Mis juguetes nuevos me hicieron perder el control
Hace tiempo que no me sentaba a escribir algo tan mío. Estuve ocupada, distraída, con la cabeza en mil cosas que no vienen al caso. Pero esta semana me pasó algo que necesito contar, porque si me lo guardo creo que voy a explotar, y prefiero soltarlo aquí, donde nadie sabe mi nombre real y puedo ser completamente honesta.
Todo empezó con una caja. Una de esas cajas marrones, anónimas, sin remitente visible, de las que una sabe perfectamente qué contienen aunque por fuera no digan nada. La encontré apoyada contra la puerta cuando volví del trabajo, y se me aceleró el pulso antes incluso de tocarla.
Hacía semanas que fantaseaba con darme un capricho. Lo había mirado mil veces en la pantalla, de noche, con la luz apagada y el corazón golpeándome las costillas. Un combo de dos. Uno tenía una forma rara, fantasiosa, con la base ancha y unos relieves marcados que prometían cosas que no me atrevía a decir en voz alta ni a mí misma. El otro era más clásico, pero vibraba, y eso bastó para que apretara el botón de comprar sin pensarlo demasiado.
Ya está. No hay vuelta atrás.
Subí la caja escondida bajo el abrigo, como si llevara un secreto que pesara cinco kilos. En casa estaba mi compañera de piso, así que tuve que disimular, sonreír, contestar lo de siempre sobre cómo había ido el día mientras la caja me quemaba dentro del bolso. Cené sin hambre. Lavé los platos despacio. Esperé.
***
Cuando por fin la escuché cerrar la puerta de su cuarto, me encerré en el mío con un cuidado casi ridículo. Pasé el pestillo dos veces. Bajé la persiana. Encendí solo la lámpara pequeña de la mesita, esa luz tibia y anaranjada que hace que todo parezca más íntimo de lo que es.
Abrí la caja con las manos temblando un poco. Y ahí estaban los dos, envueltos en plástico, brillando bajo la lámpara. Los saqué con esa mezcla de vergüenza y emoción que no sé explicar, esa sensación de estar a punto de hacer algo que nadie me autorizó y que justamente por eso me ponía a mil.
El primero que tomé fue el clásico, el que vibraba. Lo encendí solo para probarlo y el zumbido me sorprendió por lo fuerte que era. Lo apagué enseguida, asustada de que se escuchara a través de la pared, y me quedé quieta unos segundos, escuchando. Nada. Silencio. La casa entera dormía y yo estaba despierta, sentada en mi cama, con dos juguetes nuevos y todo el tiempo del mundo.
El otro me intimidaba más. Su forma extraña, sus relieves, esa base que se ensanchaba de un modo que me hacía cruzar las piernas solo de mirarla. Pasé los dedos por encima, sintiendo cada vena marcada, cada surco. Tragué saliva.
¿De verdad voy a hacer esto?
Sí. Iba a hacerlo.
***
Me desnudé despacio, no por sensualidad sino porque el cuerpo me pesaba de pura anticipación. Me tendí sobre las sábanas y dejé que el aire fresco de la habitación me erizara la piel. Tenía los pezones duros antes de tocármelos. Llevaba semanas imaginando este momento y ahora que había llegado no quería apurarlo.
Empecé por mí misma. Una mano sobre el pecho, la otra bajando lento, dibujando círculos sobre el vientre, demorándome adrede, haciéndome esperar. Cuando por fin llegué entre las piernas ya estaba húmeda, tanto que me sorprendió. Cerré los ojos y respiré. La habitación olía a mí, a deseo contenido durante demasiado tiempo.
Tomé un poco del lubricante que había comprado junto con el combo, un gel que se calentaba apenas con el roce, y lo extendí sobre el juguete clásico. Lo encendí en la intensidad más baja, esa vibración suave que es más una promesa que otra cosa, y lo apoyé contra mí sin meterlo todavía. Solo el contacto me arrancó un suspiro que tuve que ahogar contra el dorso de mi propia mano.
Lo deslicé despacio. Centímetro a centímetro, sintiendo cómo cedía mi cuerpo, cómo la vibración se expandía por todas partes como ondas en el agua. Tuve que morder la almohada. No por dolor, sino porque el gemido que me subía por la garganta era demasiado grande para guardarlo en silencio, y el silencio era obligatorio.
Me moví con él durante minutos que se sintieron eternos y cortísimos a la vez. Subí la intensidad. La bajé. Jugué con el ritmo, alejándome del borde cada vez que lo sentía cerca, porque no quería terminar todavía. Quería estirar esa tensión hasta que me doliera.
***
Y entonces miré al otro, al que me daba miedo, esperando su turno sobre la sábana.
Lo tomé con la mano libre. Lo lubriqué con calma, observando cómo el gel resbalaba por sus relieves. Sin el juguete clásico nunca hubiera tenido el valor, pero ya estaba encendida, ya había perdido la vergüenza en algún punto de los últimos minutos, y lo único que sentía era unas ganas enormes de probarlo.
Lo apoyé despacio. Su forma se sentía completamente distinta, cada surco marcando su paso de un modo que el clásico, tan liso, no conseguía. Al principio probé con cuidado, deteniéndome cuando el cuerpo me lo pedía, retrocediendo, volviendo. La primera vez lo intenté con protección, pero la sensación quedaba amortiguada, lejana, como tocar a través de un guante. Así que lo dejé limpio y lo intenté de nuevo, y la diferencia me cortó la respiración.
Ahí quiero hacer un paréntesis, porque me importa: que con un juguete personal y bien higienizado yo elija prescindir de la protección no significa que con una persona de verdad debas hacer lo mismo. Los juguetes son míos y solo míos. Una pareja no lo es. No corras riesgos por una sensación. Fin del paréntesis, vuelvo a lo que importa.
***
Sentir cada relieve marcando su recorrido fue algo nuevo, casi abrumador. Tuve que ir despacio, acostumbrándome, dejando que mi cuerpo decidiera el ritmo. Con la otra mano volví al juguete que vibraba, y entonces se me ocurrió la idea que me terminó de enloquecer.
Los dos a la vez.
El que vibraba en un lado, el de los relieves en el otro. Al principio el solo pensamiento me pareció demasiado, pero ya estaba ida, ya no me reconocía en la mujer que disimulaba en la cena unas horas antes. Acomodé el cuerpo, respiré hondo, y los moví juntos.
Fue una locura. La vibración por un lado, la presión firme y texturada por el otro, las dos sensaciones chocando en el centro de mí hasta volverse una sola cosa enorme e imposible de contener. Me temblaban los muslos. Tenía la frente perlada de sudor. Mordí la almohada con tanta fuerza que al día siguiente me dolía la mandíbula.
Llevé la mano hasta el clítoris y empecé a acariciarme en círculos pequeños, rápidos, mientras los mantenía a ambos en su sitio. Y eso fue el final. Sentí cómo todo se tensaba, cómo el cuerpo entero se preparaba para soltarse, esa cuerda que se estira y se estira y de pronto no aguanta más.
El orgasmo me partió en dos. Tuve que enterrar la cara entera en la almohada para que el grito no atravesara la pared. Me quedé temblando, con los juguetes todavía pegados a mí, sin fuerzas para moverme, escuchando mi propia respiración entrecortada en la oscuridad.
***
Me quedé un rato larguísimo así, boca arriba, mirando el techo, con esa sensación de vacío delicioso que llega después. La lámpara seguía encendida. La casa seguía en silencio. Nadie había escuchado nada. Y yo había descubierto un mundo entero en una caja marrón sin remitente.
Después limpié todo con cuidado, los guardé, apagué la luz. Me dormí casi al instante, con una sonrisa boba que todavía tengo cuando recuerdo aquella noche.
Lo curioso es que ahora no puedo dejar de pensar en lo siguiente. Ya tengo una idea rondándome la cabeza, una que me da un poco de vergüenza confesar incluso aquí, pero que probablemente acabe haciendo cualquier noche de estas. Si me animo, ya os contaré cómo salió.
Antes de despedirme os dejo mi duda del día, esa pregunta que me anda dando vueltas desde entonces: ¿creéis que vale la pena seguir explorando, o que hay un punto en el que una se pierde demasiado en sus propias fantasías?
Yo, sinceramente, ya no sé dónde está ese punto. Y, para ser honesta, tampoco tengo muchas ganas de buscarlo.
Gracias por leerme hasta acá. Nos vemos en la próxima confesión.