Lo que mi sobrino hacía cuando creía que no lo veía
En el relato anterior conté cómo descubrí, casi por accidente, el placer de tener a mi sobrino Mateo viviendo conmigo. Desde que llegó a la ciudad para empezar la universidad, mi piso dejó de ser un lugar de paso y se convirtió en el escenario de una tensión que ninguno de los dos nombraba, pero que los dos alimentábamos cada noche.
Mi vida había dado un giro que jamás habría imaginado. Las jornadas eran las de siempre —su facultad, mi trabajo, la cena compartida, un rato de charla con la tele de fondo—, pero todo orbitaba alrededor del silencio nocturno. Ese momento en que las paredes finas dejaban pasar su respiración entrecortada desde la habitación de al lado, el ritmo sordo de su mano, el quejido ronco que se le escapaba al final.
No escondíamos demasiado. Marcábamos bulto a cualquier hora, sin decir nada, solo con miradas que duraban un segundo de más. Cuando él me pillaba observándolo, no apartaba la vista: se abría un poco más de piernas en el sofá y, con las yemas de los dedos, se acomodaba el paquete como si le pesara. Era una provocación silenciosa, y yo me hacía el distraído para tener más ocasiones de mirar.
Aquella semana terminó con un encuentro que lo cambió todo.
***
Era sábado. Habíamos pasado el día entre el gimnasio, la limpieza del piso y los recados pendientes. Por la noche yo tenía una cena con dos amigos del trabajo, y se lo comenté mientras guardábamos la compra.
—Que lo pases bien, tío —dijo Mateo, secándose el sudor de la frente con el borde de la camiseta—. Yo me quedo. Quiero estrenar un programa nuevo y adelantar un trabajo de la facultad.
Volvíamos de la calle y habíamos coincidido en el portal. Él llevaba la camiseta pegada al torso y unas mallas de correr que no dejaban nada a la imaginación. Subió las escaleras delante de mí, y su espalda ancha y ese culo firme me tuvieron al borde del precipicio sin que él hiciera nada más que caminar.
Colocamos las cosas y se metió a la ducha. Después me arreglé yo. Cuando estuve listo, llamé a su puerta para avisarle de que volvería tarde. Su voz me invitó a pasar.
Estaba tendido en la cama, completamente desnudo, con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas abiertas en uve. No se movió ni se tapó. Me sostuvo la mirada con una calma que me erizó la piel.
—Hay cena preparada en la nevera —dije, fingiendo que aquello era lo más normal del mundo—. No me esperes despierto.
—Vale, tío. Diviértete.
No iba a divertirme. Iba a pensar en él toda la noche.
***
Mis amigos son geniales y la cena fue de las que se alargan entre risas y botellas vacías, pero mi cabeza seguía en aquella habitación. En aquel cuerpo joven que acababa de ver sin pudor. No paraba de imaginarlo solo en el piso, libre por fin para darse placer sin que nadie lo escuchara a través de la pared.
No recuerdo qué excusa improvisé. Solo sé que me despedí antes de tiempo y volví casi corriendo. La polla me iba dura como el acero dentro del pantalón, y el bóxer ya estaba húmedo de líquido antes de que llegara al portal.
Entré sin encender la luz, descalzo, suave como una pluma. Quería comprobar si lo que imaginaba era cierto. Y vaya si lo era.
El salón estaba a oscuras, iluminado solo por la pantalla del televisor. De los altavoces salían jadeos, golpes de caderas, el sonido inconfundible de una película porno. Me desnudé en mi cuarto sin hacer ruido y avancé pegado a la pared hasta el marco de la puerta.
Mateo estaba tendido sobre la alfombra, montado encima de un cojín, subiendo y bajando las caderas en un bombeo intenso. Resoplaba con cada embestida, mordiéndose el labio, al ritmo de las imágenes de la pantalla. Dos hombres. Era porno gay.
Se me cortó la respiración. De la punta de mi polla caían hilos que me mojaban los pies. Él seguía moviéndose, ajeno a todo, susurrando palabras sueltas contra el cojín.
De pronto alargó la mano hacia la mesa, destapó un frasquito y aspiró. El ritmo de sus caderas se volvió frenético, casi salvaje.
—Joder… —gimió contra la alfombra—. Me corro, me corro…
El gemido resonó en todo el piso. Yo me retiré justo a tiempo, conteniendo el aliento, mientras la mía soltaba sin que pudiera evitarlo, salpicando el marco de la puerta. Volví a mi cuarto en silencio mientras lo oía recuperar el aliento.
***
Escuché cómo lo apagaba todo, cómo iba al baño y se encerraba en su habitación. Esperé un rato prudencial y salí a limpiar el rastro que yo mismo había dejado. En el cesto de la ropa sucia encontré algo que me terminó de enloquecer: el bóxer azul que él había llevado puesto antes de mi ducha estaba empapado y todavía tibio. Se había corrido encima, dejándolo hecho un desastre.
Lo agarré sin pensar. Me lo llevé a la cara y respiré hondo, embriagándome con su olor. Volví a mi habitación con él pegado a la nariz y saqué del cajón un consolador de ventosa que reservaba para mis ratos a solas. Lo fijé al cabecero de la cama y empecé a clavarme sobre él, despacio primero, luego sin control.
No podía aguantar más. Golpeaba la pared sin querer, y aun así no era capaz de parar. Estaba tan ido, tan entregado, que no oí la puerta. Cuando levanté la vista, Mateo estaba de pie en el umbral, masturbándose mientras me miraba gozar.
No dijo nada. Cruzó el cuarto, me sujetó la cara con una mano y acercó su polla a mi boca. La tenía dura, ancha, palpitante, con las venas marcadas y el glande brillante. Un peso impresionante para un cuerpo tan joven. Bajo ella, dos huevos llenos a pesar de la descarga reciente, ya recuperados.
Me la metí entera sin decir palabra, escuchando solo sus bufidos. Le agarré las nalgas, que se contraían con cada empujón contra mi garganta.
—Es popper, tío —murmuró, ofreciéndome el frasco—. Te va a calentar más. Pruébalo.
Lo hice sin dudarlo. El cuarto se inclinó, el calor me subió por el cuello y me convertí en otra cosa. Lo devoré, tragándomelo entero una y otra vez.
—Para… que me voy a correr —jadeó, con las piernas temblando.
Aspiró otra vez, yo también, y sentí cómo su cuerpo entero se tensaba: el culo en tensión, los huevos pegados a la base, las venas latiendo como si fueran a reventar.
—Joder, joder… me corro —gruñó.
Reventó en mi boca y cayó rendido sobre la cama. Yo me había corrido por segunda vez sin tocarme, solo con el consolador apretándome la próstata.
***
Pasaron unos minutos de respiración entrecortada. Entonces Mateo se incorporó, me besó despacio y habló pegado a mis labios.
—Llevo esperando esto desde que me mudé contigo —confesó—. Te he ido dando señales todo este tiempo. Pensé que nunca pasaría. Y te deseo tanto, tío…
No supe qué contestar. Quise aparentar autoridad, decirle que aquello no estaba bien, que éramos familia, que había una línea que no debíamos cruzar. Pero entonces vi su polla otra vez dura y todas mis razones se vinieron abajo. Solo acerté a darme la vuelta, levantar el culo y ofrecérselo.
Mateo no dudó ni un segundo. Tomó el lubricante de la mesilla, untó mi entrada —ya preparada por el consolador— y se cubrió la polla con cuidado. Se hundió en mí hasta el fondo, despacio, como quien se enfunda un guante a medida. Volvimos a aspirar y empezó una cabalgada que no daba tregua.
No bajaba el ritmo. El sonido de sus caderas contra mi cuerpo llenaba la habitación, constante, implacable. Sus veinte años recién cumplidos se notaban en cada embestida. Después de un buen rato se puso de lado, agarrado al cabecero, y siguió rompiéndome sin descanso.
Yo me moría de placer. Era increíble. Cambiamos de postura y quedé sentado encima de él. Bajé la boca y la uní a la suya en un beso húmedo y voraz, como si me fuera la vida en ello. Apoyado en sus pies, me embestía desde abajo y me llenaba entero.
Lo detuve un momento, aspiré de nuevo y empecé a montarlo con sentadas profundas y rabiosas, hasta que entre gritos, jadeos, sudor y semen nos corrimos los dos a la vez.
Era mi tercer orgasmo desde que había llegado a casa. Para él, según me confesó después entre risas, era el sexto del día.
***
Aquella noche marcó un ritmo nuevo en el piso. Cumplíamos al pie de la letra con nuestras responsabilidades —su facultad, mi trabajo, las tareas de la casa—, pero nos dábamos placer en cada hueco del día.
Desde entonces dormimos juntos. Por las mañanas lo llevo en coche a la universidad de camino a mi trabajo, y se ha vuelto un ritual: se sienta con las piernas bien abiertas y, en cuanto puedo soltar la palanca de cambios, meto la mano dentro de su bóxer y le acaricio mientras conduzco.
Desayunamos, comemos y cenamos con él dentro de mí siempre que se puede, y en la cena tengo que moverme un poco para que termine de descargar. No perdona un buen revolcón al acostarnos, y si no hay que madrugar, otro más largo de madrugada.
Nos duchamos juntos y nos enjabonamos el uno al otro, demorándonos en las zonas más sensibles. Usamos el mismo tipo de bóxer y a veces los intercambiamos: a él le pone que su tío sea suyo, que solo él pueda montarme y tenerme a su disposición.
Y cuando viaja a casa de sus padres, tampoco para. Cada noche, en ese silencio que tanto nos une, una videollamada nos conecta en la distancia y nos hace terminar el uno para el otro, hasta que volvemos a encontrarnos. El reencuentro, siempre, es insuperable.