El apagón nos encerró en el ascensor a oscuras
El ascensor se detuvo en la planta diecinueve y las puertas se abrieron despacio. Adentro había una sola persona. Lo saludé con un movimiento de cabeza, entré y me giré hacia las puertas, fingiendo que el panel de botones me resultaba fascinante.
Pero no lo era. Lo único interesante en aquel cubículo de espejos era él.
Lo estudié de reojo, con el disimulo de quien no quiere que lo pillen mirando. Cabello castaño espeso y ondulado, ojos de un azul tan oscuro que parecían negros, nariz recta y labios finos curvados en una sonrisa impersonal, casi displicente. Pómulos altos, mentón cuadrado, un cuerpo alto que rozaba el metro noventa. El traje, de corte impecable, dibujaba unos hombros trabajados sin exagerar. Estaba apoyado contra la pared con una indolencia que solo tienen los hombres muy seguros de sí mismos.
Joder, qué bueno está. Bajé la vista al suelo y un escalofrío me recorrió la espalda.
Y para colmo, yo iba hecho un desastre. Había salido de la facultad con lo puesto: unos vaqueros gastados, las botas de la moto y una camiseta cualquiera. Me había parecido más que suficiente para un trámite de cinco minutos, entregar la documentación que me pedían para formalizar las prácticas. Hacía demasiado calor para ir con chaqueta. ¿Por qué nunca me cruzaba con un tío así los días que sí me arreglaba?
***
Lo que yo no sabía era que él también me estaba observando. Me lo confesó después, cuando ya no quedaba motivo para ocultar nada.
Sin necesidad de girarse, había sentido mi mirada clavada en su nuca. Una sonrisa ladeada se le dibujó en los labios y, lejos de incomodarse, se acomodó mejor contra la pared y dejó que lo mirara a placer.
Él, por su parte, repasaba los pocos detalles que había alcanzado a ver de mí. Lo primero que le llamó la atención fue mi pelo: pelirrojo, pero no de ese naranja chillón, sino de un tono más cercano a la sangre seca, con destellos de fuego. Los ojos, en cambio, negros como el carbón, contra una piel pálida sembrada de pecas color bronce. Labios carnosos. Un cuerpo atlético pero sin gimnasio, justo como a él le gustaban.
Lástima cruzarme con él en un ascensor, pensó. Por el casco que llevaba yo en la mano, supuso que era un mensajero, alguien con quien no volvería a coincidir jamás. De habernos encontrado en un bar, quizá habría intentado algo.
***
Y entonces el ascensor se detuvo en seco.
Las luces se apagaron de golpe y un piloto rojo de emergencia tiñó las paredes. Nos habíamos quedado parados entre dos plantas, sin saber en cuál.
Lo único que distinguía era su silueta. Estiré la mano hacia el botón de emergencia y lo pulsé. Un pitido brotó del altavoz. Pasaron un par de minutos eternos antes de que una voz respondiera, y en ese silencio noté cómo mi pulso empezaba a acelerarse.
—Buenas tardes —dijo una voz femenina, algo tensa—. El sistema me indica que se encuentran en la Torre Meridiana. ¿Cuál es su emergencia?
—El ascensor se ha detenido —contestó él. El acento italiano se le coló a pesar de un castellano impecable—. No sabemos en qué piso. Veníamos bajando desde la diecinueve. Creo que tendrán que mandar a alguien.
—De acuerdo, señor. ¿Cuántas personas hay dentro?
—Dos. ¿Cuánto van a tardar?
—Lo lamento, ha habido un corte de luz. Esperamos restablecer el servicio en unos minutos. Por favor, aguarden tranquilos. Están perfectamente seguros ahí dentro.
La voz no sonaba convencida, pero no nos quedaba otra que creerle.
—¿Le importa si me quito la chaqueta? —me preguntó, girándose hacia mí—. Sin aire acondicionado, esto va a ser un horno.
—Adelante. Por mí no se corte.
Ese acento me estaba volviendo loco.
Se la quitó con movimientos lentos y precisos, la dobló con cuidado y se la colgó del brazo. Yo no podía dejar de mirarle los antebrazos. Él lo sabía.
***
Los minutos se arrastraban. Permanecíamos callados, cada uno en lo suyo, hasta que el altavoz volvió a sonar.
—Disculpen, señores. Me informan de que se trata de un apagón a nivel nacional. No sabemos cuánto durará, pero podría prolongarse varias horas. Hay emergencias más urgentes que la suya. Les ruego paciencia, enviaremos ayuda en cuanto sea posible.
—¿Cómo que varias horas? —Mi voz salió disparada, sin control—. ¿Cómo que no es una urgencia? Estamos atrapados aquí dentro.
Un «clic» seco indicó que la comunicación se había cortado. Mi respiración se volvió corta, irregular. Las paredes empezaron a acercarse, lo juraría, como si tuvieran vida propia. La vista se me nubló y las piernas me fallaron.
—Tranquilo. —Tiró la chaqueta al suelo—. Siéntate despacio.
Me ayudó a descender con la espalda pegada a la pared hasta quedar sentado sobre la tela, las rodillas dobladas, los brazos rodeándolas.
—Así. Muy bien. Mete la cabeza entre las piernas y respira despacio.
Se arrodilló a mi lado y me apoyó una mano en el hombro. Yo temblaba. Un sudor frío me bajaba por la sien.
—Vamos, yo te ayudo. Inspira… expira… inspira… expira. —Me marcaba el ritmo con la voz, y a cada respiración el temblor se iba aflojando, hasta que abrí los ojos—. Creo que ya pasó. Ha sido solo un ataque de ansiedad. ¿Te había ocurrido antes?
—Yo… —Tenía claustrofobia desde crío, pero había aprendido a domarla. Hacía años que no me daba un ataque así. No pensaba contárselo a un desconocido—. Bueno. Algo de claustrofobia. No llevo bien los sitios cerrados y a oscuras.
Gracias, quise decir, pero la palabra se me atascó. No sabía ni su nombre.
—No hay nada de qué avergonzarse. —Seguía mirándome a los ojos, con una sonrisa que ahora era cálida, sin rastro de aquella displicencia del principio. Me tendió la mano—. Soy Renzo. En realidad es Lorenzo, pero todos me llaman así.
—Iván. —Le estreché la mano y agradecí que la penumbra ocultara el rubor que me subía por el cuello.
—Bueno, Iván. Vamos a pasar un rato aquí. Si el apagón es nacional, habrá gente peor que nosotros. El ascensor ni siquiera está lleno, tenemos aire de sobra para aguantar horas. Lo peor va a ser este calor.
Se sentó a mi lado, hombro con hombro.
—Perdona, te estoy manchando la chaqueta por mi culpa —dije, azorado.
—No te preocupes por la chaqueta. —Se encogió de hombros—. Por el acento, ¿no eres de aquí?
—Soy de Madrid. Bueno, en parte. Nací aquí, pero mis padres son uruguayos. Tengo la doble nacionalidad, aunque de Montevideo me acuerdo poco, era un niño la última vez. ¿Y tú? Te tomé por italiano.
—Buen oído. Soy de Génova. —Una risa ronca reverberó en el habitáculo y yo me perdí un segundo en aquel sonido—. Allí también hace calor en verano, pero no como aquí.
—¿Y qué te trae a la Torre Meridiana?
—Una reunión. Nada que no se pueda posponer. —Ladeó la cabeza—. ¿Y a ti? Pensé que eras mensajero, por el casco.
—Casi. —Sonreí en la oscuridad—. Vine a entregar unos papeles para mis prácticas. Empiezo de becario en septiembre, si me licencio a tiempo.
***
Lo observé desabrocharse los puños de la camisa y doblarse las mangas con esa misma meticulosidad, subiéndolas por encima del codo. Me quedé hipnotizado con sus dedos, largos y firmes, y los imaginé recorriéndome la piel. Contuve un sonido a duras penas.
—Lástima —murmuré, y me sorprendí a mí mismo. Creía haberlo pensado, no dicho.
—¿Lástima por qué? —Renzo sonrió y la punta de su lengua asomó un instante entre sus labios.
—Nada. Pensaba en voz alta.
El nervio me llevó a rebuscar en la mochila. Saqué una botella de agua y di un trago para tener las manos ocupadas.
—¿Me das un poco? —Estiró la palma hacia arriba.
—Claro. Toma.
Le pasé la botella y lo vi beber sin apartar los ojos de los míos, despacio, con una intención que me erizó la nuca. Me la devolvió con una media sonrisa.
El tiempo se estiraba. Para no perder la cabeza con la oscuridad, encendí la radio del móvil. Saber qué pasaba afuera me anclaba a algo. La conectaba media hora, la apagaba para ahorrar batería, y en los silencios Renzo me mantenía a flote con una charla intrascendente que en realidad no lo era.
Porque me estaba gustando aquel hombre, y no solo por el físico. Mi radar me decía que a él también le gustaban los hombres. Pero otra cosa me susurraba que alguien como Renzo jamás se fijaría en un becario sudado de camiseta arrugada. Volví a maldecirme por no haberme arreglado.
***
—Iván… —Apenas un susurro—. ¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?
—Las preguntas no son indiscretas. Solo las respuestas.
Se rio bajito.
—¿A ti te gustan los hombres?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque… —Alargó la mano y, con dos dedos bajo mi barbilla, me alzó el rostro hacia el suyo—. Porque tú a mí me estás gustando.
—¿En serio? —Lo miré sin creérmelo—. ¿Por qué yo?
—¿Por qué no? Además, no me has contestado. —Su voz se volvió grave mientras me acariciaba el labio inferior con la yema del pulgar.
—Sí —dije, y desvié los ojos justo a tiempo de ver un brillo encenderse en los suyos.
—¿Y…? Contéstame otra cosa. ¿Yo te gusto a ti?
—S… sí. —Siseé conteniendo el aire.
Lo vi inclinarse despacio sobre mí hasta apoyar su frente contra la mía, los labios a un milímetro de los míos, mezclando su aliento con el mío. Su mano me acarició la mejilla y noté el calor de su cuerpo envolviéndome entero.
—¿Y querrías…? —murmuró—. ¿Te apetece…?
No le gustaba ser brusco, me dijo luego, pero no encontraba las palabras para proponerme aquello en un ascensor a oscuras. No hizo falta que las encontrara. Yo lo entendí perfectamente.
Y por supuesto que me apetecía.
Puse una mano sobre su pecho y la otra en su nuca, hundí los dedos en su pelo y lo atraje hacia mí, borrando el último milímetro entre nuestras bocas. Lo besé sin pedir permiso, le abrí los labios con la lengua y la enredé con la suya, saboreándolo, sintiendo cómo se le escapaba un gemido ronco contra mi boca.
Renzo me rodeó la espalda y me estrechó contra su cuerpo. Su otra mano bajó por mi costado hasta la cadera y tiró de mí, sentándome casi sobre su regazo. El calor del habitáculo ya no importaba. La oscuridad había dejado de asfixiarme para volverse cómplice, un escondite donde nadie iba a interrumpirnos.
Le mordí el labio. Él respondió apretándome más fuerte, recorriéndome la espalda por debajo de la camiseta con esos dedos que llevaba media hora imaginando sobre mi piel. Cada caricia me arrancaba un escalofrío distinto al del miedo. Eché la cabeza hacia atrás y sus labios bajaron por mi cuello, lentos, deliberados, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo encerrado entre aquellas cuatro paredes.
—No vamos a salir de aquí en un buen rato —murmuró contra mi piel.
—Bien —contesté, y volví a buscar su boca.
***
Y entonces, sin previo aviso, el ascensor tembló y empezó a moverse.
Las luces parpadearon antes de encenderse de golpe, hirientes después de tantas horas a oscuras. Nos separamos justo lo suficiente para mirarnos, agitados, con los labios hinchados y la respiración descompuesta, mientras los números del panel volvían a la vida y empezaban a descender.
Renzo me apartó un mechón de la frente y sonrió, esa misma sonrisa ladeada del principio, solo que ahora yo sabía lo que escondía.
—Génova queda lejos —dijo—, pero yo me quedo unos días en Madrid.
Saqué el móvil, que por fin volvía a tener cobertura, y se lo tendí sin decir nada.
Continuará. O tal vez no. Quién sabe.