Mi primera vez con un hombre empezó con un café
Después de meses de charlas, mensajes a medianoche y frases que nunca terminábamos del todo, Damián aceptó que nos viéramos en un café de la plaza del Reloj. Era una tarde de otoño y el sol caía oblicuo entre los árboles, alargando las sombras sobre el empedrado. Todavía hacía un poco de calor, ese viento tibio que precede a las primeras noches frías.
Nos sentamos a una mesa de la vereda y, para cualquiera que pasara, éramos dos amigos compartiendo un café. Ninguno de los cientos de transeúntes podía imaginar de qué se trataba en realidad ese primer encuentro. Y, sinceramente, dudo que a alguno le importara.
Éramos dos hombres dispuestos a cruzar una línea. Cada uno cargaba su propia timidez a cuestas, sus mil interrogantes, pero también algo latente por dentro: el deseo de saber qué se sentía, esa atracción hacia el otro que nos empujaba sin remedio hacia una realidad que hasta entonces solo habíamos rozado con palabras.
—Pensé que no ibas a venir —dijo él, removiendo el azúcar sin necesidad.
—Yo pensé lo mismo de vos —contesté.
Nos reímos los dos al mismo tiempo, y esa risa nerviosa rompió un poco el hielo. Nadie sentado en esa plaza habría apostado a que lo que iba a ocurrir entre Damián y yo fuese posible. Ninguno de los dos había tenido jamás una experiencia con otro hombre. Pero él la deseaba tanto como yo quería compartirla.
Hablamos de cualquier cosa, del trabajo, del tránsito, del clima, mientras por debajo de la conversación corría otra corriente, una que nos hacía sostener la mirada un segundo de más. Cada vez que sus dedos rozaban la taza, yo miraba sus manos. Cada vez que yo me pasaba la lengua por los labios, él bajaba la vista.
Si no me animo ahora, no me animo nunca.
—¿Vamos? —pregunté, y no hizo falta aclarar a dónde.
Él asintió. Apuramos el segundo café, dejamos los billetes sobre la mesa sin esperar el vuelto y caminamos en silencio las pocas cuadras que nos separaban del departamento. Lo había alquilado por una sola noche, un monoambiente impersonal en un edificio cualquiera, con muebles que no eran de nadie.
Los dos habíamos inventado la misma mentira a nuestras esposas: un viaje de negocios, reuniones que no existían, una ciudad a la que no íbamos a ir. Caminábamos cargando esa culpa y, al mismo tiempo, una excitación que me apretaba el pecho y me secaba la boca.
***
Al entrar, cerré la puerta con llave. El ruido del cerrojo sonó más fuerte de lo que debería. Nos quedamos parados en medio del ambiente, mirándonos, y la pregunta flotaba entre los dos sin que ninguno la dijera en voz alta. ¿Y ahora qué?
¿Quién daba el primer paso? ¿Nos abrazábamos? ¿Nos besábamos? Los interrogantes se mezclaban con las ganas. En su mirada había un brillo distinto, y en su respiración entrecortada se notaba el mismo nerviosismo que sentía yo frente a lo desconocido.
Descubrir que un hombre te atrae no es algo que le pase todos los días a alguien que siempre se creyó completamente hetero y de pronto se encuentra pensándose bisexual. Uno deseando poseer al otro, el otro deseando ser poseído. Y los dos paralizados por el miedo a arruinar el momento.
Decidí cortar esa duda de la única forma que se me ocurrió. Me acerqué, le sostuve la nuca con una mano y lo besé. Fue torpe al principio, dientes que chocan, narices que no saben para qué lado ir. Pero después se ablandó, abrió la boca, y el beso se volvió lento y profundo. Sentí su barba de dos días contra mi mentón y eso, lejos de incomodarme, me encendió.
—Llevo meses imaginándome esto —murmuró contra mis labios.
—Yo también. No tenés idea.
Me desabroché el cinturón sin dejar de mirarlo. Quería que lo viera de verdad, no en las fotos que nos habíamos mandado, sino ahí, frente a él. Le tomé la mano y lo guié.
—Vení, Damián. Tocala. Es tuya si la querés.
Se arrodilló despacio, como si tuviera miedo de romper algo. Apoyó apenas los labios, primero un beso tímido, después la lengua. La sostuvo por la base con una mano que le temblaba un poco y la fue probando con una curiosidad que me desarmó.
Esa primera caricia de su boca bastó para que la vergüenza se evaporara del todo. Abrió más los labios y me tomó entero, suave, sin apuro, y yo dejé escapar un suspiro largo ante el calor húmedo de su lengua.
—Así, Damián —dije, y le acaricié el pelo.
Levantó la vista hacia mí sin sacarme de su boca. Sus ojos brillaban, y había algo parecido a una sonrisa en ellos, una felicidad que no sabía que estaba buscando. Me la chupó como nunca nadie me la había chupado, no por técnica, sino por las ganas que le ponía, por la entrega.
Eso me calentó de una forma que no esperaba. Lo levanté del piso tomándolo de los brazos y volví a besarlo, esta vez con una urgencia distinta, mordiéndole el labio, empujándolo hacia atrás.
***
Nos desvestimos entre tropezones, riéndonos cuando a uno se le enganchaba la camisa o al otro no le salía un botón. Fuimos descubriendo cada centímetro de piel del otro con las manos y con la boca. Le besé el cuello, el pecho, la línea de vello que bajaba por su abdomen. Él me recorría la espalda, los brazos, clavándome los dedos cuando algo le gustaba.
Lo empujé despacio sobre la cama y bajé. Ahora era yo el que lo tomaba con la boca, devolviéndole lo que él me había hecho, escuchándolo respirar cada vez más rápido. Después nos acomodamos de costado, enredados, dándonos placer al mismo tiempo, cada uno entregado a la verga del otro como si llevara años haciéndolo.
—No puedo creer que esté pasando —dijo en algún momento, con la voz quebrada.
—Yo tampoco. Y no quiero que pare.
Cuando sentí que él ya estaba a punto, le pedí que se pusiera en cuatro. Obedeció sin dudar, apoyando la cara contra la almohada y arqueando la espalda. Le abrí las nalgas con las manos y le besé el culo con una avidez que me sorprendió a mí mismo, hundiendo la lengua, sintiéndolo estremecerse.
—Más —suspiró—. Por favor, no pares.
Tanteé en el bolso hasta encontrar el lubricante que había comprado esa misma mañana, todavía con el nerviosismo de la caja del supermercado. Me unté los dedos y le unté a él, y empecé a entrar muy de a poco, primero uno solo.
—Despacio —pidió—. Despacio, así está bien.
Su cuerpo se fue abriendo de a milímetros. Cuando logré meter el segundo dedo, lo sentí tensarse y después aflojar, acostumbrándose, buscando él mismo el movimiento.
—Me duele un poco —dijo—. Pero me gusta. Seguí.
Damián gemía bajito contra la almohada mientras por dentro descubría una sensación nueva, algo que no sabía nombrar. Intenté un tercer dedo y entonces giró la cabeza para mirarme.
—Basta de jugar —me dijo, casi como una orden—. Te quiero a vos. Ya.
Me puse más lubricante, apoyé la punta contra su entrada y empecé a hacer fuerza. No fue fácil, ni para él ni para mí. Su cuerpo todavía no estaba del todo listo, y por un momento pensé que no íbamos a poder. Pero empujé con paciencia, atento a cada sonido que hacía, y la cabeza terminó por pasar.
Los dos contuvimos el aire al mismo tiempo, esa mezcla rara de dolor y de placer que no se parece a nada.
—Al fin —dijo él, con un hilo de voz—. Al fin lo estamos haciendo.
—Sí —respondí, sin moverme todavía—. Cuánto lo esperé.
Le di tiempo. Me quedé quieto, inclinado sobre su espalda, besándole los hombros, hasta que sentí que su cuerpo me aceptaba. Recién entonces empecé a moverme, despacio, un vaivén corto que fui alargando a medida que él me lo pedía.
—No pares —murmuraba—. Así, justo así.
Damián llevó su propia mano hacia adelante para masturbarse, pero le aparté los dedos.
—Dejame a mí —le dije.
Mientras lo penetraba en ese ir y venir cada vez más firme, le rodeé la verga con la palma todavía resbalosa de lubricante y empecé a acariciarlo al mismo ritmo de mis embestidas. Él enterró la cara en la almohada y soltó un quejido largo.
—Siento que me partís en dos —dijo entre jadeos—. No pares. Hacelo, dale.
El departamento entero parecía reducido a ese único movimiento, al sonido de nuestras respiraciones, al calor de los dos cuerpos pegados. Yo sentía que no iba a aguantar mucho más.
—Me voy —avisó, apretando las sábanas.
—Esperame. Vamos juntos.
En un par de empujones más sentí mi propio cuerpo a punto de estallar, y al mismo tiempo lo noté a él latir dentro de mi mano.
—Ya no aguanto —gimió.
Entonces sentí su semen tibio correr entre mis dedos, y eso fue el detonante. Me hundí hasta el fondo y me dejé ir dentro de él, con un temblor que me recorrió de la nuca a las rodillas.
—Qué delicia —dijo, y se dejó caer boca abajo sobre la cama, conmigo todavía dentro.
***
Nos quedamos así un rato, quietos, sin querer separarnos. Cuando finalmente salí, me acosté a su lado. Estábamos transpirados, agitados, las respiraciones todavía sin acompasar. Nos miramos a los ojos y, sin saber bien por qué, nos reímos los dos, de nervios y de felicidad al mismo tiempo.
—Ya está —dije—. Lo hicimos.
—Sí —contestó, y me buscó la mano—. Y me hizo feliz.
Lo besé otra vez en los labios, sin la urgencia de antes, ahora con una calma nueva. Desnudos como estábamos, manchados y cansados, nos abrazamos en esa cama prestada de un departamento que no era de nadie.
Afuera ya era de noche. Mañana cada uno volvería a su casa, a su mentira, a su vida de siempre. Pero antes de dormirnos, los dos prometimos lo mismo en voz baja: que esta no iba a ser la última vez.