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Relatos Ardientes

Dos hombres, dos cervezas y una confesión inesperada

Habían pasado unos siete años desde que sus caminos empezaron a cruzarse de tanto en tanto. Adrián ya había terminado la carrera, llevaba más de un año ejerciendo de ingeniero y disfrutaba de un buen puesto con un sueldo cómodo. Bruno, por su parte, había encadenado un segundo ascenso y seguía firme en la misma fábrica de las afueras, esa nave gris que olía a cartón y a aceite de máquina.

El negocio de Karim también marchaba viento en popa. La tienda había crecido tanto que, tras dos ampliaciones a los locales contiguos, había tenido que contratar a una chica y a un chico, ambos nacidos en el país pero de familia magrebí. Y Mateo seguía transportando mercancía con su camión, aunque hacía meses que había terminado de pagar las últimas letras del vehículo.

Mateo pisaba la fábrica de Bruno con frecuencia. Unas veces iba a descargar materias primas, otras a cargar el producto terminado en palés. Habían hablado muchas veces, los dos apoyados en el muelle de carga mientras la carretilla iba y venía, pero nunca de nada que no fuera el albarán, los tiempos de espera o el tráfico de la ronda.

Aquella mañana Mateo llegó con su camión a la hora prevista, listo para recoger el pedido. Pero al bajar de la cabina, Bruno salió a su encuentro con cara de circunstancias.

—Joder, tío, lo siento —dijo Bruno frotándose la nuca—. Se ha roto la empaquetadora hace nada, una avería gorda. No vamos a poder cargarte hasta mañana.

—Cojones —resopló Mateo—. Si lo llego a saber no me acerco. Me he comido media autovía para nada.

—Es que ha sido casi ahora mismo. Cuando hablamos por teléfono estaba todo en orden. Lo siento de verdad, macho.

Mateo miró el camión, miró el reloj y se encogió de hombros con resignación.

—Bueno… ¿crees que podría dejar el camión aquí hasta mañana?

—Claro que sí —respondió Bruno, aliviado de poder ofrecer algo—. Y lo metes dentro, en la zona de carga. Serás el primero al que cargemos en cuanto esto vuelva a funcionar.

—Perfecto, pues me marcho entonces. Oye, ¿hay una boca de metro cerca, no?

—Haberla la hay, pero te queda lejos. Mejor coge un tren de cercanías, tienes la estación a dos calles y es mucho más rápido.

—Vale. Aunque, la verdad, prisa no tengo ninguna.

Bruno titubeó un par de segundos, como quien sopesa si está bien decir lo que va a decir.

—Pues si no tienes prisa, te invito a unas cervezas y así te compenso el viaje de balde.

—Hecho —Mateo sonrió por primera vez en toda la mañana—. La verdad es que tengo sed y aprieta el calor. Unas cañas bien frías me vendrían de lujo.

***

Se metieron en un bar de barrio a dos manzanas de la fábrica, de esos con las sillas de formica y el fútbol siempre puesto. Pidieron la primera ronda y luego otra, y otra más. Mateo se negó en redondo a que Bruno pagara todo, así que fueron alternando. El alcohol los fue soltando, aflojando los hombros y la lengua. Al camionero ya ni le importaba no haber cargado; es más, se alegraba de conocer un poco mejor a aquel hombre con el que había cruzado tantas palabras sin saber nada de él.

—Bueno, ¿y la parienta no te va a echar la bronca cuando te huela el alcohol al llegar a casa? —preguntó Bruno con una media sonrisa.

—No hay parienta, tío. ¡Qué va! —Mateo soltó una risa breve—. Estuve casado y tengo un hijo, pero me divorcié hace años. Cojones, ni me hables de aquello, que fue una desgracia. Yo todo el día con el camión y llegar a casa a tragarme protestas, peleas y mala cara. La verdad, no quiero líos con mujeres, siempre te quieren tener controlado. ¿Y tú? ¿No estás casado?

—Lo estuve, también hace tiempo. La diferencia es que nosotros no tuvimos críos. Pero lo nuestro se acabó por otros motivos… bueno, más bien fue ella la que me dejó. Me pilló poniéndole los cuernos en plena faena.

—¡Cojones! —Mateo dio un trago largo—. La habrás pasado mal, ¿no?

—Bastante. Y más en un pueblo como en el que vivía, donde se sabe todo antes de que ocurra. Por eso me mudé para acá.

—Hombre, no creo que fueras el único al que pillan con otra. Vivas donde vivas, eso pasa en todas partes.

Bruno bajó la mirada al vaso y giró el posavasos con un dedo. Tardó en hablar.

—No es solo eso… O no es eso. Mira, te lo voy a contar todo, porque a estas alturas qué más me da. No fue con una chica. Fue con un chico. Y bastante más joven que yo. Me gustan jóvenes. Y nada, tuve que salir casi huyendo del pueblo.

—¡Cojones! —repitió Mateo, esta vez más bajo.

—Oye, tío —Bruno levantó las manos—, si ahora que te he dicho lo que te he dicho no quieres seguir, lo entiendo perfectamente. Pago esta ronda y cada uno por su lado, sin rencores.

—No, no. Y menos irnos ahora que te has sincerado conmigo —Mateo se inclinó sobre la mesa—. No tengo esos prejuicios. Es más, me siento casi en deuda de contarte algo de mí.

—No te sientas obligado a nada. Yo he hablado porque me ha salido de los huevos, como te digo, porque ya me da lo mismo.

—Pero soy yo el que te quiere contar —insistió Mateo, y bajó un poco la voz aunque el bar estaba vacío—. Mira, siempre he sido bisexual. O mejor dicho, siempre fui bisexual. Antes y durante mi matrimonio, cuando salía de ruta con el camión, me follaba a chicos. Era más fácil que andar buscando tías. Pero a día de hoy ya no follo con mujeres. Me pasa algo parecido a lo tuyo: son un rollo, son complicadas. Por eso te he dicho que FUI bisexual. Ahora estoy más que contento con mi chico.

—¿Vives con un chico? —Bruno abrió los ojos.

—Sí. Y fue una cosa de lo más casual, ni planeada ni nada. Diría que empezó al revés de como uno se lo imagina. Verás… Karim es un chaval magrebí, me lo crucé en Melilla y me pidió que lo ayudara a cruzar a la península. Es absolutamente masculino, ni se me pasó por la cabeza que pudiera ser otra cosa. El caso es que lo pasé en el ferri escondido con la carga del camión, y al salir del puerto de Tarifa me dio lástima y le propuse que se quedara unos días en casa.

—Hasta ahí normal —dijo Bruno, enganchado.

—Ya, pero el tío es guapísimo, y fue él quien enseguida se puso a hacerlo todo en casa, o casi todo, sin que yo le dijera nada. Y una tarde me preguntó si le quedaban bien unos calzoncillos nuevos. No me pude aguantar y le di una palmada en el culo. Ya sabes, tampoco es tan raro que un tío le dé una nalgada a otro cuando hay confianza. Pero se quedó cortado, y cuando vi su cara me disculpé. Y para mi sorpresa me dijo que no le había molestado. Que le había pillado desprevenido, sí, pero que le había gustado.

—No me jodas.

—Te imaginarás que aquello fue el detonante. Esa misma noche me lo follé. Y lo desvirgué, además. Allá en su país ni siquiera se había atrevido a chuparla. Ahora ni se acuerda de la vida que llevaba antes.

Bruno se echó hacia atrás en la silla, riéndose con admiración.

—Hombre, tu historia es hasta de novela. Ese chico te debe media vida. La mía no es tan romántica, te lo aviso. Lo mío empezó como te he dicho: salí escopeteado del pueblo y me coloqué enseguida aquí, en esta misma fábrica, aunque entonces en una categoría inferior a la de ahora.

—Cuenta, cuenta.

—El problema era que necesitaba alojamiento urgente. Un conocido me sopló que había un chaval buscando a un estudiante para compartir piso. Yo de estudiante no tenía nada, evidentemente, pero me lancé. Lo peor que podía pasar es que me dijera que no. Y mira por dónde, me aceptó. Él también acababa de aterrizar desde su pueblo, unas semanas antes de empezar la universidad.

—¿Y cómo fue la cosa?

—Cogimos confianza muy rápido. Y yo soy como soy, siempre le gastaba bromas pesadas, le tocaba las narices todo el rato. A él le hacía gracia, se reía. Tiene unas nalgas tremendas, así que un día que lo pillé saliendo de la ducha le solté que con ese culazo no sabía cómo no lo paraban por la calle. Él se rio, como una broma más. Pero me dio por decirle que aún le quedaría mejor sin pelos.

—¿Y qué hizo?

—Esto es lo bueno. Al día siguiente llego a casa y se había rasurado piernas y culo. Y a los pocos días, el cuerpo entero menos los brazos. Aun así yo seguía dudando, porque el tío se comportaba muy masculino, incluso un poco bruto. Así que para tirar más del hilo, otro día le llevo de regalo un tanga. No sabía cómo se lo tomaría.

—No me digas que…

—Para mi asombro, se quitó la ropa ahí mismo, en el salón, se lo puso, se miró en el espejo y me preguntó si me gustaba cómo le quedaba. Y nada, ese mismo día lo desvirgué, igual que tú al tuyo. También se encarga de las cosas de la casa. A lo mejor no tanto como tu Karim, pero vamos, que está claro quién es quién bajo el mismo techo. Y te cuento más: yo soy un poco de mano suelta, y resulta que a Adrián eso le pone muchísimo.

Mateo soltó una carcajada y golpeó la mesa con la palma.

—¡Qué par de hijos de puta estamos hechos!

—Bueno, yo más que tú —dijo Bruno, riéndose también—. A ti se te nota que en el fondo eres buena persona. A ese muchacho le has resuelto la vida.

—Anda ya, no me hagas la pelota —Mateo apuró el vaso—. Cada uno se ha buscado lo que necesitaba, y los chavales tan contentos.

—Eso desde luego.

Pidieron un par de rondas más, esta vez ya sin contar de quién era el turno de pagar, riéndose de sus propias historias y comparando manías como dos viejos amigos que acabaran de descubrir que llevaban toda la vida hablando el mismo idioma sin saberlo. Cuando el camarero empezó a recoger las mesas del fondo, dieron la tarde por terminada.

—Mañana a primera hora estoy en la fábrica para cargar —dijo Mateo al levantarse, un poco achispado.

—Aquí te espero. Y oye… —Bruno le tendió la mano y se la estrechó con fuerza—. Me alegro de habértelo contado. Llevaba mucho tiempo sin poder hablar de esto con nadie.

—Lo mismo digo, macho. A ver si repetimos. Y un día de estos nos presentamos los chicos, ya que estamos.

Bruno se quedó un instante mirándolo, como si la idea le hubiera abierto una puerta que no esperaba.

—No es mala idea —murmuró—. No es mala idea para nada.

Salieron a la calle, donde el calor de la tarde empezaba a aflojar. Se despidieron en la esquina con una palmada en el hombro, cada uno rumbo a su casa, a su chico y a una noche que, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos pensaba pasar guardándose nada para sí.

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