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Relatos Ardientes

El amante joven de mi madre vivía desnudo en casa

Crecí rodeado de mujeres. Mi madre se separó de mi padre antes de que yo naciera, así que mi infancia transcurrió entre ella, mi abuela y una tía, en una casa donde andar en sostén o en bata por los pasillos era lo más normal del mundo. Antes incluso que yo, ellas entendieron que era gay, y jamás hicieron drama. El cuerpo desnudo nunca fue un tabú en mi familia: mi madre me había explicado lo del naturismo cuando era apenas un crío, y aprendí a respetarlo como quien respeta cualquier costumbre de la casa.

Cuando mi abuela murió, nos mudamos los dos solos a otra ciudad. Para entonces yo ya estudiaba en la universidad y seguía viviendo con ella, así que dejé de ser un niño al que había que cuidar y me convertí en una especie de testigo silencioso de su nueva vida. Y vaya que tenía vida.

A mi madre siempre la cortejaron muchos hombres. Era simpática, conversadora, de esas mujeres que llenan un cuarto apenas entran. Decía que no les hacía caso, pero en la casa nueva empecé a conocerle un desfile de «amigos» que duraban uno o dos meses y desaparecían sin que yo preguntara nada. A veces me los cruzaba por la mañana, ya vestidos, mientras ella circulaba semidesnuda preparando el café como si tal cosa.

El cambio grande llegó cuando se operó. Mi madre nunca había sido fea, pero con los años había engordado, y de un día para otro se hizo una liposucción, se levantó el pecho y se retocó un poco las caderas. Nada exagerado: le quedó un cuerpo que parecía natural, de esos que obligan a la gente a girar la cabeza en la calle. Trigueña, pelo lacio, no muy alta. A partir de ahí todo en ella cambió.

Empezó a tomarse fotos a cada rato, a usar vestidos ceñidos, y lo que antes era ocasional se volvió diario: llegaba del trabajo, se desnudaba en plena sala y se quedaba así hasta meterse en la cama. A mí nunca me incomodó. El cuerpo femenino no me dice nada, aunque reconozco que cualquier hombre habría perdido la cabeza por una mujer como ella.

***

Después de la operación salía más, llegaba tardísimo, cenaba con uno y con otro. Por un tiempo se enredó con hombres bastante mayores que ella, señores que la pasaban a buscar en autos caros y que nunca me presentó. No me quejaba: en la casa no faltaba nada, y lo que yo le pedía, tarde o temprano aparecía.

Por eso me sorprendió cuando empezó a salir con Maximiliano. A diferencia de los anteriores, Maxi era mucho menor que ella: mi madre rozaba los cuarenta y él andaba por los veintiocho. Alto, casi un metro ochenta, blanco, con un cuerpo medio trabajado de gimnasio. De cara no era guapísimo —tenía marcas de acné—, pero tenía algo, una jovialidad que contagiaba.

Me lo presentó al mes de empezar a verse. Al principio me pareció tímido, callado, y hasta me extrañó la elección, porque Maxi no tenía el dinero de los otros. Nunca le pregunté qué veía en él. Solo noté lo atento que era con ella, y eso me bastó para que me cayera bien desde el primer día.

Pronto empezó a aparecer por casa casi a diario, esperándola para salir. Recuerdo una tarde en que él estaba sentado en el sofá y mi madre salió del cuarto en topless, con el vestido caído a la cintura, y se plantó frente a él para que le subiera el cierre. Vi cómo se lo subía con la cara colorada, y alcancé a oír que murmuraba algo, incómodo. Ella le contestó, divertida:

—Tranquilo, él me ha visto desnuda desde chiquito.

Y se fueron como si nada.

***

Desde ese día, Maxi perdió la vergüenza por etapas. Primero se quedó a dormir cuando volvían tarde. Después empezó a andar sin camiseta, solo con una musculosa que le marcaba el pecho y los brazos. La primera vez que me lo crucé así se asustó, pero mi madre, en topless a su lado, lo calmó:

—No te asustes, ustedes tienen lo mismo y mi hijo ya sabe que a mí me gusta andar desnuda.

Yo le dije algo parecido para romper el hielo, y él se rió.

Lo que vino después fue una escalada lenta. Una mañana lo encontré en la cocina en bóxer, con cara de resaca, y por primera vez me fijé en la cantidad de tatuajes que le cruzaban el pecho y el vientre. Mi madre lo abrazó por la espalda, le pasó las manos por los brazos, y entendí que, además de la personalidad, también la tenían loca esos músculos. Así que de eso se trataba todo, pensé.

De a poco Maxi empezó a comportarse como el dueño de la casa. Bromeaba con que él era «el hombre del lugar», y la verdad es que resolvía todo lo que se rompía o hacía falta. No lo hacía gratis: cada vez que arreglaba algo, mi madre lo ayudaba en bragas y él aprovechaba para pellizcarle un pezón o besarle el cuello. Al principio me incomodaba un poco verla salir desnuda del baño y que él le diera un manotazo en las nalgas al pasar, pero terminé acostumbrándome. Para mí era parte del paisaje.

***

El día que de verdad cambió todo fue cuando se bañaron juntos y Maxi salió completamente desnudo hacia el cuarto. Antes siempre se cubría con una toalla. Esa vez intentó taparse con las manos, sin éxito, y mi madre lo siguió igual de desnuda, riéndose:

—¿Por qué te tapas, si mi hijo tiene lo mismo?

Él no contestó. Yo tampoco dije nada, pero noté que mi madre tenía unas marcas rojas en el pecho. Desde entonces, Maxi se sumó al naturismo de la casa. Al principio le costaba: aparecía duro y mi madre le decía que se relajara, que así no se podía andar por ahí. Con los días aprendió a controlarse y empezó a circular tranquilo, como si nada.

Yo lo veía todo con una curiosidad rara. No me excitaba —insisto, los hombres con mi madre desnuda al lado no me provocaban nada de eso—, pero me intrigaba esa naturalidad absoluta con la que los dos vivían sin ropa: cocinando, viendo películas, conversando conmigo como si estuvieran vestidos. Había algo hipnótico en presenciar una intimidad que no me incluía y de la que, sin embargo, era el único espectador.

Una tarde colocó un espejo grande en la sala y los observé a los dos sin disimulo. Él subido a una escalera, con los tatuajes tensándose en la espalda; ella impecable, depilada salvo por un detalle que noté por primera vez. Cuando terminaron, entraron a bañarse, y al salir mi madre se había rasurado por completo. Era la primera vez que la veía así. Me di cuenta de cómo la presencia de Maxi la había transformado entera, hasta en los detalles más mínimos.

***

Yo llevaba tiempo pidiendo ir a la playa, y Maxi consiguió que un tío suyo le prestara una casa en la costa para un fin de semana. La semana se me hizo eterna. Por fin llegó el jueves a medianoche y armamos todo. Maxi vino directo del trabajo, mi madre lo recibió con un abrazo largo y le pidió que se sacara el uniforme para lavarlo. Él se desnudó ahí mismo, en la sala, y ella lo miró con un deseo que ya no escondía.

—Mejor andá a bañarte —le dijo, y con la excusa de recoger la ropa entró tras él. Tardaron lo justo, porque el agua salía fría.

Salieron riendo, cada uno con una toalla. Ella tenía mordiscos en el pecho y no le importaba que yo los viera. Cenamos algo rápido y me fui a dormir mientras ellos seguían conversando.

La casa de la costa era vieja y, sobre todo, no tenía privacidad: los cuartos no tenían puertas, apenas cortinas finas que transparentaban todo, y el baño cerraba con un acordeón que no ajustaba. Apenas llegamos, mi madre se desnudó en la sala y Maxi la imitó. Ya era su forma natural de estar.

Esa primera noche caminamos por el centro del pueblo. Me incomodó un poco que la gente los mirara: ella, mayor, con un cuerpo espectacular que no dudaba en lucir; él, sin camiseta, exhibiendo músculos y tatuajes. Pero a ellos las miradas no les molestaban. Al contrario, las disfrutaban. Caminaban tomados de la mano como dos adolescentes enamorados, atrayendo la atención de medio pueblo, y eso parecía darles cuerda.

***

Pasamos el día siguiente en el mar. Por la noche salieron a cenar a un restaurante de mariscos que a mí no me gustan, así que me quedé en la casa con comida rápida y películas. Volvieron tarde, achispados, riéndose, y se metieron en el cuarto del fondo. Yo seguí con la película, pero la curiosidad, esa vieja conocida, empezó a tirarme.

Fui al baño y, al volver, me asomé apenas a la cortina. Por primera vez los vi en pleno acto. Maxi estaba arrodillado en el piso, con la cabeza hundida entre las piernas de mi madre, que se retorcía agarrada de las sábanas. Ella se tapó la cara con una almohada para ahogar los gemidos. Me impactó verla así, en una faceta que jamás había imaginado. No debería estar mirando esto, me dije, y volví al sofá.

Pero la conciencia me duró poco. Un rato después volví a acercarme, sigiloso. Esta vez mi madre estaba encima de él, de espaldas, y parecían más entregados a los besos que a otra cosa. Me quedé unos segundos y regresé. Lo curioso era que nunca se les escapaba un grito; apenas algún sonido apagado, como si supieran que yo andaba cerca y prefirieran el silencio.

Más tarde, concentrado de nuevo en la pantalla, vi salir a Maxi hacia la cocina, sudado, creyendo que yo dormía. Cuando me descubrió despierto pegó un salto y se cubrió con las manos, balbuceando una excusa. Mi madre apareció enseguida, igual de desnuda, y se plantó delante de él para taparlo.

—¿Todavía despierto? Mañana nos vamos temprano a la playa, andá a dormir —me ordenó.

Apagué todo y me fui al cuarto. Al girar en el pasillo los vi de espaldas, inclinados sobre las maletas, buscando algo, riéndose por lo bajo.

***

Al otro día me desperté tardísimo, vencido por el calor. Mi madre no me había levantado, y entendí por qué cuando quise entrar al baño: estaba arrodillada frente a Maxi, bajo la ducha. Solo alcanzaba a ver la espalda de él, de pie, dejando que el agua le cayera en la cara mientras suspiraba. Después la levantó y se besaron. Ver cómo se besaban ya me era costumbre; ver el resto, no tanto. Me retiré antes de que me descubrieran.

Volvimos al mar hasta el mediodía. Por la tarde fuimos a una playa más alejada, casi desierta, donde Maxi se quedó solo en ropa de baño ajustada y la gente que pasaba lo miraba con descaro. Una pareja murmuró algo y se rió. A ellos, otra vez, les encantó.

El resto del viaje fue una repetición de lo mismo: yo espiándolos por curiosidad, ellos sin gritar nunca, la casa entera convertida en una especie de set donde la intimidad estaba a la vista de todos. Nunca me excité, lo aclaro. Era el morbo simple de presenciar algo que no me pertenecía, la fascinación de mirar a mi madre vivir su deseo sin un gramo de vergüenza.

***

El domingo, antes de cargar el auto, mi madre sacó la basura y yo vi varios envoltorios vacíos en una bolsa. Maxi condujo de vuelta sin camiseta, con la excusa del calor, hasta casi entrar a la ciudad. En el camino los miré por el espejo retrovisor: cómo se reían, cómo él le apoyaba la mano en la pierna y la dejaba ahí, cómo se buscaban todo el tiempo. Eran, sin más, una pareja feliz.

Después de ese viaje, todo mejoró en casa. Maxi se mudó con nosotros. Siguieron andando desnudos a toda hora, y a mí dejó de incomodarme por completo; es más, nunca volvió a ganarme la curiosidad de espiarlos. Supongo que ya había visto todo lo que tenía que ver, y que entendí que aquello no era un escándalo, sino simplemente la forma en que dos personas se querían.

Hasta el día de hoy mi madre y Maxi siguen juntos. Cada vez que vuelvo a mi país los visito, y siempre que abro la puerta de su casa me reciben igual: tal como vinieron al mundo, sin una sola prenda encima y sin una sola pizca de pudor.

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Comentarios(6)

SantiagoR_Mdq

tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad

Romina_BA

Por favor una segunda parte!! me quede con muchisimas ganas de saber como sigue. Muy buena historia

LucianoGR

la tensión del principio es brutal, no te deja soltar el texto ni un momento jeje

Felix_1982

El giro del naturismo como punto de partida esta muy bien pensado, le da una originalidad que no se ve seguido por aca. Me gusto mucho.

ElDoctorK

De los relatos mas originales que lei en esta pagina en mucho tiempo. El contexto esta muy bien construido y la incomodidad del narrador se siente real y humana. La forma en que escala la situacion es excelente. Espero una segunda parte sin dudas.

Caro_mdp

buenísimo, se me hizo cortísimo. Mas por favor :)

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