Esa noche el novato necesitó a sus dos hombres
La primera semana en la ciudad fue un torbellino de trámites que dejó a Aitor agotado por dentro, como si la urbe entera lo pusiera a prueba con su ritmo implacable. Visados, seguros, contratos revisados línea por línea. El apartamento que la franquicia les había asignado era un oasis de lujo, con balcón sobre el gran parque y dos suites privadas, pero fuera, en las oficinas y los pasillos, la realidad mordía.
Aitor llevaba su peto de tela clara como uniforme diario, una manera de anclarse a sí mismo cuando todo lo demás se sentía ajeno. Los tirantes sobre la camiseta blanca, la tela rozándole la piel desnuda debajo como un talismán. Aun así, la presión se le acumulaba en el pecho.
La rueda de prensa fue el punto más alto de la tensión. Flashes cegadores, micrófonos apuntando como armas. Flanqueado por Unai y Mikel, sus dos mentores y compañeros de vida, Aitor sonreía nervioso ante los periodistas.
El director deportivo lo presentó como «el talento europeo que viene a desarrollarse para el draft», pero las preguntas incómodas no tardaron.
—Aitor, esa forma de vestir tan tuya, esos petos, ¿son una declaración o solo moda? ¿No choca con la imagen de la liga?
Otro periodista, sin levantar del todo la vista de su libreta, lanzó la segunda estocada.
—¿Cómo influye tu relación con tus mentores en tu carrera? ¿No es… inusual que viajen contigo a todas partes?
Nadie cuestionó su orientación de frente, pero el aire estaba cargado de miradas escrutadoras y susurros que flotaban por la sala como humo. Aitor respondió con una calma que le costó sostener, la voz temblándole apenas.
—Mis petos son libertad, son mi identidad. Y mis mentores son mi familia elegida. Me ayudaron a ser quien soy, a estar hoy aquí, frente a ustedes.
Unai y Mikel lo respaldaron con la mirada firme, pero el director cortó en seco cuando un reportero insistió en si su «entorno personal» lo distraía del juego.
—Gracias a todos —zanjó, y se acabó.
En la reunión privada de después, la franquicia pidió perfil bajo: discreción sobre la relación, nada de ruido mediático. Mikel, furioso, dio un paso al frente.
—Somos quienes somos. No vamos a escondernos.
Unai, más diplomático pero con la voz cargada, apoyó la mano en el hombro de Aitor.
—Lo protegemos, sí. Pero no a costa de su esencia.
Aitor escuchaba en silencio, con una pregunta clavándosele por dentro. ¿Vale la pena todo esto si no puedo ser yo?
***
Esa noche, en el apartamento, no fue a su cuarto. Cruzó el pasillo a oscuras y empujó la puerta de la suite donde Unai y Mikel ya lo esperaban despiertos. Necesitaba refugiarse en sus brazos, y esta vez el refugio tenía que ser algo más intenso.
Se desnudó sin decir palabra y se metió entre ellos en la enorme cama, piel contra piel. Todavía temblaba por la frustración acumulada del día. Mikel le besó el cuello con una ternura que lo desarmó, mientras Unai le pasaba la mano por el abdomen liso.
—Suéltalo todo con nosotros, Aitor —murmuró Unai, la voz ronca—. Siente, descarga toda esa presión.
La mano de Unai bajó hasta envolverle el sexo, que ya empezaba a endurecerse, y empezó a masturbarlo lento y firme. Mikel le recorría el pecho con la lengua, deteniéndose en los pezones, atento a cada reacción.
—Dinos qué necesitas —jadeó Mikel contra su piel—. Estamos aquí para ti. Solo dilo.
Aitor cerró los ojos, las emociones desbordándose ahora en deseo.
—Os quiero… dentro, alrededor. Quiero sentirme vivo otra vez. Deseado.
Unai se acomodó a su espalda y empezó a frotar la entrada de Aitor con la punta del sexo, sin prisa, mientras guiaba la cabeza de Mikel hacia abajo. Aitor gimió suave al sentir la boca de Mikel cerrarse sobre su miembro, la lengua girando alrededor del glande, la garganta apretándolo despacio hasta la base. Mantenía la mirada perdida en el techo, perdiéndose en cada sensación.
Unai entró por fin, despacio, con embestidas controladas que ganaban profundidad. Aitor soltó un suspiro hondo.
—Más adentro, Mikel… trágatela toda mientras Unai me llena —ordenó entre jadeos, y en su voz el placer iba borrando la rabia del día.
Mikel se acopló al ritmo que marcaba Unai por detrás, tomándolo entero, ansioso. Llegaron al final casi a la vez: Mikel tragando todo lo que Aitor le derramó en la boca, Unai vaciándose dentro con un gruñido grave, los tres cuerpos colapsando en un abrazo sudoroso. Hubo besos lentos después, una paz que por fin le calmaba la tormenta.
***
El reencuentro con Dylan, su pareja, terminó de calmarlo. Habían quedado en una cafetería del centro, un local acogedor de mesas de madera, con aroma a café recién hecho y el murmullo de las conversaciones de fondo. Aitor entró con su peto verde oliva, el de la línea nueva diseñada para él, los tirantes cruzándole el pecho sobre una sudadera gris, buscando a Dylan entre la gente.
En una mesa cercana reconoció una cara: un chico de pelo rosa, Leo, hojeando un cómic con cara de aburrimiento mientras esperaba que lo atendieran. Lo había visto en el vuelo de llegada. Leo levantó la vista, lo reconoció y le dedicó una sonrisa cómplice, un guiño sutil a un secreto compartido en el avión.
Dylan lo saludó desde el fondo y se levantó para abrazarlo con fuerza. Aitor lo besó con hambre, las lenguas entrelazándose sin importarle las miradas, el alivio y el deseo desbordándose a la vez.
—Te he echado de menos —murmuró contra sus labios.
Cuando se sentó frente a Dylan, vio que otro joven entraba a la cafetería: un chico de pelo blanco revuelto, Teo, que escudriñaba las mesas buscando a alguien. Leyó algo en el móvil, levantó la vista y encontró la sonrisa pícara de Leo. Los dos, sin disimular demasiado, se escabulleron casi a la vez hacia los baños.
Aitor, sin poder evitarlo, los siguió con la imaginación mientras almorzaba y charlaba con Dylan. Dos veinteañeros apretados en un cubículo angosto, besos urgentes, manos desabrochando pantalones, uno de rodillas y el otro mordiéndose el labio para no hacer ruido. Seguro que se corren rápido, con las prisas y el miedo a que entre alguien. Sonrió para sí y volvió a la conversación.
***
Teo entró primero, el corazón latiéndole desbocado. Llevaba años fantaseando con un encuentro así en un lugar público, y el riesgo lo ponía a mil. El sexo ya se le marcaba bajo los vaqueros, las manos sudorosas, el espacio estrecho amplificando los nervios y el olor a desinfectante mezclándose con su excitación.
Leo entró segundos después y echó el pestillo. El clic resonó en su cabeza como un disparo. Se miraron un instante, los ojos brillantes, y se besaron con un hambre voraz, las lenguas en un duelo húmedo, los cuerpos prensados en el cubículo.
—Tu boca es perfecta —pensaba Teo mientras empujaba la lengua más adentro. La complicidad del aeropuerto había sido real, y esto superaba cualquier fantasía.
Leo, contra la pared fría, gemía dentro del beso, las manos colándose bajo la sudadera de Teo y bajándole la cremallera con urgencia. El morbo de que nos pillen ya me tiene mojado, pensó. Que tome la iniciativa me pone como una moto.
Se arrodilló en el suelo minúsculo, le desabrochó los pantalones a Teo con dedos temblorosos y se lo metió en la boca de un movimiento profundo. Succionaba fuerte, la lengua girando sobre el glande, las manos apretándole las nalgas para empujarlo más adentro hasta la garganta. Lo trago entero, lo siento llenarme, pensaba Leo, la saliva cayéndole por la barbilla, las paredes del cubículo vibrando como su propio cuerpo.
Teo empujaba las caderas por instinto, los gemidos ahogados escapándole.
—Su garganta aprieta —jadeó para sus adentros—. Como sigas a este ritmo me corro en tu boca.
Cambiaron de posición con dificultad, chocando contra las paredes entre risas nerviosas. Leo se apoyó en el lavabo, los pantalones por los tobillos, el sexo curvado y goteando. Teo se escupió en la mano para lubricarse y le masajeó la entrada con cuidado.
—¿Quieres que pruebe? —susurró.
Leo giró la cabeza para mirarlo.
—Claro que sí —respondió, la voz ronca de deseo.
Teo entró despacio al principio, con miedo a hacerle daño, y después fue ganando un ritmo profundo que arrancaba a Leo gemidos que él mismo apagaba metiéndole los dedos en la boca. Tan estrecho, tan caliente, pensaba Teo, las pelotas golpeando contra las nalgas con un chasquido húmedo, el riesgo de ser oídos empujándolo a embestir más fuerte.
Leo, arqueado contra el lavabo, veía sus dos caras deformadas por el placer en el espejo. Me llena tanto… el dolor del principio se volvió éxtasis puro. Se corrió primero, sin tocarse, en chorros que mancharon la porcelana, el ano contrayéndose espasmódico alrededor de Teo. Teo lo siguió un instante después, vaciándose dentro con un gruñido sofocado, los dos temblando de adrenalina y placer, las rodillas flojas en el espacio diminuto.
Se limpiaron mutuamente entre risas y manos torpes, con toallitas y mucho cuidado. Teo, incapaz de resistirse al morbo, dejó la toallita a un lado y le pasó la lengua por la cara interna de los muslos para recoger lo que quedaba.
—Sabe a nosotros —murmuró contra su piel—. No puedo parar.
Leo arqueó la espalda con un gemido alto que tuvo que tragarse, las manos agarradas a la pared.
—Sí… no pares —suplicaba, el placer prolongándose hasta hacerlo temblar entero.
Cuando por fin estuvo todo limpio, hicieron el intercambio que ya se había vuelto su pequeño rito: Teo oliendo la ropa interior de Leo antes de ponérsela, Leo haciendo lo mismo con la de él, llevándose cada uno la esencia del otro. Un último beso, tierno pero cargado, y salieron por separado, con el corazón latiéndoles entre la culpa dulce y el placer.
***
Aitor y Dylan abandonaron la cafetería de la mano, los dedos entrelazados en un gesto que a Aitor lo hacía sentir libre en medio de la ciudad. Al pasar por delante de un banco vieron a Leo y a Teo comiendo, y Leo le comentó algo a su amigo en voz baja antes de que los dos se animaran a acercarse.
—Hola —dijo Teo, nervioso pero entusiasta—. Soy Teo, y él es Leo. Soy muy fan tuyo, Aitor. Te sigo desde tus inicios. Yo también jugué al baloncesto, aunque sin tu suerte.
Leo añadió, algo ruborizado por el recuerdo del vuelo:
—Y yo… bueno, nos conocemos de vista, del avión. Enhorabuena por el fichaje.
Aitor se rio, cálido.
—El mundo es pequeño —dijo, y le susurró a Dylan que luego le contaba.
La conversación se volvió espontánea. Aitor y Dylan terminaron sentados en el banco, los dos jóvenes frente a ellos. Hablaron de todo, y en algún momento Leo se atrevió a preguntar, la voz temblándole un poco.
—¿Cómo lleváis la distancia? ¿Y los prejuicios, en un mundo como el del deporte?
Aitor respondió con la naturalidad de siempre.
—La distancia duele, pero con comunicación diaria se soporta. Los prejuicios existen, son duros a veces, pero cuando te rodeas de gente que te quiere de verdad pasan a ser ruido de fondo. Ser uno mismo vale la pena, chicos. Encontraréis vuestro camino.
Dylan, con la mano sobre la de Aitor, añadió que el amor verdadero lo supera todo, que tuvieran paciencia consigo mismos. Los dos jóvenes se marcharon encantados, y se intercambiaron las redes con la promesa de seguir en contacto.
—Son valientes —murmuró Dylan mientras se alejaban.
—Tienen futuro juntos —respondió Aitor, con el corazón cálido por haber podido ayudar.
***
Por fin consiguieron pasear solos por el gran parque, las manos entrelazadas, el bullicio de la ciudad quedando atrás entre árboles altos y senderos curvos. Se pusieron al día de todo lo vivido durante las semanas separados: Aitor le contó la presión, la rueda de prensa, las noches de refugio con Unai y Mikel; Dylan le habló de su proyecto de fin de carrera y de la espera ansiosa por reunirse.
Sentados en un banco apartado, frente a un lago tranquilo, Dylan sonrió.
—Me han caído bien esos dos. Tienen algo fresco, valiente.
La conversación se fue haciendo más honda. Dylan lo miró a los ojos, la voz calmada pero curiosa.
—¿Te han atraído? Si se diera el caso… ¿te apetecería algo más que charlar, como con aquel otro chico?
Aitor sintió el corazón acelerársele. Tomó la mano de Dylan y lo miró profundo.
—Dylan… solo tengo ojos para ti. Eres todo lo que quiero. Pero no te voy a mentir: cierto morbo sí me dan, como fantasía pasajera. Son guapos, jóvenes, libres. Pero es solo eso. Nada comparado a lo que siento por ti. Pueden cruzarse mil tíos en el camino, y aun así solo hay un Dylan.
Dylan asintió, con una sonrisa tierna y los ojos brillantes.
—Me acuerdo de aquella noche en la playa, viéndote disfrutar. Fue morbo puro. Verte libre me llenó el alma, aunque a veces me cueste compartirte. Lo hago encantado, sabiendo que es solo físico. Porque tú eres mío, y yo soy tuyo.
A Aitor se le humedecieron los ojos.
—Esto es amor de verdad, Dylan. Que me aceptes entero, con mis deseos, pero sabiendo que mi corazón es solo tuyo. Nunca sentí por nadie lo que siento por ti. Eres el primero. El único.
Se besaron despacio en el banco, las manos en el rostro del otro, el mundo desvaneciéndose alrededor. Lo importante era eso, y solo eso: ellos dos.