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Relatos Ardientes

Lo que hicimos en aquel teatro a oscuras

Aquella ciudad no era la nuestra, y creo que eso lo cambiaba todo. Tomás y yo habíamos llegado a finales de junio con dos maletas, un piso prestado de un primo suyo y la sensación de que, lejos de casa, por fin podíamos ser exactamente lo que éramos. Nadie nos conocía. Nadie iba a contarle nada a nadie. Esa impunidad fue el principio del problema.

Lo descubrimos casi por accidente, la primera semana. Habíamos ido a ver una obra en un teatro viejo del centro, uno de esos con butacas de terciopelo gastado y un acomodador que ya ni miraba las entradas. Compramos las localidades más baratas, las del fondo, donde la oscuridad era casi total y la pantalla del escenario quedaba lejísimos.

A los veinte minutos yo ya no seguía la trama. Seguía la mano de Tomás, que se había deslizado desde mi rodilla hasta el interior de mi muslo y subía con una lentitud calculada, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y ningún motivo para detenernos.

—Para —susurré, sin querer que parara.

—¿Seguro? —murmuró él contra mi oído, y noté su sonrisa más que verla.

No estaba nada seguro.

Su mano encontró el bulto bajo la tela del pantalón y empezó a apretar despacio, dibujándome con los dedos por encima de la ropa. Sentí cómo me endurecía contra su palma, y tuve que apretar los dientes para no hacer ruido. En el escenario, los actores discutían a gritos; en la fila de delante, una pareja mayor reía con la obra. Nadie nos prestaba la más mínima atención, y precisamente esa distancia, ese mundo entero ocupado en otra cosa a un metro de nosotros, era lo que me ponía a cien.

Tomás me bajó la cremallera con un cuidado de cirujano. El roce del aire frío, y luego el calor de su mano cerrándose alrededor de mí, me arrancó un suspiro que tuve que tragarme a medias.

—Calla —me advirtió en voz bajísima, encantado—. Que acaba el acto.

Me masturbó así, lento, durante lo que me parecieron horas, mientras yo me agarraba al reposabrazos con los nudillos blancos y miraba al frente fingiendo una concentración absoluta. Cada vez que el público aplaudía, él aprovechaba el ruido para acelerar; cuando el teatro volvía al silencio, frenaba hasta dejarme al borde, suspendido, desesperado. Para cuando llegó el clímax de la obra, yo ya no aguantaba más. Me corrí en el pañuelo que él me había puesto en la mano «por si acaso», temblando entero, conteniendo un gemido que se me quedó atrapado en la garganta como un nudo.

Salimos al vestíbulo con las mejillas ardiendo y una risa nerviosa que no nos podíamos quitar de encima. Esa noche, en el piso, lo hicimos otra vez, despacio y sin prisa, pero los dos sabíamos que algo había cambiado. Ya no nos bastaba la cama.

***

A partir de ahí se convirtió en un juego. Un juego con reglas que nunca dijimos en voz alta pero que los dos entendíamos. Cada día, uno proponía un sitio nuevo; el otro tenía que estar a la altura. La ciudad entera se transformó en un tablero, y nosotros íbamos marcando casillas.

Lo hablábamos por mensajes durante el día, mientras yo trabajaba en el proyecto que me había llevado hasta allí y él daba vueltas por museos matando el tiempo. «¿El faro turístico esta tarde?», escribía. «Hay cola de dos horas», respondía yo. «Mejor», contestaba él. Y yo notaba cómo se me secaba la boca delante del ordenador.

El faro era el monumento más visitado de la costa, una torre blanca con un mirador en lo alto y unos baños diminutos en la base, siempre llenos de turistas con cámaras colgando del cuello. Esperamos a que un grupo entero saliera en tropel y nos colamos los dos en el mismo cubículo, echando el pestillo con el corazón a mil.

—Estás loco —le dije, riéndome bajito.

—Tú más, que has venido —respondió.

Y se arrodilló.

Verlo allí abajo, en aquel espacio del tamaño de un armario, con la luz fluorescente parpadeando sobre su pelo y el eco de cien conversaciones al otro lado de la puerta, me hizo perder la cabeza. Me la sacó con manos impacientes y se la metió entera en la boca de una sola vez, sin rodeos, la garganta apretándose alrededor de mí mientras me clavaba las uñas en las nalgas para acercarme más.

Tuve que morderme el dorso de la mano. La sentía caliente, húmeda, perfecta; su lengua subía y bajaba describiendo la punta, y cada vez que alguien tiraba de una cadena al lado o un niño gritaba en el pasillo, él me hundía más profundo, como si el peligro lo volviera más glotón. Yo le sujetaba la cabeza con las dos manos, marcándole el ritmo, mirando el pestillo barato que era lo único que nos separaba de un escándalo.

—Voy a… —jadeé.

Él no se apartó. Al contrario: me apretó las caderas hacia delante y me tragó entero mientras me vaciaba en su garganta, los ojos cerrados, una expresión de puro placer que me acompañó el resto del día. Salimos del baño por separado, con un minuto de diferencia, y nos cruzamos en la cola de la salida fingiendo no conocernos. Esa actuación, ese teatro nuestro, casi me gustaba tanto como lo otro.

***

Lo del parque fue idea mía, para no quedar siempre por debajo.

El parque central de la ciudad era enorme, kilómetros de senderos arbolados que de noche se vaciaban de familias y se llenaban de sombras. Encontramos un recodo apartado, detrás de unos setos altos, donde solo llegaba la luz anaranjada de una farola lejana. Lo besé contra el tronco de un árbol con una urgencia que no me conocía, le metí las manos por debajo de la camiseta, le mordí el cuello mientras él respiraba contra mi pelo.

—Aquí nos van a pillar de verdad —dijo, y su voz temblaba, pero no de miedo.

—Ese es el plan —contesté, repitiéndole sus propias palabras.

Le di la vuelta, le bajé los pantalones lo justo y me tomé mi tiempo preparándolo con los dedos, sintiendo cómo se abría para mí mientras se mordía el antebrazo apoyado en la corteza. Cuando por fin entré, despacio, los dos soltamos el aire a la vez. Lo agarré por las caderas y empecé a moverme, primero con cuidado, luego sin él, embistiendo a un ritmo que lo hacía empinarse de puntillas.

A lo lejos pasó una pareja paseando un perro. Nos quedamos congelados, yo enterrado en él hasta el fondo, los dos conteniendo la respiración mientras las voces se acercaban y volvían a alejarse por el sendero. En cuanto desaparecieron, Tomás giró la cabeza y me miró por encima del hombro con una sonrisa salvaje.

—No pares ahora —pidió.

No paré. Lo embestí más fuerte, con una mano tapándole la boca para ahogar sus gemidos y la otra rodeándolo por delante, masturbándolo al mismo ritmo. El sudor nos pegaba la ropa a medio quitar, la noche olía a tierra húmeda y a hierba, y cada crujido de una rama era una descarga eléctrica que nos recorría a los dos. Cuando lo noté tensarse y derramarse sobre mi mano, yo le seguí enseguida, mordiéndole el hombro para no gritar, vaciándome dentro de él en oleadas que me dejaron sin piernas.

Nos vestimos a toda prisa, riéndonos como dos críos, y salimos del parque cogidos de la mano, algo que en casa jamás nos habíamos atrevido a hacer.

***

La última casilla la jugamos la víspera de volver.

El primo de Tomás se había ido de viaje, y nos dejó las llaves de la azotea del edificio, una terraza estrecha con vistas a todos los rascacielos encendidos de la ciudad. No era exactamente sexo en público —nadie podía vernos— pero a esas alturas ya no buscábamos solo el riesgo. Buscábamos despedirnos.

Lo desnudé despacio bajo el cielo sin estrellas, lamiéndole el pecho, bajando por el vientre, devolviéndole por fin lo del faro. Me lo metí en la boca con calma, saboreándolo, mientras él me acariciaba el pelo y susurraba mi nombre como si fuera lo único importante del mundo. Luego nos tumbamos sobre una manta vieja y lo hicimos cara a cara, sin prisa por primera vez en semanas, yo dentro de él, sus piernas rodeándome la cintura, sus ojos clavados en los míos a cada embestida.

—No quiero que esto se acabe —murmuró, y no hablaba solo del viaje.

—No tiene por qué —le dije, y lo besé profundo mientras nos movíamos juntos, el viento de la ciudad rozándonos la piel sudorosa.

Nos corrimos casi a la vez, abrazados, con la metrópolis entera parpadeando a nuestros pies como un público mudo. Después nos quedamos allí tendidos, recuperando el aliento, sus dedos entrelazados con los míos.

—Mañana en casa nadie va a creer lo que hemos hecho este verano —dijo él, con una sonrisa cansada.

—Pues no se lo contamos —respondí—. Que sea nuestro.

Y lo fue. Volvimos a nuestra ciudad de siempre, a nuestra vida discreta, a las manos que no se cogían en público. Pero algo de aquel verano se quedó con nosotros, una complicidad nueva, una certeza compartida. Y a veces, en mitad de una cena aburrida con la familia, Tomás me busca la rodilla por debajo de la mesa, sube la mano despacio por mi muslo, y yo entiendo perfectamente lo que me está diciendo sin palabras.

El juego, en realidad, nunca se acabó.

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Comentarios (4)

LectorOscuro_

increible... de lo mejor que lei aca en mucho tiempo, en serio. Muy bueno!!!

Mati_BsAs

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Esa adrenalina de un lugar publico la describes perfecto

RodriNoche

Me recordo a algo que me paso hace años en un cine, esa mezcla de miedo y excitacion es unica jaja. Bien narrado

ManuelTeatro

Que buena onda el relato, el ambiente oscuro lo senti muy real. Sigue subiendo!

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