Lo que oía del sobrino que vino a vivir a mi piso
Hacía tiempo que no me sentaba a contar nada. La vida se me había llenado de horarios, entrenamientos y silencio, y para ordenar todo esto hace falta calma. Pero lo que pasó el último curso merece que me tome el tiempo de ponerlo en su sitio, detalle por detalle, porque pocas veces uno tiene la suerte de gozar tanto como gocé yo, y de vaciarse las pelotas tantas noches seguidas por culpa de un chaval al otro lado de un tabique.
Todo empezó cuando mi hermana y su marido me llamaron una tarde de verano. Su hijo, mi sobrino Bruno, acababa de cumplir diecinueve años y quería estudiar una carrera que en todo el país solo se daba en un par de ciudades del norte. Ellos viven en el sur, en Cartagena, y el chico no tenía dónde quedarse. La conversación duró cinco minutos: claro que sí, que se viniera conmigo.
Me llamo Marcos, tengo treinta y siete años y trabajo como entrenador. Saqué mi plaza hace tiempo en un polideportivo municipal y, además, llevo dos equipos de chicos jóvenes, uno de natación y otro de atletismo. Mido casi metro noventa, peso poco para mi altura, y a estas alturas ya tengo más canas en la barba que en la cabeza. Vivo solo desde que llegué a esta ciudad pequeña y tranquila del norte, hace ya seis años.
El piso lo tengo con derecho a compra desde el primer día. Es céntrico y cómodo: cocina, salón, un baño grande y tres habitaciones. La mía, que es la mayor, y otras dos más pequeñas, una libre y otra que de momento usaba de trastero y cuarto de la plancha. Casi siempre estoy solo en casa, así que mi costumbre es andar por ahí a pelo, sin nada de ropa, con la polla al aire, tranquilo, cascándomela en el sofá o en la ducha cada vez que se me pone dura, sin horarios ni miramientos. Supongo que eso le pasa a cualquiera que viva solo.
Pero no quiero aburriros con lo mío. Vamos al asunto, que es Bruno.
Cuando terminó el verano, cogí el coche y bajé hasta Cartagena a buscarlo. Cargamos sus cosas en el maletero, nos despedimos de la familia y emprendimos el viaje de vuelta, los dos solos, rumbo a lo que iba a ser nuestra vida juntos durante el curso. Hablamos durante horas en la carretera. Siempre fuimos una familia muy unida, y con él todo fluía sin esfuerzo.
Os tengo que describir a Bruno. Moreno, con el pelo rizado y castaño siempre alborotado, metro ochenta, fibrado de tanto correr. Tiene una cara muy expresiva y unos ojos marrones que dicen más de lo que él cree. Viste con chándal a diario, vaqueros estrechos y jersey, nada formal. Y tiene un culo que quita el sentido: dos curvas perfectas, bien separadas, en las que la costura del pantalón se hunde, y que se balancean con cada paso de una manera que no es justa para nadie que vaya detrás. Un culo de esos que te obligan a tragar saliva, apretado, redondo, con el hueco justo entre las nalgas marcándose contra la tela cada vez que da una zancada.
Por el camino acordamos lo evidente: en casa estaríamos cómodos, en calzoncillos y camiseta, sin protocolos. Era un chaval ordenado, responsable y muy cariñoso, así que la idea me pareció de lo más natural. Demasiado natural, pensaría después, cuando ya se me caía la baba y se me hinchaba la polla cada vez que lo veía cruzar el pasillo con la tela pegada al paquete.
Llegamos al anochecer. Subimos todo al piso y lo instalé en la habitación que pega con la mía. De hecho, los cabeceros de nuestras camas quedaban separados solo por el tabique, pared con pared. Su cuarto era amplio, con mesa de estudio y todo lo que pudiera necesitar. Lo dejé deshaciendo las maletas mientras yo me ponía cómodo y preparaba algo de cena.
***
Cenamos tranquilos, y entonces tuve la primera señal de que aquel curso iba a ser una prueba para mi paciencia. Bruno apareció en la cocina solo con un bóxer negro muy ajustado. La tela se le pegaba al paquete como una segunda piel, y el bulto que se le marcaba era descomunal: se le adivinaba una polla gruesa, colgando pesada hacia un lado, y por debajo el peso de un par de huevos grandes que abultaban la costura interior. Se sentó frente a mí con las piernas abiertas, y mientras hablábamos se acariciaba distraído por encima de la tela, con la palma bien puesta encima del bulto, apretándose la polla y los huevos con la naturalidad de quien lo hace todos los días delante del espejo, sin malicia aparente, o eso quise creer.
Yo asentía a todo lo que decía, pero apenas lo escuchaba. Mi propio bóxer azul empezaba a quedarse pequeño: la polla se me iba poniendo dura debajo de la mesa, empujando la tela, y notaba una gota espesa mojándome ya la punta. Di gracias por llevar una camiseta ancha que me tapaba el paquete. Cada vez que él bajaba la mano y se recolocaba los huevos con dos dedos, a mí se me iba un latigazo desde la ingle hasta la punta del glande. Terminamos de cenar como pude, recogí rápido y nos fuimos a dormir. Al día siguiente teníamos que madrugar para visitar la facultad, hacer trámites y que él se familiarizara con la ciudad antes de que yo volviera al trabajo.
—Buenas noches, tío —me dijo desde la puerta de su cuarto.
—Buenas noches, Bruno. Descansa.
Cerré los ojos en la oscuridad y traté de pensar en cualquier otra cosa. No lo conseguí. Me acabé cascando una paja rápida y silenciosa bajo las sábanas, con la imagen del bulto negro de mi sobrino clavada detrás de los párpados, y me corrí en la mano tapándome la boca para que no se me escapara un gemido.
***
La mañana siguiente fue otra emboscada. Bruno entró en la cocina mientras yo preparaba el desayuno, me dio un beso en la mejilla como hacía desde niño, y entonces lo vi: el bóxer estaba al límite, la punta de la polla forzando el elástico de la cintura, marcándose por debajo de la tela con el glande hinchado, y una mancha de humedad, de semen fresco filtrado, que delataba que la noche le había dado más juego que sueño. Se le veía perfectamente el bulto blando y grueso, y el prepucio recogido dejando adivinar la cabeza. Le serví el café fingiendo una calma que no tenía, con la garganta seca y la polla ya en pie dentro del pantalón del chándal.
Cuando se metió en la ducha, no pude evitar asomarme. Fue un instante, pero lo vi entero, de espaldas, estirándose bajo el agua: la espalda ancha, la cintura estrecha y ese culo bien puesto, dos globos duros y separados, con el surco del centro marcándose profundo. Vi cómo el agua le corría por la raja, cómo se enjabonaba entre las nalgas metiendo dos dedos sin ningún reparo, y cómo, al girarse un poco, se le vio la polla colgando pesada entre los muslos, gorda incluso en reposo, con un buen par de huevos bajos meneándose bajo el chorro. Se me escapó un jadeo. Me retiré a vestirme con el corazón acelerado y la polla goteando dentro del calzoncillo, y al salir al pasillo me crucé con él, que volvía desnudo a su cuarto sin asomo de pudor, todavía a medio despertar, con la polla bailándole entre las piernas y los huevos golpeándole los muslos a cada paso. Tuve que apoyarme un segundo en la pared. Aquel chico me iba a volver loco, y lo sabía.
Pasamos el día fuera: la facultad, los papeleos, un paseo largo por el centro para que se ubicara. Comimos en una terraza, nos reímos mucho, y por un rato conseguí tratarlo como lo que era, mi sobrino, y nada más. Por la noche repetimos la rutina: cena, charla y a la cama.
Pero yo no tenía sueño. Tenía una necesidad rara, casi física, de oír algo, de saber qué hacía aquel chaval al otro lado del tabique. Me acosté boca arriba, con la polla ya media dura sobre el estómago, atento al menor ruido, con el oído pegado a la pared como un adolescente.
No tardó en empezar.
***
Primero fueron golpes suaves, espaciados. Después, un ritmo constante, sin pausa: el cabecero de su cama chocando contra la pared, justo del otro lado de la mía. Se oía también, apagado pero clarísimo, el chapoteo húmedo de la mano dando de tirones a una polla bien mojada, el ruido inconfundible del capullo entrando y saliendo de un puño apretado. El sonido me atravesaba. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, con la polla marcando el techo bajo la sábana, hasta que ya no pude más y me la saqué, escupí en la palma y empecé a cascármela despacio, siguiendo su ritmo como si los dos hiciéramos lo mismo separados por unos centímetros de ladrillo. Bajaba la mano hasta la base, apretaba los huevos, subía otra vez hasta el glande y me embadurnaba con lo que ya me salía de la punta.
El golpeteo no aflojaba. Cada vez más rápido, más firme. Al otro lado empecé a distinguir gemidos ahogados, guturales, y algún «joder» apretado entre dientes. Me imaginaba lo que estaba pasando a un palmo de mí y la cabeza me iba a estallar. Necesitaba más que sonido. Necesitaba verle la polla, verle la cara, ver cómo se corría. Me levanté, con la polla al aire, bien tiesa y goteando, sin nada encima, y salí al pasillo a oscuras, con cuidado de no hacer crujir el suelo.
Su puerta estaba entreabierta. Una rendija de luz se colaba por la persiana medio subida, y aquella claridad pálida me lo regaló entero. Estaba boca abajo, desnudo del todo, con la almohada apretada entre las piernas, embistiéndola con un vaivén furioso. Le follaba a la almohada como si le fuera la vida en ello: metía y sacaba la cadera con violencia, tenía el culo respingón levantado, y en cada embestida se le veían asomar por detrás los huevos gordos golpeando contra la tela. El culo se le tensaba y se le soltaba en cada movimiento: los dos globos se apretaban, dejaban ver el hueco oscuro y apretado del ojete entre las nalgas separadas, y volvían a cerrarse en el impulso siguiente. Todo su cuerpo trabajaba con una entrega que no admitía descanso, brillante de sudor, la espalda arqueada, los hombros apretados contra el colchón. Parecía una escultura puesta en movimiento, perdido en su propio placer, follándose la almohada como si debajo hubiera un coño o una boca esperando.
Me quedé clavado en el marco, con la polla en la mano y el corazón en la garganta, meneándomela despacio para no perder detalle. Se me caía la baba, literalmente. No sé cuánto tiempo estuve allí. Mucho. Lo suficiente para grabarme cada detalle: el rebote de los huevos entre los muslos, la piel tirante del culo cuando embestía hacia abajo, cada respiración entrecortada, cada vez que enterraba la cara en el colchón para ahogar un gemido, cada «ah, joder» apretado que se le escapaba al almohadón.
El ritmo se volvió endiablado, como si la cama fuera a romperse. Le vi hundir la mano por debajo del cuerpo, agarrarse la polla contra la almohada y frotársela mientras seguía embistiendo, y entonces, un gruñido ronco, contenido a medias, anunció el final. El culo se le contrajo con violencia, dos, tres, cuatro veces, y adiviné el chorro caliente que se le iba dentro del almohadón, la corrida saliendo a borbotones de esa polla que yo no había llegado a ver del todo pero que me imaginaba gorda, palpitante, escupiendo semen espeso. Bruno se desplomó sobre la almohada y se quedó quieto, jadeando, con la espalda subiendo y bajando despacio, el culo brillante de sudor y los huevos vacíos colgando entre los muslos abiertos.
Me retiré al cuarto de la plancha justo a tiempo, con la polla todavía en la mano y a punto de reventar. Lo oí levantarse, salir al baño, abrir el grifo. Por la rendija lo vi cruzar el pasillo, todavía aturdido, con la polla ahora blanda pero aún gorda balanceándose y una gota de semen colgándole del capullo. Volvió a su cama a los pocos minutos para dejarse caer y dormirse al instante, con esa facilidad que solo tienen los que tienen diecinueve años y acaban de vaciarse las pelotas.
Volví a mi habitación con el pulso desbocado. Me tumbé, cerré los ojos y, con la imagen de él todavía latiendo detrás de los párpados —ese culo respingón embistiendo la almohada, los huevos rebotando, el ojete asomando entre las nalgas— bastaron dos caricias para que terminara yo también. Me corrí a chorros sobre la barriga, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con cuatro, cinco lechazos calientes que me subieron hasta el pecho. Me pasé el dedo por la corrida, la olí, la probé, y me quedé quieto respirando fuerte, pegajoso de mi propio semen, con la polla todavía dando latidos.
***
Me quedé después un buen rato mirando el techo, con la respiración volviendo poco a poco a su sitio y la corrida secándose encima de la piel. Sabía perfectamente la línea en la que estaba. Sabía que aquello era terreno minado, que tenía que controlarme, que él era mi sobrino y que yo era el adulto responsable en el que su madre había confiado. Me lo repetí varias veces, como una promesa.
Pero también sabía, con una claridad incómoda, que iba a volver a salir al pasillo. Que el tabique que separaba nuestras camas se había convertido en lo más fino del mundo. Que cada noche, a partir de entonces, iba a tumbarme a esperar el primer golpe contra la pared como quien espera una señal, con la polla ya en la mano y los huevos cargados esperando el turno.
El curso acababa de empezar. Teníamos por delante muchos meses de convivencia, de cenas en bóxer, de duchas y madrugones, de paredes demasiado delgadas y de pollas que iban a pedir más de lo que ninguno de los dos se atrevía todavía a decir en voz alta. Y yo, que llevaba seis años durmiendo solo en aquel piso, cascándomela sin más compañía que mi mano, supe esa misma noche que ya nada iba a ser tranquilo.
Lo que vino después merece su propio relato. Y os prometo que lo que oí y lo que vi en aquel primer tramo no fue más que el principio.





