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Relatos Ardientes

Mi remedio secreto para las noches de insomnio

En la penumbra de su cuarto, Mariana clavaba la mirada en el techo. Llevaba más de una hora dando vueltas, buscando una postura que la convenciera, y nada. El sueño, que durante todo el día la había perseguido como una promesa, ahora se negaba a aparecer.

Resultaba absurdo. Toda la tarde había contado las horas para llegar a casa y meterse en la cama, pero apenas su espalda tocó el colchón, el cansancio se evaporó como si nunca hubiera existido.

Tal vez el error fue quedarse con el teléfono en la mano, deslizando el dedo por una pantalla brillante mientras los minutos se escapaban. Ahora la ansiedad le apretaba el pecho. Al día siguiente tenía que presentarse temprano en la facultad, y la idea de llegar con ojeras y la cabeza espesa la ponía de mal humor.

No era la primera vez que le pasaba. Por lo general se quedaba quieta en la oscuridad, con los ojos cerrados, hasta que la mañana le avisaba que en algún punto de la madrugada el sueño había ganado la batalla sin que ella lo notara. Pero esa noche iba a ser distinta.

De pronto recordó algo. Días atrás había leído una de esas publicaciones que circulan sin firma, donde alguien aseguraba que masturbarse antes de dormir ayudaba a conciliar el sueño más rápido. En su momento le pareció una excusa barata, una tontería más de internet. Sintió cómo las mejillas se le encendían solo de recordarlo.

¿Y si fuera verdad?

Cuando lo leyó, lo descartó sin pensarlo. Ahora, en cambio, le sonaba como una teoría que valía la pena comprobar. No tenía nada que perder y, en el peor de los casos, al menos pasaría el rato de forma más entretenida que mirando el techo.

Apartó las sábanas delgadas que cubrían su cuerpo y se sentó al borde de la cama. Estiró el brazo hacia la mesita de noche, abrió el segundo cajón y rebuscó entre la ropa doblada hasta dar con lo que escondía con tanto cuidado: un pequeño vibrador con estimulador de clítoris que había guardado en el fondo, lejos de los ojos curiosos de su madre.

Junto al juguete encontró el frasco de lubricante que siempre mantenía a su lado. Los sacó a los dos, los dejó sobre la sábana y, con un nudo de anticipación en el estómago, volvió a recostarse. Se deshizo de la ropa interior y del pantalón del pijama, hasta quedar casi desnuda en la oscuridad.

Separó las piernas despacio. Aunque la habitación estaba a oscuras y apenas distinguía sus propias formas, era plenamente consciente de cada centímetro de su piel, del silencio de la casa, del leve zumbido de la calle filtrándose por la ventana cerrada.

Destapó el frasco y dejó caer un hilo de líquido sobre su sexo. El gel estaba frío, y al rozar el calor de su piel se le escapó un quejido bajo, contenido. La sustancia se deslizó por su clítoris, se coló entre sus labios y siguió bajando con una lentitud que la hizo contener la respiración.

No quería apurarse. Sabía que la mejor parte estaba en la espera, en ese terreno previo donde el cuerpo empieza a pedir sin que la mente lo decida. Llevó la mano hasta su entrepierna y comenzó a repartir el líquido en círculos pequeños, con la yema de dos dedos, justo sobre la zona más sensible.

Se mordió el labio inferior sin darse cuenta. Sus pezones, que apenas habían empezado a endurecerse, ya estaban erizados, delatando cómo la excitación se apoderaba de ella poco a poco. Cada círculo que dibujaban sus dedos despertaba una corriente tibia que le subía por el vientre.

Bajó la mano con calma, arrastrando el lubricante hasta la entrada de su vagina, y dejó que dos dedos se hundieran apenas. Su interior, estrecho y cálido, los recibió con una facilidad que la sorprendió. Decidió empujarlos un poco más, hasta el fondo, y notó cómo su cuerpo se acomodaba sin esfuerzo. No tenían nada que ver con el grosor del vibrador, pero le servían para prepararse, para abrir el camino antes de seguir.

Sintió un cosquilleo suave en su interior. El calor que la envolvía por dentro era reconfortante, casi adictivo. Movió los dedos hacia arriba y hacia abajo, y al rozar una zona algo rugosa una punzada distinta la recorrió. Era una sensación rara, a medio camino entre el placer y unas ganas repentinas de orinar que la incomodaban un poco.

Con la mano libre, subió hasta uno de sus pechos. Atrapó el pezón erecto entre los dedos y empezó a estimularlo con pequeños pellizcos. Le encantaba esa mezcla de roce y presión, esa chispa breve que se sumaba al ritmo de la otra mano.

Para entonces, dormir había dejado de importarle por completo.

Decidió que ya había jugado bastante. Retiró los dedos de su interior y, casi por costumbre, se los llevó a la boca para limpiarlos. El sabor era una combinación extraña pero agradable, una mezcla del lubricante con aroma a mora y de su propio cuerpo. Sonrió en la oscuridad, sorprendida de su propio atrevimiento.

***

Llegó el turno del vibrador. Mantuvo presionado el botón durante unos segundos hasta que el aparato cobró vida en su palma, vibrando con un ronroneo grave. Sin perder más tiempo, llevó la punta a su clítoris y un escalofrío la atravesó al sentir cómo las vibraciones despertaban una capa de placer que sus dedos no habían alcanzado.

Aunque su sexo ya estaba más que húmedo, untó un poco de lubricante en el juguete por precaución. Quería que todo fuera suave, sin prisas ni molestias que la sacaran del momento.

Colocó la punta en su entrada con cuidado y, cuando se sintió lista, empezó a presionar. Como esperaba, el vibrador era mucho más ancho que sus dedos delgados. Tuvo que respirar hondo y ceder despacio, dejando que su cuerpo se acostumbrara centímetro a centímetro.

No pudo evitar gemir cuando llegó al fondo. La sensación era inmejorable. Notaba la parte más larga moverse dentro de ella y el extremo más corto apoyado justo sobre su clítoris, vibrando sin tregua. Sus piernas empezaron a temblar antes incluso de que se moviera.

Deslizó el juguete hacia afuera con suavidad y volvió a hundirlo. Su pecho subía y bajaba con una respiración cada vez más agitada, su abdomen se contraía a cada embestida. Cada vez que el vibrador entraba y salía, el estimulador rozaba su clítoris, y aquello se convirtió en una tortura deliciosa que no quería que terminara.

Su mente se fue quedando en blanco. Ya no pensaba en la facultad, ni en el reloj, ni en el insomnio. Solo existía el placer que se estaba regalando a sí misma en la intimidad de su cuarto. Siguió con el mismo ritmo, sintiendo cómo su interior se volvía más sensible con cada movimiento, como si cada penetración construyera un escalón más hacia el orgasmo.

Las ganas de orinar volvieron, más insistentes esta vez. Pensó en parar, pero ya estaba demasiado cerca. Qué más da, se dijo, decidida a llegar hasta el final. Por las dudas, corrió parte de su cuerpo hacia el borde de la cama y dejó las caderas en el aire. No quería mojar las sábanas si algo se le escapaba.

Quiso más. Apretó el botón que cambiaba la intensidad y fijó la vibración en el nivel más alto. Sus muslos respondieron de inmediato con un temblor incontrolable, y le costó reunir la fuerza necesaria en las piernas para sostener el peso de medio cuerpo suspendido.

La señal del final llegó como una ola que crecía sin pausa. Con los dedos presionó el extremo pequeño contra su clítoris hinchado y caliente, mientras el vibrador seguía clavado en lo más profundo. Su respiración se volvió entrecortada y tuvo que taparse la boca con la mano para que nadie en la casa escuchara los gemidos que ya no podía contener.

El orgasmo la golpeó de lleno. Las oleadas de placer la sacudieron con una fuerza que jamás se había provocado sola, tan intensas que sintió que de verdad iba a perder el control. Intentó apagar el vibrador con dedos torpes, sin conseguirlo, mientras su cuerpo se convulsionaba en espasmos largos. Algo cálido brotó de ella, igual que en aquellos videos que alguna vez había mirado a escondidas.

Cuando ya no pudo soportarlo, retiró el juguete de un tirón suave y, por fin, logró apagarlo. Se quedó tendida unos segundos, jadeando, con el corazón golpeándole las costillas y una sonrisa boba dibujándose sola en su cara.

***

La oscuridad no la dejaba ver bien, así que encendió la linterna del teléfono. Bajo aquella luz pequeña observó el vibrador con una mezcla de fascinación y vergüenza: estaba cubierto de los fluidos de su propio placer. Llevada por la curiosidad, acercó la lengua y se dio una probadita tímida. Era espeso, distinto, pero no le desagradó.

Satisfecha, se levantó de la cama y caminó descalza hasta el baño de su habitación para lavar el juguete. Debía dejarlo limpio antes de devolverlo a su escondite del cajón. También se encargó de secar las pocas gotas que habían caído al suelo y, por último, se puso de nuevo el pijama.

Con el pequeño desorden de su experimento ya resuelto, volvió a deslizarse entre las sábanas. Se acomodó de costado, relajada, sintiendo que el cuerpo le pesaba de la mejor manera posible. Una calma tibia la envolvía de pies a cabeza.

No le quedó ninguna duda: esa publicación que tanto había despreciado tenía razón. Esa noche iba a dormir profundamente, calentita y tranquila, con la certeza de que había descubierto un remedio que pensaba repetir muchas noches más.

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Comentarios (5)

LecturaNocturna33

jajaja el título me engancho de entrada, buenisimo!!

InsomnioTotal

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de mas

Gabi_lectora

Me identifico muchísimo con eso del insomnio, y ahora ya sé que hacer la próxima vez que no pueda dormir jajaj

Martina_rio

Muy bien escrito, se siente cercano y real. Espero que sigas subiendo cosas asi

Curioso 6

Y despues cómo terminó la noche??? jaja, dejaste todo a la imaginación

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