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Relatos Ardientes

El hombre casado que me busca cuando ella duerme

—No se queja, tu mujer, con un macho así en casa…

Lo dije con la boca todavía hinchada, el carmín corrido hasta la mejilla y el cuerpo entero latiéndome como un solo músculo cansado. La lencería negra que me había puesto para él colgaba hecha jirones sobre la cadera, con las bragas rasgadas por la costura de un tirón que había dado él con los dientes, y entre las piernas sentía ese ardor dulce que deja un hombre cuando se ha tomado su tiempo para follarte hasta dejarte el culo en carne viva. Le acaricié la polla, que seguía a medio camino entre la dureza y el descanso, todavía brillante de mí y con un hilo de semen colgando del glande, y se la apreté suave en la palma, sintiendo cómo latía por reflejo. Me lamí el dedo y le limpié esa gota espesa que le colgaba, y me lo chupé despacio, sin dejar de mirarlo, con la ternura tonta de quien acaba de ser feliz y quiere que se le note.

Damián no contestó enseguida. Se quedó mirando el techo manchado del motel, con un brazo doblado bajo la nuca y el otro descansando sobre mi espalda, los dedos abiertos como si quisiera abarcarme entero.

—Bueno —dijo al fin, y la voz le salió más baja de lo normal—. No creas. Hace casi dos años que en casa no pasa nada.

Casi dos años.

Y algo se me encogió por dentro, no de pena por él, lo confieso, sino de una alegría sucia y caliente que me subió desde el estómago hasta el coño postizo de mi boca, esa que él acababa de reventar a besos. Me incliné y lo besé en la boca con una delicadeza que no me pega nada, porque yo no soy delicado. Yo soy un cuarentón fofo que se enfunda en ligueros baratos y se pinta los labios en el espejo retrovisor del coche antes de entrar a estos cuartos de paso. Pero él me devolvió el beso despacio, sin prisa, metiéndome la lengua hasta hacerme sentir todavía su sabor mezclado con el mío, como si tuviéramos toda la vida por delante, y eso me deshizo.

***

Nos conocimos un martes de lluvia, hace ya casi un año, en el muelle de carga de la nave donde yo llevaba la contabilidad de un mayorista de recambios. Él entraba y salía con su furgoneta blanca, descargando cajas, siempre con la camiseta pegada a la espalda por el sudor y esa manera suya de mirar de reojo, midiendo, sin decir nada.

Yo le firmaba los albaranes. Él me daba las gracias con un gruñido. Tardamos semanas en cruzar más de tres palabras, y todas fueron sobre el tiempo o sobre el tráfico de la circunvalación. Pero hay miradas que duran lo justo para no ser inocentes, y la suya se quedaba siempre un segundo de más en mi cara, como buscando algo que yo no enseñaba en horario de oficina.

Una tarde de viernes, con la nave ya vacía y el guardia haciendo su ronda por el aparcamiento de atrás, me lo encontré fumando junto al muelle. Le pedí fuego sin tener un cigarrillo. Él lo entendió a la primera. No hubo discurso, ni seducción de manual, ni frase ingeniosa: solo su mano grande apoyándose en mi nuca y mi espalda contra la pared fría de hormigón, y su bulto empujándome ya duro contra la cadera antes de que yo hubiera dicho una sola palabra más.

—¿Esto es lo que andabas buscando? —me preguntó al oído, ronco, mientras me apretaba la polla por encima del pantalón con una mano que no pedía permiso.

—Desde el primer albarán —le contesté, y me arrodillé allí mismo, entre las cajas, y le bajé la bragueta y se la saqué. La tenía gorda, torcida hacia la izquierda, con el prepucio a medio replegar y las venas gruesas latiéndole. Me la metí en la boca sin más preámbulo, hasta la garganta, y él me agarró del pelo y gimió un «hostia» apretado que aún recuerdo. Se corrió en tres minutos, con la cabeza echada hacia atrás, y me tragué hasta la última gota como quien firma un contrato.

***

Desde entonces son los jueves. Su mujer cree que sale a jugar a las cartas con los del taller, y a lo mejor hasta es verdad que alguna vez juega. Pero la mayoría de los jueves enfila la carretera vieja, aparca la furgoneta detrás del cartel del motel para que no se vea desde el camino, y golpea la puerta del cuarto que yo ya tengo pagado y a media luz.

Para entonces yo llevo media hora arreglándome. Me afeito las piernas en el baño diminuto, me embuto en las medias, me ato el liguero, me ajusto el sujetador relleno que me da un pecho de mentira pero suave al tacto. Me pinto. Me miro. Y cuando suena la puerta, abro despacio, como si no llevara la tarde entera con el culo ya lubricado y dos dedos metidos hasta el fondo pensando en él.

Esa noche entró con olor a gasolina y a colonia barata, las dos cosas que ya se me han vuelto irresistibles. Me miró de arriba abajo, sin tocarme todavía, y soltó el aire por la nariz como un caballo.

—Joder —dijo—. Cada jueves estás mejor. Vas a hacer que se me caiga sola.

—Me arreglo para ti —le respondí, y le cerré la puerta a la espalda con el pie mientras le pasaba la mano por encima del pantalón y le notaba la polla ya despertando debajo de la tela.

***

Me besó primero el cuello, despacio, mientras sus manos me bajaban los tirantes del sujetador y me apretaban la carne de los costados sin ninguna vergüenza. A Damián le gusta tomarse su tiempo en lo que otros llaman el principio, como si para él no fuera el principio sino la mitad. Me mordió el hombro, me lamió la clavícula, me hizo girar de cara a la pared y se quedó un rato largo recorriéndome la espalda con los labios, bajando vértebra a vértebra hasta el borde de las bragas.

Antes de bajar del todo se levantó, me apretó contra la pared con el pecho pegado al mío y me susurró al oído.

—Chúpamela primero. La tengo dura desde el semáforo.

No hizo falta que me lo repitiera. Me arrodillé en la alfombra rasposa, le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón hasta los tobillos. La polla le saltó fuera del calzoncillo como un animal, gorda, oscura de sangre, con esa gota gruesa asomándole ya. Se la agarré por la base, se la lamí desde los huevos hasta la punta con la lengua bien plana, y me la metí entera. Damián soltó un juramento y me clavó las dos manos en el pelo. Le mamé despacio al principio, tragándomela hasta hacerme llorar el maquillaje, dejando que me la moviera él contra el paladar. Luego más rápido, hueca la mejilla, chupándole solo el glande con los labios apretados y bombeándole el resto con la mano bien mojada de saliva. Él empezó a follarme la boca a su ritmo, empujándome la cabeza contra la pared, y yo me dejaba, con los ojos llorosos y el rímel escurriéndome, sintiéndole los cojones golpear contra mi barbilla en cada envite.

—Como sigas así te la trago entera y adiós —me advirtió con los dientes apretados, y me sacó la polla de la boca con un chasquido, tirándome de los pelos hacia arriba.

Me levantó, me giró de nuevo, me arrancó las bragas con dos dedos metidos por el elástico, y me separó las nalgas con las manos como quien por fin se sienta a una mesa que llevaba horas mirando. Enterró la cara entre mis nalgas sin ningún aviso. No hay manera elegante de contarlo, ni falta que hace: me estaba comiendo el culo con hambre, con la lengua metida hasta donde le cabía, ensalivándome el ojete, chupándome, mordiéndome las nalgas, subiendo hasta el nacimiento de la espalda para volver a bajar. Su lengua trabajaba con una paciencia que me dejaba las piernas temblando, entrando y saliendo del agujero, jugando en círculos alrededor, y yo me agarraba al cabecero de la cama mordiéndome el dorso de la mano para no gritar y que no me oyeran en el cuarto de al lado. Se llevó dos dedos a la boca, los mojó bien, y me los metió despacio, primero uno, después dos, buscándome ese punto que me hace ver estrellas.

—Quieta —me ordenó cuando intenté girarme—. Todavía no.

Y obedecí. Con él obedecer no es rendirse, es confiar. Le entregué el peso entero de mi cuerpo, esos kilos de más que tanto detesto frente al espejo y que él maneja como si fueran un regalo, colocándome a su antojo, abriéndome, preparándome con los dedos mientras me hablaba bajito al oído cosas que prefiero no repetir aquí porque me encienden todavía al escribirlas. Que era su puta. Que le encantaba mi culo gordo. Que iba a follármelo hasta que le pidiera perdón por no haberle abierto antes. Cosas así, con esa voz ronca pegada a la oreja, mientras me metía y sacaba los dedos con un chapoteo que me daba vergüenza y me ponía cachondo a partes iguales.

***

Cuando por fin me la metió, lo hizo despacio, conteniéndose, mirándome a los ojos a través del espejo manchado de la cómoda. La sentí abrirse camino centímetro a centímetro, ese ardor puntiagudo que se convierte en placer si respiras bien, y él lo sabía, y me esperaba parado con la punta dentro hasta que yo empujaba el culo hacia atrás pidiéndole más. Yo le sostuve la mirada todo lo que pude, hasta que el placer me obligó a cerrar los párpados y a dejar caer la frente contra el colchón.

Lo que vino después no tuvo nada de delicado. Damián empuja con todo el cuerpo, con esa fuerza de hombre que carga cajas a diario, agarrándome de las caderas, marcándome el ritmo, sacándomela entera hasta el glande para volvérmela a clavar hasta los huevos de un solo golpe. El somier protestaba contra la pared, el cabecero golpeaba, y él seguía a lo suyo, sin bajar el ritmo, chocándome las nalgas con las ingles en un chasquido húmedo que llenaba el cuarto. Me hizo girarme boca arriba, me dobló las piernas contra el pecho, me sujetó los tobillos por encima de sus hombros y volvió a metérmela con el culo bien abierto y las bolas golpeándome cada embestida. Yo le pedía más con una voz que no reconocía como mía, una voz aguda y rota que me sale solo con él, una voz de puta pidiendo que le partieran el culo. El sudor le caía de la frente sobre mi pecho postizo, gota a gota, y cada gota me parecía una pequeña condecoración.

—Dime que soy el único que te folla así —me exigió, sin dejar de moverse, con los dientes apretados y una vena hinchada en la sien.

—El único —jadeé—. No hay otro. No quiero a otro. Tu polla, mi vida, solo tu polla.

—Dilo otra vez. Di de quién es este culo.

—Tuyo. Es tuyo. Fóllamelo, Damián, no pares, por favor no pares.

Y era verdad, aunque él no supiera cuánta. Me escupió en la boca sin sacármela, me lamió la mejilla, me mordió el labio de abajo hasta hacerme daño y siguió embistiéndome más fuerte, hasta que empecé a notar cómo se me iba a escapar la cordura entera por el agujero del culo.

***

Me hizo darme la vuelta otra vez y ponerme a cuatro patas al borde del colchón, con la cabeza colgando por fuera. Se colocó detrás, me la metió de golpe hasta el fondo, y empezó a follarme como se folla lo que ya no se cuida, agarrándome de la nuca con una mano y del hombro con la otra, tirándome hacia atrás en cada envite para clavármela más adentro. Metió los dedos en mi boca, tres, y yo se los chupé mientras él me destrozaba por detrás. Sentía el semen ya subiéndole, se le notaba en el temblor de los muslos contra mis nalgas, en el ritmo cortado, en los jadeos más roncos.

Me corrí yo primero, sin tocarme la polla, con la cara contra la almohada y su mano cerrada sobre mi nuca, en una sacudida larga que me vació por dentro y me hizo manchar la sábana debajo con un charco espeso. Él aguantó un poco más, lo justo para verme deshacerme, apretando los dientes y follándome más despacio para no acabar todavía. Cuando por fin se corrió lo hizo dentro, con un gruñido sordo que le salió del estómago, clavándomela hasta el fondo y descargándome dentro chorro a chorro, mientras me apretaba las caderas con tanta fuerza que me dejó los dedos marcados hasta el día siguiente. Yo sentía cada latido de su polla dentro de mí, cada empujón de semen caliente, y me apreté a él por dentro para no perderme ni una gota.

Se derrumbó sobre mi espalda con todo su peso, jadeando contra mi pelo, todavía dentro de mí, mientras se le iba encogiendo poco a poco. Al sacarla, un hilo espeso de su corrida me chorreó por el muslo, y él lo recogió con dos dedos y me lo pasó por los labios. Se los chupé sin pensarlo.

Nos quedamos así un rato, encajados, sin hablar, mientras se nos calmaba la respiración. Después hizo lo que hace siempre, lo que ningún otro me ha hecho jamás sin que yo lo pidiera: me giró con cuidado, me besó el vientre, me lamió los pezones postizos, y bajó hasta tomarme la polla en su boca con una dedicación tranquila, sin prisa. Me la chupó entera, con los huevos también, subiendo y bajando la lengua por el frenillo, ahuecando la mejilla, tragándome a fondo hasta que se le humedecían los ojos. Me metió un dedo por detrás, encontró aquel punto todavía palpitando de su corrida, y me lo masajeó despacio mientras seguía mamándome. Me arrancó un último temblor que me dejó sin fuerzas y casi sin lágrimas, con una corrida seca y pequeña que le derramé en la boca y que se tragó como si fuera lo más natural del mundo. No porque me lo pidiera. Solo porque quería que yo también acabara la noche entero.

—No tenías que… —empecé a decir.

—Calla —me cortó, subiendo a tumbarse a mi lado y limpiándose la comisura con el dorso de la mano—. Me gusta.

***

Y ahora estamos aquí, en este silencio gordo y cálido del después, con la luz amarillenta de la mesilla y el ventilador del techo girando perezoso. Le acaricio el pecho peludo, le sigo la línea de una cicatriz vieja que tiene en el costado, le atuso el pelo con un gesto que se parece demasiado al cariño. Y pienso en ella, en su mujer, a la que no conozco ni quiero conocer.

Pienso en todo lo que se pierde. Se pierde esta manera que tiene de besar, como si cada beso fuera una pregunta y a la vez su respuesta. Se pierde la paciencia infinita de su lengua metida hasta el fondo del culo. Se pierde la fuerza honrada de sus manos abriéndote las nalgas. Se pierde esa polla gorda y torcida que llena hasta lo que no sabías que estaba vacío. Se pierde esa mirada con la que clava a un hombre contra la cama sin necesidad de tocarlo. Se pierde que, después de destrozarte a follazos, te recoja con la boca.

Se pierde al hombre entero, no solo al macho. Porque hay machos a montones en este mundo, los he conocido casi todos en cuartos como este, y la mayoría se corren, se suben los pantalones y se van sin mirar atrás. Damián no. Damián se queda. Se deja querer un rato. Y en ese rato yo soy, por una hora robada a la semana, la persona más afortunada de esta carretera.

—¿En qué piensas? —me pregunta, con los ojos ya medio cerrados.

—En nada —miento, porque hay cosas que no le digo. Que si me las callo es porque tengo miedo de que, si las suelto, él se asuste y no vuelva, y entonces no sabría qué hacer con todo lo que me ha despertado dentro.

***

Sé lo que soy y sé lo que esto es. No me hago ilusiones de novia, aunque a veces, en lo oscuro, me lo permita por un minuto. Sé que dentro de un rato él se levantará, se duchará deprisa para quitarse mi olor del cuerpo y mi semen del vello, se vestirá con la ropa de trabajo y volverá a su casa, a su cama, a su lado de un colchón donde hace casi dos años que no pasa nada. Y yo me quedaré recogiendo del suelo las medias rotas y las bragas hechas jirones, con el culo todavía chorreándole por dentro, desmaquillándome frente al espejo, volviendo a ser el contable fofo de la nave de recambios.

Pero también sé esto, y es lo único que me importa de verdad: el jueves que viene volverá a aparcar detrás del cartel. Volverá a golpear la puerta. Volverá a mirarme de arriba abajo y a soltar el aire por la nariz. Volverá a sacarme la polla en cuanto cierre y a metérmela en la boca antes de decir hola. Porque en su casa hay un hombre que se muere de hambre, y aquí, en este cuarto de paso con olor a lejía y a semen, hay alguien dispuesto a comérselo entero todas las semanas del mundo.

Me acurruco contra él, le beso el hombro, le paso la lengua por el pezón, y se lo repito muy bajito, casi para mí, con esa satisfacción ladina de quien se sabe ganador de una guerra que la otra ni siquiera sabe que está perdiendo.

—Tu mujer se lo pierde, mi vida…

Y sí. Se lo pierde. La muy tonta. Que siga jugando a las cartas con su marido cualquier otra noche. Los jueves son míos. Los jueves esta polla es mía, esta boca es mía, este hombre es mío. Y mañana, cuando él se despierte a su lado con la polla dura como todas las mañanas, ella no sabrá qué hacer con ella. Yo sí.

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Comentarios(8)

NocheVale

que bueno este relato... me enganchó desde la primera línea

ElPatagonico

la descripcion del principio es tremenda. me dejaste con ganas de mas

SantiRQ_ok

Wow, que situacion tan intensa. Lo senti muy real, gracias por compartirlo

GastonRiver

Me recordo a algo que vivi hace un tiempo, esa sensacion de esperar sabiendo que va a llegar... muy bien escrito de verdad

TomásBar

Espero la continuacion!! me quede con muchas preguntas sin respuesta

Mateo_BA

increible como lo narraste, se siente el ambiente del lugar en cada parrafo

PabloNocturno

excelente relato, muy recomendable!!!

ClaudioBA99

Pocas veces un relato me deja pensando asi despues de terminar de leerlo. Muy bueno

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