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Relatos Ardientes

La noche que mi primo se quedó a ver videos conmigo

Daniela tenía veinte años y vivía con sus padres en un pueblo tan chico que ni siquiera aparecía bien marcado en los mapas. Apenas pasaban de los ochocientos habitantes, y el internet era un lujo que solo unas pocas casas podían pagar. Allí, el río marcaba el ritmo de los días más que cualquier reloj.

Había crecido en una familia conservadora, como casi todo el pueblo. El sexo era un tema que nadie nombraba en voz alta, algo que se susurraba o, directamente, se ignoraba. Lo poco que se hablaba era en la escuela, y aun así llegaba filtrado, recortado, lleno de vergüenzas ajenas que la dejaban con más preguntas que respuestas.

Daniela había descubierto el placer casi por accidente, una noche de invierno, cuando todavía tenía diecinueve. Abrazaba un oso de peluche enorme con los brazos y las piernas, buscando calor, y en un movimiento brusco la pata firme del muñeco le rozó la entrepierna por encima del pijama. Fue un segundo nada más. La piel se le erizó de golpe, el cuerpo se le tensó y soltó el aire de un tirón.

Se separó del peluche y se quedó boca arriba, mirando el techo, confundida. La sensación había sido rara, ajena, y sin embargo le había gustado demasiado. Llevó la mano a su entrepierna casi sin pensarlo. Todo estaba tan sensible que el simple contacto sobre la tela le mandó un cosquilleo tibio por las piernas, aunque no era exactamente lo de antes.

Empezó a frotarse por encima del pijama y esa corriente rica volvió, esta vez más nítida. Se sentía bien, demasiado bien. Sus pezones se endurecieron y se marcaron contra la camiseta fina.

Deslizó la mano debajo del pantalón. Sintió el vello húmedo bajo los dedos, abrió un poco las piernas y se acarició de arriba abajo. El placer la dejó sin palabras. Cerró los ojos para concentrarse en cada detalle y, sin darse cuenta, se mordió el labio. Su respiración se fue acelerando y se le escaparon unos gemidos suaves que intentó tragarse.

Sin proponérselo, el ritmo se volvió más rápido. Cada espasmo que le nacía entre las piernas le recorría el cuerpo entero y la desconectaba del mundo. Hasta que algo se acumuló de golpe, dio un pequeño brinco en la cama, las caderas se le movieron solas y tuvo que taparse la boca para callar lo que ya eran gemidos de verdad.

Era su primer orgasmo. Lo disfrutó hasta el último segundo, hasta que todo se apagó despacio y la dejó tendida, floja y absurdamente feliz. Aguzó el oído: sus padres dormían, no la habían escuchado. Esa misma noche quedó enamorada de la masturbación, aunque en una casa tan chica solo podía permitírselo un par de veces al mes, siempre con el corazón en la boca.

***

Cuando cumplió veinte, sus padres por fin contrataron internet y le regalaron un teléfono propio. Lo usaba para redes y videos tontos, nada más. No se le había cruzado que esa pantalla pudiera abrirle otra puerta.

Un sábado fue el cumpleaños de su tío. En los pueblos chicos esas fechas se festejan a lo grande, con mesas largas, música a todo volumen y media familia metida en el patio hasta la madrugada. Daniela bailó, comió y, ya entrada la noche, se cansó del ruido y del calor.

Buscó a su primo Bruno entre la gente. Tenían casi la misma edad, habían crecido jugando juntos, y él también parecía aburrido de la misma cumbia repetida.

—¿Te venís a casa a ver videos? Tengo internet ahora —le dijo, casi sin pensarlo.

—Dale, vamos —contestó Bruno, encogiéndose de hombros.

La casa de Daniela estaba a unas cuadras, en silencio, con todos en la fiesta. Lo llevó a su habitación y se sentaron en la cama, hombro con hombro, pasando reels sin rumbo. Entre video y video empezaron a aparecer chicas bailando en ropa interior, clips con audios insinuantes de fondo.

—No sé cómo no les da vergüenza que las vea tanta gente así —comentó Daniela, arrugando la nariz.

—Y bueno, igual se ven bien —dijo Bruno, medio en broma.

—En eso tenés razón —admitió ella, y los dos se rieron.

Bruno la animó a buscar fotos de actrices en lencería. Se pusieron a criticarlas y a halagarlas como dos jurados improvisados, y entre tanto clic terminaron, sin querer, en una página de contenido para adultos.

—¿Y esto qué es? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

Bruno sabía perfectamente de qué se trataba, pero se hizo el desentendido.

—Ni idea. Mirá, ahí dice que hay un video de ella —dijo señalando el nombre de una influencer conocida.

—Es verdad.

—Ponelo, a ver.

Daniela tocó el video con el dedo, un poco nerviosa. Era la supuesta influencer teniendo relaciones con un hombre, aunque la cara apenas se distinguía y costaba asegurar que fuera ella. Lo miraron en silencio, sin animarse a hacer comentarios, hasta que terminó un par de minutos después.

—A ver ese otro —dijo Bruno, indicando otro recuadro.

Lo puso. Era un video casero de gente desconocida. Los dos observaron sin moverse cómo se hacían sexo oral, cómo ella era penetrada y gemía sin disimulo.

—Sacá ese, se ve feo —murmuró él, incómodo.

Daniela lo quitó y eligió otro. Este era de dos mujeres disfrazadas de estudiantes, jugando un papel exagerado. Los dos se quedaron mudos, impresionados.

Bruno ya no podía esconder lo excitado que estaba. El bulto se le marcaba con descaro en el pantalón, y Daniela lo notó de reojo. Ella tampoco estaba mejor. Era la primera vez que veía sexo explícito de verdad, no las escenas tibias de las novelas, y aquel video la encendió de una forma que no esperaba.

No debería estar mirando esto con él, pensó. Pero no apartó la vista.

Bruno no aguantó más. Se recostó de costado en la cama de su prima, de manera de seguir viendo la pantalla, metió la mano dentro del pantalón y empezó a tocarse por encima de la ropa interior.

Daniela lo miraba de reojo. Esa imagen la distrajo por completo del video; ya no le importaba nada de lo que pasaba en la pantalla.

—Subile al volumen —pidió él, con la voz ronca.

Ella subió el sonido casi al máximo. Los gemidos del video llenaron la habitación, mezclándose con el corazón que le golpeaba el pecho.

Bruno ya no se contuvo. Se bajó el cierre, sacó el miembro completamente erecto y, ahí, frente a su prima, empezó a masturbarse despacio.

Daniela no podía dejar de mirarlo. Sin darse cuenta, empezó a acariciarse los muslos, cada vez más cerca de la entrepierna. Sentía el calor de sus propias manos a través de la calza fina, y los dedos se le iban acercando solos al centro, como atraídos.

Un ruido fuerte del video la sacó del trance. Lo pensó unos segundos, apagó el teléfono y se quedó en silencio. El cuarto quedó a oscuras, apenas iluminado por la luz que entraba de la calle.

—Che… ¿puedo? —preguntó con un hilo de voz.

—¿Si podés qué? —respondió Bruno, sin entender.

Daniela respiró hondo, juntando coraje.

—¿Te lo puedo tocar?

Bruno se quedó helado un instante, sorprendido por la pregunta. Después, muy nervioso, contestó:

—Eh… sí. —Y enseguida, como si recién cayera en que no debía dejar pasar la oportunidad, agregó—: Esperá, dame un segundo.

Se desabrochó del todo el pantalón y lo bajó un poco, dejando a la vista también los testículos. Daniela acercó la mano despacio. Empezó acariciándolos apenas con la punta de los dedos y, después de unos instantes, ya los tenía jugando entre la palma mientras Bruno se entregaba al tacto suave de su prima.

Al rato dejó los testículos y, con el índice, dibujó círculos lentos sobre la cabeza enrojecida y brillante, húmeda de líquido. Bruno cerró los ojos, perdido. Entonces ella tomó el miembro entero con la mano, lo apretó con firmeza y empezó a masturbarlo despacio, concentrada en la punta.

—Oíme… ¿vos querés tocarme a mí? —soltó Daniela, dejándose llevar.

—Sí, sí quiero —respondió él sin dudar.

Le soltó el miembro y Bruno se arrodilló en la cama, frente a ella. Daniela le tomó la mano y la guio directo a su entrepierna, por encima de la calza. Apenas él la apoyó, sintió ese cosquilleo familiar, el mismo de la noche del peluche.

—¿Y ahora? —preguntó Bruno con la voz temblorosa, sin saber qué hacer.

—Solo movela de arriba abajo —murmuró ella entre suspiros.

Bruno obedeció. Mientras tanto, ella volvió a tomar su miembro y siguió masturbándolo. Él notó cómo los suspiros de su prima se convertían en gemidos cortos, y también cómo, aun por encima de la tela, la calza empezaba a humedecerse bajo sus dedos.

—Che… —dijo Bruno, también entre suspiros.

—Decime —respondió ella, con la voz entrecortada.

—Quiero tocarte sin que tengas esa ropa.

Daniela se detuvo y le soltó el miembro. Por un segundo, Bruno creyó que había pedido demasiado. Pero no. Ella se incorporó un poco, se bajó la calza y la ropa interior, y dejó a la vista su sexo cubierto de vello.

Bruno quedó atónito, mirándola. Daniela se acomodó de nuevo frente a él, le tomó la mano y la apoyó otra vez sobre su intimidad. Ahora él sentía el vello húmedo, la piel cálida y delicada, y volvió a frotar de arriba abajo. Ella sujetó otra vez el miembro y retomó el ritmo.

Enseguida Daniela empezó a gemir de a poco, apretando con un poco más de fuerza. Ahí estaban los dos, de frente, mirándose a los ojos mientras se masturbaban mutuamente. Bruno dejó el movimiento recto y empezó a frotar en círculos. Eso la hizo gemir más fuerte, más seguido, y ella aceleró la mano sobre él.

Bruno no resistió. Empezó a eyacular de golpe, abundante. Daniela sintió el miembro latir entre sus dedos, el semen escurriéndose por su mano, y aun así no se detuvo. Él hizo una mueca: estaba demasiado sensible después de venirse, pero la excitación era tanta que la erección no bajó.

Él también apuró el ritmo de la mano sobre ella, que ya tenía los ojos cerrados, los labios apretados y no paraba de gemir. Cuando el orgasmo la alcanzó, el cuerpo se le fue hacia adelante y apoyó la cabeza en el hombro de Bruno. Los gemidos se le alargaron y, de a poco, se apagaron.

Casi al mismo tiempo, Bruno volvió a eyacular, esta vez con menos. Los dos quedaron exhaustos, agitados, sin saber bien qué decir. Daniela se enderezó despacio y le soltó el miembro; él dejó de tocarla.

—¿Me das un beso? —pidió ella, todavía con la respiración acelerada.

Bruno se acercó y empezaron a besarse con torpeza, sin ritmo, porque ninguno de los dos había tenido pareja antes. Fue un beso desprolijo y nervioso, y sin embargo a ella le pareció lo más íntimo de toda la noche.

Después de unos segundos se separaron. Se limpiaron en silencio, se acomodaron la ropa y se miraron, medio sonriendo, sin animarse a nombrar lo que acababa de pasar. Sin decir nada más, decidieron volver a la fiesta del tío, como si nada, aunque los dos sabían que algo entre ellos ya no sería igual.

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Comentarios (6)

NikoBaires

buenisimo!!! uno de los mejores que leí en un buen tiempo

LorenaB22

Por favor una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber que pasó después

MatiasNocturno

Muy bien narrado, se siente la tension de ese momento. Sigue escribiendo así!

CarlitosBA

me recordó una situacion parecida que viví de joven jaja. Esos momentos de animarse a decir algo son unicos

VioletaB

Como conseguis crear esa tension antes del momento clave? genuina pregunta, es muy dificil de lograr con palabras

Seba_Mdq

jaja la frase del final me mato. Los que pasaron por algo así saben de que va

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