El amante joven de mi madre vivía desnudo en casa
Crecí rodeado de mujeres. Mi madre se separó de mi padre antes de que yo naciera, así que mi infancia transcurrió entre ella, mi abuela y una tía, en una casa donde andar en sostén o en bata por los pasillos era lo más normal del mundo. Antes incluso que yo, ellas entendieron que era gay, y jamás hicieron drama. El cuerpo desnudo nunca fue un tabú en mi familia: mi madre me había explicado lo del naturismo cuando era apenas un crío, y aprendí a respetarlo como quien respeta cualquier costumbre de la casa.
Cuando mi abuela murió, nos mudamos los dos solos a otra ciudad. Para entonces yo ya estudiaba en la universidad y seguía viviendo con ella, así que dejé de ser un niño al que había que cuidar y me convertí en una especie de testigo silencioso de su nueva vida. Y vaya que tenía vida.
A mi madre siempre la cortejaron muchos hombres. Era simpática, conversadora, de esas mujeres que llenan un cuarto apenas entran. Decía que no les hacía caso, pero en la casa nueva empecé a conocerle un desfile de «amigos» que duraban uno o dos meses y desaparecían sin que yo preguntara nada. A veces me los cruzaba por la mañana, ya vestidos, mientras ella circulaba semidesnuda preparando el café como si tal cosa, con las tetas al aire y una braga fina que a esa hora ya llevaba manchas oscuras de secreciones secas.
El cambio grande llegó cuando se operó. Mi madre nunca había sido fea, pero con los años había engordado, y de un día para otro se hizo una liposucción, se levantó el pecho y se retocó un poco las caderas. Nada exagerado: le quedó un cuerpo que parecía natural, de esos que obligan a la gente a girar la cabeza en la calle. Trigueña, pelo lacio, no muy alta. A partir de ahí todo en ella cambió.
Empezó a tomarse fotos a cada rato, a usar vestidos ceñidos, y lo que antes era ocasional se volvió diario: llegaba del trabajo, se desnudaba en plena sala y se quedaba así hasta meterse en la cama. A mí nunca me incomodó. El cuerpo femenino no me dice nada, aunque reconozco que cualquier hombre habría perdido la cabeza por una mujer como ella.
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Después de la operación salía más, llegaba tardísimo, cenaba con uno y con otro. Por un tiempo se enredó con hombres bastante mayores que ella, señores que la pasaban a buscar en autos caros y que nunca me presentó. No me quejaba: en la casa no faltaba nada, y lo que yo le pedía, tarde o temprano aparecía. Alguna madrugada me despertaron los golpes rítmicos de la cabecera contra la pared y los gemidos guturales de un tipo que le pedía que se la mamara más despacio; a la mañana siguiente ella bajaba a desayunar con la voz ronca y una sonrisa tranquila, como si nada.
Por eso me sorprendió cuando empezó a salir con Maximiliano. A diferencia de los anteriores, Maxi era mucho menor que ella: mi madre rozaba los cuarenta y él andaba por los veintiocho. Alto, casi un metro ochenta, blanco, con un cuerpo medio trabajado de gimnasio. De cara no era guapísimo —tenía marcas de acné—, pero tenía algo, una jovialidad que contagiaba.
Me lo presentó al mes de empezar a verse. Al principio me pareció tímido, callado, y hasta me extrañó la elección, porque Maxi no tenía el dinero de los otros. Nunca le pregunté qué veía en él. Solo noté lo atento que era con ella, y eso me bastó para que me cayera bien desde el primer día.
Pronto empezó a aparecer por casa casi a diario, esperándola para salir. Recuerdo una tarde en que él estaba sentado en el sofá y mi madre salió del cuarto en topless, con el vestido caído a la cintura, y se plantó frente a él para que le subiera el cierre. Vi cómo se lo subía con la cara colorada, y alcancé a oír que murmuraba algo, incómodo. Ella le contestó, divertida:
—Tranquilo, él me ha visto desnuda desde chiquito.
Y se fueron como si nada.
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Desde ese día, Maxi perdió la vergüenza por etapas. Primero se quedó a dormir cuando volvían tarde. Después empezó a andar sin camiseta, solo con una musculosa que le marcaba el pecho y los brazos. La primera vez que me lo crucé así se asustó, pero mi madre, en topless a su lado, lo calmó:
—No te asustes, ustedes tienen lo mismo y mi hijo ya sabe que a mí me gusta andar desnuda.
Yo le dije algo parecido para romper el hielo, y él se rió.
Lo que vino después fue una escalada lenta. Una mañana lo encontré en la cocina en bóxer, con cara de resaca, y por primera vez me fijé en la cantidad de tatuajes que le cruzaban el pecho y el vientre. La tela del bóxer le marcaba un bulto grueso, caído hacia la pierna izquierda, y no hacía falta mucha imaginación para adivinar el tamaño. Mi madre lo abrazó por la espalda, le pasó las manos por los brazos, después le bajó una hasta la entrepierna y le apretó el paquete por encima de la tela sin mirarme, como si yo no estuviera. Él soltó un gruñido y se dejó hacer. Entendí que, además de la personalidad, también la tenían loca esos músculos y, sobre todo, esa verga. Así que de eso se trataba todo, pensé.
De a poco Maxi empezó a comportarse como el dueño de la casa. Bromeaba con que él era «el hombre del lugar», y la verdad es que resolvía todo lo que se rompía o hacía falta. No lo hacía gratis: cada vez que arreglaba algo, mi madre lo ayudaba en bragas y él aprovechaba para pellizcarle un pezón o besarle el cuello. Al principio me incomodaba un poco verla salir desnuda del baño y que él le diera un manotazo en las nalgas al pasar, escuchar el chasquido seco de la palma contra el culo mojado, o verlo meterle dos dedos entre las piernas por detrás mientras ella se estiraba para tomar una taza del estante, pero terminé acostumbrándome. Para mí era parte del paisaje.
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El día que de verdad cambió todo fue cuando se bañaron juntos y Maxi salió completamente desnudo hacia el cuarto. Antes siempre se cubría con una toalla. Esa vez intentó taparse con las manos, sin éxito —tenía una polla larga, gruesa, todavía a medio endurecer, que le colgaba pesada entre las piernas y se le escapaba entre los dedos—, y mi madre lo siguió igual de desnuda, riéndose:
—¿Por qué te tapas, si mi hijo tiene lo mismo?
Él no contestó. Yo tampoco dije nada, pero noté que mi madre tenía unas marcas rojas en el pecho, mordiscos frescos en los pezones y una mancha blanca corriéndole por el interior del muslo. Desde entonces, Maxi se sumó al naturismo de la casa. Al principio le costaba: aparecía duro, con la verga apuntando hacia arriba, gorda y venosa, y mi madre le decía riéndose que se relajara, que así no se podía andar por ahí, y le daba un manotazo suave en el glande hasta que empezaba a bajar. Con los días aprendió a controlarse y empezó a circular tranquilo, con la polla balanceándose a cada paso, como si nada.
Yo lo veía todo con una curiosidad rara. No me excitaba —insisto, los hombres con mi madre desnuda al lado no me provocaban nada de eso—, pero me intrigaba esa naturalidad absoluta con la que los dos vivían sin ropa: cocinando, viendo películas, conversando conmigo como si estuvieran vestidos. Había algo hipnótico en presenciar una intimidad que no me incluía y de la que, sin embargo, era el único espectador.
Una tarde colocó un espejo grande en la sala y los observé a los dos sin disimulo. Él subido a una escalera, con los tatuajes tensándose en la espalda y las bolas colgando a la altura de mis ojos cuando pasaba por debajo; ella impecable, depilada salvo por un triangulito de vello sobre el pubis que noté por primera vez. Cuando terminaron, entraron a bañarse, y al salir mi madre se había rasurado por completo, el coño liso, brillante, con los labios apenas hinchados de las manoseadas de él bajo la ducha. Era la primera vez que la veía así. Me di cuenta de cómo la presencia de Maxi la había transformado entera, hasta en los detalles más mínimos.
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Yo llevaba tiempo pidiendo ir a la playa, y Maxi consiguió que un tío suyo le prestara una casa en la costa para un fin de semana. La semana se me hizo eterna. Por fin llegó el jueves a medianoche y armamos todo. Maxi vino directo del trabajo, mi madre lo recibió con un abrazo largo, se le colgó del cuello, le metió la lengua en la boca a fondo delante de mí y le pidió que se sacara el uniforme para lavarlo. Él se desnudó ahí mismo, en la sala, y ella lo miró con un deseo que ya no escondía. Se arrodilló sin pensarlo, le agarró la polla blanda con una mano y se la metió entera en la boca de un solo empujón. Maxi echó la cabeza atrás y gimió. Ella se la mamó con calma, chupando desde la base hasta la punta, dejando la verga brillante de saliva, mientras yo pasaba a la cocina como si no hubiera visto nada. Alcancé a oír el ruido húmedo de la mamada, el chasquido cuando ella se la sacaba de la boca para lamerle los huevos, el gruñido de él pidiéndole «más adentro, mami, más adentro».
—Mejor andá a bañarte —le dijo por fin ella, riéndose, con los labios hinchados y un hilo de saliva colgándole del mentón. Con la excusa de recoger la ropa entró tras él. Tardaron lo justo, porque el agua salía fría, pero desde la cocina oí perfectamente los golpes secos de la carne contra la mampara, los quejidos entrecortados de ella y la voz ronca de Maxi ordenándole que se agachara más.
Salieron riendo, cada uno con una toalla. Ella tenía mordiscos en el pecho, la piel enrojecida del culo con marcas de dedos, y no le importaba que yo los viera. Cenamos algo rápido y me fui a dormir mientras ellos seguían conversando.
La casa de la costa era vieja y, sobre todo, no tenía privacidad: los cuartos no tenían puertas, apenas cortinas finas que transparentaban todo, y el baño cerraba con un acordeón que no ajustaba. Apenas llegamos, mi madre se desnudó en la sala y Maxi la imitó. Ya era su forma natural de estar.
Esa primera noche caminamos por el centro del pueblo. Me incomodó un poco que la gente los mirara: ella, mayor, con un cuerpo espectacular que no dudaba en lucir; él, sin camiseta, exhibiendo músculos y tatuajes. Pero a ellos las miradas no les molestaban. Al contrario, las disfrutaban. Caminaban tomados de la mano como dos adolescentes enamorados, atrayendo la atención de medio pueblo, y eso parecía darles cuerda.
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Pasamos el día siguiente en el mar. Por la noche salieron a cenar a un restaurante de mariscos que a mí no me gustan, así que me quedé en la casa con comida rápida y películas. Volvieron tarde, achispados, riéndose, y se metieron en el cuarto del fondo. Yo seguí con la película, pero la curiosidad, esa vieja conocida, empezó a tirarme.
Fui al baño y, al volver, me asomé apenas a la cortina. Por primera vez los vi en pleno acto. Maxi estaba arrodillado en el piso, con la cabeza hundida entre las piernas abiertas de mi madre, que se retorcía agarrada de las sábanas. Le comía el coño con hambre, con toda la boca, sorbiendo con un ruido asqueroso y precioso a la vez. Le veía la lengua trabajarle el clítoris en círculos, los dos dedos que le entraban y salían del agujero, húmedos hasta los nudillos, y la mano libre de él subiéndole por el vientre para pellizcarle un pezón. Ella se tapó la cara con una almohada para ahogar los gemidos, arqueó la espalda, apretó los muslos alrededor de la cabeza de él y le tiró del pelo con las dos manos. Me impactó verla así, con el coño abierto en la cara de un hombre, en una faceta que jamás había imaginado. No debería estar mirando esto, me dije, y volví al sofá.
Pero la conciencia me duró poco. Un rato después volví a acercarme, sigiloso. Esta vez mi madre estaba encima de él, de espaldas, cabalgándolo al revés, con las manos apoyadas en los muslos de él para tener impulso. Le veía la verga de Maxi entrar y salir del coño de ella a un ritmo lento, gruesa, brillosa de flujo, forzando los labios afeitados en cada bajada. Ella se movía subiendo y bajando con las caderas, contoneando el culo, y él le agarraba las nalgas con las dos manos y se las abría para verse mejor la polla enterrada. En un momento se la sacó, se la puso contra la raja del culo y la volvió a meter en el coño de un empujón fuerte que le arrancó a mi madre un jadeo agudo. Me quedé unos segundos y regresé. Lo curioso era que nunca se les escapaba un grito completo; apenas algún sonido apagado, como si supieran que yo andaba cerca y prefirieran el silencio, o el susurro grave de él ordenándole «más rico, mami, así» y ella contestando «me llenás, me llenás toda».
Más tarde, concentrado de nuevo en la pantalla, vi salir a Maxi hacia la cocina, sudado, con la polla todavía a medio erguir y brillante, creyendo que yo dormía. Cuando me descubrió despierto pegó un salto y se cubrió con las manos, balbuceando una excusa. Mi madre apareció enseguida, igual de desnuda, con las tetas rojas y los pezones hinchados, un reguero blanco corriéndole por la cara interna del muslo, y se plantó delante de él para taparlo.
—¿Todavía despierto? Mañana nos vamos temprano a la playa, andá a dormir —me ordenó.
Apagué todo y me fui al cuarto. Al girar en el pasillo los vi de espaldas, inclinados sobre las maletas, buscando algo, riéndose por lo bajo. Él le pasó una mano por debajo, le metió dos dedos en el coño desde atrás y ella soltó una risa contenida.
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Al otro día me desperté tardísimo, vencido por el calor. Mi madre no me había levantado, y entendí por qué cuando quise entrar al baño: estaba arrodillada frente a Maxi, bajo la ducha. Solo alcanzaba a ver la espalda de él, de pie, dejando que el agua le cayera en la cara mientras suspiraba y le sujetaba la cabeza a mi madre con las dos manos, marcándole el ritmo. Escuché los gluglú de la garganta de ella cada vez que la verga le llegaba al fondo, la respiración pesada de él, el chapoteo del agua contra la carne. Después la levantó, la giró contra los azulejos, le abrió las piernas de una patada suave al tobillo y se la metió por detrás. Vi el reflejo borroso en el vidrio empañado: mi madre con las manos apoyadas en la pared, la espalda arqueada, el culo salido, y Maxi cogiéndosela a estocadas cortas, con las manos en las caderas de ella, mordiéndole el hombro. Ella se mordió el antebrazo para no gritar. Terminó dando un tirón hacia atrás, empalándose ella misma, y él soltó un jadeo largo antes de sacarla y correrse en el aire, chorros gruesos que le cayeron a ella en la espalda baja y le resbalaron por la raja del culo hasta las corvas, mientras el agua se los llevaba. Después la levantó y se besaron con lengua, con la corrida todavía escurriéndole por las piernas. Ver cómo se besaban ya me era costumbre; ver el resto, no tanto. Me retiré antes de que me descubrieran.
Volvimos al mar hasta el mediodía. Por la tarde fuimos a una playa más alejada, casi desierta, donde Maxi se quedó solo en ropa de baño ajustada que le marcaba el bulto con descaro, y la gente que pasaba lo miraba sin disimulo. Una pareja murmuró algo y se rió. A ellos, otra vez, les encantó. Mi madre le metió la mano por dentro del bañador delante de todos, le sacó la polla un segundo para acomodársela mejor y volvió a guardársela como si nada.
El resto del viaje fue una repetición de lo mismo: yo espiándolos por curiosidad, ellos sin gritar nunca, la casa entera convertida en una especie de set donde la intimidad estaba a la vista de todos. Una tarde los vi coger en la hamaca del porche, ella sentada de frente encima de él, moviéndose despacio, con las tetas rebotándole en la cara de Maxi mientras él se las chupaba de a una; otra noche, en la cocina, ella se agachó a mamársela apoyada contra la mesada, con la polla entrándole y saliéndole de la boca a golpes, mientras él se aferraba al borde del granito. Nunca me excité, lo aclaro. Era el morbo simple de presenciar algo que no me pertenecía, la fascinación de mirar a mi madre vivir su deseo sin un gramo de vergüenza.
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El domingo, antes de cargar el auto, mi madre sacó la basura y yo vi varios envoltorios vacíos de preservativos en una bolsa, y un par de toallitas manchadas de semen seco. Maxi condujo de vuelta sin camiseta, con la excusa del calor, hasta casi entrar a la ciudad. En el camino los miré por el espejo retrovisor: cómo se reían, cómo él le apoyaba la mano en la pierna y la dejaba ahí, subiéndosela por debajo del vestido hasta rozarle el coño sin bragas, cómo se buscaban todo el tiempo. Eran, sin más, una pareja feliz.
Después de ese viaje, todo mejoró en casa. Maxi se mudó con nosotros. Siguieron andando desnudos a toda hora, follando en cualquier rincón sin cuidarse ya de mí, y a mí dejó de incomodarme por completo; es más, nunca volvió a ganarme la curiosidad de espiarlos. Supongo que ya había visto todo lo que tenía que ver —la verga de él entrando en cada agujero de ella, la corrida escurriéndole por la barbilla, el coño abierto y palpitante después de horas— y que entendí que aquello no era un escándalo, sino simplemente la forma en que dos personas se querían y se cogían.
Hasta el día de hoy mi madre y Maxi siguen juntos. Cada vez que vuelvo a mi país los visito, y siempre que abro la puerta de su casa me reciben igual: tal como vinieron al mundo, sin una sola prenda encima y sin una sola pizca de pudor.





