Mi macho llegó del bar y lo recibí de rodillas
Marcos abrió la puerta del piso pasadas las nueve y se encontró a Yusuf en la cocina, removiendo algo en una olla que olía a comino y a cordero. No lo esperaba tan pronto, y se le notó en la cara.
—Eh, ¿qué haces aquí? —preguntó el chico, dejando la cuchara—. Te habías ido de viaje, ¿no?
—Iba —respondió Marcos, soltando las llaves sobre la mesa—. Pero cuando ya estaba con el camión en la nave me dijeron que tenían un problema con la máquina de empaquetado. Nada que cargar.
Yusuf se acercó, le pasó las manos por el pecho y arrugó la nariz.
—Hueles a alcohol.
—Un par de cañas. Las pagó Andrés, el de la fábrica, ese con el que siempre arreglo la carga y la descarga. Te he hablado de él.
—Varias veces. Me acuerdo.
—Nunca habíamos hablado más allá del trabajo —siguió Marcos, dejándose caer en una silla—. Pero quería compensarme por haberme hecho ir para nada, y me invitó. Luego pagué yo otra ronda, y otra, y se nos fue la tarde. Buen tío. Muy buena gente. Con el alcohol acabamos hablando de cosas personales.
Y entonces le contó todo: que Andrés vivía con un chico más joven, igual que él vivía con Yusuf; que los dos cargaban la misma vida discreta de pueblo trasplantada a la ciudad; que entre cerveza y cerveza se les había soltado la lengua de una manera que no le pasaba con nadie.
—Estuve a punto de invitarlos a comer aquí —dijo Marcos—. Comida árabe, de la tuya. Pero no iba a hacerlo sin contar contigo primero.
Yusuf lo miró con una mezcla de cariño y reproche.
—El marido no pregunta. El marido avisa cuándo vienen los amigos, y la esposa tiene la comida lista. Así de fácil.
—Joder, Yusuf —se rió Marcos—. Que ya llevas años aquí, que esto no es tu pueblo.
—Lo sé, papá. Pero me gusta complacerte. Me gustó desde el primer día. Y además te debo mucho. —Se le suavizó la voz—. Mucho, mucho. Te lo debo todo. El último cruce de la frontera, una casa al llegar, los papeles, la tienda. ¿No te das cuenta de que todo te lo debo a ti? Eso, y este pedazo de polla.
—Bueno, bueno —Marcos levantó una mano, incómodo con el sentimentalismo—. Que yo también te debo lo mío. Has cambiado esta casa y mi vida entera. Estoy más a gusto que en ningún otro momento. Pero no nos pongamos blandos, que no me gusta. Y mira, si no fuera porque vengo medio borracho, ahora mismo te daría una buena follada.
—¿Y si te conformas con una mamada de las mías?
—Pensándolo bien —dijo Marcos, estirando las piernas—, no me vendría nada mal.
—Pues a la orden. Siéntate en la butaca, que yo me ocupo de todo de cintura para abajo.
Marcos se dejó caer en el sillón del salón con un suspiro de hombre cansado. Yusuf se arrodilló delante de él sin prisa. Primero le quitó las zapatillas y los calcetines, y le besó los pies despacio, uno y otro, como si fueran lo más valioso de la casa. Luego le soltó el cinturón, le bajó la cremallera. Marcos levantó un poco el culo y el chico le tiró del pantalón y del calzoncillo hasta los tobillos.
A diferencia de otras noches, la polla de Marcos estaba completamente blanda, dormida por el alcohol y el cansancio. A Yusuf eso, lejos de molestarle, le encantó. Ya verás cómo te la pongo, pensó.
Empezó suave. Besos en el tronco caído, en los huevos, en la raíz. Después sacó la lengua y, solo con la punta, fue lamiendo de abajo arriba, sin meterse nada en la boca todavía. La verga empezó a despertar, a hincharse contra sus labios, y entonces sí, se la metió entera. Hacía con la lengua todo lo que sabía: la envolvía, la soltaba, le chupaba el capullo, volvía a tragarla hasta el fondo. Yusuf se había vuelto un especialista en aquello, conocía a su hombre de memoria, sabía exactamente dónde apretar y cuándo aflojar, y se sentía orgulloso cada vez que la sentía endurecerse en su garganta. No tardó mucho. Pronto la tuvo dura como una estaca.
—Qué gusto, joder, qué bien lo haces —jadeó Marcos.
Yusuf se la sacó un segundo de la boca, con los labios brillantes.
—Gracias, macho. Yo también disfruto con tu polla aquí dentro.
Y volvió a tragarla. Marcos le hundió los dedos en el pelo, marcando un ritmo lento.
—Estoy a punto. Dime cuándo quieres la leche, nene.
El chico se la sacó otra vez, apenas lo justo para hablar.
—El macho se corre cuando le sale de los cojones. Así es en mi país y así es aquí. Y el que mama, traga.
—Pues te la voy a dar toda, y que no se escape ni una gota. Aliméntate con la leche de tu marido. Toma. Toma, que me corro.
Marcos se vació en su boca con un gruñido largo. Yusuf no soltó nada, tragó hasta la última gota y se relamió, satisfecho.
—Qué rica.
—No te has tocado siquiera —observó Marcos, recuperando el aliento—. No te has corrido.
—Hoy no hacía falta —respondió el chico, levantándose—. Hoy solo quería ocuparme de ti, relajarte, sacarte la leche y nada más. Ahora te llevo a la cama, que se te pase un poco. Borracho del todo no estás, así que descansa mientras termino la cena, que no te esperaba.
Le quitó el jersey y la camiseta, lo acompañó al dormitorio y lo arropó como a un crío. Todavía tenía el sabor de su semen en la lengua. Le gustaba ese sabor, y muchas veces se quedaba sin él, porque a Marcos lo que de verdad le ponía era acabar dentro de su culo, preñárselo, decía, dejársela en el sitio.
***
A la misma hora, al otro lado de la ciudad, Andrés llegaba a su piso y encontraba a Iván inclinado sobre la mesa del comedor, dibujando unos planos.
—Hombre, ya estás aquí —dijo Iván sin levantar del todo la cabeza.
—Tendría que haber vuelto antes —contestó Andrés—, pero se rompió una máquina y se nos juntó todo. Llegó un camionero a cargar y no pudimos darle nada, ni avisarle a tiempo. Así que lo invité a una cerveza para compensarle. Luego él me invitó a otra, yo a otra más, y se nos hizo tarde.
Iván se enderezó, sonriendo con media boca, medio en serio, medio en broma.
—Se te nota que has bebido. A ver si ese camionero acaba quitándome el marido.
—Qué va, ni lo pienses. Para empezar es más o menos de mi edad. Y para seguir, con tanta cerveza nos pusimos a hablar y me contó su vida. Está en una situación parecida a la nuestra, solo que él vive con un chico árabe.
—O sea, lo típico —dijo Iván—. Dos machos bebiendo en un bar.
—Sí. Y también hablamos de nuestras parejas. Él de su chico árabe, y yo le hablé de ti.
Iván arqueó una ceja.
—Ah, ¿ya no te cortas?
—Habrá sido por varias cosas —Andrés se encogió de hombros—. El alcohol nos soltó la lengua, me pareció una persona buenísima, y la verdad es que ya qué más da. No estamos en el pueblo. Aquí a nadie le importa con quién vivas.
—Pues muy bien —Iván se acercó—. Oye, ¿no te quieres dar una ducha? Para que se te baje un poco esa media borrachera.
—Necesito mear primero —dijo Andrés, ya quitándose la ropa de camino al baño—. Efecto de la cerveza.
Entró desnudo y se puso a orinar largamente. Iván lo siguió y se quedó apoyado en el marco de la puerta, mirándolo con descaro.
—Cómo debe saber ahora esa polla, con las gotas de cerveza en la punta.
Andrés se giró, todavía con la verga en la mano y una sonrisa torcida.
—Pues pruébala y me cuentas.
Iván se arrodilló sobre las baldosas, se la metió en la boca un momento y volvió a sacársela.
—Rica. Se nota un sabor distinto al de otras veces.
—Eres un cerdo.
—¿Sigo? —preguntó Iván, mirándolo desde abajo.
—Dale —dijo Andrés, apoyándose contra el lavabo—. Sabes que sí. Y mama hasta sacarme la leche, que con eso y una ducha caigo en la cama como un tronco.
Iván se la tragó hasta la garganta. Conocía a su hombre tan bien como Yusuf conocía al suyo: a veces le pasaba la lengua por debajo del tronco, se la volvía a meter entera, jugaba con el ritmo. Y mientras lo hacía se calentaba pensando en lo que acababa de oír: que su macho había estado en un bar hablándole a otro macho de él, contándole quién sabe con qué palabras que tenía en casa a un chico que era suyo, su puta particular, su maricón.
—Ya casi —avisó Andrés, tensando las piernas—. Ya voy.
Iván solo respondió con un sonido gutural, sin sacársela, asintiendo.
—Toma. Toma, que me corro.
Iván tragó y se relamió despacio.
—Qué gozada. Primero el sabor a cerveza y después la leche.
—¿Y tú no te corres? —preguntó Andrés.
—Ahora no. No vaya a ser que, cuando te recompongas, te dé por reventarme el culo. Así llego con más ganas, loca por que me la metas.
Andrés se rió, se duchó, e Iván lo secó con la toalla como si fuera un favor y un privilegio. Después lo llevó al dormitorio, lo acostó, lo dejó dormitar un rato y se fue a preparar la cena.
***
Al día siguiente, desde la fábrica, Andrés le mandó un mensaje a Marcos: el camión ya estaba listo para cargar. Marcos se vistió en un momento y en poco tiempo estaba allí. Pero el saludo fue distinto al de otras veces. Ya no fue el apretón seco de dos hombres que solo comparten papeleo. Se dieron un abrazo. Ahora eran colegas.
—Hola, Andrés. ¿Mucha resaca? —preguntó Marcos.
—Qué va, no fue para tanto. Dormí un rato, cené, otra vez a la cama, y hoy como nuevo.
—Más o menos como yo. Mi chico me preparó uno de esos tés suyos y listo.
Andrés bajó la voz, aunque no había nadie cerca.
—Estuve dándole vueltas a lo de ayer. Tenemos muchas cosas en común, tú y yo. Me gustaría que siguiéramos en contacto.
—Pienso igual —dijo Marcos—. De hecho, anoche lo hablé con Yusuf. Quería invitarte a comer comida árabe en casa. Cocina de maravilla, seguro que te gusta.
—¿Solo a mí? —Andrés sonrió con picardía—. No estarás buscando un trío conmigo, ¿no?
—No, hombre —se rió Marcos—. La invitación es para ti y para tu chico. Y en todo caso, sería un cuarteto, no un trío.
Quedaron para un domingo. Así Yusuf tendría todo el día para cocinar sin preocuparse de la tienda, Iván libraba y Andrés también, y Marcos se aseguraría de no tener que cargar nada esa fecha. Mientras volvía al camión, Marcos pensó que la vida tenía formas raras de juntar a la gente: dos machos que solo se conocían por albaranes y horarios, y ahora cuatro hombres que iban a sentarse a la misma mesa sabiéndolo casi todo los unos de los otros. Sonrió. El domingo prometía.