tela del uniforme. Bajé la mano hasta su bragueta y la apreté con descaro sobre el bulto que le tensaba el pantalón. Estaba durísimo, grueso, latiéndome bajo la palma.

—Vaya… y yo que pensaba que la porra la llevaba en el cinto —murmuré mientras le trazaba la forma de la polla por encima de la tela, midiéndosela con los dedos de arriba abajo.

Él no se movió, pero su mirada ardía, decidiendo si ceder o resistir.

—¿Va a seguir con su cacheo —murmuré contra su oído— o piensa arrestarme de otra manera?

Su mandíbula se tensó, pero no apartó los ojos. Podía sentir su lucha interna, el conflicto entre el deber y lo que mi cercanía le arrancaba. De pronto rompió la distancia. Atrapó mi muñeca con fuerza y me empujó contra la mesa de trabajo. La madera crujió bajo nuestro peso.

—No tienes idea de en qué te estás metiendo —murmuró a centímetros de mis labios.

Sonreí, retándolo.

—Lo sé mejor de lo que imagina.

Y entonces me besó. Un beso cargado de necesidad y urgencia, un incendio que consumía todo a su paso. Sus manos se me colaron bajo la camiseta y me manosearon las tetas sin miramientos, apretando, retorciendo los pezones entre los dedos hasta arrancarme un gemido ronco. Mis piernas se enredaron en su cintura, atrapándolo contra mí, mientras mis caderas respondían frotando el coño contra el bulto de su pantalón con urgencia. Sentía la polla presionando justo donde más la necesitaba, y me restregaba contra ella sin vergüenza, empapándole la tela con la humedad de mis bragas. Sus dedos se clavaron en mi piel, presionándome contra él, y cada respiración compartida era un suspiro de ansias.

Desabroché mi camisa con picardía, botón a botón, dejando que fuera descubriendo el sujetador antes de arrancármelo yo misma. Se lanzó sobre mis pechos con un ansia voraz, como si cada instante pudiera ser el último. Me chupaba los pezones uno tras otro, tirando con los dientes, dejándomelos rojos y erectos, mientras yo le clavaba las uñas en la nuca para que no parara. Su lengua bailaba en círculos, y cada lametazo me mandaba una descarga directa al coño. Lo separé tirando suavemente de su cabello, y sus ojos oscuros, llenos de deseo, me penetraron hasta hacerme temblar. Continué mi vaivén sobre él, un movimiento íntimo y urgente que nos fundía, cabalgando su polla por encima del uniforme.

—Mateo, ¿cómo va eso? —preguntó su compañero desde la puerta, con una curiosidad casi inocente, tan distante de nuestro fuego.

Él se detuvo en seco, respirando contra mi escote, sus manos clavadas a mis muslos mientras buscaba las palabras. Yo, en cambio, seguí meciendo las caderas contra su bulto, provocándolo, aprovechando la interrupción para sacarle un gruñido apretado.

—Todo bien, Tomás. Espérame en el coche, enseguida voy —dijo con firmeza, aunque su voz vibraba con el eco de lo que reprimía.

El compañero se retiró tras la puerta, dejando un silencio cargado de tensión.

—Agente Tomás, ¿podría entrar? Necesito que me ayude con algo —repliqué con un tono que combinaba autoridad y provocación.

—Shhh… señorita, guarde silencio o tendré que amordazarla —la voz de Mateo recorría cada centímetro de mi piel.

—Por favor… ayúdeme —supliqué, dejando que mi vulnerabilidad se mezclara con la tentación.

El picaporte giró y el otro agente apareció ante nosotros. Seguíamos enredados como dos depredadores, y Mateo mantenía su uniforme intacto, un símbolo de control que hacía aún más excitante la transgresión. Yo, en cambio, estaba con las tetas al aire, las bragas empapadas asomando bajo el pantalón corto a medio bajar, y una sonrisa de puta en la boca.

—Vamos, Mateo… no puede ser —reprendió Tomás, impotente ante la tensión que emanábamos, aunque el bulto que se le marcaba entre las piernas contaba una historia distinta.

—¡Sal de aquí! —le gritó Mateo, entre el enfado y la incredulidad.

—No se vaya, agente —intervine, con la voz cargada de seducción—. Puede unirse si así lo desea.

No sabía qué respuesta esperar, pero el brillo en los ojos de Tomás dejaba claro que la idea le resultaba tan irresistible como peligrosa. Por el momento se quedó mirando cómo su compañero volvía a la obsesión por mis pechos. Su boca ansiosa se desbordaba con el deseo de poseer todo lo que tenía para ofrecerle.

Mateo me sostuvo con firmeza, como si temiera que escapara, mientras su lengua dibujaba círculos lentos y húmedos alrededor de mis pezones. Los mordisqueaba, los chupaba, los soltaba con un ruido húmedo para volver a atraparlos. El tiempo parecía detenerse; cada movimiento suyo era una súplica y, a la vez, una conquista. Yo me arqueé hacia él, entregándome al roce de sus labios. Lo escuché pronunciar mi nombre con voz ronca y supe que estábamos cruzando un límite del que ninguno quería regresar.

Sus manos descendieron entre mis piernas, rasgando la tela con fuerza. Me arrancó el pantalón corto y las bragas de un tirón, y el aire frío de la caseta me golpeó el coño mojado, brillante, hinchado de tanto haberlo restregado contra él. Mateo se quedó un instante mirándomelo, con la mandíbula tensa y la respiración áspera, como si nunca hubiera visto un chocho tan empapado en su vida. Metió dos dedos de golpe y me arrancó un grito que rebotó contra las paredes de chapa.

—Mira cómo estás, guarra… empapada —gruñó, moviendo los dedos dentro de mí con un ritmo obsceno, escuchándose el chapoteo—. Toda la mañana provocándome, y mira cómo me recibes.

—Cállate y hazlo bien —le respondí entre jadeos, agarrándole la muñeca para que me la clavara más adentro.

Se agachó sin previo aviso y me abrió los muslos con las manos. La primera lamida fue larga, plana, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y la solté como un aullido. Tomás, apoyado en el marco de la puerta, se relamía sin apartar la mirada, con la mano ya apretada sobre el bulto de su propio pantalón. Mateo me devoraba. Chupaba, sorbía, me metía la lengua hasta el fondo y la sacaba para volver a lamer el clítoris con la punta, en círculos rápidos que me hacían encoger los dedos de los pies. Le agarré la cabeza con las dos manos y le froté la cara contra mi coño sin ningún pudor.

—Así, hijo de puta, así… sigue chupándome —gemí, y él respondió con un gruñido vibrando contra mis labios mojados que casi me hace correrme allí mismo.

No podía contenerse, y yo sabía cómo lograr que dejara de intentarlo. Lo aparté a la fuerza, lo levanté por el cuello del uniforme y le desabroché el cinturón con dedos torpes. Cuando le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón, su polla saltó libre, gruesa, tiesa, con la punta enrojecida y ya perlada de líquido preseminal. Se me hizo la boca agua. Me arrodillé sin pensarlo, la agarré con la mano por la base y me la metí entera en la boca de un solo golpe. Él gruñó tan alto que Tomás, desde la puerta, soltó un juramento.

Le chupé la polla despacio primero, saboreándosela, pasándole la lengua por toda la longitud, deteniéndome en la punta para lamerle el glande como si fuera un caramelo. Después aceleré. Se la comí entera, ahogándome un poco, dejando que me tocara el fondo de la garganta, mientras con la otra mano le acariciaba los huevos. La saliva me chorreaba por la barbilla y le empapaba los cojones. Él me agarró del pelo y empezó a follarme la boca, marcando el ritmo, empujándomela hasta el fondo sin piedad.

—Trágatela, joder… trágatela toda —jadeó, y yo obedecí, mirándolo desde abajo con los ojos húmedos y una sonrisa alrededor de su verga.

Acerqué mi rostro a su cuello y saboreé su piel con la lengua, escuchando cómo su respiración se aceleraba. Mordí el lóbulo de su oreja y susurré entrecortada:

—Agente… ¿esto es todo lo que tiene para mí?

No tardó ni un segundo en reaccionar. Me sujetó por la cintura con una fuerza desmedida, me levantó de la estrecha mesa, giró conmigo en el aire y volvió a colocarme sobre la superficie, ahora inclinada, expuesta. Aquello me hizo sonreír con picardía: estaba justo donde quería estar. Boca abajo, con el culo levantado, las piernas abiertas y el coño chorreando a la vista de los dos.

Su mano grande recorrió mis caderas con calma, como si inspeccionara cada rincón en busca de un tesoro. Me apretó las nalgas, me las abrió con los pulgares para verme entera, y no pude evitar un gemido cuando sentí su lengua pasar por la raja, subiendo desde el coño hasta el ojo del culo y volviendo a bajar. Moví el cuerpo lentamente, provocándolo, y al mirar por encima del hombro vi sus ojos clavados en mí, hipnotizados.

—¿Le gustaría tocar, agente? —pregunté en tono desafiante al otro hombre.

Tomás titubeó, pero no tuvo tiempo de decidir.

—Ni se te ocurra dar un paso —cortó Mateo, su voz grave como una amenaza—. Márchate.

El otro salió enseguida, aunque tardó lo justo para verme guiñarle un ojo. La actitud de Mateo había cambiado por completo. Era un depredador, y yo su presa voluntaria. Me gustaba sentir su fuerza imponiéndose, encajando con mi propio deseo.

Me deslicé hacia él hasta chocar con sus caderas. Ese gesto bastó para desatarlo. Su uniforme desapareció de nuestra vista y ante mí se alzó un hombre desnudo, imponente, con la polla apuntándome directamente, brillante de mi propia saliva.

—Prepárate, señorita —murmuró con voz ronca.

Se colocó detrás de mí, me agarró de las caderas y frotó el glande contra los labios de mi coño empapado, arriba y abajo, lentamente, torturándome. Yo empujaba el culo hacia atrás intentando ensartarme sola en él, pero me sujetaba firme, jugando.

—Métemela ya, joder… métemela —supliqué, mordiendo el borde de la mesa.

Entró de una embestida seca, hasta el fondo, y el aire se me escapó en un gemido roto. La polla me llenaba entera, gruesa, dura, abriéndome a la fuerza. Se quedó quieto un instante, dejando que me acostumbrara, y después empezó a follarme como si me odiara y me deseara al mismo tiempo. Cada embestida hacía crujir la mesa; el sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba la caseta, mezclado con el chapoteo húmedo de mi coño ensartándose en él una y otra vez.

El aire se llenó de jadeos y gemidos. No hubo palabras que explicaran lo que sentí; solo sonidos que escapaban de mi garganta, agudos, inevitables. Mateo dominaba cada movimiento, y yo lo aceptaba con ansia, entre súplicas y risas ahogadas. Sentía su fuerza crecer mientras sus manos se deslizaban por mi espalda hasta enredarse en mi cabello. Tiró de él con decisión, obligándome a erguirme, arqueándome hasta pegar mi espalda contra su pecho sin dejar de bombearme. Su control era absoluto. Con la otra mano me rodeó el cuello, sin apretar, solo marcándome que era suya, mientras me susurraba obscenidades al oído.

—Mira cómo te la clavo, guarra… mira cómo se te traga la polla ese coñito tuyo —gruñía, dándome palmadas en el culo entre embestida y embestida—. Toda la mañana pidiéndomelo, ¿verdad?

—Sí… sí, joder, más fuerte —le respondí, buscando su boca por encima del hombro para morderle los labios.

Me tumbó otra vez sobre la mesa, me abrió las nalgas con los pulgares y siguió follándome ahora más rápido, más brutal, mientras se llevaba el pulgar a la boca, lo empapaba de saliva y me lo apretaba contra el ojo del culo hasta hundírmelo. Grité. Un grito largo, agudo, que se estrelló contra las chapas. La sensación doble me disolvió por dentro; sentí que las piernas empezaban a temblarme sin control.

—Más… —supliqué casi sin voz.

Él negó con un «no» seco, cortante. Y aun así sus movimientos no se detenían; mantenían un ritmo implacable que me hacía temblar entera. Deslizó la mano por debajo de mi vientre, encontró mi clítoris hinchado y empezó a frotármelo en círculos, sin dejar de metérmela ni de mover el pulgar en mi culo. Fue demasiado. El orgasmo me estalló de golpe, brutal, largo, apretándole la polla con espasmos que le arrancaron un gruñido de bestia. El frío que se colaba por las rendijas de la puerta erizaba mi piel, intensificando cada estremecimiento. Yo rogaba más, y él respondía con frases susurradas que me mantenían al borde de la rendición.

—Me voy a correr, joder… ¿dónde te la echo? —jadeó, acelerando aún más.

—Dentro… córrete dentro, todo… —le rogué, apretándolo con las piernas para que no se retirara.

Bastó una embestida más, hasta el fondo, y lo sentí sacudirse contra mí. Su polla se hinchó todavía más y me llenó de chorros calientes, uno tras otro, mientras él gruñía mi nombre contra mi nuca con los dientes clavados en mi hombro. Yo seguía temblando, con el segundo orgasmo colándose entre los espasmos del primero, apretándolo, ordeñándolo hasta la última gota. La tensión creció hasta quebrarnos, hasta dejarnos exhaustos y con la respiración entrecortada.

Salió despacio, y noté un hilo tibio de semen escurrirse por mi muslo. Permanecimos un instante abrazados, envueltos en un silencio espeso, con la piel pegada por el sudor. Luego él acarició mi brazo con un gesto sorprendentemente amable.

—Dime tu nombre, al menos —pidió con una sonrisa cansada.

—Marina —respondí mientras recogía mi ropa, sintiendo aún su corrida deslizándome por dentro.

—Te buscaré, Marina —susurró con cierta nostalgia.

***

Salí con prisa y casi tropiezo al chocar con Tomás en la esquina de la caseta. Tenía la cara roja y la bragueta mal recolocada; no me quedó ninguna duda de a qué se había dedicado mientras esperaba.

—Perdón —dije sofocada.

—¿Estás bien? —preguntó él, con genuina preocupación, aunque sus ojos me bajaron un segundo hasta el muslo, donde una gota traicionera todavía brillaba.

—Sí, gracias —respondí antes de alejarme corriendo.

Los kilómetros de regreso se hicieron cortos entre recuerdos de lo ocurrido. Corría con el coño palpitando todavía, sintiendo el semen escurriéndoseme entre las piernas a cada zancada, y una sonrisa idiota se me escapaba sola. Llegué sudada, agotada, con la mente ardiendo. Al entrar en casa, la música y las risas me devolvieron a la normalidad.

—Diego, ya volví —grité desde la puerta.

En el jardín había fiesta: música, alcohol y varias amigas reunidas.

—¡Ven a darte un baño, Marina! —me llamó Carla, la novia de mi hermano.

—Estoy cansada, subo un rato. Luego nos vemos —respondí, antes de desaparecer escaleras arriba, con una sonrisa que nadie alcanzó a entender.

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Comentarios(8)

Facu_Cba

jajaja ese giro al principio me mato. tremendo relato!!

ContinuaYa

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber como termina todo esto. No lo dejes asi!

MiraMas_77

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años. Se me revolvio todo leyendo esto, demasiado bueno.

LunaRoja

Excelente!! me encanto la tension del principio, se siente muy real

PedroMontoya_ar

La manera en que describis la situacion sin que se vuelva burda es un arte. Se nota que sabes escribir, no es facil lograr eso.

NocheSinSueño_77

¿Hay mas relatos tuyos en el sitio? Porque si son todos asi voy a pasarme horas leyendo jajaj

SofiaRojas_ok

Me encanto como lo contaste, se siente real y tiene mucho suspenso. Sigue subiendo mas!

Panzeta

corto pero intenso, justo como tiene que ser

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