Mi primera vez con un hombre fue ese verano solo en casa
Cada verano se repetía lo mismo. Mi mujer cargaba a los niños en el coche y se marchaba a la costa, a pasar quince días en casa de sus padres, que apenas la veían durante el año y la echaban de menos. Yo me quedaba en la ciudad porque mis vacaciones nunca coincidían con las suyas y tenía que seguir entrando a la oficina. La casa entera para mí, el silencio, el calor pegajoso de julio y nadie a quien dar explicaciones.
Aquel sábado me desperté más caliente de lo normal. Me senté frente al ordenador con la idea de ver algún vídeo y aliviarme, pero nada me terminaba de gustar. Cambié de táctica. Entré en una web de contactos para hombres donde, meses atrás, me había abierto un perfil sin foto de la cara. Solo subí imágenes de mi polla y alguna de mi culo abierto. Entraba de vez en cuando para mirar rabos ajenos y masturbarme imaginando que me los metía en la boca, con el morbo extra de saber que eran tíos de mi propia ciudad, alguno quizá del barrio.
No tardaron en llegarme mensajes. Aprovechaba para pedir acceso a las galerías privadas, que siempre eran las más explícitas. Uno de aquellos hombres tenía una polla especialmente bonita. En la foto aparecía medio dura, descansando sobre el muslo, con el glande destacando sobre el resto. Ni demasiado larga ni demasiado gruesa. No sé explicarlo bien, pero al verla mi excitación alcanzó un punto que no recordaba haber sentido nunca.
Estuvimos chateando un buen rato. Me contó que tenía novia, pero que cada cierto tiempo le gustaba que un hombre se la chupara. Yo estaba solo y tenía unas ganas tremendas de probar algo nuevo, así que terminamos quedando en mi casa esa misma tarde. Le pasé indicaciones precisas para aparcar sin líos, la dirección, la planta del edificio. Acordamos una señal: cuando estuviera en el rellano, silbaría las primeras notas de una canción y yo le abriría.
En cuanto se desconectó, me fui al baño a asearme con cuidado, sobre todo por dentro, para evitar sorpresas desagradables si la cosa llegaba a más. Me metí un dedo con un poco de lubricante, tanto para limpiarme como para calmar el cosquilleo que ya no me dejaba quieto.
Pasó media hora larga y empecé a impacientarme. Volví a entrar en la web y me había dejado un mensaje desde el móvil: ya había aparcado y estaba subiendo. Justo entonces oí el silbido en la escalera, esas notas que habíamos pactado.
Corrí hasta la puerta y me detuve un segundo antes de abrir. Me ajusté el albornoz y giré el pomo despacio, asomándome para comprobar que ningún vecino entraba o salía. Él se volvió al oír la cerradura. Lo invité a pasar con un gesto.
Ya dentro nos saludamos y nos quedamos mirándonos unos instantes, calibrándonos. Éramos casi de la misma estatura. Él mucho más joven, rondando los treinta, delgado y de cuerpo fibroso.
—Tengo que confesarte que es mi primera vez con un tío —le dije—. Estoy muy nervioso.
—Tranquilo. Vamos a pasarlo bien y ya está.
Después de decir eso me cogió por la cintura y acercó su cara a la mía, pero no hizo nada más. Supongo que quería ver cómo reaccionaba yo, tomar la iniciativa sin llegar a rematarla. Hice lo que me pareció más natural. Le di un beso corto, luego otro, y el tercero ya fue de verdad, con las bocas abiertas y las lenguas buscándose. Me sorprendió no sentir ningún rechazo, ninguna arcada. Cerré los ojos y, francamente, no noté tanta diferencia con los besos que me daba con mi mujer.
—¿Más tranquilo ahora? —preguntó al separarse.
—Un poco —mentí, porque seguía igual de tenso.
Lo cogí de la mano y lo guié hasta el salón. Me senté en el sofá y lo detuve de pie frente a mí. Le acaricié los muslos, subí las manos hasta sus glúteos duros. Encontré el cordón del pantalón de chándal y deshice el nudo. Empecé a bajarlo poco a poco. Apareció el bóxer y, en cuanto pude, agarré la cinta de ambos y los bajé a la vez.
Ante mí surgió aquella polla que había visto en las fotos, colgando sobre un par de huevos recién depilados. Él se levantaba la camiseta con una mano para mirar lo que pasaba ahí abajo. El corazón me iba a mil. Sentía la cara ardiendo. Levanté la vista hacia sus ojos, la bajé otra vez hacia su sexo y acerqué la lengua a la punta del glande, terso y brillante. Lo lamí muy despacio, y la polla respondió con un respingo. Me gustó. Cerré los labios alrededor del prepucio, succioné y dejé el glande al descubierto. Empecé a chupar, a rozar el frenillo con la lengua. Mis manos, que hasta entonces le apretaban el culo, ahora le acariciaban los testículos. Nunca antes había mamado una polla, así que improvisaba, imitando lo que había visto tantas veces en pantalla.
Seguí mamando, animado por sus gemidos. Notaba cómo se iba endureciendo dentro de mi boca y eso me ponía muchísimo. Llegó un momento en que estaba tan dura que se le pegaba al vientre y me costaba seguir el ritmo. Paré y volví a mirarlo. Él lo entendió enseguida. Me cogió de las manos para que me incorporara, se quitó del todo el pantalón y el bóxer y se tendió en el sofá buscando una postura más cómoda.
Al verlo así, con la polla tiesa pegada al abdomen, lo tuve claro. Me coloqué sobre él ofreciéndole mi sexo mientras yo seguía mamando el suyo, en un sesenta y nueve. Estuve un buen rato chupándolo mientras él gemía y se limitaba a masturbarme con la mano. Empezó a levantar las caderas, queriendo llegar hasta el fondo de mi garganta, lo que me provocó alguna arcada cada vez que me tocaba la campanilla. Al final noté que la polla le convulsionaba. La mantuve dentro, esperando la corrida, que dirigí hacia un lado para no atragantarme. Salió a borbotones, caliente y espesa, de un sabor que no era tan distinto al mío. No me gustó, pero me excitó tanto que acabé corriéndome sin siquiera tocarme.
Me incorporé para sentarme y él hizo lo mismo. Le enseñé la boca llena de su leche.
—¿De verdad es tu primera vez? —preguntó sorprendido—. Trágatela toda, no la desperdicies.
Me habría gustado darle un beso y compartirla, pero así también estaba bien. Me la tragué.
***
Fui a por una toalla para que se limpiara y a por un par de cervezas para hidratarnos. Mientras bebíamos, yo buscaba vídeos en el móvil y los mandaba a la televisión, con el volumen muy bajo para que no llegara a los vecinos. Charlábamos un poco de nuestras cosas. Me repitió lo de su novia: a ella no le gustaba chupársela, y por eso buscaba hombres en aquella web. Entendí entonces que no estaba nada claro que fuera a follarme, igual que tampoco me la había chupado en el sesenta y nueve.
Así que, después de un rato de conversación, empecé a sobarle la polla de nuevo. Volvió a ponerse dura. Puse un vídeo de dos tíos enredados en un sofá, parecido a lo nuestro. Me levanté y me senté sobre él, a horcajadas.
—Así que nunca te has follado a un hombre, ¿no? —pregunté moviendo las caderas, rozando nuestras pollas.
—Nunca. Follar, solo con mujeres. Con tíos, como mucho he dejado que me la coman —respondió, dejando claro hasta dónde había llegado.
—¿En serio te vas a perder esto que tengo aquí para ti? —dije mientras cogía su polla, ya casi dura otra vez, y la dirigía hacia mi entrada.
Me incliné a besarlo para evitar que respondiera que no, y de paso coloqué el culo a la altura justa para que la punta apuntara a mi agujero. Fui bajando muy despacio, ayudado por el lubricante que me había puesto antes. Tuve que apretar para que no perdiera dureza. Costó un poco al principio, pero estaba acostumbrado al consolador de mi mujer, así que conseguí que entrara la cabeza con apenas una punzada de dolor. Paré, lo miré: tenía los ojos cerrados y una expresión de puro placer. Seguí bajando hasta que noté sus muslos contra los míos.
—Ahhh —gimió al sentirla del todo dentro, y gemí yo también.
Empecé a mover las caderas con cuidado, acostumbrándome a aquel grosor. Mi propia polla, curiosamente, había quedado reducida a la mínima expresión, igual que cuando jugaba con el consolador. Seguimos así unos minutos, hasta que las molestias se fueron del todo y empecé a disfrutarlo de verdad.
—Ven —le dije levantándome—. Quiero que me folles en condiciones.
Lo llevé al dormitorio. Cuando entró, me encontró a cuatro patas sobre la cama, con el albornoz arremangado por encima de la cintura, ofreciéndole el culo. Me agarró de la cadera con una mano y con la otra guió la polla hacia la entrada ya dilatada. Tuve que abrir más las piernas para bajar la altura y facilitarle la tarea. Empezó un mete y saca lento, controlado, sujetándome por las caderas. Cada embestida me arrancaba un gemido. Mi cuerpo se contraía intentando expulsar aquella carne mientras de mi polla diminuta brotaba un hilo de líquido.
Después de un buen rato así, aprovechando que se le salió, me tumbé boca arriba, me llevé las piernas al pecho y me abrí los cachetes con las manos, invitándolo a que me follara de frente, como follaba con su novia. Se colocó encima. Lo abracé, le rodeé las caderas con las piernas, nos besamos, y la metió más adentro que nunca. El ritmo se fue acelerando hasta hacerme sentir un placer que jamás habría imaginado en mi propio cuerpo. Cada golpe daba contra algo dentro de mí que me hacía perder la cabeza.
Tras unos minutos lo noté ponerse rígido. Hundió la polla todo lo que pudo y empezó a sacudirse dentro de mí. Fue delicioso sentir cómo me inundaba de su leche, ese calor llenándome por dentro.
Nos quedamos así un rato mientras él recuperaba el aliento. Sentí su pene perder la dureza y deslizarse fuera cuando apreté el esfínter. Luego se dejó caer a un lado y los dos nos quedamos absortos, jadeando, mirando el techo.
—¿Ha merecido la pena? —pregunté.
—Vaya que sí. Ha estado de puta madre —contestó.
Se levantó para recoger la ropa y marcharse, pero antes quería pasar al baño. Lo guié hasta allí. Entré yo primero, me quité el albornoz manchado de toda clase de fluidos y me metí en la ducha. Él se dirigía al retrete cuando lo paré.
—Ahí no —le dije, agachándome y señalándome la boca abierta—. Aquí.
—Vas a conseguir que se me ponga dura otra vez y no me deje ir hoy de aquí —dijo riéndose.
Aun así se acercó, se cogió la polla y la apuntó hacia mi cara. Empezó a mear con fuerza. El chorro me caía caliente por la cara; abría la boca para sentirlo entrar, salado, y lo escupía enseguida. Con una mano me masturbaba y con la otra me metía dos dedos en el culo, todavía dilatado y resbaladizo por su semen. No tardó tanto en terminar de orinar y para entonces yo ya me había corrido otra vez.
Después me duché tranquilo. Él se tomó una segunda cerveza mientras yo me aseaba. Al final, asomándome por la mirilla para asegurarme de que la escalera estaba vacía, nos despedimos y se marchó. Cerré la puerta, me apoyé en ella un momento y sonreí solo, sabiendo que aquel verano en casa ya no iba a ser como los anteriores.